Los periplos para encontrar a un hijo reclutado cuando era niño

Los periplos para encontrar a un hijo reclutado cuando era niño

Esta madre es la protagonista de la primera entrega digna de la UBPD de un excombatiente.

Excombatiente entregado

En diciembre, María del Carmen pudo despedir a su hijo después de 18 años de búsqueda.

Foto:

UBPD.

Por: Juan David López Morales
22 de enero 2020 , 07:21 p.m.

María del Carmen* se aferró a que una vez quedaran refrendados los acuerdos de La Habana, su hijo volvería. Por eso hizo campaña en el plebiscito, salió a votar y se sentó frente al televisor, “como si fuera un reinado”, a esperar los resultados.

Estaba segura de que el ‘sí’ iba a ganar y Diego Mauricio encontraría el camino de regreso. Pero ese 2 de octubre del 2016, el ‘sí’ fue derrotado. “Eso para mí fue muy duro”, cuenta. Lloró. Se sintió desorientada.

Para ese momento, su hijo ya estaba muerto. Ella no lo sabía.

Diego Mauricio fue reclutado el 12 de julio del 2001, a sus 14 años. María del Carmen busca una agenda para recordar la fecha con exactitud. Recuerda que fue un jueves cuando se lo llevaron.

Tenía 14 años

María del Carmen le llevaba un fiambre con pechuga de gallina a su hijo al día siguiente. “A él le gustaba mucho”. Llegó a la casa donde él vivía en el pueblo. Encontró todo organizado. Eso no le extrañó. Lo mandó a llamar a la panadería donde suponía que estaba su hijo, pero no lo encontraron.

“Entonces fui yo misma”. El panadero le dijo que Diego no había llegado el miércoles anterior, como acostumbraba a hacerlo cada semana para tomar clases de panadería. “Pero si él se madrugó”, le reclamó la madre. El panadero sí lo había visto en el pueblo, pero no fue a su negocio. María del Carmen, sin respuestas, se devolvió para su casa.

Estaba cansada porque había caminado desde la finca donde vivía ella, a las afueras de ese poblado. Tenía tres hijos más, de 7 y 5 años, y la menor, de cuatro meses. Ella la había cargado todo el camino. “Me senté en un andén a tomar una gaseosa, cuando una vecina se me arrimó y me preguntó:
-¿Sí encontró a Diego?
-No, no está, no sé para dónde habrá cogido el culicagado.

Diego creció con su abuela, en Florencia, Caquetá, porque su madre se fue a buscar más oportunidades en otro municipio. Eran épocas de bonanza cocalera en la zona. Allí, conformó otra familia y logró levantar una finca. Su hijo mayor iba y pasaba con ella sus vacaciones. En noviembre del 2000, llegó con la intención de quedarse un año y convencer a su madre de devolverse de allí. Ella aceptó que se tomara un año libre de colegio y que le ayudara a trabajar para ahorrar y devolverse. También aceptó ayudarle para aprender el oficio de panadería y, quizás, montar un negocio familiar después.

La vecina que se le acercó le contó que la noche anterior había pasado la guerrilla y había reclutado a varios jóvenes del pueblo. María del Carmen se dio cuenta de que se llevaron a cuatro, entre esos a su hijo. “Ahí empezó mi calvario”, cuenta ella, quien pese al dolor que le produce recordar esta historia, aceptó contarla para darle esperanza a otras madres que hayan pasado por lo mismo.

Diego salió de la finca hacia el pueblo, el miércoles anterior. María del Carmen lo notó pensativo. “Diego, ¿usted sí está juicioso estudiando?”, fue lo único que le preguntó. “Sí, mami, fresca”. Lo recuerda como una persona centrada, inteligente, responsable y colaboradora.

Eran las 5 o 6 de la tarde del viernes cuando supo que la guerrilla se lo había llevado. “¿Yo a esa hora qué más podía hacer?”, se pregunta. Creía que se lo iban a devolver. Con los años que llevaba viviendo allí, trabajando allí, no creía que los riesgos de la guerra en una zona controlada la fueran a tocar. Allí tenía toda su vida, ¿cómo le iban a hacer algo? “Imposible que me hagan una cosa de esas cuando yo llevo tantos años acá”, pensaba.

El sábado, tomó su deslizador –un bote ligero útil para moverse entre los ríos de Caquetá–, puso a sus hijos más pequeños en la proa porque no tenía con quién dejarlos y salió a buscar a Diego a un sitio donde sabía que había un campamento guerrillero.

El río estaba crecido. Se acercaba a otro pueblo ribereño cuando vio, a lo lejos, una canoa con cerca de 25 guerrilleros. “Había una sola persona sentada dentro del piso de la canoa que no se le veían sino de los hombros para arriba. Yo lo reconocí”. Pero si se acercaba muy rápido en el deslizador que ella misma manejaba, la ola podría hacer hundir la canoa. Por eso, redujo la velocidad y se fue acercando despacio para ver dónde iban a parar. Llegaron hasta el siguiente pueblo, detuvieron y amarraron la canoa y se bajaron a buscar gasolina para el motor.

Había una sola persona sentada dentro del piso de la canoa que no se le veían sino de los hombros para arriba. Yo lo reconocí

María del Carmen amarró el deslizador más atrás, dejó a sus hijos en un potrero lejano de la orilla y salió a buscar a Diego. Se paró en un barranco y lo llamó: “¡Diego!". Él se asustó mucho. Llevaba una sudadera negra y un buzo verde militar sin mangas, botas de caucho y un machete pequeño amarrado a la cintura. Alguien le ordenó salir de la canoa y hablar con ella.

-Mamá, ¿usted qué hace acá?
-Papito, ¿usted por qué se va a ir con ellos?

Dice que le dijo todo lo que a una madre se le ocurre decir. Que quién lo estaba obligando, que quién se lo estaba llevando. Entonces, se bajó un comandante que aparentaba apenas cerca de 16 años, y le dijo que a nadie estaban obligando. Lo confrontó.

-No, mamá, él es el comandante, no se ponga de contestona. No complique más las cosas.
​-Yo soy su mamá, camine vámonos.
-No, mamá, ya no puedo… No me pregunte más.

“No valió nada, nada. Mi hijo se fue. Me dejó llorando. Yo lo cogí a la brava y él suavecito, suavecito, me zafó las manos y me dejó ahí”. A María del Carmen la esperaban sus otros tres hijos. Se tuvo que devolver. “Nunca más en mi vida volví a ver a mi hijo, esa fue la última vez”.

Madre entierra a su hijo, que fue reclutado por las Farc

A Diego lo reclutaron cuando solo tenía 14 años de edad.

Foto:

UBPD

Amenazas y huida

“La ley de allá eran ellos, andaban como Pedro por su casa”. María del Carmen les preguntaba por su hijo cada vez que los veía. Un par de veces fue hasta campamentos guerrilleros para buscarlo. O no sabían, o se burlaban, o no le respondían. Mientras buscaba, supo más detalles del reclutamiento de su hijo. Le contaron que ya llevaban varios días buscándolo, que le hacían regalos como una camisa y un par de tenis Nike que ni siquiera se llevó.

Un día del 2003 llegó al pueblo un comandante reconocido con quien, supuestamente, estaba su hijo. “Yo sé que usted puede darme permiso de verlo porque usted es el jefe de ellos”, le dijo. No obtuvo respuesta. “Por favor, déjemelo mirar”. Nada. “¡Señor, estoy hablando con usted, por qué no me responde!”. El hombre, impaciente, le respondió, la increpó y le respondió que a su hijo lo habían matado. “¿No sabía que a su hijo lo mataron? A su hijo ya se lo comieron los pescados”.

Pero ella no solo buscaba información en la guerrilla. La gente que se movía en la región también le contaba lo que escuchaba y veía. Gracias a eso supo, por un hombre que había visto a Diego uniformado, que seguía vivo. La búsqueda continuaba, pese a que María del Carmen ya sentía que se estaba desquiciando sin saber con certeza si su hijo vivía o no.

Algunos meses después volvió a encontrarse al mismo comandante. “Señor, ¿usted por qué es tan mentiroso? Usted es un secuestrador de niños, es un asesino ¿Por qué no me da razón de mi hijo si es que yo lo parí? ¿Es que usted no tiene hijos? ¿No tiene mamá?” El guerrillero la agarró del cuello y la levantó contra la pared hasta que la vio a punto de ahogarse. La soltó y María del Carmen cayó al suelo. Escupió sangre. Le dio rabia. “Le escupí con mi sangre a ese señor”. Entonces, una guerrillera que lo acompañaba la golpeó con un revólver en la cabeza y ella le devolvió el golpe.

Señor, ¿usted por qué es tan mentiroso? Usted es un secuestrador de niños, es un asesino ¿Por qué no me da razón de mi hijo si es que yo lo parí? ¿Es que usted no tiene hijos? ¿No tiene mamá?

María del Carmen se ríe cuando lo cuenta, consciente de la impertinencia de su reacción. Retoma su tono serio. “Eso se puso feo, me dieron tres horas para desaparecerme del pueblo, o si no me mataban”. Por el calor que tenía en la cabeza, su primera reacción fue decir que se quedaba. Pero vecinas y amigas le hablaron, la hicieron tomar consciencia del riesgo real en que estaba. “Reaccioné”, cuenta. No era tarde, pero no estaban pasando deslizadores.

“En eso pasó una canoa inmensa que cargaba gasolina en tanques herméticos”. Una vecina ya la había advertido de que río abajo estaban los guerrilleros esperándola para matarla. Irse por la trocha era una opción casi igual de peligrosa. Entonces, le contó al canoero su situación y él decidió ayudarla. “Me dijo que me metiera en un tanque vacío con una manguera para respirar”, le explicó que tenía que taparse la nariz y respirar por la boca el aire de afuera para que el vapor de la gasolina no se le fuera a los pulmones. Y así fue. Dejó a sus hijos con los pasajeros y ella se escondió en el tanque.

Apenas 10 o 20 minutos después de salir, llegaron al retén guerrillero. María del Carmen se tapó y el canoero cerró el tanque y lo cubrió con sábanas. Desde ahí escuchaba, con su palpitar acelerado de fondo, que preguntaban si había parado en el pueblo donde ella vivía y si no llevaban a nadie más en la canoa. No la encontraron. En cuanto salieron de allí, volvieron a destapar el tanque. Tenía dolor de cabeza y ardor en los ojos.

Llegaron hasta otro pueblo y allí se bajó con sus hijos. Tomaron otra canoa y otro afluente del río. Cuando llegó a la casa de una de sus hermanas, en otro municipio, ya era la 1:30 de la madrugada. No pudo avisar, porque no había celulares en aquel entonces.Un par de semanas después, llegaron de nuevo hasta ella. Le dijeron que guardara silencio, que no denunciara, para que su vida no corriera riesgo. Detuvo la búsqueda.

Los últimos tres minutos

Dice que fue un día cualquiera, pero no lo fue. Ese día, cuya fecha no recuerda, fue la última vez que habló con Diego. Hace cinco o seis años, recibió una llamada. “Yo pensé que era mi hijo mayor porque tenía la misma voz. ‘No, mami, habla con Diego’”, le dijo él, al otro lado de la línea. María del Carmen no era capaz de hablar. Lloró. Apenas alcanzó a preguntarle dónde estaba. “No llore, que si Dios quiere en estos días pasa algo muy importante, pero no llore, mami, no llore”, le dijo, antes de que se cayera la llamada que duró contados tres minutos.

Lo sintió tranquilo, percibió que a él también se le quebró la voz. Ese mismo día, Diego llamó a una tía, hermana de María del Carmen. Con ella sí pudo conversar cerca de diez minutos. Le dijo que estaba bien, “que estaba por allá”, que no podía llamar con frecuencia. Su tía le respondió que lo querían mucho, que se regresara, pero él le dijo que tenía que esperar que terminara el proceso de paz. “Me mandó razón con ella de que después me seguía llamando, que estuviera pendiente, pero ya no fue más”. La llamada siguiente no llegó.

Luego de eso, en una fecha que recuerda mejor –abril del 2015–, María del Carmen recibió otra llamada. Le avisaban que a Diego lo habían matado, que tenía dos días para ir a recogerlo. Pero con tantas veces que le habían dicho lo mismo, decidió no creer. Le dio rabia, pidió que, por favor, no la llamaran más. Que si no se lo iban a entregar vivo, no la llamaran de nuevo.

El 24 de diciembre del 2016 se daría cuenta de que aquel aviso era el único cierto que había recibido en los 15 años que habían pasado, cuando a su WhatsApp llegó una foto de un hombre con gorra y bigote al que no reconoció de inmediato. Después de mirarla con más detenimiento, se dio cuenta de que era Diego. No era el mismo niño de 14 años que se habían llevado, ahora era un hombre.

“¡Ay, este es Diego!”, reaccionó, y empezó a llamar al número desconocido que le había enviado la foto, hasta que le contestó un hombre. “Hágame un favor: es que la foto que usted me envió es de mi hijo, de mi Diego. Dígame dónde está, o pásemelo”, le pidió al desconocido. “Vea, señora, lo que pasa es que esa foto es de un almanaque de guerrilleros caídos en combate. Alguien me dio el número suyo y por eso le envié la foto”, le contestó.

Vea, señora, lo que pasa es que esa foto es de un almanaque de guerrilleros caídos en combate. Alguien me dio el número suyo y por eso le envié la foto

Entonces, comenzó la otra búsqueda, la del cuerpo de Diego.

Para ese momento ya estaba en marcha el proceso de concentración de los exguerrilleros de las Farc en las zonas veredales donde dejaron las armas. Ella fue hasta el más cercano, en Montañita, Caquetá, y con el sentido detectivesco de su amor de madre empezó a preguntar. No fue sino hasta el tercer viaje a la zona que encontró gente que lo conoció. De pregunta en pregunta logró dar con el sitio donde lo habían enterrado, en un cementerio de algún pueblo de Caquetá.

“Hablé hasta con la señora de la Junta, que lo recibió”. Los guerrilleros pagaron el entierro, pero también minaron la tumba, para que nadie se acercara al cuerpo. Y nadie se acercó, ni siquiera María del Carmen. Sabía dónde estaba, pero no tenía cómo recuperarlo.

En 2018, en un acto político, el mismo comandante que años atrás la había intentado ahorcar y que la amenazó para que se fuera, se presentó, ahora como un excombatiente en proceso de reincorporación. “Yo lo vi y para mí fue muy duro”. Él no la reconoció. El llanto retrasó su petición, pero no la impidió: le contó quién era y, como en aquel entonces, le pidió ayuda para tener a su hijo de vuelta. El hombre se disculpó y le dijo que hablaran después del acto que propició el encuentro.

“Me contó todo. Que se acordaba de él. Que le había tocado irse para La Habana y lo había dejado acá, y que precisamente cuando él no estaba había pasado eso”. El hijo de María del Carmen fue uno de los escoltas de aquel comandante. Ella le dijo que había intentado llegar hasta ese cementerio, pero que los guerrilleros que desertaron del proceso de paz no la habían dejado pasar. El excomandante se comprometió a contactarla con la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desparecidas (UBPD), y así ocurrió. “Para qué, el señor me colaboró mucho”, reconoce ella.

María del Carmen se acercó al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y a la ONU para pedirles que le permitieran tener “una cristiana sepultura cerca”. Tras pasar todos los trámites, logró que el CICR fuera a hacer la exhumación del cuerpo, pero se encontraron de nuevo con el terreno minado. Lograron que los mismos exguerrilleros fueran hasta la zona a desminar la zona y en febrero del 2018 lograron hacer la exhumación. Ella no estuvo, pero recibió la notificación cuando pudieron recuperarlo.

Madre entierra a su hijo, que fue reclutado por las Farc

En diciembre, en un evento privado, se realizó la entrega digna del cuerpo de Diego a sus familiares.

Foto:

UBPD

De nuevo en sus manos

El cuerpo de Diego quedó en poder de Medicina Legal. “Fue entonces cuando me contacté con la UBPD”. Todavía hacía falta que lo identificaran, y no sabía cuánto podía tardar eso, le advirtieron que podía tardar. Por eso, pidió a la Unidad que la ayudara a que le entregaran los restos de su hijo. Se encontró con un trabajo “supremamente humanitario” de parte de esa institución.

“Yo sentía como si Diego fuera un integrante más de ese equipo, yo sentía que mi hijo estaba ahí, ayudando en todo”, cuenta. Por eso, cree que el proceso de entrega del cuerpo de su hijo fue “un bálsamo” en medio de tantos años de dolor.

“Yo quería encontrarme con él en vivo, sentir otra vez a mi hijo acá, con el calor familiar, pero no fue posible. Yo les pedí el favor de que me dejaran ver a mi hijo”. Después de que le confirmaron en noviembre que los restos exhumados en ese cementerio sí eran los del hijo que había visto por última vez el 14 de marzo del 2001, pidió que la dejaran abrazarlo de nuevo. “Muy en el fondo, yo pensaba que la ciencia se podía equivocar”. ¿Qué tal que ese no se hubieran equivocado?, se preguntaba.

Yo quería encontrarme con él en vivo, sentir otra vez a mi hijo acá, con el calor familiar, pero no fue posible. Yo les pedí el favor de que me dejaran ver a mi hijo

Cuando Diego tenía 11 años, sufrió una golpe en el que se fisuró la cabeza. Quería corroborar que el cráneo que la ciencia decía que era de su hijo tuviera esa señal. “Eso es muy duro ver después de tantos años a su hijo reducido a un puñado de huesos”, dice.

Lo primero que hizo fue, en efecto, revisar el cráneo y encontrar que allí seguía aquella herida de la infancia. “Era notoria”. De un lado estaba esa señal y del otro la señal del disparo que le quitó la vida. “Dicen que fue un francotirador, pero no fue un francotirador”, asegura, basada en lo que le han explicado los investigadores judiciales. Pero las circunstancias de la muerte de Diego siguen en investigación.

“Lo miré, lloré como una loca, me desahogué, lo abracé, besé los huesitos”. Fue duro. Fue doloroso.

Tras confirmarles a los funcionarios que ese sí era su hijo, ellos le pidieron que pusiera la fecha. Pactaron un viernes de diciembre del año pasado para la ceremonia de entrega digna. Fue un acto privado, “elegante y bien organizado” al que solo asistieron los familiares y los funcionarios técnico-forenses a cargo. Lo velaron el resto del día y parte de la noche y al día siguiente, en medio de coronas de flores blancas, lo llevaron hasta un cementerio donde por fin tendrían dónde visitarlo. “Es una tranquilidad saber después de tanto tiempo y de tanta lucha dónde quedaron los restos de mi hijo”.

María del Carmen dice que no sabe odiar, que el dolor sigue con ella, pero no siente rencor. Además, su búsqueda no ha terminado. Ya tiene el cuerpo, pero le falta la verdad de lo que pasó con la vida de su hijo en los 18 años que se lo arrebataron. “Yo estoy en todo el derecho de saberlo, y ellos en toda la obligación de contármelo”. No pretende ninguna represalia, pero para ella, con sus tres hijos y dos nietos pequeños, la garantía de no repetición pasa porque a ninguno de ellos le suceda lo mismo que a Diego.

La UBPD verifica la ubicación de más de 200 cuerpos

Luz Marina Monzón, directora de la UBPD, considera que este caso muestra las potencialidades de la labor humanitaria. “No es solamente acceder a la información, es poder generar las condiciones de confianza con las personas”, dice, para luego acceder al lugar gracias a la colaboración que prestaron los excombatientes.

La entidad acompañó el proceso de identificación para que se realizara con celeridad, con base en toda la información disponible, y la posterior entrega digna de Diego a su madre.

Monzón aseguró que ya están preparando la localización de más cuerpos de los más de 200 informados por el partido Farc en 2019.

*Algunos nombres de personas y lugares se omiten para proteger la seguridad de María del Carmen.

JUAN DAVID LÓPEZ MORALES
Redactor de JUSTICIA
Twitter: @LopezJuanDa

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