Murió 'Lucho', el valiente Policía que se infiltró 6 años en las Farc

Murió 'Lucho', el valiente Policía que se infiltró 6 años en las Farc

Un cáncer terminal acabó con su carrera. Recibirá ascenso póstumo.

Subintendente ‘Lucho’

El subintendente ‘Lucho’ ayudó a capturar a 19 jefes guerrilleros. Por eso no puede mostrar su rostro.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

Por: Unidad Investigativa
26 de octubre 2018 , 05:34 p.m.

En pocos minutos, el director de la Policía, el general Jorge Nieto, dará a conocer que Luis Sierra, el valiente uniformado que se infiltró durante 6 años en las filas de las Farc y que ganó la distinción Corazón verde hace menos de 3 semanas, murió en Medellín.

El subintendente, de tan solo 33 años, estuvo metido durante años en la selva y logró ubicar a 17 altos objetivos de la guerrilla arriesgando su vida.

En los próximos días, obtendrá el ascenso póstumo a Intendente y EL TIEMPO le rinde un homenaje reproduciendo el perfil que la Unidad Investigativa hizo del valiente oficial.

‘Lucho’, el policía que estuvo 6 años infiltrado en las Farc

“Me oriné encima de una ropa vieja, la dejé al sol, me la puse y me caractericé como mendigo para ejecutar mi primera misión como miembro de inteligencia de la Policía Nacional: atrapar a una banda de atracadores que robaba joyerías y prenderías en Buenaventura. Después de dormir varias noches en la calle y fingir que consumía alucinógenos, la desarticulamos, y mi Mayor pidió que me asignaran al Grupo Especial de Inteligencia de objetivos de alto valor de las Farc”.

Quien habla es ‘Lucho’, el sub-intendente de la policía experto en labores de inteligencia y camuflaje que acaba de ser elegido como el mejor policía del año. Las labores de infiltración que hizo durante seis años en al menos tres estructuras clave de las Farc le permitieron a la institución dar de baja a 15 mandos de esa guerrilla y capturar a 19 de sus cabezas, uno de ellos un comandante que después se convirtió en miembro de la delegación de paz. Por eso, ‘Lucho’ oculta su rostro y nombre.

Con apenas 25 años, el joven uniformado se internó en la selva y empezó a posar de jornalero, proveedor de pertrechos y hasta de novio de la prima de un jefe de seguridad de las Farc, para dar las coordenadas exactas de campamentos y cabecillas, que fueron posteriormente bombardeados o capturados. En al menos dos ocasiones, él mismo llegó hasta los cambuches de las Farc, implantó localizadores y dio aviso para que el Ejército y la Fuerza Aérea abrieran fuego, sin saber si quiera si él alcanzaría a salir del área.

Por eso, sus superiores no dudaron en postularlo al premio, en rendirle honores cuando fue elegido y en apoyarlo en la última y más importante batalla que está librando y que solo soportan héroes como él: un cáncer terminal que se asoma en su uniforme, a pesar de que el subintendente conserva impecable una estampa imponente y un amor a la vida, encapsulados en sus 1,76 metros de estatura.

“El primer operativo que ejecuté fue en Medellín. Se ubicó a la esposa de uno de los jefes guerrilleros más importantes del Darién, que iba a hacerse un tratamiento en los ovarios, y logré llegar hasta uno de sus hermanos. Me hice pasar por ayudante de bus en la comuna donde vivían, empezamos a tomar trago y me gané su confianza hasta que me llevó a su casa, y conocí a la dama. Cuando ella estaba alistando el viaje de regreso al campamento, le hice un cambiazo de un radio y le metí un GPS. Gracias al dispositivo de localización, el campamento fue bombardeado. Le admito que fue duro verla muerta, pero era parte de la misión”, recuerda el uniformado.

El positivo lo catapultó de inmediato entre sus superiores, que le dejaron escoger su siguiente misión de infiltración.

“Tenía una fuente en Turbo y le dije a mi Mayor que quería hacerme pasar por jornalero para llegar hasta el corazón de otra estructura guerrillera. Me empleé como aserrador y asumí otra identidad. Mi nombre ya no existía, me saqué de la cabeza quién era, a mi familia, lo que amo, y cambié el chip por completo. No recibía sueldo ni apoyo de la Policía. Eso es duro, si no sabes manejar la situación, mueres (...). Con el único con quien hablaba era con mi superior, a través de un celular básico que escondía en una enramada. Los primeros días tenía las manos destrozadas por el uso de la motosierra y el hacha, pero era la única manera de que los milicianos no sospecharan de mí. Y ahí empecé a conquistar a la guerrilla”, dice ‘Lucho’.

Según él, fue fácil. Empezó a comprar en el pueblo navajas con linterna y otros objetos llamativos que los miembros de la guerrilla le empezaron a encargar.

“Comencé por subirles elementos, comida, aceite para motor. Y así estuve por 8 meses hasta que llegué al comandante. La primera vez me emborracharon para aflojarme la lengua. Pero usted aprende a controlar esas situaciones en la academia. Cuando terminé de recolectar toda la información, le dije a mi patrón del aserradero que me sentía enfermo por una diarrea crónica y que tenía que salir de urgencia a la cabecera municipal. Pero en el primer alto que encontré, llamé a mis superiores para que procedieran con el operativo”.

‘Lucho’ admite que cumplir con las misiones lo llenaba de fuerza. Pero también, que tuvo momentos de depresión, que extrañaba a su familia, lloraba en silencio y añoraba comerse una hamburguesa, harto del pescado que les daban casi todos los días a los jornaleros.

Por eso, luego de coronar el nuevo operativo, usó parte de los 15 días de permiso que le dieron de premio, para abrazar a su familia y llenarse de comida chatarra, su debilidad.

‘Feliz cumpleaños’

“Esa vez me cogieron dos navidades infiltrado, y era una situación realmente difícil. Extrañaba a mi madre y a mi familia y estaba a punto de pasar otro cumpleaños solo, en medio de la selva y rodeado de guerrilla. Pero ya tenía las coordenadas exactas del nuevo campamento y valía la pena no rendirme. Recuerdo que el general Jorge Luis Vargas, entonces jefe de la Dirección de Inteligencia de la Policía, me llamó y me dijo: ‘ ‘Lucho’, ¿qué quiere de cumpleaños?’. Solo atiné a decirle: ‘Mi general, que hagan ya el operativo ya y que me saquen de acá’. Él me respondió: ‘Listo; feliz cumpleaños’, y ordenó que se iniciara el desembarco de tropas’.

Y el siguiente reto fue más riesgoso. ‘Lucho’ empezó a moverse por los límites con Panamá, por donde Farc y ‘clan del Golfo’ sacan toneladas de coca en asocio.

“Allá me ennovié con la prima de uno de los jefes de seguridad de la guerrilla, en un tema puramente estratégico. Fue difícil cortejarla y estar con ella. Yo tenía 27 años, y ella era una morena nueve años mayor, y yo concibo el amor de una manera diferente. Fue incómodo, pero logré hasta compartir sancocho con el primo. Me invitaron hasta a las fiestas de fin de año. Aguanté porque íbamos por el jefe de las Farc que manejaba el narcotráfico de la zona y la compra de armamento para casi todos los frentes guerrilleros. Y lo logramos capturar”.

En esa misión, la número cinco, ‘Lucho’ creyó que lo habían descubierto y que todo el trabajo de infiltración que había ejecutado por años, estaba acabado.

“Una de las estructuras que infiltré me encomendó llevarles uniformes militares. Yo iba con mi guía en una camioneta a entregarlos cuando me salió otra estructura que no conocía. Alcancé a esconder debajo de la silla mi pistola Jericho 9 milímetros, pero la orden era requisar todo el vehículo. Cuando ya estaba a punto de descubrirla, un guerrillero reconoció a mi guía, lo saludó con familiaridad y nos terminó salvando la vida. Al final, esa estructura también empezó a pedirme pertrechos”, dice ‘Lucho’.

Su seguidilla de operaciones exitosas solo la paró una tos crónica que, en un diagnóstico inicial, era una virosis. Pero un experto le notificó que se trataba de un tumor de 19 por 14 centímetros que si bien le fue extraído, ya había hecho metástasis en la columna, los pulmones, el hígado... su vida.

“Tres médicos diferentes, incluido uno de Miami, me confirmaron el diagnóstico y la agresividad. Pero, a pesar de las quimios y las radioterapias, les pedí a mis superiores que me dejaran seguir trabajando en un lugar donde pudiera seguirle siendo útil a la institución. Me volví entonces poligrafista y logré dar un positivo más en Caucasia (...). Entrevisté a un informante y establecí que nos estaba mintiendo y que su grupo estaba a punto de evadirse. Pero el dolor empezó a ser insoportable, y de los 12 medicamentos que me tomo a diario, incluida morfina, la mayoría son para mermarlo. Hace unas semanas me rendí y pedí que frenaran el tratamiento. Pero este reconocimiento me devolvió la esperanza. Lo recibo a nombre de los 180.000 policías buenos que salen a diario a arriesgar sus vidas por la patria. Yo creo firmemente en Dios y voy a seguir luchando por mi vida, por mi chiquita y por mi esposa. Ellas me están esperando. Esta es mi última y más importante batalla”.

Corazón Verde

La convergencia entre guerrillas, narcotráfico, paramilitares y grupos ilegales ha hecho que portar el uniforme de la Policía Nacional sea un acto de reconocimiento. Desde hace 18 años, la Fundación Corazón Verde otorga la distinción al mejor policía a quien merezca ser exaltado por su excelente rendimiento y valentía. El año pasado, este título fue para el intendente Álvaro Rincón Devia, quien lideró la búsqueda de Rafael Uribe Noguera, responsable del caso de Yuliana Samboní.

UNIDAD INVESTIGATIVA

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