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Mutilación genital en mujeres embera: una cicatriz que no desaparece

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La ablación en pueblos indígenas salió a la luz en 2007. Así va la lucha para erradicarla.

Cuerpos en silencio

Por: Andrea Leguizamón y Laura Becerra

Entre la inmensidad de la selva y el ruido del río que baja, entre la siembra y los frutos que con sus manos baraja. Wera es la mujer embera, aquella que nace de las raíces de la tierra y extiende su cultura a través de la enseñanza. Su cuerpo es un territorio de silencio que en el interior esconde marcas que se han perpetuado a lo largo de la historia.

En el noroccidente de Risaralda, mujeres del resguardo unificado chamí viven entre los picos de las montañas que limitan con la frontera del Chocó. El municipio se llama Pueblo Rico, un hogar sobre la cordillera occidental y con influencias del pacífico colombiano, donde convergen sabidurías, conocimientos y creencias afro, mestizas e indígenas. Allí está oculto un relato de olvido y silencio.

Leidy Johana Aizama, de 27 años, entra al río San Juan que viene desde Antioquia para bañarse. Es pequeña, de tez morena, ojos color café, cabello largo y negro, como la mayoría de las emberas. En sus resguardos pocos hablan español de forma fluida, pese al contacto con el exterior. Con recelo pasa rápidamente la mano por su cuerpo, aunque sin tocar su vagina. Dice que no conoce la parte más sagrada de ella.

—¿A usted también le hicieron eso?—le pregunta el esposo.
—Yo no sé, ¿usted le ha visto algo diferente a las paisas?
—Yo no he estado con una paisa.

El silencio se rompió por primera vez en el 2007. En ese pueblo cargado de historias, la voz no solo se alzó por ataques de grupos armados o amenazas a las comunidades indígenas, sino por la muerte de dos niñas que tuvieron una infección en su zona genital. Ambas habían sido sometidas a una práctica ancestral conocida como el ‘corte de callo’ entre los emberas, un ritual en el que se extirpa el clítoris a las mujeres con una cuchilla caliente. Se carece de certezas en cuanto al origen africano o religioso de la tradición, pero sí es seguro que ha dejado lesiones en sus cuerpos.

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El río San Juan discurre por el departamento de Risaralda, bordeando varios resguardos emberas.

Laura Becerra González
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Laura Becerra González
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Laura Becerra González

Tras ser cuestionado en un derecho de petición, el Hospital San Rafael, sede Pueblo Rico, respondió que durante 2014, el año con más registros, el corte fue realizado a 33 niñas emberas. Personalmente, la funcionaria Lisbeth, quien pertenece a la institución y no quiso dar su apellido, afirmó que en el 2017 llegó el último caso de alguna infección o trauma por la mutilación. Las incertezas sobre las cifras mantienen el silencio. Según la respuesta oficial del hospital, en 2019 también llegó una recién nacida con vestigios de la práctica, pero de ella no se habló localmente.

El territorio puebloriqueño, uno de los que menos niveles de desarrollo humano tiene en el departamento, alberga a unos 14.000 indígenas emberas, de acuerdo con proyecciones de la alcaldía de ese municipio. Sus mujeres, con mirada desconfiada, llegan todos los días al casco urbano desde las veredas y zonas rurales para vender collares, manillas, aretes, llaveros, entre otras cosas.

Una de ellas es Leidy Johana Aizama. A los 14 años su madre la obligó a casarse con un hombre de su comunidad. Aunque al inicio no lo quería ni lo conocía, hoy vive con él y con sus cuatro hijos. Tres son mujeres. Solo pudo estudiar hasta segundo grado de primaria, pues sus labores como madre y esposa, según dijo, le impidieron continuar con su educación. Su marido, quien hizo un técnico, se ha encargado de mantener económicamente a la familia, mientras que Leidy ha reproducido las enseñanzas de su madre y abuela sobre cómo ser una wera.

La feminidad embera ha cargado con los vestigios del ‘corte de callo’ que aún tiene efectos en los cuerpos de las mujeres. Leidy cuenta que en un principio en el resguardo fueron quemados y cortados los genitales de las niñas. Las abuelas, que en muchos casos eran parteras, decían que “era necesario quitarles lo que había entre sus piernas para evitar que algo creciera dentro de ellas”, refiriéndose a que el clítoris podría convertirse en un pene. La historia se ha reproducido por décadas dejando en sus cuerpos marcas de silencio. Leidy no sabe si fue o no mutilada, pero no quiso esto para sus hijas.

En algunos resguardos se ha intentado transformar la presencia de la mutilación genital femenina, pero las mujeres siguen cargando con el peso de una costumbre de la que poco se conoce y habla. Como un eterno retorno, la historia sigue replicándose en las más pequeñas.

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Mujer y niña embera cargando yuca en el resguardo de Bajo San Juan, Risaralda.

Laura Becerra González
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Laura González Becerra

Wera, la que carga con todo

Lavar la ropa, cuidar los hijos y guardar fidelidad en el matrimonio hacen parte de una serie de actividades que definen a una “buena mujer”, un pilar familiar que desde las labores domésticas forja cultura. “Mujer significa la que carga con todo. Es la fuente. Y no solo porque da vida, sino que es la fuerza que sostiene a todas las comunidades y a la familia”, afirmó Dayana Domicó, Coordinadora Nacional de Juventud de la Organización Nacional de Indígenas en Colombia (ONIC) y lideresa de la comunidad embera katío.

La wera danza y canta al son de los tambores para avivar a la comunidad. Cánticos que enaltecen los sonidos de las montañas como cuando la tierra cruje al brotar una mata de yuca o maíz. Las manos de las emberas son empuñadas para trabajos de siembra, recolecta de alimentos y crianza de animales. Su voz que se alza entre los hijos, para enseñarles el idioma propio del pueblo y las historias de su dios creador Karagabí, forma parte de un legado generacional que los mantiene vivos como comunidad.

Raquel González, antropóloga de la ONIC, explicó que desde los primeros años de vida se les enseña a las niñas emberas cuál es el rol que desempeñan en su resguardo. Es así como aprenden a ser partícipes de actividades que encajan en un papel “sumiso y benevolente”. Muchas llegan hasta segundo grado de primaria y tienen que dejar sus estudios para ponerse al mando de la casa.

Según Leidy, solo la madre y la partera, que en muchos casos es la abuela, pueden observar los genitales del bebé para comprobar su sexo. Si es mujer, desde temprano participa de unas prácticas ancestrales específicas que le dan bases para sus funciones dentro de la familia y del resguardo.

Entre esos rituales está la idea de que ser buena esposa, madre o mujer empieza con el ‘corte de callo’. Algunas mayoras cuentan que la fidelidad, sumisión y pureza están íntimamente relacionadas con la mutilación del clítoris, que garantizaría la preservación del hogar y evitaría que la niña “no vaya a salir brincona”.

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La mutilación genital femenina (MGF) es definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una práctica ancestral que consiste en extirpar y lesionar los órganos genitales femeninos externos.

En su mayoría, la realizan figuras tradicionales de una comunidad que desempeñan otras funciones como la partería. Internacionalmente, la ablación, como también se le conoce, es considerada una violación de los derechos humanos de las mujeres y niñas.

El ritual, para entidades como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), muestra la desigualdad que se ha perpetuado durante siglos entre los sexos. Las víctimas de mutilación genital femenina generalmente son menores de edad, aunque también hay registros en adultas.

Un secreto a voces

El ‘corte de callo’ es reconocido por los líderes indígenas como un saber propio de mujeres, es decir, que solo realizan ellas. Cuando la práctica de la ablación se dio a conocer en Colombia en 2007 con la muerte de dos niñas emberas de Pueblo Rico, los indígenas hombres decían desconocerla.

El tema tuvo gran difusión en medios de comunicación al punto de convertirse en un problema estatal. Entidades como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA) desplegaron una serie de programas y medidas de contingencia, entre las cuales se llevaron a cabo conversatorios sobre sexualidad con hombres y mujeres emberas.

Ante el cuestionamiento público de la ablación, los hombres argumentaron que “eso era cuestión de mujeres” y que no tenían conocimiento al respecto, según afirmó Raúl Guasiruma, gobernador indígena embera chamí del resguardo Bajo San Juan de Pueblo Rico. Incluso, dijo que conoció del tema hasta que la muerte de las dos niñas fue denunciada por Aracelly Ocampo, personera municipal.

Con la divulgación de los dos casos, el desconocimiento por parte de los hombres dejó de ser una excusa para el ocultamiento de la práctica. Antes de ello, sin embargo, el corte ya era considerado importante para quien deseara casarse. Dayana Domicó recordó una conversación que sostuvo con una indígena.

—Yo soy embera, pero a mí no me hicieron eso —respondió Dayana.
—¿Por qué no? Entonces tú nunca vas a conseguir marido —le preguntó una mujer de la comunidad dóbida.
—Ya estoy casada. ¿Tú le practicaste el corte a tu hija?
—Sí, porque si no lo hacía iba a ser difícil para mi hija cuando creciera. Los hombres a usted no la respetan si usted tiene el clítoris.

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Partera embera del resguardo de Bajo San Juan, Risaralda.

Laura Becerra González
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Laura Becerra González

Los indígenas de Bajo San Juan cuentan que la cicatriz que lleva entre las piernas la mujer embera está relacionada con el fin del universo. Para ellos, su dios Karagabí sostiene los nueve mundos en los tres dedos de su mano derecha, y los transfiere a la izquierda. En el cambio se produce un desequilibrio que puede aumentarse con el movimiento que hace la mujer durante el acto sexual, en el caso de que tenga clítoris.

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Borrar una parte de la corporalidad de la mujer embera, dicen, no solo termina asegurando que no se caigan los mundos de la mano de su creador, sino que además pretende garantizar al hombre la fidelidad de su esposa. Para Dayana Domicó, sin embargo, el corte del clítoris, más allá de responder a la necesidad de evitar que la mujer sea “brincona” o lesbiana, obedece a la idea religiosa de inhibir la sensación de placer.

Domicó afirmó que “la ablación no es cultural, ni identitaria”, sino adquirida. Entre la misma comunidad indígena embera se le atribuyen diversos orígenes. “La práctica llegó hace más de 500 años con los españoles, quienes difundían este conocimiento para maltratar a la mujer indígena”, contó Elisa Queragama, partera de la comunidad embera katío. También están quienes afirman que fue producto del contacto con las monjas que buscaban censurar la exhibición del cuerpo.

La hermana Laura en la comunidad embera

Clamico Guasiruma, miembro de la comunidad embera chamí, recuerda que al resguardo de Bajo San Juan, antes ubicado en las faldas de las montañas de Risaralda, en cercanías a Pueblo Rico, llegó una congregación religiosa a finales de los 90. Las hermanas evangelizadoras les enseñaron, además de otras cosas, el hábito de vestirse.

“Según la historia, quien ayuda a que lo de ablación surja son las monjas, o sea, la iglesia como tal. Para ellas era malo que las mujeres exhibieran su cuerpo y que estuvieran con los senos afuera. Todo lo relacionado con lo sexual era algo negativo”, aseguró Domicó.

Durante una charla con abuelas, madres y jóvenes del resguardo de Bajo San Juan, Ruby Nelly López, profesora de la Universidad Tecnológica de Pereira, manifestó que las monjas les enseñaron a las weras cómo ser buenas esposas, proceso que implicaba no serle infiel al hombre. Para tal fin, “había que extirparle el clítoris a la mujer, así no sentiría placer y su cuerpo solo serviría para la reproducción”, según López.

Amilvia Onogama, con más de 70 años de edad encima y un vestido que le cuelga hasta las rodillas, es una de las parteras en el resguardo de Bajo San Juan. Cuenta que aprendió el oficio gracias a las enseñanzas de su madre, y agrega que por sus manos no ha pasado ninguna cuchilla para realizar algún corte, porque eso sería como “matar a un bebé”.

Según la profesora López, la empresa colonial fue la que trajo la idea del bien, del mal, del infierno y del pecado. De ahí, empezaron a infundir miedo entre los grupos ancestrales. “Entonces el indígena tuvo temor de ser infiel, de que el mundo se destruyera con un terremoto si la mujer se movía en la escena sexual, etc. Al introducirles el temor ellos van a aprender más fácil esos conocimientos que traían de la evangelización”.

No hay certeza alguna de que las hermanas misioneras hayan dejado un legado del corte del clítoris entre los emberas, aunque cultivaron su dogma entre las weras e imprimieron en ellas el bastión de sus creencias.

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Mujeres embera durante taller de cartografía corporal en el resguardo de Bajo San Juan

Laura Becerra González

¿Una herencia africana?

Las versiones se encuentran unas a otras. Según relata el historiador colombiano Víctor Zuluaga, el corte fue apropiado por la comunidad embera cuando entró en contacto con los africanos esclavizados de la tribu Mandinga. Ellos provenían de Malí, Guinea y Senegal, al occidente de África.

La mutilación genital femenina es presentada por el historiador Zuluaga como una herencia de la esclavitud que se gestó en la Nueva Granada en los socavones del municipio de Tadó, Chocó, en el siglo XVIII. Mientras los negros extraían oro y platino, los indígenas cultivaban la tierra para alimentar a los grupos de esclavos. Durante la realización de estas actividades, los mandingas a través de la oralidad difundían el conocimiento y la técnica para realizar los procesos de curación.

“Se toma una puntilla grande y se pone en el fogón y cuando está rojita entonces colocamos sobre la ‘cosita’ y la quemamos. De esa manera hacemos curación”, contó un indígena chamí a Zuluaga, quien incluye la conversación en su artículo “La Ablación del clítoris, una Herencia Africana”. El historiador colombiano desarrolló su trabajo con comunidades embera desde los años setenta y ha publicado diversas investigaciones sobre la conexión entre la mutilación realizada en África y la que llegó a América.

Con puntilla, cuchara o navaja caliente, ejecutaban el corte a las niñas de tres o cuatro meses de edad. El historiador colombiano afirma que los emberas y los mandigas han replicado esa tradición durante varios siglos. Sin embargo, cada pueblo ancestral le ha ido imprimiendo un significado y una particularidad que queda marcada en la forma en la que se realiza el corte. En la comunidad embera, la parte extirpada es el clítoris.

“Cuando uno las revisa para realizar el parto nota que tienen cocida la parte donde se ubica el clítoris (…) muchas de ellas no saben que se los han quitado”, contó en entrevista una funcionaria del Hospital San Rafael, en Santa Cecilia, Risaralda. Sin embargo, según la OMS, en las comunidades africanas se realizan otros dos tipos de corte, en los que se lleva a cabo la eliminación de los labios mayores o menores de la vagina.

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Ilustración de embera sobre lo que la identifica como mujer.

Laura Becerra González
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Laura Becerra González

Trazos de cultura: compartiendo secretos

Eran siete mujeres emberas reunidas en una misma sala, en la casa del cabildo del Resguardo de Bajo San Juan. Todas de edades distintas, incluso pequeñas de 10 y 12 años. Leidy Johana Aizama cargaba a su bebé, y las demás, mientras esperaban a que empezara la charla, lo consentían y hablaban del dolor de estómago que lo aquejaba desde hace algunas semanas.

Uno de los hombres esperaba en la puerta y cuidaba lo que ellas pudieran responder. Con mirada desconfiada se quedó en una esquina de la casa vigilando. Después de unos 20 minutos llevó una silla e intentó retirarse unos cuantos metros más, aunque su presencia seguía provocando un silencio entre las participantes.

Miraban hacia atrás para percatarse si seguía allí. Fue como un respiro cuando no lo vieron más en la orilla de la puerta. Después de haber permanecido tímidas y calladas, de observar con recelo quién las escuchaba a sus espaldas, le dieron rienda suelta a su discurso. Algunas llevaban encima sus vestidos de colores tradicionales, mientras que otras utilizaban un pantalón que les daba hasta la rodilla y un esqueleto. Ese día hacía un calor húmedo de 28 grados centígrados. Incluso algunos de los niños que estaban jugando afuera no tenían ninguna prenda que los incomodara.

Mientras recibían las hojas en las que iban a dibujarse para un ejercicio de cartografía corporal, discutían entre ellas qué las unía e identificaba como weras de la comunidad embera chamí. Empezaron a hablar de los cultivos, de ir al monte a recoger la siembra, de las pinturas en su rostro, de los vestidos y de su don para dar vida. Todas coincidieron en ello.

En sus dibujos no faltó su vestimenta característica de colores ni la canasta en la que recogen el maíz, el ñame, la yuca, los frijoles y el pescado, entre otros frutos de la tierra.
Cuando se les pidió dibujar las partes de su cuerpo que las diferenciaba de los hombres, ninguna de las siete mujeres que estaba en la sala mostró su zona íntima como elemento distintivo del género.

Imperaba un silencio sobre el tema. Cruzaban miradas y sonreían con timidez ante la hoja, debatiendo cómo representar lo que los distinguía en su corporalidad. Muchas optaron por esbozar sus senos e hicieron eco de lo que los separaba en las labores que realizaban.

En medio de la discusión, liderada por risas avergonzadas, reconocieron que no sabían cómo lucía su cuerpo. Todas, excepto una de ellas que hacía poco había llegado de nuevo al resguardo luego de haber vivido en Pereira, coincidieron en que nunca habían tocado su vagina, ni siquiera cuando se bañaban.

Cuando preguntaron sobre la depilación de su vagina, dijeron que cuando eran pequeñas se habían bañado con jagua y que eso había inhibido el crecimiento de los vellos en todo su cuerpo. Leidy y las más mayoras explicaron que, desde niñas, no han palpado sus vaginas y por eso no sabían si les habían cortado el clítoris apenas nacieron. La partera y, en algunas ocasiones el jaibaná, sabio tradicional y entidad indígena que se comunica con los espíritus de la montaña, son, además de los doctores, los únicos que conocen las partes íntimas de los miembros de la comunidad.

Entre risas nerviosas, preguntaron cómo mantenían relaciones los que no eran emberas. Cuando escucharon que normalmente se estaba desnudo durante el acto sexual, se miraban unas a otras desconfiadas y se cuestionaban si era en serio. Al saber que las mujeres ajenas a su cultura tampoco tenían ningún corte en la zona íntima de su cuerpo, más seguían indagando.

Leidy contó que cuando fue obligada a llevar a sus hijas al centro médico, luego de que se diera a conocer el aumento de casos asociados a la mutilación genital, se sintió incómoda al ver revelada su intimidad. Para ella, el hecho de que los doctores palparan y le mostraran los genitales de sus pequeñas, trasgredió, de alguna manera, la privacidad de su cuerpo.

Fueron siete mujeres, entre niñas y mayoras, madres y abuelas, casadas o solteras, incluso parteras y extranjeras, las que durante más de una hora hablaron, a grandes rasgos, sobre el significado de ser una wera. Con una mirada inquisitiva y dudosa, se veían avergonzadas aunque liberadas por haber hablado de lo que nunca habían hablado, según dijo María Ernestina Onogama, una de las más adultas que participó en el ejercicio.

Se compartieron secretos entre ellas. Pese a que los silencios ocultaron algunos de sus pensamientos, ellas mismas se permitieron romper con una tradición de misterio. Los dibujos quedaron como registro de sus memorias, como retrato de su historia y de la extensión de sus costumbres. Incluso, entre las más pequeñas, el legado del pasado ya está interiorizado. Recoger la siembra, recorrer el monte, dar vida y llevar sus costumbres a donde van.

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Embera tejiendo collares, una de sus principales actividades económicas en la comunidad.

Laura Becerra González

Embera Wera: una respuesta al corte

Con el escándalo mediático que se desató en 2007 por la muerte de dos niñas emberas que desarrollaron una infección a causa de la circuncisión femenina, el Estado, en compañía del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA), inició un proceso de diálogo con la comunidad indígena de Risaralda; conversación que se materializó en 2008 con el despliegue del programa ‘Embera Wera’, iniciativa que trabajó con más de 25.000 indígenas de los resguardos de Pueblo Rico y Mistrató.

Pilar Cardona, funcionaria del Observatorio Nacional de Violencia de Género del Ministerio de Salud, acompañó este programa y afirmó que “en el marco de los derechos sexuales y reproductivos, todo lo que tiene que ver con la MGF es una forma de violencia contra las mujeres y las niñas, en especial en las comunidades indígenas, por lo que la práctica se debe eliminar.”

Elisa Onogama es una de las 500 mujeres de 38 comunidades indígenas de Risaralda que recibió orientación en temas de salud sexual y reproductiva durante el desarrollo del programa ‘Embera Wera’, además de talleres de prevención de violencia física, psicológica y sexual. “Hablé con mi marido y le dije que quería estudiar (…) cuando terminé de estudiar, le dije al gobernador: si dios Karagabí les dio el poder de aprender a las mujeres ¿por qué a las niñas no se les mandaba a clase?”, recordó.

Dos años después de la intervención estatal del Programa ‘Embera Wera’ a los resguardos, el Consejo Regional Indígena de Risaralda (CRIR) emitió la Resolución 001 de 2009 para los municipios de Pueblo Rico y Mistrató, en la cual se suspendía la práctica del ‘corte de callo’ durante dos años mientras se daba una reflexión sobre la curación.

En 2010, la mutilación se consideró ilegal de forma definitiva y se impuso una condena de hasta 50 años de cárcel para quien ejecutara el ritual, pues la ablación fue tildada como un acto de discriminación por las autoridades y los indígenas del CRIR.
“Hasta el momento eso fue un proyecto que se trabajó con las autoridades. Se hicieron todos los mandatos y todo eso. Sin embargo, no se ha podido erradicar [la mutilación genital]. El proceso ha sido muy lento”, aseguró Raúl Guasiruma, Gobernador de la comunidad embera chamí en Risaralda.

Lizeth Bustamante, directora del área de salud de la alcaldía del municipio de Pueblo Rico, aseguró que desde el 2012, tras el acuerdo con el CRIR, se fue reduciendo el número de niñas mutiladas, pero hay un subregistro. “El reporte bajó, no porque no existan casos, sino porque ellos no permiten que nosotros nos demos cuenta de que lo siguen haciendo. Como ellos tienen sus registros propios, no podemos saber cuántas niñas han fallecido.”

Actualmente, desde el Ministerio de Salud y el Sistema Nacional de Bienestar Familiar buscan generar una estrategia que trabaje los derechos sexuales y reproductivos de las comunidades indígenas. Según Cardona, esta disposición acogería a todas las poblaciones nativas de Colombia, con el fin de llevarles campañas, talleres y capacitaciones enfocadas en la eliminación de prácticas consideradas “nocivas”, entre ellas la mutilación genital femenina.

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Caseríos del resguardo de Bajo San Juan, Risaralda.

Laura Becerra González

Los intercambios culturales en el pueblo embera

“Con todo ese tema de la colonización nos hemos ido adaptando a otras cosas.” Dayana Domicó, Lideresa de jóvenes emberas en la ONIC.

Al adentrarse al resguardo de Bajo San Juan en Pueblo Rico, Risaralda, el sonido del río y de los pájaros se mezcla con música urbana y uno que otro vallenato. Las mujeres más ancianas, vestidas de faldas plisadas hasta las rodillas, desencajan con los pantalones y esqueletos de las más jóvenes. Los vestidos de colores llamativos y los pomposos collares de chaquiras terminan siendo la vestimenta de los días de celebración.

Las figuras con jagua ya no son una tradición recurrente. “La blusa no es propiamente nuestra, la empezamos a usar fue por las monjas (…) Antes nos pintábamos todo el cuerpo con jagua porque ese material es para conservar tu cuerpo y tu espíritu fuerte”, recordó Dayana Domicó. Las mujeres pasaron de la desnudez del torso a usar paruma o vestidos, y los hombres que andaban en guayuco, acogieron los pantalones y camisas para vestir.

“No había la necesidad de cubrir el cuerpo porque eso era natural. Aún en territorios muy adentro en la selva, se conserva esa tradición”, afirmó Domicó. Pero no solo la vestimenta fue cambiando con el contacto con población no indígena, la llegada de instituciones como el ICBF trajo nuevos sistemas de educación. Los niños de los resguardos reciben clases de matemáticas, español y ciencias naturales, combinadas con saberes propios de la comunidad.

“Los niños hablan en castellano desde chiquiticos, mientras que a uno le tocó aprender a la fuerza para poder hablar con los paisas”, contó Clámico Guasiruma, padre del gobernador del resguardo de Bajo San Juan. Sin embargo, precisó que las tradiciones han cambiado, pues antes los emberas no podían casarse con alguien que no fuera de la comunidad, pero ahora eso es bastante recurrente aunque genere posiciones encontradas.

—Ellas se burlan de mí porque no les entiendo todo.
—¿Usted eres embera?
—Sí, solo que yo me fui a vivir con mi marido a Pereira. Volví hace unos días. —contó una mujer embera que no domina el idioma local durante el ejercicio de cartografía corporal.
—Ella fue la que se casó con un paisa, por eso no habla. —explicó otra habitante del resguardo.

Algunos miembros de la comunidad consideran que el intercambio cultural ha ayudado a ampliar los saberes de la población. No obstante, ha traído consigo cosas negativas como las enfermedades. “Teníamos alimentación propia, todo lo cogíamos del monte. Las casas las construíamos de tambo. Ya no comemos todo de lo que recogemos y lo que llega de afuera nos está enfermando”, afirmó Eduardo Queragama, indígena katío.

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Mujer embera en sus labores diarias de recolecta de madera y alimentos para su comunidad.

Laura Becerra González

¿Transformando prácticas?

Wera es la mujer embera. La que en las faldas de las montañas recoge la siembra que cosecha. Con sus manos baraja los frutos que de la tierra descienden, y con sus marcas la historia extiende.

Entre los suyos narra las historias de un pueblo que se resiste, que no desaparece. Ni la guerra ni el olvido del Estado han borrado lo que la comunidad a lo largo de los años ha sembrado. En sus raíces lleva el peso de un pasado que en forma de tradiciones se ha arraigado en su presente. Entre sus piernas se esconde un silencio, una cicatriz de antaño.

En el Hospital San Rafael, ubicado en el corregimiento de Santa Cecilia, a una media hora o menos en ‘chocho’, motocicleta adaptada para transportar hasta seis personas, del resguardo indígena de Bajo San Juan, una embera esperaba con mirada desoladora en una silla. A la intemperie. Con más de 25 grados de temperatura, moscos rondando y un ambiente de soledad que quebraba el sonido del exterior.

Con su hijo de menos de seis meses en los brazos permanecía en una quietud que molestaba. Mientras él lloraba, ella verificaba que el catéter estuviera haciendo su trabajo en el brazo del bebé. Le consentía la cabeza para calmar su llanto y secaba con un trapo la sangre que salía de su nariz.

(Lea además: El largo camino para que la ablación femenina se acabe en África)

En la ventanilla del hospital no había nadie. Al lado, detrás de una puerta, se asomaba la cabeza de un hombre que estaba al interior del centro médico.
Al entrar, había en la camilla una enfermera almorzando. El resto de la sala estaba desocupada. No había otro paciente además del bebé que estaba afuera con su madre, como si estuvieran esperando algo, o quizás nada.

Al preguntarle a la funcionaria encargada con qué frecuencia llegaban recién nacidas mutiladas con alguna infección o trauma por el corte, respondió que hace dos años pasó por ese hospital el último de esos casos. Los registros muestran una realidad diferente.

Según cifras de la institución, 2011, con 28 casos, y 2014, con 33, fueron los años en los que más se reportaron cortes en las vaginas de las niñas emberas, considerando un período que empezó en 2007. Y aunque en 2017 y 2018 no hubo ningún registro de esa tradición en sus cuerpos, en 2019 fue reportada nuevamente la huella de una práctica que no cesa.
En algunos pueblos emberas, la curación pasó de un “acto violento”, como lo cataloga el Ministerio de Salud, a un “acto sanador” a través de una planta.

El nuevo ritual reemplaza la incisión del clítoris por un brebaje que se prepara con unos pequeños brotes que salen de la corteza de un árbol de la selva. Dicho fruto, como lo reconocen los indígenas, personifica al ser humano. "Son dos bolitas que nacen del tallo, como senitos que representan lo masculino y lo femenino", afirmó Dayana Domicó mientras recordaba cómo su abuela la había sellado espiritualmente con este fruto.

Las más ancianas de la comunidad esperan en medio de la noche para hacer del fruto una pomada de curación. Se pone a fuego los brotes y se les habla para que transmitan su energía sanadora al cuerpo humano. El ritual también se lleva a cabo en la adultez, para mujeres y hombres. A ambos se les realiza un baño con la pomada y, a través de un “proceso de aconsejamiento”, las abuelas le oran a Karagabí para que la pareja pueda tener una vida sana sexualmente.

Comunidades como la del Bajo San Juan y la de Santa Cecilia en Risaralda optaron por la prohibición de la ablación. Sin embargo, han pasado años desde la intervención institucional y entre los resguardos aún se escucha la defensa de la mutilación. “Si no se hace el corte, las mujeres se pueden convertir en lesbianas”, afirmó Raúl Guasiruma, autoridad tradicional de la comunidad embera en Risaralda.

Han sido decenas las mujeres mutiladas al interior de la selva colombiana. Muchas de ellas sin saberlo y otras cuantas sin entender el porqué del ritual. Lo cierto es que siguen pasando los años y la comunidad embera está dividida. Algunos defienden la práctica, pero quienes optaron por erradicarla entienden el ritual como un acción violenta que silencia sus cuerpos.

Entre la inmensidad de su tierra y el ruido del río que baja, viven las emberas. Muchas de ellas han decidido esconder parte de su historia e identidad, empujadas por ideas locales y extranjeras que les han dicho cómo deben tratar su cuerpo. Callan, y mientras lo hacen observan con mirada inquisitiva al que está del otro lado, al que les pregunta de dónde viene esa tradición de cortar el clítoris. Solo responden que ya no lo hacen y que si alguna vez pasó, fue por herencia de sus mayoras.

Sus cuerpos se han convertido en templos de silencio, en un secreto a voces.

Créditos

Reportaje, fotografía e infografía:

LAURA BECERRA GONZÁLEZ Y ANDREA LEGUIZAMÓN


Edición y montaje:

JULIÁN RÍOS MONROY

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