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La bebé de Rosa Amalia sobrevivió a las balas que mataron a su madre
Rosa Amalia Mendoza, ex-Farc asesinada

Rosa Amalia fue asesinada por dos sicarios en un municipio del sur de Bolívar.

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Archivo particular

Especial

La bebé de Rosa Amalia sobrevivió a las balas que mataron a su madre

Rosa Amalia fue asesinada por dos sicarios en un municipio del sur de Bolívar.

Rosa Mendoza, de 25 años, fue atacada a tiros en su casa por hombres señalados de pertenecer al Eln.

En su nueva vida después de la guerra, Rosa Amalia Mendoza les decía a todos que su familia era su motor de vida. Tenía 25 años y parecía que sus sueños por fin empezaban a cumplirse: tuvo una hija, y con ella la oportunidad de formar un hogar por primera vez. Y estaba trabajando duro para entregarles a sus padres la casa que nunca tuvieron.

Pero esos sueños se apagaron el 26 de diciembre de 2020, cuando dos sicarios —miembros del Eln, según las investigaciones— la asesinaron en la quebrada La Honda, municipio de Montecristo, sur de Bolívar. Rosa estaba con su pequeña bebé de dos años, su pareja –también excombatiente– y un amigo.

En un primer momento se informó que los cuatro habían muerto. Pero la bebé –de quien amigos y cercanos prefieren reservar el nombre– logró sobrevivir: fue un mes de esfuerzos de los médicos que lograron salvarle la vida. Ya cumplió los tres años. Y su padre, la pareja de Rosa, también escapó a la muerte.

(Lea: Verdades silenciadas con el asesinato del último comandante del frente 30).

A Rosa Amalia Mendoza Trujillo la conocieron en las filas de la extinta guerrilla de las Farc como ‘Karen Palmeira’. Llegó al frente 37 recién cumplió los 18 años y, según recuerdan sus excamaradas, desde el primer momento apoyó la firma del proceso de paz con el Gobierno con la esperanza de formar una familia, tener un trabajo, estudiar y salir adelante.

Rosa Amalia Mendoza le había dicho sí a la paz hace cinco años. 

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Su familia

“Ella me decía: ‘Si algún día me muero o si me matan, yo quiero dejar a mi mamá viviendo en un lugar digno’. Esa era su primera meta”, rememora Gysell, su mejor amiga en la guerrilla.

Se conocieron cuando Rosa tenía 18 años y Gysell, 25: “Ella siempre quiso solventar a sus padres. Vivían en una choza muy humilde y me decía que quería tener plata tan siquiera para darle una casa a su familia, así fuera de madera o de latas, y para que sus hermanos menores lograran estudiar”.

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Ella me decía: ‘Si algún día me muero o si me matan, yo quiero dejar a mi mamá viviendo en un lugar digno’. Esa era su primera meta

Rosa llegó a las Farc pensando que desde ahí podría apoyar a su familia económicamente y protegerlos de la violencia que cumple más de medio siglo en esa región y de la que la misma guerrilla fue responsable de primer orden. “Su prioridad siempre fue la familia y lloraba mucho por ellos. Decía que no le importaba si la mataban, pero lo que más le dolía era ver las necesidades que pasaban”, recuerda su amiga.

Los padres de Rosa son mayores de 60 años y prefieren, según contactos cercanos, no hablar ni revelar sus identidades. Tienen miedo. Ahora les queda el recuerdo más querido: su nieta. A ella también prefieren mantener al margen.

Gysell recuerda que Rosa le contó por Messenger sobre su embarazo. “Estaba muy ilusionada. Todos empezamos a tener hijos porque en medio de la guerra la situación era muy difícil. Ella me dijo que era el momento de darse la oportunidad de tener un hogar, me mandó una foto de la prueba de embarazo. Estaba muy feliz y siempre quiso tener una niña”, cuenta. Para Rosa, su bebé fue un gran regalo: había tenido un aborto antes de ingresar a la guerrilla y durante su vida en armas estaba prohibido ser madre.

(Lea: Astrid Conde, la excombatiente que asesinaron en Bogotá).

El regreso a la vida civil

Rosa Amalia Mendoza, excombatiente de las Farc asesinada

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Tras la firma del acuerdo de paz, en el 2016, Rosa y sus compañeros del frente 37 llegaron al Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de Carrizal, en el sur de Bolívar, donde se encargaron de actividades agrícolas y la siembra de árboles. También participó en la Asociación de Vivienda Agraria y Ambiental del Sur de Bolivar (Asovisbol), que trabaja para mejorar las condiciones de vida de los campesinos en la región.

“A nosotros nos escogían por zonas para llevarnos al espacio territorial, pero fue el bloque Magdalena Medio, de la compañía ‘Gerardo Guevara’, el que nos acogió, porque nosotros no teníamos a dónde ir. Logramos hacer todo el proceso en ese lugar, nos realizaban capacitaciones para aprender a socializar, cursos de seguridad y escolta, de agricultura, entre otros”, recuerda Gysell.

(Análisis: Los retos del desarme, desmovilización y reincorporación de combatientes).

Yo le veía el afán de superarse y de ser alguien

Carrizal se convirtió en el espacio para que los excombatientes lograran reencontrarse después de entregar las armas. Algunos, con el paso del tiempo y del conflicto, habían sido divididos en grupos y otros estaban en prisión.

Rosa, según cuentan sus compañeros, hizo cursos de agricultura, de periodismo y de escolta. Recalca que quienes lograron ubicarse mejor fueron quienes hicieron el curso de escoltas; muchos quedaron vinculados a organizaciones agrícolas cuyos proyectos son aún incipientes y, por lo tanto, enfrentan muchas necesidades.

La última vez que se vieron personalmente fue en el 2018, en un taller sobre veterinaria realizado en el Parque Nacional de la Cultura Agropecuaria (Panaca), en el Quindío. “Hablamos mucho y me pidió el favor de que le aplicara una inyección. Ella siempre me buscaba en el grupo cuando tenía un dolor (…) Yo le veía el afán de superarse y de ser alguien'', recuerda Gysell. Otro excombatiente dice que entre sus planes estaba terminar el bachillerato y hacer también un curso de enfermería, todo para tener más oportunidades de construir una vida lejos de la violencia y la ilegalidad.

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El último mensaje

Meses antes a su asesinato me dijo que iba a hacer todo lo posible para que las cosas le salieran bien y que la niña no padeciera sus mismas necesidades

Las comunicaciones entre Gysell y Rosa nunca faltaron, ni en los tiempos de guerra ni tras dejar las armas. Aunque por el trabajo y la distancia en el último año no lograron hablar personalmente, las conversaciones las seguían por Messenger.

Durante su paso en la guerrilla, ellas buscaban la manera de verse en los descansos, compartían el plato de comida y se iban a los cambuches a hablar a escondidas. En el 2014, cuando fueron separadas del frente 37, a unos cinco días de camino a pie por la montaña, hablaban —aunque no era permitido por las normas del grupo— por otra frecuencia del radio que pasaban por un código personal.

“Hicimos hasta lo imposible para seguir siempre al tanto de nuestros secretos y penas durante todo el tiempo. Meses antes a su asesinato me dijo que iba a hacer todo lo posible para que las cosas le salieran bien y que la niña no padeciera sus mismas necesidades. Me dijo que era una niña muy traviesa y risueña como ella”.

Y sigue: “Estaba muy contenta porque tenía un proyecto de vivienda y que por fin se le cumpliría su sueño de entregarles la casa a sus padres. Pero ella murió y no alcanzó a ver a su familia con un techo. Ella sufrió mucho y fue asesinada de forma injusta, se le apagó su vida”.

(Puede interesarle: Los mayores verdugos de los excombatientes de las Farc).

Ella murió y no alcanzó a ver a su familia con un techo. Ella sufrió mucho y fue asesinada de forma injusta, se le apagó su vida

La noticia del asesinato de Rosa les llegó a sus compañeros por un grupo de WhatsApp y por Facebook. “Me sentí impotente, no puedo ni tengo el valor de comentar lo que sentí, es algo que me duele mucho. El Estado es responsable por la falta de seguridad, estamos siendo objetivo militar de todos estos actores armados. Nos están matando y no están haciendo nada al respecto; lo único que uno puede hacer es esperar el día que le toque”, lamenta Gysell.

A la despedida de Rosa solo fue la familia. Ni Gysell ni sus amigos más cercanos pudieron ir por seguridad, y tampoco tenían plata de más para hacer el viaje. Los restos primero fueron llevados por el Ejército a Montería, y a través de la ONU se hicieron gestiones para poder trasladar el cuerpo a Sincelejo (Sucre).

La violencia en el sur de Bolívar sigue latente. A casi cinco años de firmado el acuerdo de paz la guerra entre disidencias, Eln, 'clan del Golfo' y otras bandas de narcos sigue por el control del narcotráfico y la minería ilegal. Lo que más reclaman los excombatientes es la falta de seguridad para ellos y sus familias.

“Esperamos todavía que en algún momento llegue la paz. Hacemos un llamado para que se nos respete la vida”, dice ‘Daniel King’, otro excombatiente y consejero del Partido Comunes, el movimiento político surgido tras el proceso de paz. Y cuestiona: “El asesinato de Rosa nos conmueve a todos, tenemos profundo dolor e impotencia. ¿Cómo les explico a los hijos que a los firmantes del acuerdo de paz los están asesinando? ¿Cuándo acabaremos con estos odios y rencores?”.

ANGY ALVARADO RODRÍGUEZ
Redactora ELTIEMPO.COM
vivrod@eltiempo.com
​Twitter: @angyalvarador

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