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Albeiro: el crimen tras la marcha de 2.000 ex-Farc para frenar la violencia
Juan de Jesus Monroy, Albeiro Suarez, exfarc asesinados

Juan de Jesús Monroy, conocido como Albeiro, fue asesinado el 16 de octubre de 2020.

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Consejo Nacional de Reincorporación - Partido Comunes

Especial

Albeiro: el crimen tras la marcha de 2.000 ex-Farc para frenar la violencia

Juan de Jesús Monroy, conocido como Albeiro, fue asesinado el 16 de octubre de 2020.

Fue baleado junto a su escolta entre Meta y Guaviare, donde lideraba el proceso de reincorporación

Cinco segundos. Tan solo eso se necesita para descargar las 17 balas de una pistola semiautomática. Para acabar con cualquier vida. A Albeiro Suárez le arrebataron la suya el 16 de octubre de 2020. Acababa de cruzar el río Guayabero —el límite natural entre Meta y Caquetá— en un planchón junto a Yeferson Mandela, su escolta, cuando los verdugos abrieron fuego.

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En cinco segundos, o menos, los mataron a los dos. Sus nombres aparecen en el listado de excombatientes de las Farc asesinados: firmantes de una paz por la que lucharon, amenazada por un derramamiento de sangre a cuentagotas cuyo saldo se acerca a los 300 homicidios de antiguos guerrilleros.

Ese viernes 16, Johana, la novia de Albeiro, preparó arroz y frijoles, fritó carne y tajadas de plátano. Cuando el almuerzo estuvo listo, lo tapó bien para que conservara el calor mientras él llegaba. Pero eso no pasó. Su cadáver yacía en la camioneta en la que tantas veces había recorrido las trochas del suroriente del país, visitando las zonas donde los exguerrilleros empezaban a echar raíces después de abandonar las armas.

“Necesitamos que en vez de que nos estigmaticen, nos apoyen, que vengan al territorio y se den cuenta de que aquí no estamos construyendo trincheras ni fusiles, estamos construyendo paz”, dijo Albeiro pocas semanas antes de que lo mataran, en una entrevista para el documental ‘La Julia: tres años de resistencia, persistencia y reconciliación’.

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A La Julia —un corregimiento de Uribe (Meta) que por décadas fue considerado 'la capital' de las Farc y donde estuvo el famoso campamento madre de Casa Verde— llegó en agosto de 2017 un grupo de 44 excombatientes liderado por Albeiro.

Establecieron una de las primeras Nuevas Áreas de Reincorporación (NAR) del país, sembraron algunos cultivos de pancoger, montaron un vivero con matas de cacao y un proyecto con cerdos. Formaron la Cooperativa Multiactiva JE, que ya tiene 136 afiliados, y lo nombraron a él como representante legal.

Albeiro era el motor de ese proyecto que era sinónimo de vida nueva, e intentaba replicar esa misión en los de sus antiguos camaradas de los departamentos cercanos.

“Veníamos con un bolso en la espalda. Hoy tenemos una silla para sentarnos y eso ya es ganancia”, dijo en aquella entrevista en la que se paró frente a la cámara vistiendo una camiseta blanca estampada con una rosa en el pecho y el nombre de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común –hoy Partido Comunes–, el movimiento político que surgió de los acuerdos de paz, a través del cual aspiró al concejo de La Uribe en 2019.

Albeiro había hecho parte de una estructura del Bloque Oriental de las Farc, y tras la firma del acuerdo asumió las riendas de la reincorporación en los llanos.

Foto:

Archivo particular

Albeiro alcanzó los 47 años sin arrugas, con unos dientes pequeños pero perfectamente alineados, con la piel del color del trigo y con las canas queriendo robarle solo la mitad de su cabellera.

Con su voz aguda y contundente y ese marcado acento llanero, habló de los esfuerzos que desde su comunidad estaban haciendo para volver a la vida civil, sin advertir que liderando ese proceso le arrebatarían la suya.

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No es necesario haberlo conocido para sobrecogerse al ver esa grabación. Es el documento de sus últimas palabras. De los sueños que no le dejaron cumplir. Es un muerto que quiso acabar con esta guerra hablándonos sin que podamos responderle ni hacer algo para evitar que su vida, como la de tantos, se acabe de tajo y por decisión de quienes persisten en la violencia para imponer su voluntad.

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En los 26 años que pasó en la guerrilla, Albeiro estuvo en la escolta personal de 'Manuel Marulanda', Mauricio Jaramillo (el ‘Médico’, uno de los negociadores y firmantes de los acuerdos de La Habana) y del 'Mono Jojoy', el sanguinario jefe militar de las Farc que, burlándose del tamaño de su cabeza, lo llamaba 'Porremundo'.

“A Albeiro le enervaba eso, porque era de temperamento fuerte. Le mamábamos gallo", dice Jaramillo, hoy dirigente del Partido Comunes. Días antes de esa conversación telefónica con EL TIEMPO, realizada en agosto, la camioneta del exmiembro del Secretariado recibió siete disparos durante uno de sus recorridos por el sur del país. No hubo muertes, pero los tiros que penetraron el vidrio panorámico dan cuenta del riesgo al que se ven sometidos los ex-Farc.

Necesitamos que en vez de que nos estigmaticen, nos apoyen, que vengan al territorio y se den cuenta de que aquí no estamos construyendo trincheras ni fusiles, estamos construyendo paz

Esa cercanía de Albeiro con los máximos comandantes de la guerrilla, sumada a su origen campesino —era de Suaita, Santander, pero se crió en el Guaviare—, lo convirtieron en una ficha clave para el proceso de reincorporación.

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“Antes del acuerdo, él era quien organizaba todo en la columna: la comida, la salud, el trabajo, y sabía relacionarse muy bien con la gente, tenía perspectiva de líder. Pero además, para este proceso, al ser de origen campesino, sabía cómo sembrar, qué tierra era apta para producir y qué se necesitaba para hacerlo”, dice Jaramillo.

Ese conocimiento, en parte, fue lo que llevó a Albeiro a salir de la zona de reincorporación de Colinas, en las selvas del Guaviare —donde más de 580 exguerrilleros hicieron su dejación de armas—, y a buscar un terreno fértil en otras tierras.

Epimenio Tamayo fue uno de los 44 excombatientes que le siguieron la cuerda a Albeiro. Se habían conocido en 1999, en un hospital de campaña improvisado por las Farc en medio del monte y, durante los cinco años previos a la firma del acuerdo, estuvieron juntos en la guardia de Jaramillo.

El grupo se presentó con la Junta de Acción Comunal de La Julia, y con su aval arrendó una finca de 36 hectáreas y empezó a sembrar. De las 10 hectáreas de cacao que plantaron, se conservan siete, que apenas están comenzando a producir.

'Albeiro vive, la lucha sigue' fue la frase que los excombatientes acuñaron tras el asesinato de su líder.

Foto:

CNR - Comunes

“Albeiro recalcaba que lo único que debía importar era sacar adelante la cooperativa, porque no había otro plan. Para nosotros significa mucho, porque cuando salimos a este proceso no teníamos nada, y pensamos que organizándonos así podemos asegurar un futuro”, cuenta Epimenio, y muestra un video que hace pensar que ese anhelo se podría materializar.

En la grabación se ven algunos camiones entrando al lote, cargados con unas estructuras modulares con las que se va a construir la planta de transformación del cacao en chocolate. Es un proyecto ideado por la Cooperativa JE, pero involucra a campesinos de tres veredas vecinas: una iniciativa de reconciliación en un municipio donde la presencia y crímenes de guerrillas y paramilitares dejaron más de 11.300 víctimas de desplazamiento forzado, amenazas, asesinatos y desapariciones forzadas.

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A Albeiro lo mataron antes de que pudiera ver los primeros frutos de ese proyecto al que le apostó todo.

“Él no solo asumió el compromiso con la comunidad de La Julia, también desempeñaba un rol en la región, en la reincorporación en el Meta y Guaviare completos. Con su asesinato hubo un retroceso muy grande: apenas nos estamos parando de ese garrotazo”.

Quien habla es Ernesto Aguilar, uno de los coordinadores del Partido Comunes en el territorio. El último día que vio a Albeiro, visitaron el proyecto ganadero de la cooperativa, tomaron tinto y se despidieron en la casa de él. Tenían que encontrarse de nuevo cuatro días después, para arrancar una gira por todos los espacios y zonas de reincorporación de los Llanos Orientales.

“Nosotros trabajábamos juntos. Hay gente a la que no le interesa esa labor, por eso hemos sido objeto de amenazas”, dice Ernesto, quien tuvo que salir de la zona por los riesgos.

De acuerdo con la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Colombia, el departamento del Meta es el quinto más riesgoso para la vida de los firmantes de la paz. Allí se registraron 23 de los 289 asesinatos ocurridos desde noviembre de 2016 hasta septiembre de 2021. La situación es más alarmante aún en Cauca, Nariño, Antioquia y Caquetá.

“Albeiro recalcaba que lo único que debía importar era sacar adelante la cooperativa. Cuando salimos a este proceso no teníamos nada, y pensamos que organizándonos así podemos asegurar un futuro

Cuatro meses antes del homicidio de Albeiro, la Defensoría del Pueblo emitió una alerta temprana advirtiendo que en los municipios de Mesetas y Uribe, ambos en Meta, había un nuevo ciclo de disputas por el territorio entre facciones de disidentes de las Farc de los frentes 1, 7 y 40, y el asedio de grupos herederos del paramilitarismo como el ‘clan del Golfo’.

De hecho, en julio, 20 excombatientes que habitaban la NAR El Diamante, en Uribe, salieron desplazados por amenazas de grupos ilegales.

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Pese a eso, en la zona nadie dice nada. Todos los pobladores saben que los armados están por ahí, que los riesgos continúan, pero el miedo es la regla y el silencio, la ley.

                                                    ***

El último día de su vida, lo primero que Albeiro hizo tras levantarse fue tomarse un tinto con Johanna, su compañera. A ella —que nunca estuvo en las Farc— la conoció cuando era apenas una niña, en uno de sus patrullajes con la guerrilla por La Julia.

Se reencontraron décadas después, cuando los exguerrilleros estaban comenzando a armar su caserío tras salir del ETCR de Colinas, y pasaron los siguientes tres años juntos. Hasta que lo mataron.

Albeiro, cuyo nombre real era Juan de Jesús Monroy, fue asesinado a los 47 años.

Foto:

Colectivo Miradas

Ese tiempo no fue suficiente para que Johanna lograra descifrarlo. O tal vez sí, tal vez todo era tan simple y sus prioridades tan claras que fueron lo único que salió a flote.

Ella no sabe cuál era la comida que más le gustaba a Albeiro, porque toda se la comía con el mismo gusto. Tampoco sabe cuál era su canción o su libro preferido, aunque alguna vez recuerda haberlo visto leyendo. De lo que sí le hablaba él, y mucho, era de los planes que tenía para que su comunidad avanzara después de dejar atrás una vida de violencia.

“Él casi ni mantenía en la casa, porque se la pasaba de reunión en reunión. Decía que quería sacar a esta gente adelante, que cada quien tuviera su casita y un proyecto. Como la cooperativa tiene una línea de turismo, alcanzó a armar un camino hacia el río Duda para que la gente viera micos, aves y otros animales, y él esperaba poder tener unas cabañas, un lugar turístico con piscina. Él miraba esto para un futuro bonito”, cuenta Johanna.

Albeiro le insistía en que tuvieran hijos, pero ella quería terminar de estudiar: “Yo le dije que me diera un tiempito, y claro, el plan era tenerlos. Pero de eso nada se pudo hacer”.

Ese 16 de octubre de 2020, Johanna, precisamente, se quedó en clase luego de que él cogió camino con su escolta, Yeferson Mandela.

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Eran días de mejoras en las viviendas que ellos mismos levantaron —primero con plásticos y polisombras, luego con madera y tejas de zinc, y ahora, algunas, con bloque y cemento— y el alcalde de Uribe, Marcelino Chacón Guevara ,según cuenta Epimenio, mandó maquinaria para que pudieran arreglas las vías.

Él se fue desde temprano con los funcionarios de la Alcaldía a buscar material, y recuerda que Albeiro iba para una reunión.

“En un momento, cuando yo iba subiendo hacia el caserío, él iba bajando en la camioneta y nos cruzamos. Yo pensé que iba para una finquita que queda como a 10 kilómetros, a mirar un cultivo de lulos y plátanos que había allá”, relata Epimenio.

Me imaginé lo peor y eso fue lo que pasó: me lo mataron. Y ya se va a cumplir un año sin saber quién fue, por qué lo hicieron

Hacia la 1:00 de la tarde de ese viernes, un muchacho asustado llegó a decirle que habían matado a Albeiro. Les mandaron una foto de su cadáver, casi irreconocible por los destrozos de los balazos.

Para entonces Johanna, quien sospechó que Albeiro se demoraría, se había adelantado con el almuerzo, y le tapó el arroz, los frijoles, la carne y las tajadas de plátano para que no se enfriaran. Estaba en el cultivo de cacao con una amiga, transformando el grano en chocolate de mesa, cuando llegaron con la noticia.

“Vino un muchacho y llamó a otra persona para contarle primero. No sabían cómo decirme y yo me di cuenta. Me imaginé lo peor y eso fue lo que pasó: me lo mataron. Y ya se va a cumplir un año sin saber quién fue, por qué lo hicieron… Un año teniendo las mismas preguntas sin responder”, dice la mujer.

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Por el crimen de Albeiro ya hay dos personas capturadas y en juicio. El 27 de noviembre de 2020, un mes después del asesinato, la Fiscalía reportó en un comunicado la captura de Diana Campo Noscué, alias ‘India Carolina’, quien “presuntamente hizo seguimiento a las víctimas para perpetrar los asesinatos que, según las investigaciones, ordenó alias ‘Gentil Duarte’, máximo cabecilla de las disidencias en el oriente del país".

Tres meses antes de su asesinato, Albeiro fue elegido por el Partido Comunes para detallar, en una audiencia ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la situación de inseguridad que los exguerrilleros atravesaban en el Meta. En esa diligencia, el líder de reincorporación alertó sobre la disputa territorial entre las disidencias de ‘Gentil Duarte’ y las de la Segunda Marquetalia, comandadas por ‘Iván Márquez’.

Aunque aún no se haya esclarecido el caso —lo cual es más la regla que la excepción en los homicidios de excombatientes y líderes sociales— el homicidio de Albeiro generó un movimiento sin precedentes en el país.

Tras su entierro en Mesetas (Meta), hasta donde llegaron cientos de exguerrilleros de todo el país para despedirlo, inició una marcha multitudinaria a la que denominaron ‘Peregrinación por la paz y la vida’.

Más de 2.000 exguerrilleros se movilizaron para exigir garantías de seguridad.

Foto:

CNR - Comunes

Al grupo que salió de los Llanos se sumó otro que partió de Nariño, Cauca, Huila, Tolima y Cundinamarca, y otro más conformado por excombatientes de Antioquia, Caldas, Santander y la región Caribe.

En total, más de 2.000 antiguos miembros de las Farc llegaron hasta Bogotá, y en la Plaza de Bolívar colocaron un lienzo con un mensaje enfático: “Duque: no firmamos la paz para ser asesinados”. Se congregaron desde el 31 de octubre hasta el 6 de noviembre, cuando el presidente Iván Duque los atendió y se hicieron compromisos para blindar el proceso de reincorporación.

Duque: no firmamos la paz para ser asesinados

Varios de sus amigos más cercanos no participaron de la peregrinación, y algunos ni siquiera fueron al entierro: el miedo a correr la misma suerte que su líder valió más que el homenaje. Pero no han dejado caer las banderas que él izó.

“Si a mí me ofrecieran volver a la guerra ya sé cuál va a ser mi respuesta: un no. Sabíamos que estos riesgos iban a existir, pero no nos vamos a echar para atrás en el cambio en la historia que estamos propiciando”, dice Epimenio, quien asumió el rol de Albeiro tras su asesinato.

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Cuando le pregunto si, por seguridad, prefiere que no mencione su nombre, responde con la certeza de quien está dispuesto a entregar su vida por esa paz que parece inalcanzable: “Yo no oculto mi rostro porque me comprometí con el acuerdo y no me da miedo decir lo que siento. A Albeiro tampoco le daba miedo, y tengo la sospecha de que por ser tan frentero fue que lo mataron. Su asesinato abrió una cicatriz que aún no nos sana, pero acá vamos a seguir reclamando para que nos cumplan: volver a las armas no es una opción”.

En Twitter: @julianrios_m
Periodista de Justicia
julrio@eltiempo.com

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