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Abuelos Angulo: dos décadas atrapados en un Miércoles Santo
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El drama de la familia Angulo para encontrar a los abuelos asesinados y desaparecidos por las FarcEl drama de la familia Angulo para encontrar a los abuelos asesinados y desaparecidos por las Farc
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Néstor Gómez. EL TIEMPO

Abuelos Angulo: dos décadas atrapados en un Miércoles Santo

La pareja de esposos Gerardo Angulo y Carmenza Castañeda fueron secuestrados un abril por las Farc.

“¿A qué hora los separaron? ¿Por qué razón los separaron? ¿Quién vio morir a quién? ¿Cómo fue esa doble tortura? Son choques emocionales desde hace 22 años”.

Estas son las preguntas que agobian e invaden la mente de Héctor Angulo Castañeda cada vez que recuerda el día de la muerte de sus padres. ¿Sus padres? Gerardo y Carmenza, secuestrados un Miércoles Santo del año 2000 por el Bloque Oriental de las Farc, grupo armado que estaba al mando de alias ‘Romaña’.

Desde aquel día se ha reconstruido una historia de lo que se siente vivir años y años en incertidumbre: noches sin dormir, festividades sin celebrar y la angustia por las preguntas sin resolver. Una historia llena de tristeza al estar atravesada por el conflicto armado en Colombia.

Sufrir, llorar, seguir

“El vacío de los abuelos. El vacío que ellos dejaron. No poder contar con una viejita para consentirla, escuchar sus consejos y esperar sus jalones de orejas. Y con un papá que dijera: ‘bueno, joven, la cama no funciona, a trabajar se dijo’. Eso es lo primordial, y no solo pasa conmigo, sino con todos los (cinco) hijos”, Con dichas palabras, Héctor describe lo más difícil de la situación que lo ha agobiado por tanto tiempo.

Héctor Angulo, hijo de los esposos Angulo, relata la incertidumbre que ha vivido la familia por más de 22 años.

Foto:

Néstor Gómez. EL TIEMPO

A manera de escape, Héctor decidió escribir Diario de un secuestro en libertad, para reflejar y contar en sus propias palabras la odisea que, como familia, han pasado desde el primer día hasta hoy. Él mismo lo relata en la contraportada de su obra: He vivido experiencias únicas, atravesé ríos, cañadas, cañones y montañas. Me volví un personaje conocido; me convertí en un buscador sin buscarlo.

En el libro se reconstruye la búsqueda de los esposos Angulo Castañeda. 

Foto:

Néstor Gómez. EL TIEMPO

También quiso narrar cada día para que cuando sus papás regresaran, vieran lo que se había hecho por encontrarlos; esa era la prueba, pero no pudo ser usada. “A mi papá le dijeron (quienes lo tenían reclutado) que nosotros no habíamos sido capaces de hacer nada por ellos y que no queríamos que volvieran. Esa era la mentalidad”, cuenta Héctor.

El libro tiene en su carátula la foto de una alcancía metálica en forma de casa. Esa alcancía donde los Angulo Castañeda ahorraron para comprar el lote de la casa familiar, ubicada en el barrio Murillo Toro, en el sur de la capital. Tiempo después obtuvieron otro en La Candelaria. Una vez la familia iba pasando por esos lares y sin buscarlo vieron el letrero: SE VENDE. “Mi papá lo compró con ánimo de pasar sus últimos días ahí (...) El plan de cada domingo era subir a La Calera a construir la casa, fueron 10- 12 años haciéndola”.

¿Quién diría que ese mismo lugar, levantado con tanto esfuerzo, sería el mismo donde les arrebatarían la tranquilidad por días, meses y años?

Una búsqueda interminable

Abril 19 de 2000 (día 0)El día culmina, como un día cotidiano, con las labores diarias del trabajo. Estoy con mis viejos hasta las 7:45 p.m., en medio de lo que es una tarde normal. Ellos intentan convencerme de que los acompañe a la casa de La Calera, ya que mi viejo se sentía cansado para manejar y quería realmente descansar de una jornada muy pesada. No lograron convencerme y, a pesar de la insistencia, me quedé en el Gustavo Restrepo, donde tenía que entregar un trabajo en la iglesia del barrio. El trabajo lo necesitaban para las ceremonias de Semana Santa. Yo estaba muy lejos de sospechar lo que pasaría más adelante con los viejos, los abuelos de la familia. No podía ni intuir cómo cambiarían todas nuestras vidas ni el drama que se avecinaba. A las 10:45 p. m. Mi hermana Magnolia recibe una llamada telefónica de un vecino de mis viejos, quien le dice que se los llevaron.

Así relata Héctor los hechos de aquel día en el que inició el viaje de dificultades y preocupaciones para la familia. Recuerda que comenzaron a buscarlos, no podían esperar a que los secuestradores los contactaran y recibir noticias de ellos. “La angustia de perder un papá y una mamá, de la noche a la mañana, no daba para sentarnos a esperar”, dice.

La angustia de perder un papá y una mamá, de la noche a la mañana, no daba para sentarnos a esperar

Entre el 20 y 21 de aquel mes, Héctor se fue para los lados de Santa Librada (Bogotá) donde, según él, se movía un grupo de las Farc. Ese fue el punto de partida para comenzar a indagar sobre el paradero de sus papás. Por más esfuerzos no encontraban ninguna respuesta, pero la palabra ‘desistir’ nunca estuvo en su vocabulario.

Con el pasar del tiempo, lo único que se supo con certeza fue que ellos estaban en San Juanito, en el departamento del Meta. También que vivieron una tortura total, “porque esa zona no es fácil de caminar, esas zonas son muy difíciles, muy complicadas”, y más para dos personas que tenían 68 años en aquel entonces. Este tipo de situaciones llevaron a que Héctor, junto a sus hermanos, no pudieran explicar en palabras lo que sentían en esos momentos.

¿Cómo la familia conoció todo aquello? Los cuñados habrían estado implicados. Héctor dice que Alfredo, esposo de su hermana Magnolia, se metía a las cárceles a buscar información. El mismo Héctor se hizo amigo de las personas de la zona, los dueños de las fincas, a quienes desde el inicio les llevaba algo de mercado. “Aunque no lo necesitaran, llevarles un detalle para que ellos se sintieran, no obligados, pero sí con la confianza y la tranquilidad de que podían hablar con nosotros y eso fue lo que nos ayudó en gran parte”.

Otro punto clave fue Guillermo ‘La Chiva’ Cortés, periodista secuestrado por las Farc y quien estuvo con los abuelos en cautiverio. Él contó que entre julio y agosto del mismo año fueron asesinados.

En definitiva, todo era una cadena: cierta persona los llevaba a otra pista, nuevos lugares; y con el pasar de los años, sucesivamente, la familia Angulo Castañeda se iba abriendo camino para encontrar el paradero de Gerardo y Carmenza.

Entre aquellas travesías de ir a recorrer cada zona, Héctor tuvo un mejor amigo: ‘Pandora’, su pequeño carro modelo Zastava. Lo nombró así porque era una caja de sorpresas y nunca lo dejaba botado, pues “trocha que había, trocha a la que se metía”. Con él se sumergió en municipios, veredas, fincas, monte y más monte. Cada punto le marcó una ruta, una guía que está trazada en un mapa.

En este mapa se trazó el camino por donde habrían pasado los esposos Angulo desde el día del secuestro. 

Foto:

Néstor Gómez. EL TIEMPO

En muchas ocasiones, él iba a buscar pistas sin avisar, si decía algo tenía oposición por el riesgo que estaba corriendo al ingresar en aquellas zonas. ‘La ministra de guerra’, como le dice a su esposa, sabía en el fondo que se estaba exponiendo, pero por más advertencias, Héctor no hacía caso. La angustia y preocupación por saber de sus ‘viejos’, siempre ganaron y lo siguen haciendo.

Gracias a su persistencia supo el lugar en donde, posiblemente, sus papás estaban enterrados. Era un acertijo al ser hectáreas y hectáreas de tierra en las cuales tocaba buscar. Era una zona montañosa, tan montañosa que, desde el casco urbano de San Juanito, se debía hacer un recorrido en carro y otro a pie.

En "Dario de un secuestro en libertad" también hay un registro fotográfico de la búsqueda.

Foto:

Néstor Gómez. EL TIEMPO

Los dueños de aquel predio, en la vereda La Lajas, nunca pusieron un “pero” en la búsqueda de los abuelos, al contrario ayudaron a la familia. Tal fue ese acercamiento que Héctor y su hermano, Helmut, les cogieron cariño: “son cosas dentro de lo malo, que uno va viviendo positivas”, afirma.

En aquel recorrido, a pesar de la caminada “tan dura”, Héctor siempre se topaba con la misma quebrada, la cual sumó otra preocupación: mientras intentaba atravesarla se resbaló y una roca le proporcionó un golpe en la nuca. Según él, ese suceso fue la causa del tumor que le salió en la cabeza y que, hasta el día de hoy, es inoperable.

Irónico… en la misma zona donde estaba buscando los cuerpos sin vida de sus papás, él pudo perder la suya.

Cabe mencionar que, de acuerdo con datos de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, con corte a junio de este año, el Meta es el segundo lugar, después de Antioquia (929), con mayor cantidad (708) de fosas, cementerios ilegales y sepulturas en el país.

Sin punto final

“Yo me iba con el ánimo de traer algo: a uno de los dos, o a los dos, pero siempre me venía con las manos vacías, una incertidumbre completa, impotencia total, porque no encontraba nada”. Aun así, halló a su mamá: a finales de 2021, funcionarios de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) trabajaron durante 15 días y encontraron los aretes de Carmenza con un detector de metales.

siempre me venía con las manos vacías, una incertidumbre completa, impotencia total, porque no encontraba nada

Es curioso, pues Héctor ya había subido y recorrido ese mismo lugar. Unas ocho veces, calcula él. Prácticamente, más de una vez pasó por el lado de ella sin saberlo. A fin de cuentas supo que sí estaba buscando en el lugar correcto. Aunque no todo fue color de rosa, pues la familia Angulo Castañeda tuvo que esperar, otra vez, días y meses para confirmar que sí se trataba de su mamá.

Febrero 7 de 2022 (día 7964)

—Hoy hemos confirmado que el cuerpo que fue encontrado en San Juanito, Meta, sí es el de mi viejita. En una reunión que sostuvimos con Medicina Legal nos entregaron el informe a la familia y a las organizaciones que nos han acompañado. No es una noticia que me tome por sorpresa. Desde el momento en que Helmuth vio sus pendientes y el saco que mi viejo le puso para protegerla del frío, supimos que era ella. Esta situación me produce emociones encontradas; por un lado, siento tranquilidad y descanso por una espera que finaliza luego de más de veinte años, pero, por el otro, sigue la incertidumbre por el paradero de mi padre—,
escribió Héctor en su libro.

Los hijos Angulo Castañeda encontraron el cuerpo de su madre, el del padre sigue sin aparecer.

Foto:

Archivo familiar

Hasta ahora, no ha querido conocer las razones exactas del asesinato de su ‘viejita’, como él le dice. “Eso sería más doloroso”. Eso sí, sabe que fue una muerte violenta. Él intuyó que ambos no fueron asesinados con arma de fuego, porque en esos momentos estaban en pleno rescate de La Chiva Cortés. Era imposible hacer un mínimo ruido, pues el Ejército los hubiera ubicado.

Con saber y presentir aquello, era suficiente. “Ahondar más en cómo fue, quién fue, me va a llenar más de rabia, dolor e impotencia. No va a ser nada sano para mí. Y al no ser sano para mí, no será sano para mis hijos ni para mis nietos", dice.

Ahondar más en cómo fue, quién fue, me va a llenar más de rabia, dolor e impotencia. No va a ser nada sano para mí.

Además, ¿para qué agregarle más tramos a semejante periplo tan triste? Cuando encontraron los restos de su madre tuvieron qué pensar muy bien dónde y cómo sería enterrada. No podía ser bajo tierra, ni incinerada, porque al ser víctima de un asesinato siempre existe la posibilidad de que en un futuro necesiten analizarlos de nuevo. Luego de tanto buscar y pensarlo, decidieron guardar los restos en una bóveda del cementerio Los Olivos. Hasta el día de hoy, allí permanece separada de su viejo.

Gerardo no es el único que está aislado de su familia. Según cifras de la UBPD, con corte a septiembre de 2021, hay 99.235 personas dadas por desaparecidas en Colombia. Son miles de personas sin saber el paradero de su hijo, primo o hermano. Son miles de personas que siguen viviendo en la penumbra de la incerteza. Incluso Héctor cree firmemente que “la verdad no se secuestra, no tiene por qué ser secuestrada”, la verdad de lo que pasó y dónde están, es una verdad que todos merecen conocer.

La familia sigue buscando la verdad del abuelo Angulo, de dónde se encuentra su cuerpo. De él no hay muchas pistas, lo que ya se sabe. Por ahora, solo queda limpiar en la zona que hace falta por revisar, esto con ayuda del mapa de calor que ha usado la UBPD en otras áreas.

De cierto modo, la incertidumbre de la familia continúa y la herida no se cierra, solo hay desasosiego. Eso sí, la ilusión de encontrar a Gerardo sigue intacta y la palabra “desistir” nunca ha estado en el vocabulario de sus familiares.

Héctor creía que el secuestro de sus papás solo duraría semanas o máximo dos meses. Siempre estaba la esperanza de que volverían a casa y que serían ellos los que tocarían la puerta.

Finalmente, Diario de un secuestro en libertad no solo demuestra el paso de los años plasmados en hojas, de lo que ha sido y hasta de lo que no, sino que remite a un final con cierre incierto, un final desconocido y en puntos suspensivos al no saber cómo terminará esta historia.

KAROL DAYANNA PASTRANA COLLAZOS
Escuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO

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