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EL TIEMPO

Aparecidas: buscarlas hasta encontrarlas

A las mujeres las desaparecen desde que son niñas. Las violan. Las explotan sexualmente. Las matan. 

“Me dirigí al parque Tercer Milenio. Recuerdo que llamé inmediatamente a la línea 123, fui al CAI de mi barrio y les dije que no encontraba a mi hija. Me dijeron que no me estresara, que debería estar en cualquier parte, que en cualquier momento podría aparecer. Nunca entendí por qué la Policía cree que cuando desaparecen a una mujer es porque van a ver a una amiga, una vecina, una prima. Me dio mucha rabia. En ese momento entendí que era mi hija y que si yo no la iba a buscar, nadie lo iba a hacer”.

Estas son las palabras de Nathalie Amaya, madre de Lynda Michelle Amaya, desaparecida el 30 de noviembre de 2020. Tenía 15 años. Desde ese día, su madre emprendió una búsqueda épica que la llevó a infiltrarse en una olla junto al parque Tercer Milenio, en Bogotá, para finalmente descubrir que el cuerpo de su hija asesinada había estado todo el tiempo en Medicina Legal, sin ser ella notificada, no obstante haber acudido a esa instancia desde que desapareció.

Su historia es paradigmática porque muestra todas las barreras que existen para buscar a las mujeres, niñas y adolescentes desaparecidas en Colombia y porque demuestra cómo, en gran medida, estas barreras tienen relación con un sesgo machista de todo el sistema oficial que está involucrado en las búsquedas. Es precisamente ese el sesgo que queremos explorar e investigar en este reportaje:

¿Por qué desaparecen a las mujeres? ¿Quién las busca? ¿Cuál es la clave para encontrarlas?

También queremos enfocarnos en el impacto social que deja la desaparición de las mujeres. Aunque muchas de las desaparecidas suelen aparecer como víctimas de feminicidio, morir y desaparecer no son la misma cosa. Yesenia Rivera, hija de Luz Leidy Vanegas, mujer desaparecida el 1.º de enero de 2020, lo dice Claro: “Una persona desaparecida es una constante incertidumbre. El sentir mío era que mami no estaba viva. Si estuviera viva, hubiera encontrado alguna forma de ponerse en contacto. Pero entonces uno necesita saber qué pasó o encontrar unos restos. Saber dónde estuvo y qué le hicieron”.

Cuando el cuerpo no está, como sucede en las desapariciones, todo el proceso del duelo se torna profundamente complejo

Para la psicóloga Ana Carolina Calvo, de la organización Duelo Contigo, “el duelo se relaciona inmediatamente con la muerte, y la muerte es algo demasiado abstracto para el ser humano porque no la podemos tocar ni la podemos ver, a no ser que tengamos símbolos que nos permitan entenderla, como los cuerpos y restos de los fallecidos. Cuando el cuerpo no está, como sucede en las desapariciones, todo el proceso del duelo se torna profundamente complejo”.

Calvo explica que con las desapariciones hay un ‘duelo ambiguo’: “Racionalmente pueden entender la posibilidad de que la persona desaparecida haya muerto, pero emocionalmente no lo pueden integrar. Cuando no hay un cuerpo, toca dar por muerta a una persona sin tener certeza física, y para la mente humana eso es casi imposible. La persona se acostumbra a la ausencia, pero queda con la sensación de que el ser desaparecido puede aparecer, entonces busca su rostro en todas partes”.

Según el informe ‘Las desaparecidas y las invisibles. Repercusiones de la desaparición forzada en las mujeres’, del Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ), “las mujeres son consideradas víctimas de la desaparición forzada no solo cuando ellas mismas son desaparecidas, sino también como familiares de una persona desaparecida. Debido a desigualdades de género arraigadas en la tradición, raza, cultura, religión y clase, las mujeres a menudo experimentan las consecuencias sociales, económicas y psicológicas de las desapariciones de manera diferente que los hombres”.

Adicionalmente, el informe del Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas o Involuntarias de las Naciones Unidas dice que “de manera desproporcionada, las mujeres víctimas de desaparición forzada son objeto de violencia sexual y están expuestas a sufrimientos y humillaciones. Su cuerpo es utilizado como parte de una estrategia de control social”.

Este reportaje muestra que cuando las personas desaparecen, quienes las buscan son otras mujeres: madres, hijas y hermanas para quienes la búsqueda se convierte en un trabajo permanente, desestabilizando profundamente a las familias.

Un problema en las definiciones

Una de las grandes barreras a la hora de buscar a mujeres desaparecidas es que hace falta una mirada diferenciada de género. Para empezar, casi siempre la discusión sobre desapariciones se centra en la desaparición forzada, de la que son víctimas mayoritariamente hombres y que ocurre cuando la desaparición “es cometida por agentes estatales o por particulares que actúen en nombre del Estado o con su autorización, apoyo o consentimiento”. O, en el caso de Colombia (Ley 589 de 2000), cuando están involucrados actores no estatales que son partícipes del conflicto armado, como las guerrillas y los paramilitares.

Según el informe ‘Forensis’, debido a que la desaparición forzada se ha usado como estrategia de confrontación armada, se calcula que como consecuencia del conflicto armado ha habido al menos 82.998 desapariciones en los últimos 60 años.

Sin embargo, si bien la mayoría de las víctimas de desaparición forzada son hombres, hay una victimización secundaria de los familiares, en su mayoría mujeres, de la que poco se habla: “Tanto en la búsqueda de su ser querido desaparecido como en el arduo proyecto de rehacer sus vidas, las mujeres se enfrentan a innumerables instancias de discriminación, prejuicio y violencia derivada de su condición de mujeres”, afirma Medicina Legal en su ‘Forensis’ de 2018.

La desaparición forzada es, entonces, una forma de desaparición involuntaria que está casi siempre enmarcada en el conflicto armado y que, por lo tanto, suele excluir a las mujeres.

(Lea también: No hay justicia a un año del asesinato de Michelle Amaya en el San Bernardo)

Por eso es urgente que se pueda analizar este delito por fuera del marco de la guerra armada para que, como dice el ‘Forensis’ 2018, se pueda “dar cuenta de cómo en contextos de migración, desaparición en principio voluntaria, e inclusive las accidentales, las dinámicas de desigualdad entre los sexos pueden hacer más vulnerables a las mujeres y niñas a redes de trata de personas, esclavitud doméstica o sexual o a que, en el contexto del delito de desaparición, se sumen otras violencias como la sexual”.

Por otro lado, todas las mujeres víctimas de desaparición, tanto las que huyen de sus contextos voluntariamente como las que son desaparecidas por terceros de manera involuntaria, son especialmente vulnerables a la violencia sexual y los abusos de género.

Pero, a pesar de esto, muchos de los protocolos forenses adoptan una perspectiva neutral al género y no ofrecen garantía de que se busquen puntualmente indicios de violencia machista en los cuerpos de las mujeres que luego de haber desaparecido aparecen como víctimas de feminicidio. Según Medicina Legal, “en el caso de las mujeres reportadas como desaparecidas que posteriormente aparecen muertas, se realiza la correspondiente necropsia médico-legal, llevando a cabo una valoración integral del cuerpo”.

Hasta el 6 de agosto de 2021, el Registro Nacional de Desaparecidos (RGN) reportó 911 mujeres desaparecidas. En total, desde 2017 se han registrado 5.760 casos. Este sistema de información señala que Bogotá, Antioquia y Valle del Cauca son los departamentos con la tasa más alta de casos de este tipo. Además, los informes ‘Forensis’ del 2018 y el 2019 muestran que el sábado suele ser el día con más desapariciones y que ha habido más casos de niñas y adolescentes que de niños y adolescentes.

La violencia intrafamiliar y doméstica, los embarazos no deseados, las redes de trata y otros peligros relacionados con la desigualdad de género y las violencias machistas hacen que el índice de las niñas y adolescentes desaparecidas sea mayor que el índice del género opuesto en las mismas edades.

Violencia en la pandemia

De manera desproporcionada, las mujeres víctimas de desaparición forzada son objeto de violencia sexual y están expuestas a sufrimientos y humillaciones

El confinamiento acentuó las dinámicas sociales complejas que afectan de manera diferencial a las mujeres. En los hogares se incrementó un 228 por ciento la violencia intrafamiliar; allí, las mujeres representaron el 86,08 por ciento de las víctimas, y en los territorios se presenció un recrudecimiento de la violencia de los grupos armados, desplazando a miles de personas (alrededor del 80 por ciento mujeres), según la ONU.

Entre estas violencias, las defensoras de derechos humanos han pagado el precio más alto, con un incremento de 3,42 % en el número de conductas vulneratorias en un país que se lleva el 53 % de todos los asesinatos de personas defensoras de los derechos humanos y temas medioambientales en el mundo. A eso se le suma la situación de las mujeres migrantes y refugiadas provenientes de Venezuela (que muchas veces desaparecen al ser víctimas de trata de personas) que enfrentan barreras de acceso a ayudas vitales como los servicios psicosociales, de salud y de seguridad.

Para Tania Mogollón, del colectivo Mujeres por Barrancabermeja, las adolescentes muchas veces huyen de sus hogares por el mismo maltrato intrafamiliar ejercido por sus padres o sus parejas. Durante el confinamiento, la violencia en los hogares tuvo un incremento exponencial que puede terminar en que la mujer, en un intento de salir de esa situación, caiga en manos de otro agresor. El confinamiento también hizo que las búsquedas se hicieran más difíciles, y gran parte de las búsquedas tuvieron que hacerse a través de las redes sociales.

Negligencia del sistema

Una constante en estas historias es que cuando madres o hijas de una víctima de desaparición alertan a las autoridades, estas no se las toman en serio. El trato condescendiente obedece a prejuicios con el género: creen que las denunciantes están exagerando y que las víctimas se fueron con una amiga o con un hombre. Con estas barreras se encontró Yesenia Rivera cuando denunció la desaparición de su madre, Luz Leidy Vanegas.

“Una cosa que me pareció muy particular ese día, cuando puse la denuncia, es que si bien él me la tomó y escribió lo que yo dije en el momento, el policía judicial me decía: ‘Ey, pues yo igual te tomo la denuncia, pero ella de más que está por ahí pasando la rabia y aparece. No tienes que preocuparte’. Entre comillas, diciéndome que no iban a hacer nada. Yo les decía que estaba desaparecida. Que eso no era normal. Yo sé que hay personas que salen con rabia, o que salen un fin de semana y no pasa nada. Pero uno más o menos conoce a sus personas cercanas y sabe quiénes hacen ese tipo de cosas y quiénes no. Y yo sabía que no era el caso”.

También sucede que, incluso cuando hay funcionarios o funcionarias dispuestas a ayudar, no tienen la capacidad para hacerlo. En la historia de la desaparición de Luz Leidy hay otro ejemplo de esto: “Al otro día, ya de día, fuimos al Gaula, en la oficina de desaparecidos, y ahí hablamos con otra señora y ella terminó ahí sí como de completar la información y nos pidió más datos. Ella sí nos dijo: ‘Esto no es normal’. ¿Cuál fue uno de los problemas? Que como estábamos a principio de año, los funcionarios estaban de vacaciones colectivas. Entonces había muy pocos funcionarios para atender los casos. Ella nos decía: ‘Nada más somos como tres personas para atender todos los casos; se puede demorar, pero hacemos todo lo posible’. Ya luego nos asignaron fiscal”, denuncia Yessenia.

Pero como el funcionario estaba en vacaciones, vino a saber del caso varios días después, no inmediatamente. “Nosotras dizque dándole la esperita de los dos tres días para que él llegara, tomara el archivo, leyera qué tiene pendiente. Y cuando fuimos allá a la oficina de él, sin que nadie nos llamara o dijera que fuéramos, nos dimos cuenta de que él se dio cuenta del caso porque nosotras fuimos. Mi tía y yo fuimos a preguntar: ‘Bueno, ¿qué se va a hacer con el caso?’. Entonces él nos dijo: ‘Ah, espere un momentico’; se sentó, él estaba leyendo el caso viendo qué era”.

(Además: Indignación por condena de 4 años a mujer que sufrió violencia doméstica).

No solo la atención es escasa e ineficiente, también está llena de indolencia. Nathalie Amaya, la madre de Lynda Michelle, cuenta que cuando por fin le notificaron en Medicina Legal que creían tener el cuerpo de su hija, lo hicieron sin siquiera ofrecerle una disculpa por el dolor que habían causado: “El camino a Medicina Legal fue eterno. Me recibió la misma persona que siempre me dijo que allá no estaba mi hija, pero esta vez me dijo que creía que sí. En ese momento solo pedí ver el cuerpo. Yo no sabía si tenía más dolor o más impotencia de saber que lo único que hicieron con mi dolor fue patearlo de aquí para allá, sin hacer absolutamente nada. Pudieron evitarme demasiadas cosas y no lo hicieron. Hasta el día de hoy, Medicina Legal no se ha pronunciado al respecto. ¿Cuántas madres más deben estar en esa situación?”.

Las reporteras de esta investigación acudieron a Medicina Legal para preguntarles por las irregularidades cometidas en el caso de Lynda Michelle. Esta fue su respuesta: “En este caso, las actividades de investigación y esclarecimiento de los hechos están siendo realizadas por la Fiscalía General de la Nación; así mismo, durante el proceso judicial, el juez determinará si existieron o no irregularidades al respecto, de conformidad con el informe pericial emitido por la entidad, a fin de tomar las medidas que correspondan”.

Búsquedas urgentes

En Colombia existe el Mecanismo de Búsqueda Urgente (MBU), una herramienta que se activa para ubicar a las personas que se presumen como desaparecidas. Su objetivo es que las autoridades judiciales ordenen en forma inmediata todas las diligencias necesarias tendientes a su localización”. Cualquier persona puede pedir la activación del MBU. Es un trámite gratuito y, contra la creencia popular, no hay que esperar 48 horas para que una persona pueda considerarse desaparecida.

El MBU se puede y debe activar de manera inmediata. Para hacerlo solo es necesario informar de los hechos a un juez o fiscal y “suministrar los datos que permitan identificar a la víctima: nombre, documento de identificación, lugar de residencia, rasgos y características físicas, prendas de vestir, elementos de uso personal que portaba en el momento de la desaparición y demás datos que permitan su individualización”.

Aunque teóricamente el MBU suena muy bien, en la investigación hecha para este reportaje hemos evidenciado que sus bondades no se traducen en la práctica

Aunque teóricamente el MBU suena muy bien, en la investigación hecha para este reportaje hemos evidenciado que sus bondades no se traducen en la práctica. Nos comunicamos con la Fiscalía para preguntarles si el MBU se activó en los recientes casos mediáticos de Lynda Michelle, Daniela Quiñones y Luz Leidy Vanegas. Contestaron así: “El Mecanismo de Búsqueda Urgente fue activado por la Dirección Seccional Bogotá en favor de la menor Lynda Michelle Amaya, y por la Dirección Seccional Medellín se activó en favor de Luz Leidy Vanegas. En cuanto a Daniela Alexandra Quiñones no fue activado, ya que la Dirección Seccional Caldas abrió la correspondiente investigación como víctima del delito de feminicidio”.

También les preguntamos qué otros protocolos activa o sigue la Fiscalía para dar con personas dadas por desaparecidas, y nos respondieron que, una vez la Fiscalía General de la Nación avoca conocimiento de la presunta desaparición de una persona, se les oficia a las siguientes entidades: al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, al Inpec (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario), a la Registraduría Nacional del Estado Civil y a la Comisión de Búsqueda de Personas Desaparecidas, para el respectivo registro en el Sirdec, el cual es un sistema que lleva el registro de los desaparecidos.

Por último, les preguntamos si hay diferencias en el operar de la Fiscalía General de Nación en la búsqueda de personas dadas por desaparecidas cuando ocurren en el marco del conflicto armado y cuando no. A esto respondieron: “El Mecanismo de Búsqueda Urgente (MBU) no es un proceso penal, sino una herramienta concebida por el legislador para tutelar la libertad e integridad personal, prevenir el delito de desaparición forzada y encontrar a las personas vivas en el menor tiempo posible, por lo que de aperturarse una noticia criminal por el delito de desaparición forzada, la Fiscalía General de la Nación procederá al ejercicio de la acción penal de acuerdo con lo que en derecho corresponde”. Es decir que los protocolos son los mismos en todos los casos.

Buscar con perspectiva de género

Campaña No es hora de callar.

Foto:

Archivo El TIEMPO

Un hecho evidente es que cuando las mujeres son víctimas de desaparición involuntaria es muy probable que también hayan sido víctimas de violencia de género. Cuando una mujer desaparece, las probabilidades de que su pareja o expareja hombre esté involucrado con la desaparición son altísimas. Pero cuando un hombre desaparece, las posibilidades de que su pareja mujer esté involucrada son mínimas y quizás su búsqueda tendrá que enfocarse en otros motivos como el conflicto armado o la extorsión a manos de bandas criminales.

En dos testimonios incluidos en este trabajo periodístico, las madres cuentan que su principal sospechoso en ambos casos fue un hombre. Ambas estaban en lo cierto, y sus hijas fueron víctimas de violencia sexual.

En su testimonio, Yesenia Rivera, hija de Luz Leidy Vanegas, afirma que ese puede ser su caso. “El principal sospechoso, para nosotros como familia, es la pareja de mi mamá. ¿Por qué? Por las circunstancias de la desaparición. Porque la última persona con la que estuvo fue él, porque si bien mami salió sola, y mi hermanito vio en ese momento que ella salió sola..., le pudieron mandar a hacer algo. Era muy particular, sobre todo al principio, cuando salíamos a buscar porque él decía que él la estaba buscando, pero nunca salía a buscar con nosotros. Y a veces decía o había ciertas cosas en las que se contradecía. Y en medio de todo lo que pasó, hay ciertas actitudes que uno dice: tiene que ser él”.

Esto nos lleva a pensar que si no se busca a las mujeres con perspectiva de género, será imposible encontrarlas. El ‘Forensis’ de 2018 señala que “debería incorporarse una perspectiva de género en todas las medidas, sea de índole legislativa, administrativa, judicial u otro tipo, que tomen los Estados para abordar la cuestión de las desapariciones forzadas”. Nos preguntamos entonces si los mecanismos institucionales de búsqueda efectivamente tienen algún tipo de perspectiva de género, como lo recomienda el ‘Forensis’.

Nos comunicamos con Medicina Legal para preguntar si dicha perspectiva de género ya es aplicada en lo concerniente a las labores de Medicina Legal frente a mujeres dadas por desaparecidas. Esto respondieron: “Hemos desarrollado estrategias para la incorporación de los enfoques diferenciales en la presentación de los servicios forenses, incluyendo estas necesidades en el acceso, atención y adecuado registro. Cabe resaltar que cada enfoque se integra de manera transversal a los procesos y procedimientos forenses bajo las funciones misionales del Instituto descritas en la Ley 938 de 2004 (título III, art. 36) y busca también contextualizar de manera adecuada intersecciones entre diferentes enfoques”.

(No se quede sin leer: En Santa Fe camuflan drogas en pan y explotan a niñas para que las vendan). 

¿Queremos encontrarlas? El precio social de aparecer

Que una mujer desaparezca es una tragedia, y que aparezca viva es una gran fortuna. La aparición de cualquier mujer desaparecida debería ser un motivo de celebración. Sin embargo, lo que se observa en medios de comunicación y redes sociales es que la sociedad castiga a las mujeres que no fueron víctimas de desaparición involuntaria y aparecen vivas.

En junio de 2020, el movimiento político Estamos Listas inició una campaña de búsqueda ante la desaparición de Karina Rivas, una activista del movimiento político que estaba postulándose como concejala en Medellín. La promesa de campaña de la candidata se basaba en reducir las inequidades de las mujeres afrodescendientes, raizales, negras, caribeñas y palenqueras, y después de cuatro días de desaparecida, Karina publicó un video en el que anunciaba que estaba viva.

La revista Semana publicó que su desaparición se debía a que “se encontraba en una finca donde no tenía señal”, y otros medios reseñaron que “estaba perdida” porque se había ido de rumba. Así, los lectores en redes sociales no demoraron en sacar conclusiones revictimizantes.

Gihomara Aristizábal Morales, voluntaria de búsqueda en Estamos Listas, alerta que la ciudadanía y los medios suelen culpar a la mujer desaparecida, asumiendo los motivos de su desaparición y exponiendo a sus familias.

El caso de Karina evidencia el estigma social que se les aplica a las mujeres cuando aparecen –violentadas o no– después de una desaparición, justificando la agresión por cómo estaba vestida o por frecuentar cierto espacio social. Al ser Karina una activista afro por los derechos humanos, algunas personas la acusaron por salir a beber un viernes en la noche y les resultó alarmante que dejara a su bebé en casa mientras ella se “iba de fiesta”. Como si tener una vida social no fuera compatible con el liderazgo y la maternidad.

Este tipo de calificaciones y opiniones son casi que la norma cuando las mujeres aparecen vivas. En los meses pasados, cuando la familia de Daniela Arboleda, desaparecida en Medellín, anunció en redes que la habían encontrado, algunas personas hicieron comentarios como este: “Qué estaría haciendo que no echan el cuento completo”. En febrero de 2021 desapareció Vanessa Valencia en Cali. Según sus familiares, estaba en estado de embarazo, así que las autoridades la buscaban de manera prioritaria. Días después la mujer apareció deambulando, desorientada, y al hacerle exámenes médicos se observó que hacía varias semanas que ya no estaba embarazada. Al saberse esto, la opinión pública dio un vuelco radical y se acabó la empatía.

Comentarios como este empezaron a llenar las redes: “Haciendo dramas para engatusar a los novios. Cojan oficio, no se dediquen a explotar a los falsos padres de falsos bebés. ¿Cuánto dinero cuestan esas búsquedas?”.

Lo cierto es que culpabilizar a las mujeres es una práctica tan antigua como las mismas sociedades, donde resulta más práctico pedirle a la víctima una explicación que exigir justicia y esclarecimiento a las autoridades encargadas de investigar y judicializar a los agresores.

Mujeres buscadoras

Recuperar el cuerpo es recuperar el vínculo. Las familias que están en búsqueda están despersonalizadas, viven en piloto automático, guiadas por la angustia y el dolor

Ante la negligencia y la indolencia de las autoridades, las familias son las que terminan realizando las búsquedas.

Explica la psicóloga Ana Carolina Calvo: “Recuperar el cuerpo es recuperar el vínculo. Las familias que están en búsqueda están despersonalizadas, viven en piloto automático, guiadas por la angustia y el dolor. La mente no puede asimilar eso de golpe. Se desconectan de la realidad y todo gira en función de buscar a la persona. Hay un brote de esperanza: la quiero encontrar viva. Pero luego hay un momento en que, viva o muerta, necesitan encontrarla y saber qué pasó con ella”. Las familias asumen las funciones del Estado, y el impacto que esto tiene en sus vidas es devastador.

(Además: ‘Una mujer queda rota no por perder su virginidad, sino su alma’). 

Así cuentan las mujeres su experiencia de la búsqueda: “Durante esos primeros días, nosotras buscamos mucho por cuenta propia. Si bien en la Fiscalía nos dijeron que se activaba el Mecanismo de Búsqueda Urgente (...). Pero igual, como sabemos cómo son los procesos acá, nosotras por nuestra propia cuenta salíamos a buscar todos los días a un sitio diferente. Entonces fuimos a varios hospitales de Medellín”, relata Yesenia Rivera.

Así cuentan las mujeres su experiencia de la búsqueda: “Durante esos primeros días, nosotras buscamos mucho por cuenta propia. Si bien en la Fiscalía nos dijeron que se activaba el Mecanismo de Búsqueda Urgente, como con las características que nosotras dimos, si aparecía algo en la red de ellos, como de hospitales y eso, pues nos avisaban. Pero igual, como sabemos cómo son los procesos acá, nosotras por nuestra propia cuenta igual salíamos a buscar todos los días a un sitio diferente. Entonces fuimos a varios hospitales de Medellín.” Cuenta Yesenia Rivera, hija de Luz Leidy Vanegas.

Añade: “Cuando digo ‘fuimos’, siempre hablo en plural porque en todo estábamos mi tía Diana y yo, siempre a todo nos fuimos las dos. Fuimos a Medicina Legal, fuimos a Quebrada, cerca de la casa; fuimos a varios sitios de la ciudad que frecuentan habitantes de la calle, fuimos a Moravia, al bosque. Zonas a donde yo nunca me había ido a meter en la vida, y eso me llevó a meterme por allá. Conocí muchas cosas que uno dice: por Dios, ¿esto existe? Aunque sabía que existía, nunca lo había visto así con mis propios ojos. También fuimos por el centro, por Ciudad Gótica, por la Minorista.

¿Qué no nos andamos?”. Nathalie Amaya, la madre de Lynda Michelle, también resolvió asumir la búsqueda de su hija ante la apatía del Estado: “Yo estaba sentada en la carrera 11B con calle 3.a , frente a una panadería que se llamaba El Triunfo, viendo la Navidad de los indigentes: muchísima droga, ruido, escombros, tragos baratos, niños corriendo que viven su vida en ese lugar. Ahí entendí que tenía que comprar mi consumo, así yo no consumiera, para pasar inadvertida”.

Los días que pasó buscando a su hija fueron como una pesadilla: “No tenía noción del tiempo. Yo llegaba a mi casa en la noche a leer libros, para salir en la mañanita a buscarla. Recibí muchas llamadas de extorsión”.

Es importante de resaltar que las familiares que buscan a víctimas de desaparición suelen ser mujeres como madres o hijas. Uno de los casos más emblemáticos en Colombia es el de las Madres de los Falsos Positivos, o Mafapo, quienes, al buscar a sus hijos, destaparon uno de los casos más escabrosos de ejecuciones extrajudiciales en la historia de Colombia. Otro ejemplo clásico es el de las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, una asociación formada durante la dictadura de Jorge Rafael Videla con el fin de recuperar con vida a los detenidos desaparecidos y desaparecidas.

Las Madres de la Plaza de Mayo tuvieron un impacto político internacional muy importante y se centraron en la idea de que “no hay muertos, hay desaparecidos”, y esto permitió que se pudiera juzgar a muchos represores de la dictadura porque, al no aparecer los cuerpos, los crímenes no prescriben.

La presidenta de la fundación en los años 80, Hebe de Bonafini, dijo: “Les prometimos a los hijos que no los íbamos a abandonar y no los hemos abandonado. Les prometimos que no iba a haber un solo militar que pudiera salir a la calle a poner un cartel o una foto... y no han podido. Llenamos la ciudad con las fotos de nuestros hijos, con sus hermosos rostros, con sus hermosos ojos, con sus sueños y con sus esperanzas, sin nombres, porque las Madres, en un acto absolutamente revolucionario, ‘socializamos la maternidad’ ”.

En México, el Día de la Madre se celebra el 10 de mayo, y en cada una de esas fechas, todos los años, las madres de las y los desaparecidos convocan protestas públicas en todo el país para exigir la aparición con vida de sus hijas e hijos bajo consignas como “Hija, escucha, tu madre está en la lucha” o “¿Por qué los buscamos? Porque los amamos”.

En México hay más de 70 colectivos de madres buscadoras, y algunos de estos grupos, como el Colectivo Las Rastreadoras de El Fuerte, en Sinaloa, o las Madres Buscadoras de Sonora, se organizan para buscar huesos en los desiertos del norte del país, con la esperanza de identificar los restos y avisarles a las familias. Según la periodista Paola Díaz, “son grupos pequeños los que cada fin de semana salen a buscar, con sus propios recursos, pagando la gasolina, la comida y todo lo que se requiera”. Entre 2019 y 2020, el Colectivo Madres Buscadoras de Sonora encontró 79 restos.

Son las mujeres, madres e hijas, las que buscan y encuentran. Emprenden búsquedas sistemáticas y persiguen a las autoridades para que hagan su trabajo y recogen las principales pistas. Pero, al hacerlo, tienen que cambiar sus vidas. Renunciar a sus trabajos. Viven violencias como extorsión o desplazamiento, que resultan en daños irreparables en sus familias y comunidades.

¿Cómo encontrarlas?

A estos grupos de madres, hijas y hermanas, convertidas por la tragedia en activistas, les debemos que este problema tenga algo de visibilidad.

Explica Yesenia Rivera, hija de Luz Leidy Vanegas, que “a raíz de todo esto, aunque a mi mami no la hemos encontrado, ella se volvió como un símbolo de las desapariciones –de hecho, tengo entendido, hablando con el psicólogo, que se creó una mesa para hablar sobre temas de desaparecidos–, ya se puede decir: es una problemática que siempre ha existido, pero no le estaban prestando atención. Afortunadamente, muchas personas y muchas mujeres y niñas han aparecido”.

La experiencia de estas mujeres buscadoras nos ha mostrado lo que sí funciona, y todo comienza con creerles a las mujeres que dan la primera alerta de la desaparición. Otra estrategia que funciona es buscar a colectivos de mujeres que activen rutas de búsqueda. Esto fue lo que hizo Juana cuando desapareció su hija Laura, y la Policía le dijo: “No podemos ir a buscarla porque está en una zona rural y no tenemos vehículo”. “En ese momento mi hermana contactó por Facebook a la organización Mujeres por Barrancabermeja, que rápidamente apoyó la búsqueda y nos orientó sobre las rutas disponibles. Ellas hicieron lo que la Policía no fue capaz”.

El acompañamiento de grupos feministas y de mujeres es clave para navegar rutas de búsqueda y denuncia que pueden ser desconocidas para las víctimas: “Al día siguiente fuimos a Barrancabermeja. Tania, del colectivo de mujeres, nos acompañó a Medicina Legal, donde internaron a mi hija por tres días”.

Para Luz Ángela Pimienta, madre de Daniela Quiñones, fue clave recurrir a otras instancias de la comunidad, como instituciones religiosas o educativas: “Fui a la iglesia y le pedí al sacerdote del pueblo que me ayudara a buscarla. Todos la buscaban, no solo las autoridades, la Universidad Eafit fue un apoyo muy grande. Sus compañeros, profesores y rectores fueron los que difundieron la pieza en redes sociales, mientras yo la buscaba por los potreros”.

La vehemencia de las mujeres buscadoras no puede, ni tiene, la capacidad para suplir las funciones del Estado.

Es evidente que se necesita invertir en más personal, que esté mejor capacitado, pero también es claro que la metodología oficial de búsqueda no es muy eficiente para encontrar a las mujeres.

Basándose en la ética del cuidado, la investigadora colombiana Andrea Romero creó una metodología con un enfoque en la acción forense sin daño, en la cual los familiares están en el centro y en donde la memoria no solo es una metodología para la obtención de información, sino una estrategia para dignificar y reconocer el trabajo de las buscadoras.

Esta metodología se consolida después de 11 años de documentar casos desde el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, capítulo Antioquia, y trabajar con organizaciones como Mujeres Caminando por la Verdad y obtener una mención a la excelencia summa cum laude de la Universidad de Antioquia por ser un aporte innovador y significativo a la antropología forense.

(Siga leyendo: Intentaron linchar a un hombre acusado de abusar de una niña en Bosa). 

Romero diseñó una serie de dispositivos pedagógicos que permiten activar el recuerdo, motivar el testimonio y construir memoria sobre las personas desaparecidas. Dichos dispositivos buscan generar información, lo más concreta posible, acerca del desaparecido y su presunto paradero, promoviendo la documentación de casos y el diligenciamiento de las fichas ante mortem.

Según Romero, Colombia no ha adoptado propiamente los protocolos internacionales de búsqueda, lo que genera inconsistencias en los procesos de identificación.

Para saldar este vacío, Romero establece una primera etapa que denomina “la investigación preliminar”, en la cual se busca el perfil biológico y social de la persona desaparecida: quién es, cómo se llama, cuántos años tiene, su número de identidad, pero también sus características físicas, sus dolencias, sus hobbies y todo aquello que permita saber cuál es el lugar que ocupa socialmente y las posibles causas de su desaparición. Estos detalles los tiene la familia. La restitución simbólica se obtiene por medio del dibujo, a través de la silueta humana, donde se plasman las características físicas. Con estos detalles se puede vislumbrar cómo se encontraba la víctima en el momento de la desaparición para saber cómo buscarla y hacer una ruta para el reencuentro, o identificar el cuerpo y entregarlo a las familias.

Colombia no ha adoptado propiamente los protocolos internacionales de búsqueda, lo que genera inconsistencias en los procesos de identificación.

Saber qué ropa tenía mostrando distintos tipos de tela hace que emerjan recuerdos que nos permitan acceder a datos que estaban en la frontera del olvido”, explica Romero. Con esta información se crea el universo de la persona desaparecida que la Fiscalía podría usar para hacer su despliegue técnico y logístico y poder recuperarla.

En el sistema de Romero, cada mujer desaparecida tiene una bitácora de la memoria que sirve para que sus seres queridos le rindan homenaje, y a su vez podría representar una información clave como insumo para la Fiscalía o la Unidad de Personas dadas por Desaparecidas.

VOLCÁNICAS
Equipo ganador del premio a las mujeres periodistas 2020-2021

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