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El 'paso de la muerte': así logran cruzar la selva del Darién los migrantes
Migrantes Necoclí Antioquia

Los migrantes varados en Necoclí piden agilizar trámites para que puedan seguir su camino

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Jaiver Nieto

El 'paso de la muerte': así logran cruzar la selva del Darién los migrantes

Los migrantes varados en Necoclí piden agilizar trámites para que puedan seguir su camino

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Jaiver Nieto

Síntesis de la crónica ‘Muerte o libertad’, del libro Migrantes de otro mundo.

“La muerte también es una opción de libertad”. Así respondió Oneida Alonso, migrante octogenaria cubana, al preguntarle por qué arriesgaba la vida, antes de iniciar el trayecto entre Capurganá, Colombia, y Bajo Chiquito, Panamá, conocido como el ‘paso de la muerte’.(Este texto hace parte del libro 'Migrantes de otro Mundo', dirigido por María Teresa Ronderos)

A la madre embarazada, al anciano o al niño de escasos meses de nacido les toma siete días, a un costo de unos 2.000 dólares, recorrer estos 67 kilómetros; sorteando empinadas lomas, donde es necesario hacer un alto cada 200 metros para recuperar el aire, en un territorio en constante pugna de grupos armados ilegales por el control de las rutas de tráfico de drogas y armas. Como dijo un lugareño: “Por esa selva, hay puntos que ni el Ejército de Colombia o de Panamá se atreven a caminar”.

(Lea además: Se disparó el tránsito por Colombia de los migrantes hacia Estados Unidos)

Los pobladores que ven a los migrantes pasar por esa región cuentan historias tremendas de cadáveres arrumados contra las rocas en una playa; de una mujer que murió de repente en medio del camino; de una muchacha violada por asaltantes y hasta de una madre que se tiró al abismo cuando se dio cuenta de que el bebé que llevaba en los brazos ya no vivía.

El paso por el tapón del Darién es uno de los más complejos de la ruta hasta EE. UU. En la foto, de fondo, Capurganá.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

“La última vez que anduve por esa trocha –dice monseñor Hugo Torres, obispo de la Diócesis de Apartadó– nos topamos con tres calaveras. Les dimos cristiana sepultura y oramos por sus almas. Solo eso pudimos hacer”. Torres sostiene que esa ruta debería ser declarada camposanto.

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Un capitán de panga, entrevistado en Necoclí, revela sus prejuicios: “Uno no sabe qué enfermedades traen (los migrantes). Algunos pueden ser portadores del virus del ébola”. Luego añade que las personas suelen pagar por viajar tranquilas, “no para estar con migrantes”.

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Al terminar su salat matutino, Mohamed sacude la arena de un pequeño tapete, luego lo enrolla, envuelve en él su brújula y guarda todo cuidadosamente en una bolsa de lino. El tapete y la brújula son reliquias de su familia y su patria, las únicas que conserva.

Prefiere no decir dónde nació, pero sí cuenta que es hijo de una de las cuatro esposas de un musulmán ortodoxo. Tenía 15 años cuando su padre descubrió que era homosexual y le dio un castigo brutal. Luego, una noche de 2007, sus hermanos fueron a buscarlo para matarlo. “Cuando mi padre descubrió mi condición –dice–, él ya tenía problemas de corazón. Pero tuvo una complicación y murió. Mi familia me acusa de haberle causado la muerte”.

(Lea también: Al menos 14.000 migrantes están represados en Necoclí, Antioquia)

Mohamed habla pausado, pero de repente sube el tono: “Mi familia no me acepta. Ellos dicen que, desde tiempos de nuestros ancestros hasta hoy, nadie ha hecho ese tipo de cosas, que soy el primero en hacerlo. Me siento mal porque mi familia debió entender que yo no quise ser ese tipo de persona. Yo no lo elegí, yo nací así”.

En varios casos, los migrantes deben pagar precios más altos por bienes o servicios en Colombia.

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AFP

Esa noche de 2007, su madre lo ayudó a esconderse durante tres días en una de las plantaciones de marañón de su padre. En la madrugada del cuarto día, ella le dio 1.000 dólares que le sirvieron para atravesar el Congo, Zambia y Mozambique, donde trabajó en una mina de rubí. Le pagaban el día con dos platos de avena o arroz, un poco de yogur y un catre para dormir. Un año soportó la esclavitud. Luego huyó.

Huyó de su familia con el temor de que su orientación sexual lo convirtiera nuevamente en blanco de violencia. “Solo Alá sabrá cuánto más me tocará andar para encontrar el lugar donde me acepten como soy, donde pueda ser yo mismo”, dice.

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Un viento bajó del Darién y produjo un fuerte oleaje. Las cuatro pequeñas pangas subían y bajaban sobre el agua. Del espeso manglar, protegidas por la oscuridad, salieron ocho sombras. “Necesito a los cuatro líderes”, ordenó uno de los hombres que aparecieron, que necesitaba negociar con ellos la tarifa del viaje clandestino. “La vuelta vale 400 dólares por persona”, dijo. Resignada, la gente se esculcó la ropa y entregó el dinero.

Solo Alá sabrá cuánto más me tocará andar para encontrar el lugar donde me acepten como soy, donde pueda ser yo mismo

Sin salvavidas, los migrantes se amontonaron en los pequeños botes pesqueros. Unas tablas cruzadas les servían de asiento a las embarazadas, mientras los demás se arremolinaban como podían a lado y lado de la quilla.

A las 9:30 de la mañana del día siguiente, el capitán de un catamarán lleno de turistas gritó: “¡Naufragio!” y viró bruscamente en dirección a unas difusas figuras que luchaban por mantenerse a flote en el movido mar de enero.

(Además: Panamá afirma que Colombia está incumpliendo acuerdo sobre flujo migratorio)

Rescataron a 16 migrantes, pero también el cadáver de una mujer embarazada y el de una niña de seis años. Y al otro lado del golfo, en Capurganá, un sobreviviente africano y su hijo se aferran a una fosa en el cementerio. Se estaban despidiendo de la hija y hermana, de seis años. Fuentes de la zona contaron que nueve de los sobrevivientes habían vuelto a emprender el viaje por el Darién.

El corregimiento de Capurganá, en el municipio de Acandí, Chocó. Detrás, las montañas del Darién.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

El campamento de los migrantes estaba a 500 metros de la estación de policía. Un grupo de mujeres, hombres y niños se había reunido frente al muelle turístico de Necoclí para protestar. Se escuchó una voz gritar: “¡Queremos seguir!” y los migrantes rodearon las embarcaciones de los turistas para impedir su salida. Agentes de Migración Colombia, de la Policía Nacional y del gobierno municipal entraron a mediar. Acordaron reunirse al día siguiente, y tras cuatro jornadas de debate, llegó al campamento la orden. Los migrantes varados en Necoclí tenían tres días para salir de la ciudad.

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Al marcar la raya 37 en un tronco en la playa, Mohamed dice que no le importa mucho haber pagado el doble del precio por el pasaje, ni que el cambista le hubiera dado apenas 2.700 pesos colombianos por un dólar. El boleto en su mano significa que la espera terminó. Acaba de comprarse un viaje seguro desde Necoclí hasta Capurganá, el pueblo que queda al otro lado del golfo de Urabá, y desde donde comenzará su ruta a pie por la selva del Darién.

Recién bajado de la lancha, y caminando por el muelle de entrada a Capurganá, Mohamed pasa junto a un policía que lo ignora. Una mujer le dice que debe tomarle la temperatura, una práctica que se impuso en todo el país para identificar si alguien tiene fiebre, contagiado por el virus. En una esquina recóndita del pueblo, esperan varios mototaxis; él paga 4 dólares para que lo lleven hasta el pie de un cerro, donde sale la trocha hacia la espesura del bosque.

Bajo una ceiba frondosa, Mohamed y los demás se cambian la ropa mojada, se ponen las botas de caucho, beben agua. “¡Los líderes se agrupan acá!”, les grita el jefe de los guías. Luego les explica que hay tres rutas para llegar a la frontera con Panamá. Con cada grupo irá un guía como puntero y otro en la retaguardia. “Por favor, reúnan a su gente para organizar la salida”.

(Le sugerimos leer: Viaje al drama de la marea de migrantes en Necoclí)

Los migrantes conocen las historias macabras de ese bosque de robos, estafas y violaciones, solo les queda confiar. El guía intenta tranquilizarlos: “Todo está coordinado”, dice. Y les explica que apenas lleguen a la frontera con Panamá a salvo, él debe enviar videos de prueba a sus jefes. Ya después, la responsabilidad es de otros. “Del lado panameño las cosas sí están feas”, les dice.

Les recomienda que, cuando estén allá, marchen en grupos de no menos de 50 personas. También deberían aligerar el morral. Si llegaran a cansarse, por 20 dólares un ‘carguero’ podría ayudarles a llevar el equipaje o alzar a los niños. Al decirlo, señala a un grupo en su mayoría compuesto por adolescentes.

Así se ven, desde el aire, las primeras montañas de la espesa Serranía del Darién.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

Uno de los cargueros que acompaña al grupo de Mohamed se hace llamar Caliche. Cuenta que tiene 13 años, pero por su aspecto podría ser mayor. Cuando tenía 2 años, hombres armados mataron a su padre y la familia abandonó “la tierrita”. Hoy su mamá trabaja en Medellín en la casa de una familia, y él y su hermana de 5 años viven con la abuela, de 67.

Caliche mira con desconfianza y habla nerviosamente. “Yo era maletero de turistas y mi abuela les vendía dulces tradicionales –cuenta–, pero la pandemia acabó con todo. Sin turistas, el año pasado aguantamos hambre. Solo había tres caminos: ser paraco, raspachín o coyote. Me vi obligado a meterme en esto”.

La ayuda que el Estado le ha dado a una familia como la suya en la pandemia si mucho llega a los 130.000 pesos mensuales (unos 35 dólares). Como carguero dice que puede ganar hasta 40 dólares por una jornada.

Sin turistas, el año pasado aguantamos hambre.
Solo había tres caminos: ser paraco, raspachín o coyote. Me vi obligado a meterme en esto.

Al recibir la orden del jefe de los guías, los migrantes emprenden el camino. La selva se pone densa, estrecha, difícil. La trocha permite andar, pero solo en fila india. En el primer descanso, el hijo de la familia cubana encuentra un totumo y exclama alegre: “¡Un huevo de dinosaurio!”.

Mohamed sonríe, como si por un instante olvidara el miedo. Pero una bebé empieza a llorar. El camino sigue. En el segundo campamento se topan con la casa donde viven Nelson Ballestero y su esposa. Unas gotas de agua de azúcar le calman el llanto a la pequeña. Veinte minutos después, la marcha continúa. Una migrante inválida toma sus muletas y sigue a los demás. La bebé vuelve a llorar. “No creo que esa nena lo logre. Ese llanto es de agonía”, dice el guía.

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Ha llegado un mensaje de audio por WhatsApp. La voz sonora, el tono pausado y el fuerte acento portugués con que Mohamed habla español llenan los 40 minutos de la grabación.

La mayoría de los migrantes que pasan el Darién tienen como destino los  Estados Unidos.

Foto:

Reuters

Mohamed habla desde Costa Rica y cuenta cómo cruzó el Darién. Solo repite tres palabras: “Andar, andar, andar”.

Subieron montañas, atravesaron bananeras, durmieron junto a ríos. Aguantaron el terror cuando en cierto momento los coyotes desenfundaron sus armas y dieron tiros al aire. Se ayudaron entre sí con préstamos y les dieron soporte moral a quienes se habían quedado sin nada. Pasaron días sin comer. Dormían cuatro horas al día porque era urgente seguir. Se perdieron. Encontraron seres humanos generosos, casi siempre campesinos.

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Después de dos meses de no tener contacto con Mohamed –quizá había muerto en su intento o había sido deportado–, a las 11 de la noche del 8 de agosto hizo una llamada. Había logrado quitarse el temor de encima, de sus hermanos buscándolo para asesinarlo, “porque era un virus y había que erradicarlo”. Al fin había llegado “a un país donde podía ser él”.

(*) Juan Arturo Gómez Tobón es corresponsal en Colombia del portal Diario de Cuba. Ha sido colaborador de Semana, Universo Centro, De la Urbe y Pacifista.

El capítulo ‘Muerte o libertad’  hace parte del libro 'Migrantes de otro mundo', el cual nace de un proyecto dirigido por María Teresa Ronderos desde el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística. Este se compone de una colección de crónicas sobre estos viajeros extracontinentales.

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