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JEP Colombia

Sandra y Giovanny: 25 años y la búsqueda aún sigue en las montañas del Tolima

Foto:

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En 21 municipios de la zona de influencia de la Cordillera Central hay al menos 1.315 desaparecidos.

Jhon Torres, Néstor Gómez y Bryan Steven Melo
El sol brilla en el cielo sin nubes de la cordillera Central, en límites entre Tolima y Quindío. Pero hace frío. Es un helaje que cala los huesos y aún así no logra frenar a las más de 20 personas que a pleno mediodía siguen arrancando maleza de una ladera, a más de 3.000 metros de altura y con vista a un valle verde poblado de robles que apenas hace una década las Farc usaban como campamento y sitio de paso para secuestrados.
Ese pedazo de montaña, de unos 200 metros cuadrados, está lleno de pequeños huecos de 60 o 70 centímetros de profundidad, de los que asoman banderines naranjas y verdes.
Los llaman 'pozos de sondeo' y quienes los abrieron, con solo examinar la tierra, ya saben si vale la pena ampliar la excavación para seguir el rastro de lo que están buscando: los cuerpos de Sandra y Giovanny, desaparecidos por la guerrilla en junio de 1997. "Si la tierra está menos compacta y tiene elementos que no deberían estar allí, como piedras u hojas, hay que seguir", dice la antropóloga jefe del grupo de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas que lidera la acción humanitaria. Ese tipo de pozo tendrá una bandera verde. Si del sondeo sale tierra compacta y el suelo no se ve alterado, no habrá mucho por hacer. La bandera será naranja.
Una foto vieja, de tonos verdosos y en la que se ve a una pareja de muchachos, alumbrada por una veladora, acompaña la búsqueda. La llevaron los familiares de uno de ellos, esperando alguna pista que permita empezar a cerrar una zozobra que cumplió 25 años, desde unas trágicas fiestas de pueblo en las que la guerrilla, que por entonces imponía su ley en la zona, se los llevó para castigarlos y enviar el mensaje de que en ese territorio las Farc eran la ley.
A ellos no los desaparecieron por sospechas de colaborar con el Ejército o con los paramilitares, ni porque eran secuestrados y no pagaron. No. Eran simples pobladores del lugar. Fueron asesinados y sus cuerpos enterrados en cualquier lugar perdido como sanción social, porque las Farc en ese entonces mandaban sobre vidas, cuerpos, comportamientos y haciendas en esa y otras zonas de las que el Estado estuvo —aún hoy lo está en muchas regiones— ausente.
Antropólogos, geofísicos, fotógrafos forenses y campesinos de la región que conocen el terreno forman parte del grupo de búsqueda. Pero también los allegados a las víctimas. Esa, la participación con capacidad de decisión de las familias, es uno de los sellos del trabajo de la Unidad de Búsqueda, una de las nuevas instituciones creada por el Acuerdo de Paz y que tiene un universo de entre 70.000 y 100.000 personas por encontrar.
Con tecnología de punta —drones, detectores de metales, gradiómetros y conductivímetros capaces de 'leer' alteraciones del terreno a varios metros de profundidad— y con las herramientas de siempre —palas, picos y fuerza para cavar—, los equipos de la Unidad se mueven por varias zonas del país cumpliendo su trabajo. Han hablado con centenares de familiares y, en coordinación con el Instituto de Medicina Legal, han realizado la toma de miles de pruebas de ADN.
En cuatro años se han recuperado algo más de 600 cuerpos, de los que una tercera parte ya fueron entregados a sus dolientes. Pero esas cifras, en un mar de casos como los que han ocurrido en Colombia, siguen siendo menores. La lentitud en los resultados juega en contra de la imagen de la entidad y, también, en contra de la legitimidad del proceso de paz con las Farc, en la medida en que miles de familias de desaparecidos, especialmente las de los secuestrados, siguen esperando que se cumpla el compromiso de la guerrilla de ayudar a encontrar los cuerpos de sus víctimas.

Una fosa, ningún cuerpo

La búsqueda en la cordillera se prolonga, y de los pozos que tenían banderas verdes, uno tras otro, se ven salir ahora banderines naranja. El equipo ha encontrado sí muchos rastros del campamento guerrillero, pero no de la fosa de los dos muchachos ni de una más que se ha reportado en el área, de un combatiente asesinado por sus propios compañeros.
Las familias de Sandra y de Giovanny no pierden la esperanza y dicen que el solo hecho de haber intentado la búsqueda —algo que no lograron que hiciera ninguna autoridad en más de 20 años— ya es un bálsamo para su tragedia.
"Ojalá ahora sí aparezca la niña", dice el padre de la muchacha. Él mismo la buscó varias veces en la zona, siguiendo datos a medias y arriesgando su vida y la de otros miembros de su familia. Pero nunca hubo pistas certeras, en buena medida porque los que podían saber algo temían retaliaciones.
Promediando el tercer día, en otro punto de la montaña, con datos nuevos aportados por gente de la zona —"los enterraron entre dos robles", "un perro desenterró, poco después de que la guerrilla se fue de ahí, la mano de una persona"— se abre otro frente de exploración. Y esta vez, con solo desmontar el abrojo, salta a la vista una depresión poco natural en el terreno. Mariposas azules, casi negras, endémicas en el lugar. Revolotean alrededor de los que buscan.
"Hay una tumba", dice la antropóloga jefe, quien tiene 35 años y trabajó en misiones de recuperación de los cuerpos de víctimas de la guerra en la antigua Yugoslavia. A poco más de un metro de profundidad, en la tierra amarilla se ve una sombra oscura, probablemente de origen orgánico.
Ella entra al hoyo y con herramientas pequeñas, de arqueología, empieza a barrer esa área: ya no hay restos humanos, pero los hubo. "Las raíces de los árboles grandes, como los robles, no son amigas de la conservación de los cuerpos. Lo hemos visto en otros casos. Por eso es tan importante que la búsqueda de los desaparecidos se haga más pronto y con todos los recursos", dice.
Es un sitio de disposición de un cadáver, no de dos, como todos esperaban. Y la falta de restos físicos va a dificultar la identificación, incluso con pruebas de ADN.
Pero el proceso seguirá en laboratorios y en esa zona de montaña desde la que se ven los picos de los nevados del Ruiz, del Tolima y Santa Isabel y donde hoy empiezan a afianzarse algunos emprendimientos turísticos de esos colombianos que quieren pasar la página de la guerra que los tuvo como rehenes durante años. Una guerra cuyos rastros aparecen de vez en cuando, tanto en terreno como en los relatos de los que lograron sobrevivir a esos tiempos convulsos.

Ramiro salió de su tumba

Unos 550 kilómetros hacia el sur, un macizo montañoso y espesas selvas de por medio, en el caserío El Triunfo de La Montañita (Caquetá), Ramiro Urquijo recuerda cada detalle del día, hace ya 20 años, cuando alias 'Mocho César', uno de los jefes de los frentes de las Farc que dominaban la zona (el 3 y el 15), lo obligó a tenderse en la fosa que lo habían obligado a abrir. Entonces sonó una ráfaga de fusil que terminó en cualquier lado, pero no en el cuerpo de este campesino que hoy es líder en su comunidad.
Por alguna razón que todavía no entiende, 'Mocho César' lo dejó vivir. Días antes lo habían citado en el monte, a una de esas citas a las que nadie podía negarse, y simplemente lo notificaron de que estaba condenado a muerte.
Horas después, ya en la tumba abierta, Ramiro cerró los ojos esperando el desenlace, pero no era su día. Lo dejaron irse, aunque poco después el mismo frente 3 quemó El Triunfo, y él y todos sus vecinos tuvieron que irse a buscar la vida por otros destinos en el Caquetá. Se convirtieron en desplazados, y a algunos, como a Saúl Tapiero, la violencia de las Farc los persiguió hasta su nuevo destino. Él se había negado a pagar una extorsión y por eso le hicieron un atentado meses después de que huyó de El Triunfo. No lo mataron, pero sí a uno de sus hijos, de apenas 5 años de edad.
En ese departamento, donde los desaparecidos por razones del conflicto pueden ser más de 1.800, se mueven equipos de la Unidad de Búsqueda y otros de la Red ADN, un colectivo de desmovilizados de las Farc que no están en la JEP sino en Justicia y Paz y que han entregado puntos exactos de ubicación de decenas de fosas de víctimas en los antiguos santuarios de la guerrilla.
En Caquetá, Fabián Ramírez, uno de los antiguos jefes del Bloque Sur y que en los últimos años se distanció de sus pares cabezas de Comunes (el partido surgido tras la desmovilización), es de los pocos altos mandos de las Farc que parece haberse tomado en serio el compromiso de ayudar a desenterrar a los desaparecidos. Con la Unidad viene trabajando en un proyecto de reparación en el que está también Juan Carlos Monje, alias Paquita, que hasta hace 15 años fue uno de los más poderosos jefes paramilitares del sur del país y, ergo, uno de los grandes enemigos del grupo subversivo.
Ramírez y Monje lideran grupos de exsubversivos y ex-Auc que han llevado a la Unidad a ubicar varias zonas de posible presencia de fosas en ese departamento, que desde los años 70 se convirtió en epicentro de la guerra de carteles, guerrilla y paramilitares y donde aún persiste la violencia de las disidencias y bandas de narcos purasangre.
Los buscadores de la Red ADN, con muchos menos recursos y sin tecnología, también están haciendo su tarea. En El Triunfo, con ayuda de Ramiro y sus vecinos, los antiguos combatientes están haciendo el mapeo de las fosas, algunas de las cuales ellos mismos abrieron hace años para sus víctimas.
Con la amenaza latente de las disidencias en la zona, estos ex-Farc han logrado desarmar las prevenciones de los habitantes de caseríos de los que antes fueron azote para que los ayuden en la búsqueda.
Algunos de esos muertos fueron enterrados clandestinamente en pequeños cementerios. De otros, entre ellos el ingeniero civil Donald Rosas Martínez, secuestrado por el frente 3, solo se sabe que fueron asesinados y sus cadáveres, arrojados a caudalosos ríos de la región como La Victoria y el San Pedro. Ríos que como muchos en toda Colombia —desde antes de que empezara el conflicto que aún desangra el país, atizado por la plata del narcotráfico— fueron el último destino conocido de miles de víctimas de los violentos.

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