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La historia del pueblo que sufrió 248 ataques de Farc y sigue en pie
Caldono, Cauca. Toma guerrillera. Cilindro Bomba. Conflicto

Más de 20 casas quedaron destruidas en Caldono después de la incursión armada de las Farc en julio de 2005.

Foto:

Mauricio Dueñas. AFP

La historia del pueblo que sufrió 248 ataques de Farc y sigue en pie

Caldono es el 2.° municipio más atacado del país. Hablan sobrevivientes de una guerra que  no acaba.

Los vestigios de la guerra permanecen. Están en las casas averiadas, con techos caídos o a punto de irse al suelo. En las paredes agujeradas por los disparos, o derrumbadas por el impacto de un cilindro bomba o su onda explosiva. En los ventanales por los que se asomaban los que tuvieron que elegir entre huir o morir, cuyo lugar tomó la maleza y una que otra planta enredadera.

“Últimamente el pueblo ha crecido mucho, han construido. En ese entonces nadie pegaba un ladrillo acá. ¿Para qué, si en cualquier momento lo volaban de un bombazo?”, se pregunta Farid Julicué, un campesino delgado y de hablar pausado que registró en sus libretas cada una de las 248 incursiones armadas de las que fue víctima su pueblo, Caldono (norte del Cauca), por parte de las Farc entre 1997 y 2014.

A esa cifra, según la Comisión de la Verdad, se suman 500 hostigamientos de la extinta guerrilla, que ponen a Caldono como el segundo municipio en número de acciones de los armados en el país (después de Toribío, un pueblo ubicado a escasas dos horas).

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Pero en medio de ese drama que se volvió una constante, los pobladores se armaron de coraje y formaron una de las primeras resistencias civiles para ponerle tatequieto a las Farc.

Militares tras incursión armada en 2002.

Foto:

Carlos Ortega. Archivo EL TIEMPO

Hoy, después de dos décadas de hacerlo y un proceso de paz que pronto les desinfló las esperanzas de vivir tranquilos, el fantasma del conflicto –transformado en disidencias– sigue rondando a los 35.000 caldoneños, que en su mayoría (69 por ciento) son indígenas nasa.

***

La guerra les entró por los oídos. Aunque lo más duro llegó a finales de los 90, desde veinte años atrás habían tenido que aguantar el paso de las guerrillas.

Primero fue el M-19; luego, el Quintín Lame –un grupo insurgente conformado por indígenas que, a pesar de estar en territorio ancestral, cometió vejámenes en el pueblo–; después, llegó el Comando Ricardo Franco, responsable de la masacre de 164 personas en el vecino municipio de Tacueyó; y, hacia 1990, el Sexto Frente de las Farc y la Columna Móvil Jacobo Arenas tomaron el control de Caldono.

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La noche del 9 de febrero de 1997 fue la primera que el pueblo quedó a merced de los guerrilleros. “A las 10 de la noche comenzaron a disparar. Eso era diferente a cualquier otra cosa. Nunca habíamos escuchado una plomacera así”, cuenta Farid, quien para entonces tenía 37 años.

Ambas quedaron irreconocibles después de la explosión. Cuando intentamos recuperar sus cuerpos, encontramos partes que no sabíamos de cuál de las dos eran

Según reportó EL TIEMPO, unos 300 miembros del Sexto Frente de las Farc incursionaron en la cabecera del pueblo, saquearon 60 millones de pesos de la Caja Agraria –actual Banco Agrario–, y sostuvieron por más de ocho horas un combate contra nueve policías que estaban de turno en la estación, hasta que se les acabó la munición.

A punta de rockets, descargas de dinamita, granadas y disparos de fusil los guerrilleros destruyeron el cuartel, ubicado en una casa alquilada.

A la mañana siguiente, cuando empezaba la retirada, pretendían llevarse secuestrados a los policías, pero un grupo de pobladores lo impidió.

No habían pasado dos semanas de la primera toma cuando las Farc volvieron a Caldono. Esa noche, Farid estaba con algunos amigos en la piscina del pueblo, celebrando un cumpleaños.

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“Como a las 9 p. m. se pararon en la puerta y comenzaron a decir que nos guardáramos. Nosotros salimos a correr así, en pantaloneta y vestido de baño. Hasta dejamos el equipo de sonido que teníamos allá”, recuerda.

Ese 23 de febrero los caldoneños conocieron un ruido que les quitaría el sueño en adelante: el del estallido de los cilindros de gas propano, que las Farc institucionalizaron como arma de destrucción para las tomas guerrilleras.

Después de la primera incursión, la estación de Policía tuvo que ser trasladada, y ahora tenía sede en la escuela urbana de niños, una construcción en forma de ele, con ocho salones y patios grandes, que había sido pintada semanas antes.

Fue allí donde Farid estudió su primaria, desde finales de los años 60, en tiempos en los que había mermado la violencia bipartidista y los pobladores tenían como costumbre hacer paseos de olla, ir a elevar cometa con los niños, jugar futbol sin fijarse en la hora ni el lugar, y esas actividades, cotidias para muchos, que se ven restringidas luego de la llegada de los armados, con el terror que producen a su paso.

En esa guerra demencial, que la Policía estuviera en una escuela no significaba que dejara ser blanco de la guerrilla. A punta de cilindros bomba, dejaron la institución educativa en el suelo.

Así quedó la escuela Madre Laura después del ataque guerrillero.

Foto:

Jaime Arias. Archivo

“De eso no quedó sino el lote. Las casas de al frente también quedaron destruidas. En una de ellas estaba una abuelita, de 80 años, la señora Eleodora Díaz, que vivía con su nieta, de 15. Ambas quedaron irreconocibles después de la explosión. Cuando intentamos recuperar sus cuerpos, encontramos partes que no sabíamos de cuál de las dos eran. Nunca habíamos visto una muerte tan terrible”, cuenta Farid Julicué.

En medio de las explosiones, Caldono quedó vacío. Los habitantes salieron desplazados. Se refugiaron en los campos mientras la cabecera ardía.

Una historia similar se repitió el 6 de junio de 1999, en una toma simultánea de las Farc a varios municipios del norte del Cauca.

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Los guerrilleros volvieran a hostigar el pueblo y destruyeron la escuela Madre Laura, donde estaba el salón de reuniones más grande del municipio. Tuvieron que ingeniárselas con tres jornadas (mañana, tarde y noche) para que todos los niños pudieran estudiar después de semejante destrucción.

Nadie entendía por qué la guerrilla se había ensañado con su pueblo.

Esa pregunta la tuvieron guardada por 24 años, hasta que en marzo pasado –en un evento organizado por la Comisión de la Verdad–, se la pudieron hacer a sus victimarios.

Los excomandantes de las Farc, quienes abandonaron las armas, reconocieron el daño y les pidieron perdón a los caldoceños no solo por los ataques al municipio, sino por el reclutamiento de sus familiares (contando varios menores de edad), por el asesinato y desaparición de tantos otros.

El padre Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad participó en el encuentro 'Caldono cuenta la verdad'.

Foto:

Juan Pablo Rueda. EL TIEMPO

La verdad detrás de las motivaciones de la guerrilla aún se están desenmarañando. Lo cierto es que por su ubicación geográfica, Caldono se ha convertido en un punto clave. “El municipio limita, por el corregimiento de Siberia, con la carretera Panamericana, y eso lo vuelve estratégico para el paso de organizaciones armadas desde el nororiente del Cauca hacia el noroccidente y la Costa Pacífica, donde hay rutas de mercancías ilegales”, explica el analista y líder social caucano Walter Aldana.

A pesar de estar rodeado de municipios con una alta presencia de cultivos de coca, marihuana y amapola, las autoridades indígenas de se han opuesto a estas siembras en el territorio de Caldono, pero eso nunca fue suficiente para alejar a los armados.

En cambio, sí lo fue la resistencia civil que organizaron las mujeres y hombres del pueblo, quienes se sobrepusieron al miedo y a punta de arengas, banderas blancas y mucha determinación, le hicieron frente a la guerrilla.

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***

Después de que le timbró el celular y escuchó la advertencia que le tenían, Farid suspendió el bingo que estaba jugando en el centro del pueblo. “Van a quemar el pueblo. La guerrilla pasó llena de cilindros y tatucos”, le dijeron.

Se estaba yendo la tarde de ese 12 de noviembre de 2001 cuando comenzaron a alertar al pueblo. Esta vez la decisión no fue, como en las anteriores, salir a correr para proteger sus vidas. No. Los caldoneños ya estaban cansados.

De las 248 ataques que ha sufrido Caldono, 76 fueron en el casco urbano

Foto:

Juan Carlos Quintero. Archivo EL TIEMPO

Pasaron por los barrios invitando a la gente a salir con sabanas y trapos blancos. Las primeras en sumarse fueron las mujeres, varias embarazadas y con un niño agarrado en cada mano. Armaron una fila y comenzaron a avanzar hasta encontrarse con los guerrilleros.

“Yo tenía miedo de hacer matar a toda esa gente. Éramos como 36 personas, más un montón de niños, sin otra arma que las banderas y las arengas, enfrentando a un grupo armado que ya nos había destruido el pueblo varias veces”, cuenta Farid, quien iba de primero en la fila.

Contuvieron a la guerrilla hasta que llegó el defensor del pueblo desde Popayán, taparon las entradas con sillas de plástico y hogueras y, ya en la madrugada, habían logrado una tregua que les valió cuatro años sin ataques de las Farc.

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Ese periodo de calma y respeto por la dignidad y autonomía de Caldono se acabó en julio de 2005.

“Cuando volvieron, nos atacaron con toda. Fueron tres días: el 3, el 4 y el 5. Mucha gente alcanzó a salir antes de que empezaran a tirar los cilindros. Fue uno de los mayores desplazamientos en la historia del pueblo. El último día estrenaron los tatucos, que tienen un alcance como de 7 kilómetros. Donde cae eso, mata y acaba con lo que haya”.

Cuando fueron disminuyendo las tomas, comenzaron los asesinatos selectivos. Según los apuntes de Farid –que representan la base de datos de un pueblo donde la institucionalidad siempre ha estado a medias– han matado a 63 líderes indígenas y 48 dirigentes campesinos caldoneños.

El 69 % de la población de Caldono es indígena.

Foto:

Santiago Saldarriaga. EL TIEMPO

Aunque con la firma del acuerdo de paz con las Farc salieron los miembros de este grupo, pronto llegaron otras estructuras a cooptar el control de la región, y han perpetuado el exterminio a cuentagotas.

“Actualmente no hay tanta disputa, porque la disidencia de la Dagoberto Ramos logró ejercer el dominio de los otros grupos que se estaban peleando el territorio”, explica una investigadora de la Fundación Paz y Reconciliación.

Y agrega que “a pesar de que ahora las acciones no son tanto contra las Fuerzas Militares, sino más contra los líderes sociales, en el caso de Caldono se han mantenido los ataques a la estación de Policía”.

Un poblador contó que otra de las preocupaciones recientes es que se han detectado cultivos de coca en algunas veredas. Pero lo que más alarma a los caldoneños es los jóvenes se están yendo a trabajar como raspachines en cultivos de uso ilícito del municipio de Argelia.

“Acá no hay opciones de trabajo. De 400 bachilleres que se gradúan, solo entre dos y cuatro van a la universidad. El resto es presa fácil para esas actividades ilegales”, dijo.

En medio de esa tensa calma, varios pobladores se han reconciliado con sus victimarios de las Farc, que tienen una zona de reincorporación en el municipio.

Le doy gracias a Dios por estar vivo, porque, con todo lo que ha pasado en Caldono, eso es un logro

Junto con los campesinos e indígenas del pueblo, se han unido en proyectos productivos de siembra de aguacate y cultivos de pancoger, criaderos de truchas y cerdos, y celebran algunas fechas especiales en llave.

También se integran en un campeonato de futbol organizado por Farid Julicué, en el que participan más de 300 equipos. “Eso no lo ha hecho ni la Fifa”, dice este líder sesentón entre carcajadas.

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En una agenda como las tres que guardan el registro de las tomas guerrilleras, Farid anota los resultados de los partidos. Cuenta que todos los días se levanta a las 5 de la mañana y reza: “Le doy gracias a Dios por estar vivo, porque, con todo lo que ha pasado en Caldono, eso es un logro”.

Sigue escribiendo cualquier evento que ocurra en el pueblo, y sabe que aún no hay garantía de cuál será el último relacionado con la guerra.

En Twitter: @julianrios_m
Redacción Justicia

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