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'Todavía no estoy frustrada con la paz': Íngrid Betancourt
Ingrid

Fue secuestrada por las Farc el 23 de febrero de 2002 y rescatada el 2 de julio de 2008.

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Gabriel Bouys. AFP

Reportaje Multimedia

'Todavía no estoy frustrada con la paz': Íngrid Betancourt

Fue secuestrada por las Farc el 23 de febrero de 2002 y rescatada el 2 de julio de 2008.

La excandidata, que estuvo secuestrada años por las Farc, hace un balance de la firma del Acuerdo.  

Uno de los momentos más significativos en estos cinco años de la firma del Acuerdo de paz ha sido el reencuentro de Íngrid Betancourt en el marco de la Comisión de la Verdad con quienes fueron sus captores durante seis años, cuatro meses y nueve días: excombatienes y exjefes de las Farc.

(Ingrese al especial: 5 años después, la paz con las Farc aún no se siente en las regiones)

En el evento, Betancourt aseguró: “el valor de este encuentro reside en que quienes actuaron como señores de la guerra y quienes lo padecimos nos levantamos al unísono ante Colombia para decirle al país que la guerra es un fracaso. Que solo ha servido para que nada cambie y para seguir postergando el futuro de nuestra juventud". Y además reafirmó su compromiso con el Acuerdo de paz: “No queremos volver nunca al pasado. Estamos listos para enmendar y construir hombro a hombro un nuevo futuro para todos”.

Hoy, por la conmemoración de los cinco años del proceso de paz, EL TIEMPO reproduce la siguiente conversación que tuvo con Íngrid Betancourt (Bogotá, 1961) días antes del aniversario.

Íngrid viaja todo el tiempo, ya es un modo de vida, dice. “Vivo con la maleta hecha. Es que, tengo la libertad para hacerlo”. Lo único que le resulta difícil de ese estilo de vida es que desearía pasar más tiempo con sus nietos, con su familia, pero cuando los ve aprovecha al máximo, “es lo que llaman, tiempo de calidad”.

Aprovecha lo más que puede con sus hijos y con sus nietos porque tiene una cuenta pendiente que no ha logrado equilibrar por los seis años, cuatro meses y nueve días que le robaron, el tiempo que pasó secuestrada.

(La lucha de 21 años para recuperar cuerpos de abuelos secuestrados por Farc).

“Yo debí estar con mis niños las 24 horas de los siete días de la semana. Y esos años me los robaron”, asegura y cuenta que ahora trata de disfrutar de muchas cosas: leer, ver películas y la buena comida. La academia sigue siendo su pasión, está estudiando un doctorado sobre Teología de la liberación, y específicamente sobre el concepto de la no persona.

“Lo que dice la teoría de la liberación es que la negación de Dios o no relación no es primordialmente individual sino sistémica. Y que el sistema que hemos construido está basado en una ruptura con Dios que lleva a la idolatría de la riqueza, a la avaricia, a la acumulación, a todo lo que deshumaniza” y complementa explicando que la idea de la no persona permite evaluar el mundo en el que vivimos.

(En contexto: Punto a punto, así va la implementación del acuerdo de paz con las Farc).

Después de las palabras del exjefe de las Farc Rodrigo Granda, quien en un evento sobre los cinco años del acuerdo de paz aseguró que rechazaba la imputación a la extinta guerrilla por el crimen de esclavitud, debido a los trabajos forzados que les impusieron a los secuestrados, EL TIEMPO le envió la pregunta por correo a Betancourt sobre el tema.

¿Qué le dice a Granda sobre sus palabras?

Le diría que él no estaba ahí. Fui testigo y víctima de castigos en los cuales había que abrir chontos o hacer trincheras. Fui testigo del chantaje con la comida y los medicamentos a cambio de los cuales se ponía a los secuestrados a confeccionar pavas, gorras o cinturones para la guerrilla. No nos trataron bien, no dormíamos en buenas camas y los campos de concentración no eran campos de vacaciones. Entiendo que para Rodrigo Granda sea chocante hablar de esclavitud. Sin embargo, qué diferencia hay entre los esclavos que desembarcaron en Cartagena, encadenados por el cuello, que exponían en la plaza de mercado para subastarlos, y nosotros, también viviendo encadenados por el cuello y expuestos con nuestro drama en la escena mediática para mejorar la negociación por nuestra libertad. Al cumplirse cinco años del acuerdo de paz quisiera pensar que los excomandantes puedan acercarse al profundo dolor de las víctimas, desde su propia humanidad, abandonando las justificaciones que sólo reabren nuestras heridas. Este debería ser el tiempo de las víctimas, el del respeto y el del arrepentimiento”.

(Además: La dura respuesta de Íngrid Betancourt a Rodrigo Granda).

Usted habla de la “no-persona”, ¿es decir que el sistema lleva hacia la apatía absoluta?

Si, las “no-personas” son aquellas que el sistema desecha, que no vemos como personas, los pobres, las personas de razas y culturas excluidas, las mujeres discriminadas, etc. Nos parece que es culpa de ellas vivir en la precariedad por su falta de acción y esto nos vuelve pasivos, no nos sentimos responsables, y pensamos que son ellos los que no actúan. En realidad, deberíamos comprender el reto inmenso que es saltar al otro lado. No todos tienen los recursos psicológicos para salir de la exclusión y de la opresión, sin contar el peso de las oportunidades, de los aportes materiales, aun de la suerte como factor de progreso. Por eso respetar al otro en su situación, nos permite ver el mundo de otra forma y empezar a actuar.

¿A dónde la ha llevado esa obligación de actuar? ¿A volver a la política?

Sí, la política es un espacio importante para cambiar las cosas y he vuelto a involucrarme en la política porque quiero que salgamos del secuestro de la corrupción. Primero me interesa el proyecto de la Coalición de la Esperanza, como espacio para salir de los caudillismos, de la polarización, del camisón de fuerza impuesto por dogmas ideológicos. Creo que por primera vez en muchos años he sentido que estamos decantando, saliendo de la polarización, y que la gente ve que es mucho más lo que nos une que lo que nos divide. Segundo, siento una real frustración de ver el tiempo que hemos estado perdiendo en agravios, cuando deberíamos estar solucionando las angustias de la gente.

¿Se refiere a estos cinco años del proceso de paz?

A estos 20 años. Los siete años de la selva y los 13 que llevo en libertad. Son 20 años mirando las cosas sin participar en política, primero secuestrada sin poder actuar; luego observando desde la barrera el daño de la polarización, familias enteras que no se hablan por culpa de la política, y en tela de fondo el secuestro de la corrupción con su sistema de saqueo sistemático. Entonces si todos podemos aportar, ¿yo qué puedo aportar? De pronto lo que yo puedo aportar es una visión diferente, crear puentes para que conversemos, allanar diferencias. Quisiera por lo menos contribuir a que no perdamos la oportunidad de construir una opción buena para Colombia que pueda liberarnos de las maquinarias en las próximas elecciones.

¿Se siente frustrada sobre la paz?

No. Todavía no. Pero no canto victoria aún. Soy consciente de los avances de la paz en una coyuntura muy difícil. Reconozco que hemos avanzado con los procesos que adelanta la JEP y los aportes de la Comisión de la Verdad. Claro, no hemos avanzado tan rápido como hubiéramos podido. Pero sí hemos avanzado y esto hay que capitalizarlo para ir más lejos. Pero también es cierto que hay ciertas frustraciones con el proceso de paz.

(Análisis: ¿Cómo ha sido el ‘barrigazo’ político para el Partido Comunes?)

¿Cuáles?

Íngrid Betancourt descendiendo de un avión después de ser rescatada durante la Operación Jaque. .

Foto:

AFP

La mayor frustración es que el proceso no haya sabido proteger la vida de los que firmaron el acuerdo de paz. Yo creo que eso es algo sobre lo cual los colombianos tenemos que reflexionar porque ya nos pasó con la UP y las consecuencias son graves. Los que depusieron sus armas y creyeron en nosotros como sociedad, esperando perdón, reconciliación y protección, no han encontrado en el Estado un baluarte. Este hecho ha generado desconfianza y obviamente, tiene relación con la conformación de las llamadas disidencias de las FARC y la generación de un nuevo foco de violencia. Otra frustración es ver que el proceso no se aplicó de manera estricta frente al incumplimiento del acuerdo por parte de uno de los excombatientes de mayor relevancia. Es claro que la situación era complicada jurídicamente hablando, pues los elementos probatorios no fueron allegados a tiempo. Pero el caso de Jesús Santrich, pedido en extradición por seguir traficando droga a Estados Unidos después de firmar la paz, fragilizó el proceso. Y también contribuyó a activar la creación de lo que ahora se llama la Nueva Marquetalia.

¿Y en cuanto a los casos de secuestro?

Estamos insistiendo en que las victimas estén, como se ha dicho, en el centro del proceso de paz. El caso que conozco bien, el 001, el de los secuestrados de las Farc, ha avanzado en ese sentido: la JEP ya calificó los delitos como crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. En el ordenamiento jurídico no hay una calificación de crimen superior a esta. Eso es una señal fuerte para que nuestra sociedad no banalice las conductas que se dieron durante la guerra. Con esta calificación estamos esperando una condena igualmente severa.

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¿A qué se refiere con condena igualmente severa?

Este es un proceso que cumple varias funciones. Además de ser justo con los victimarios, tiene que ser respetuoso para con las victimas y pedagógico para que la sociedad sienta conmoción con la gravedad de lo que sucedió. Tiene que llevar por ejemplo a un cuestionamiento moral de cómo los colombianos reaccionamos frente a la violencia ejercida sobre otros colombianos, por otros colombianos. Estas han sido con frecuencia reacciones de indiferencia, de revictimización, de acusación contra las victimas. Por ello, la condena no puede ser solo sembrar árboles. Esto seria otra manera de banalizar los delitos. Soy ecologista, y quiero que se siembren árboles, pero pienso que las penas no pueden ser solo simbólicas o restaurativas para los victimarios, sino deben ser sancionatorias para que se nos permita marcar como inaceptable lo que sucedió y se mande un claro mensaje a las disidencias y demás actores de la violencia actual.

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¿Privación de la libertad?

Si, lo único que puede permitir cumplir con todas estas funciones, es la pérdida de la libertad. Nosotros pactamos que no habría pérdida de libertad en cárceles. Esto es importante porque debemos valorar la manera cómo los miembros de las Farc llegaron a la paz, de buena fe, deponiendo sus armas, para reinsertarse en la familia colombiana. Eso lo tenemos que respetar, reconocer. Por ello, que no vayan a ninguna cárcel es algo que se debe cumplir, porque nuestra palabra esta empeñada.
Pero pienso también, que tiene que haber pérdida de libertad en alguna de las modalidades permitidas por el acuerdo de paz, porque adicionalmente a que la sociedad comprenda la gravedad de estos actos, es importante que ellos mismos, los excomandantes de las Farc, entren en una reflexión sobre lo que significó atentar contra la libertad de un ser humano en términos de deshumanización personal y colectiva.

¿Lo saben?

Sé que no lo saben. ¿Como podrían saberlo? No estuvieron allí, ellos daban ordenes. Tampoco lo sabrán nunca, porque la pérdida de libertad en los términos que se está planteando, es una limitación a la libertad. A Dios gracias, no podrán ser arrebatados a su entorno de vida, a sus familias, a sus hijos, podrán visitarlos sus amigos, tendrán la conectividad para comunicarse, etc. Es una realidad muy distinta a la del secuestro. Y está bien que así sea. Esto no debe ser una posibilidad para ejercer venganza. Pero creo que es muy importante para la JEP, que la sentencia y la condena que se imponga sea una condena grave, severa, porque los crímenes fueron graves y severos.

¿A las víctimas se les convirtió en "no-personas"?

Si, fuimos no-personas. Hace unas semanas estuve escuchando a otras víctimas de las Farc por secuestro extorsivo. Una señora dijo algo que me impactó mucho: “Vemos que los miembros del secretariado están viviendo en Bogotá, tienen sus carros, sus escoltas, sus apartamentos. Y nosotros no tenemos nada, quedamos en la pobreza”. La señora preguntaba, “¿qué hay en la paz para nosotros?” El pueblo colombiano no se atreve a reclamar. La guerra también nos secuestró mentalmente. Hay un síndrome de Estocolmo casi que colectivo, que nos lleva a aceptar que a los victimarios les protejan sus derechos, pero no a las victimas. Ser una no-persona es eso, que no se le reconozca sus derechos.

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¿Colombia no ha aprendido a entender el dolor de las víctimas?

Creo que estamos todos traumatizados por la guerra. Para podernos preservar del horror, buscamos una narrativa en que la victima tiene la culpa. Así nos tranquilizamos con que no nos va a suceder a nosotros: a la mujer la violan por provocativa, al cura lo matan por malas amistades, al campesino por servirle a un grupo violento, etc. Eso es lo que tenemos que acabar. Las víctimas son víctimas y punto. Hay que acompañarlas, hay que resarcirlas, repararlas...

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¿De dónde sacar los recursos?

Hay muchas víctimas en Colombia. La solución debería ser simple: todos los recursos que se incauten por narcotráfico deberían ir a resarcir a las víctimas del terrorismo y de la guerra. La droga es el mayor rubro de exportación del país, las incautaciones de droga colombiana serian la fuente idónea para cumplir con esta tarea. Hoy no tenemos los instrumentos jurídicos para que las víctimas sean realmente reparadas a pesar de que se ha dicho que el proceso de paz es para ellas. Las víctimas han contribuido, han apoyado a la justicia, han revisitado su dolor con generosidad y han buscado la reconciliación. Pero como decía la señora victima de secuestro extorsivo ¿qué hay para ellas? Esa es una pregunta que tenemos que contestar legalmente.

La palabra perdón puede ser muy poderosa pero también ser simplemente una palabra vacía...

Perdonar puede ser una virtud cristiana pero no es un deber legal. De hecho, la motivación de perdonar no es necesariamente altruista. La realidad es que mientras uno se carcome atado por el dolor de lo que le hicieron, los que se lo hicieron a uno, ni se enteran. Para liberarse de esa cadena, la palabra que surge es perdón. Así que el perdón comienza con una palabra vacia. Se llena de contenido cuando se vuelve una disciplina, porque el perdón no es una cosa que uno diga, “listo, hecho, paso a otra cosa”. Uno vive a diario con la intención de perdonar, con la disposición y con la voluntad de hacerlo. Pero se necesita disciplina emocional para lograrlo.

Íngrid Betancourt participa de la Comisión de la Verdad.

Foto:

Mauricio Moreno. EL TIEMPO

En el discurso que dio en la Comisión de la Verdad usted dijo que "la paz necesita un cambio profundo de nuestra relación con el otro", ¿a qué se refiere? ¿cómo lograrlo?

Yo creo que el punto de partida es tratar de ir a lo básico. Cuando hablamos de paz, de qué estamos hablando. Uno piensa en la paz y se le viene a la cabeza la paloma blanca, el signo de paz, un acuerdo de paz, gente de blanco firmando la paz, pero la paz qué es. Nosotros no queremos morir en paz, nosotros queremos vivir en paz. Eso quiere decir que tenemos que transformar la manera como nos relacionamos con los demás. Y Obviamente que para vivir en paz, a final de cuentas es un aprendizaje de cómo dignificar al otro.

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¿Tiene esperanza?

Sí. La Esperanza es la vela que prende todas las otras que se hayan apagado. En Colombia prendió la vela de la Paz. Eso que parecía imposible, ahora es una realidad. Más difícil que la paz, no había nada. Los de mi generación veíamos la paz como ir a Marte. Pero lo logramos. Si logramos la paz, somos capaces de muchas mas cosas extraordinarias. Hoy la pandemia nos reveló el abismo social que nunca hemos querido ver. Ahora podemos prender otra vela, la de la prosperidad para todos. Esta es una oportunidad única para hacerle una reingeniería profunda a nuestro país y salir de la oscuridad de la corrupción.

Yo estuve por los lados de Caloto, Cauca, y en esa zona la guerra aún se vive. Esta paz es parcial, está como por parches, unos vivimos el privilegio de la paz, otros no...

Sí, es como luchar contra un cáncer. Vamos a ir acabando las metástasis paso por paso, por regiones, por veredas, por localidades, empoderando a la gente contra la corrupción y la violencia que siempre van juntas, dándole a las personas los instrumentos de su paz, de su seguridad y de su dignidad.

Para cerrar, qué significa el 24 de noviembre para usted... ¿qué significan estos cinco años? ¿qué sentimiento?

Cuando pienso en el aniversario del proceso, veo a un niño de cinco años. Eso me da la medida de la historia que ha transcurrido. Es decir, veo a un niño que ya es autónomo, pero que nos necesita mucho a todos. Es probable que nos demoremos la vida de un ser humano en lograr que este proceso nos traiga todo lo que esperamos de él, pero al cumplirse sus cinco años, hemos tomado conciencia de su crecimiento y también de lo que nos faltó hacer. Su nacimiento no fue deseado por parte de una parte de sus progenitores, y es como si lo hubiéran dejado desnutrido durante sus primeros años de vida. El próximo gobierno tiene que estar firme en la tarea de cumplirle a ese niño nuestro, el de todos los colombianos. El hecho es que nació y está acá y lo tenemos que sacar adelante.

SIMÓN GRANJA MATIAS
Redacción Domingo
En Twitter: @SIMONGRMA

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