Dos años después de la bomba de La Macarena

Dos años después de la bomba de La Macarena

Crónica sobre cómo se vivió la explosión del artefacto en el barrio bogotano hace dos años.

Bomba de La Macarena

La bomba estaba oculta en una alcantarilla en la esquina de la calle 27 con 5.ª de Bogotá.

Foto:

EFE / Leonardo Muñoz

Por: John J. Junieles*
25 de febrero 2019 , 06:43 p.m.

La bomba que pudo matarme explotó a las 10:30 de la mañana del domingo 19 de febrero de 2017. Además de herir a cuarenta personas, el explosivo causó la muerte de un policía de veintitrés años, destruyó las ventanas de treinta y cuatro edificaciones y dejó una huella que todavía muchos llevan dentro, sin que puedan hacer algo para evitarlo, tal vez por la sencilla razón de que nadie se lo esperaba.

Todo ocurrió en la esquina de la calle 27 con carrera 5a., a una calle de distancia del edificio en donde vivo en el barrio La Macarena de Bogotá. Aquella mañana de domingo había quedado en verme con un amigo, Juan Carlos Villamizar, en su apartamento de las Torres del Parque, para desde allí dirigirnos hacia el norte y celebrar su cumpleaños. Nos pusimos la cita en su casa a las 11 de la mañana y para llegar hasta la torre en donde vive, inevitablemente yo tenía que pasar por la esquina en donde explotó la bomba, a las 10:30 a. m. La bomba estaba oculta debajo de una alcantarilla, muy cerca de una cabina telefónica que quedó destruida y en la que me había apoyado, un día antes, para poder anudarme el cordón suelto de uno de mis zapatos.

Sin embargo, y aquí la providencia mete la mano, la noche del sábado antes de la explosión, me había encontrado con algunos amigos que me invitaron a un bar, después terminamos en otro lugar bailando y al día siguiente padecía todo el cansancio de la fiebre nocturna. Sin embargo, en medio del guayabo, recordaba el compromiso con mi amigo cumpleañero. Me molestaba más la vergüenza del incumplimiento que los estragos en el cuerpo, pero no tuve otra salida que llamar a Villamizar, confesarle que no estaba bien para acompañarlo y decirle que mejor lo invitaría a comer en los próximos días. Juan Carlos dijo que no me preocupara, colgamos, y quince minutos después ocurrió lo inesperado. El estallido.

Me encontraba solo en casa, incapaz de conciliar el sueño a pesar de la resaca, sentado en un sofá viendo una película. Me levanté por un vaso de agua y entonces sentí el estruendo. Se estremecieron las paredes de un solo golpe que vibró un instante que todavía dura. Mi colección de santos católicos y superhéroes de plástico volaron juntos desde arriba de la nevera, escuché el estropicio de libros, lámparas y mil cosas saltando y cayendo en las habitaciones. Un afiche de película, colgado de un clavo de acero en la sala, también cayó y quedó junto a los trozos de un florero que se hizo pedazos, dejando en el piso el rastro de las flores que flotaban en un charco de agua. Un tablero de corcho, donde conservo fotos de amigos, se derrumbó y quedaron sus fotos dispersas por todo el suelo, como víctimas irreales de la explosión. Mientras tanto, se activaron las alarmas de todos los autos en la calle, como la música sin final de una pesadilla.

No podía ser otra cosa. Lo supe antes de saberlo. Me quedé paralizado por unos segundos, esperando a ver qué más podía pasar después de todo eso, porque quienes vivimos en este país sabemos, hace mucho, que después de una primera bomba, muchas veces activan un segundo artefacto dirigido a los curiosos, que suelen llegar como testigos del espectáculo, toman fotos o filman con sus celulares, aprovechan el descuido y roban algo de las víctimas, antes de auxiliar a la gente o prestar algún servicio. Y eso lo hemos visto muchas veces.

Aunque aumentaron las sirenas de las ambulancias y los gritos de la gente en la calle, a pesar de todo eso abrí la puerta para bajar y saber más sobre lo que había pasado, pero en realidad no quería quedarme solo, con ese miedo que solo había sentido cuando tiembla en esta ciudad, dejándome mareado por varios días, apoyándome en las paredes de vez en cuando, fumando más de la cuenta, y besando mi medalla de la Virgen de Guadalupe. Un miedo sobrenatural que no sentí ni siquiera cuando una vez en el barrio Federmán me pusieron un revólver en la frente para robarle el bolso a una amiga a quien estaba acompañando, después de salir de un banco. En aquel momento actué con una indiferencia hacia mi propia suerte, que todavía hoy, después de tantos años, me sorprende y causa sospechas justificadas.

Volviendo a ese domingo de 2017. Ya dije que me disponía a bajar después de la explosión, producto de un impulso más que de una decisión, abrí la puerta al mismo tiempo que mi vecina, Constanza, también abría la suya, y me preguntó qué había pasado con los ojos muy abiertos y la voz medio dormida, me devolví con ella hacia mi ventana para mostrarle la escena de la esquina. Se llevó las manos a la boca, yo la imité, porque el olor a pólvora ya inundaba todo.

Nos quedamos mirando las ambulancias, patrullas y taxis que llegaban a recoger los heridos, mientras la gente seguía corriendo de un lado a otro. Aquel mismo día, la revista Semana tituló en su web un informe sobre los hechos, así: ‘Terror en el barrio La Macarena’. Toda una tragedia, sin lugar a comparación con el miedo que me produjo a mí y que no me avergüenza confesar porque también sentí algo en medio de la confusión de ese día, y era que de nuevo había vuelto a nacer.

Aquel día era el último de la temporada taurina en la plaza de toros, y por eso a una calle de donde pusieron la bomba instalaron un cordón de cientos de policías, ya que desde los fines de semana anteriores, miles de manifestantes protestaban en contra de las corridas de toros, con carteles y gritos en las esquinas cercanas a la plaza. El secretario de Seguridad de Bogotá dijo después que cuando se registró la explosión, apenas se estaba empezando a instalar el esquema de seguridad, y por eso ni los perros antiexplosivos ni otras tecnologías pudieron detectar la presencia de la bomba.

Una mujer y un hombre pasaron llorando bajo mi ventana, alejándose de la nube de gases y polvo que tardó en disiparse, como el mismo miedo; otro hombre de civil con una pistola en la mano y sosteniendo un trapo con sangre en su cabeza caminaba apresurado calle arriba, alejándose del lugar de la explosión. Una señora rubia y despeinada, con un sombrero de vaquera en la mano y la pestañita corrida por las lágrimas, comentó en la esquina: “Sonó igual que una bomba atómica, se lo digo yo, es un milagro que me haya salvado y no haya más muertos”.

Si una sola bomba como esta –pensé–, pequeña en comparación con otras, estremece nuestra vida urbana, cotidiana, y en apariencia segura, sembrando el terror; ¿cómo será la vida de aquellos en montes y selvas que a diario sufren horrores peores, debido a las tomas guerrilleras, masacres paramilitares, cilindros bomba, minas quiebrapatas y miles de problemas más? ¿Cómo será su vida más allá de las efímeras noticias que vemos por televisión en la comodidad de nuestros hogares capitalinos?

Mi vecina Constanza y yo decidimos quedarnos mirando por la ventana. Al mismo tiempo respondíamos las llamadas de amigos y familiares que sabían que vivíamos por allí. Una amiga periodista, Yarley García, me escribió un mensaje: “Oiga, John, en el momento del estallido yo estaba en la cárcel Picota, haciendo una entrevista, y me acordé de usted. Menos mal que está bien”. Mi mamá se puso a llorar por el teléfono y me hizo repetir con ella una oración cristiana dándole gracias a Jesucristo.

Saber que tenía que pasar por esa esquina en donde pusieron la bomba, a una hora muy próxima en la que explotó, es la curiosidad que más me quita el sueño desde entonces. Nadie se muere en la víspera, todos lo sabemos, pero también es cierto que el azar cumple más que mil citas. Aparte de las 40 personas heridas, la explosión dejó un fallecido; la víctima fatal fue el policía Albeiro Garibello Alvarado, de 23 años de edad. El dictamen médico reveló que las múltiples heridas que le causó la explosión, sobre todo en su cabeza, le ocasionaron la muerte cerebral.

Garibello era oriundo de Pasca, Cundinamarca, pertenecía a una familia humilde que reside en un barrio informal de Usme, y en su hoja de vida dejó 35 felicitaciones por su desempeño ejemplar en la Policía. En las continuas charlas con su familia, él insistía en que deseaba seguir portando el uniforme y, de esta manera, poder darle una casa a su mamá y estabilidad a sus abuelos. El Ejército de Liberación Nacional (Eln) asumió la autoría del atentado por medio de su cuenta de Twitter, donde resaltó la necesidad de pactar un cese del fuego bilateral para crear un ambiente favorable al proceso de paz.

Mi vecina Constanza, un par de horas después de la explosión, ya estaba en calma. Yo también, aunque un poco despistado, así que decidimos sentarnos a ver televisión para intentar borrar la impresión. Más tarde nos pusimos a cocinar juntos y terminamos saliendo a cine para ver una película que estrenaban.

Aquella noche, caminando de vuelta a casa con ella y comentando la película, nos quedamos en silencio, observando el movimiento de la ciudad, la rapidez con la que todo se mueve afuera, mientras yo pensaba –una vez más– que ese domingo pudo ser mi último día; sin embargo, todavía estaba aquí, en este mundo que seguía siendo un lugar extraño en el que muchas cosas están mal y no puedes hacer mucho para cambiarlas.

Tengo los días contados, desde ese domingo lo recuerdo más de lo habitual, en un país urbano indiferente al otro país, el de escuelas abandonadas, los centros médicos inexistentes, miles de campesinos desplazados, cientos de líderes sociales exterminados y jóvenes asesinados con botas puestas al revés para que militares ganen beneficios y hasta vacaciones. Un país en donde los gallos siguen despertando a labriegos que trabajan tierras ajenas, víctimas de una incertidumbre que los lleva a exiliarse en las grandes ciudades para ver si la vida termina mejor de lo que empezó, porque en una cabeza con miedos no hay espacio para los sueños.

Y, de pronto, Constanza me sacó de mi cabeza, en la que estaba pensando que el universo parece en realidad una broma gigantesca, cuando me pregunta si yo me sentía mareado después de la explosión, tal como le estaba ocurriendo a ella desde la mañana de ese día: ¿Sientes que se mueve el suelo bajo tus pies? Sentí un escalofrío, no sé por qué, y respondí que sí, que también sentía el suelo moviéndose bajo mis pies, algo muy extraño, como si el estallido siguiera sonando dentro de mí, en todos mis átomos, también en el espacio que hay entre ellos, quién sabe por cuánto tiempo más.

JOHN J. JUNIELES
PARA EL TIEMPO
* Abogado, periodista y guionista. Este año publicará su novela El hombre que hablaba de Marlon Brando (Planeta).

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