Habla un sobreviviente del atentado en la General Santander

Habla un sobreviviente del atentado en la General Santander

El cadete, que ascenderá en junio al grado de subteniente, narra cómo vivió el día de la tragedia.

Atentado en la Escuela del General Santander

Frente a la entrada de la Escuela de Cadetes General Santander, civiles, familiares y compañeros de los cadetes asesinados dejaron flores en memoria de los 22 muertos.

Foto:

AFP

Por: ALICIA LILIANA MÉNDEZ
16 de enero 2020 , 08:12 p.m.

“Iba caminado cerca a los dormitorios. Observé un carro que giró y se llevó dos conos de seguridad. El conductor empezó a zigzaguear y atropelló a mis compañeros, los que iban adelante y que eran los más altos. En un segundo veo que la camioneta queda frente a mí y acelera a fondo, yo me puse la mano en la cara como intentado protegerme y al tiempo sentí una gran explosión”.

Así describe uno de los cadetes de la Escuela de Policía ‘General Santander’ su cara a cara con la muerte el 17 de enero de 2019, día en el que José Aldemar Rojas Rodríguez, conocido como 'el Mocho', un veterano integrante del Eln, ingresó al alma mater con un vehículo cargado con 80 kilos de pentolita.

“'Dios mío, sácame de esta', esa fue mi primera oración mientras sentía que mi cuerpo volaba tras la explosión. Al tiempo pensaba en mi mamá, en que no podía morirme, en las esperanzas que ella tiene puestas en mí para salir adelante y en el dolor que le causaría. Y me repetí: 'Yo no puedo morirme, como se me ocurre'”, describe este bumangués de 24 años que en junio ascenderá al grado de subteniente.

Este sobreviviente del atentado terrorista que hace un año tocó las fibras más profundas de los colombianos —por la muerte de 22 cadetes, con edades entre los 19 y 24 años, hecho que contó con el rechazo y la solidaridad de la comunidad internacional— de niño jugaba con sus amigos en Girón, Santander, a los policías y ladrones. Afirma que él siempre era el Policía.

Retificó su vocación al prestar su militar como auxiliar de la Policía entre el 2013 y 2015. “Eso de servir a la comunidad, de portar un uniforme con honor y de servir a la Patria es mi meta. Y mi compromiso conmigo mismo”, resalta el joven que se declara hincha furibundo del Atlético Nacional.

El cadete baja el tono de su voz y vuelve a sus recuerdos del día del atentado terrorista. Narra de forma más pausada que nunca perdió el conocimiento y que se levantó del piso, bajo el instinto de conservación. "No escuchaba nada, yo no podía hablar, solo escuchaba un pito en los oídos. Al tiempo sentía cómo me caían esquirlas, cómo se caían los árboles y veía a mis compañeros heridos ayudándose entre ellos mismos. Intenté calmarme, pero debo reconocer que tenía miedo de que hubiera otro explosivo. En ese instante no tenía claro que había pasado”.

Con la fuerza de la juventud y su deseo de no dejarse vencer por la muerte, el cadete empezó a caminar. Seguramente por la misma intensidad de los hechos, asegura que no sentía dolor; solo hasta que dos compañeras que se le acercaron para auxiliarlo le hicieron notar la grave afectación en sus piernas.

“Yo les decía 'No tengo nada, tranquilas', ellas me miraban atónitas y me dijeron 'Mírate las piernas'. Me miré y no tenía el pantalón de las rodillas para abajo y mis piernas estaban como reventadas. Caí al piso, y me di cuenta que no sentía la pierna izquierda y mientras me trasladaban en una camilla miré al cielo y por segunda vez dije: 'Dios mío, sácame de esta'”.

El cadete fue llevado por sus compañeros al área de sanidad de la Escuela pero debido a la gravedad de sus heridas fue trasladado de inmediato al hospital de la Policía.

No escuchaba nada, yo no podía hablar, solo escuchaba un pito en los oídos. Al tiempo sentía cómo me caían esquirlas (...) veía a mis compañeros heridos ayudándose entre ellos mismos.

Ese día, el día del atentado todos eran un solo cuerpo. Por eso, un comisario de la sinfónica se ofreció a llevar al cadete al hospital en su carro. “En el carro él me motivó mucho y me contó que era enfermero. Al escucharlo con atención me bajó el dolor. Yo no quería dormirme porque pensaba que si lo hacía no me iba a despertar jamás”.

Relata el joven que en el hospital le prestaron la atención médica prioritaria y ese día –casi siete horas después de la explosión– sobre las dos de la tarde, ingresó a cirugía.

El afán del joven era comunicarse con su mamá antes de ingresar al quirófano para que supiera que estaba vivo. “Mi hermana melliza le decía a mi mamá que yo no estaba bien. Me contó después que en ese momento ella sentía un nudo en la garganta y no podía respirar muy bien”.

El cadete, quien lleva cuatro años con su novia y quien planea una vida junto a ella, cambia su semblante y esboza una sonrisa al recordar que ese mismo día, sobre las 11 de la noche, se despertó y la primera persona que vio a su lado después de la cirugía fue a su mamá, quien había viajado junto a la familia en un vuelo de apoyo de la institución.

Como anécdota recuerda que era tal la magnitud de la tragedia, las imágenes que se veían a través de los medios de comunicación, que muchos de sus amigos en Santander empezaron a publicar en sus redes sociales mensajes de condolencia por su muerte.

La recuperación del cadete fue lenta. Estuvo inicialmente un mes en Bogotá, pero el acertado trato de los médicos y las terapias le permitió volver a caminar. Y así pudo viajar a Bucaramanga hasta abril, con tres meses de incapacidad.

“Antes de irme para Bucaramanga vine a la Escuela. El reencontrarme con mis compañeros y sentir su apoyo y cariño fue la mejor terapia de sanación, de cuerpo y alma. En todo este proceso me llamaron, me enviaron videos con mensajes alentadores y me decían que volviera. Por eso jamás pensé en no regresar a mi Policía y seguir con mi carrera”, afirma el cadete, que en junio empezará su escalafón como oficial.

Reconoce que el primer día que retornó a la Escuela le dio mucha tristeza por los recuerdos que revivió de la tragedia, y porque había convivido muy de cerca con cuatro de las víctimas fatales.

“Recordar a Andrés Carvajal, a Muñoz, mirar sus puestos y saber que no volverán, o pasar frente al lugar de la explosión, fue muy duro al principio. Pero poco a poco fuimos superando esa etapa. Y los veía, en las fotos que me enviaban mis ‘cursos’ cuando estaba recuperándome, y yo pensaba 'Tengo que graduarme con ellos y culminar esta etapa'”, afirma enérgicamente.

Para este joven, servir al país tras el uniforme de la Policía es su próximo reto y también es una forma de rendir un homenaje a sus compañeros fallecidos, por lo que afirma que lo hará con base en la más grande enseñanza que le ha impartido su padre: la honestidad.

ALICIA LILIANA MÉNDEZ
​REDACCIÓN JUSTICIA
TWITTER: @ayitomendez

Este artículo hace parte del especial 'Tributo a 22 héroes: Un año del ataque del terrorismo al corazón de la Policía', que informa sobre el estado actual de la investigación y cómo están las familias de las víctimas mortales del ataque en el aniversario de los hechos.

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