El hombre que recorre el mundo buscando los cuerpos de desaparecidos

El hombre que recorre el mundo buscando los cuerpos de desaparecidos

Es antropólogo forense, se llama Derek Congram y coordina la búsqueda de desaparecidos en el CICR.

Derek Congram

Este hombre canadiense ha estado en cuatro continentes y ahora coordina al equipo forense del CICR en Colombia.

Foto:

Isabel Ortigosa / CICR

Por: Juan David López Morales
24 de julio 2019 , 10:31 a.m.

A sus 26 años, Derek Congram tuvo el horror en sus manos. Él, nacido en un país tranquilo como Canadá, se enfrentó por primera vez a una fosa de violencia reciente, no arqueológica. Fue en Srebrenika, Bosnia, donde ocurrió la peor masacre en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Allí, militares y paramilitares serbobosnios asesinaron a más de 8.000 bosnios musulmanes, en su mayoría hombres, niños y ancianos.

Los Balcanes, región donde está Bosnia, fue escenario de una de las más cruentas y devastadoras guerras contemporáneas, en los años noventa, que llevó a la desintegración de la antigua república de Yugoslavia.

La carrera de Congram apenas empezaba. La masacre ocurrió en 1995. Él participó en la operación forense liderada por organismos internacionales cuatro años después, en 1999. Después de esa primera estadía en Los Balcanes –volvería después–, regresó a Canadá. Allí tuvo un sueño. No. Una pesadilla. La recuerda como uno de los pocos efectos traumáticos de tener un trabajo en el cual enfrenta a la muerte con frecuencia.

“Alguien estaba cayendo de un edificio. Cayó y murió”, cuenta. Impactado por esa imagen, le contó a su padre. Este lo recriminó. ¿Cómo era posible que una pesadilla así lo sacudiera cuando venía de estar en contacto con cientos y miles de muertos en Europa?

Derek es blanco, casi colorado, alto. De su boca, rodeada por una barba entre rubia y cobriza, sale un español que, aunque fluido, no pierde las marcas de su inglés natal. Habla con calma, es amable, como quien sabe que su trabajo, sus rutinas, deben buscar dar dignidad a otros.

Hoy, un par de décadas después, Derek responde esta pregunta desde una oficina del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), en el norte de Bogotá, donde trabaja como coordinador regional forense para Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú. En Los Balcanes vio la muerte consumada. “Eran muertos, nunca les conocí vivos. En mi pesadilla, esa persona estaba viva y la vi morir”.

De Los Balcanes a Colombia

Desde el 2017, Congram trabaja con el CICR. Sin embargo, ya había venido al país antes y ya había trabajado con esa organización como asesor. Por eso, conoce el fenómeno de la desaparición de personas en Colombia suficiente para insistir en que es distinto a como ha ocurrido en otros países.

“Si pensamos sólo en Srebrenika, allí desaparecieron ocho mil hombres y muchachos –algunas mujeres también, pero en minoría– durante cuatro días. Cientos de millones de dólares y veintipico años después, han encontrado siete mil. ¿Dónde están los otros?”.

En Colombia, en cambio, es un fenómeno más complejo.

“Srebrenika fue otra cosa. Los procesos penales y la evidencia científica han mostrado que fue una operación organizada por militares que mataron a miles de personas en un tiempo muy corto. Eso es muy diferente a lo que ha pasado acá: un conflicto de décadas, con muchos actores” que han cambiado su actuar con los años.

En marzo, Derek participó de una búsqueda fallida de un desaparecido. Antes, entre septiembre y octubre del 2018, estuvo en otra, esa sí exitosa, en el Catatumbo. Aunque buena parte de su tiempo se va en la oficina, en trabajos de coordinación, eventualmente apoya a su equipo de forenses, cuando la cantidad de trabajo se lo pide.

No sabe cuántas personas desaparecidas ha ayudado a encontrar. Aunque reconoce que pueden ser “cientos o miles”, siente escozor al pensar su trabajo como conteo de cuerpos. Además, siempre ha participado en equipos más grandes. Encontrar a los que no están es un trabajo colectivo. Y si bien en países como Canadá el hallazgo de un desaparecido es un acontecimiento, esto cambia en contextos de conflicto. “Si uno está en una fosa común de mil cuerpos…”, dice, recordando su paso por Kosovo, y deja la frase suspendida en el aire. Al final, cada uno de esos cuerpos cuenta para cada familia.

¿Qué sé yo del conflicto armado y de la muerte?

Después de tantos cuerpos, ¿qué marcas le quedan a una persona cuyo trabajo es mirar a la muerte a la cara, o a los huesos? Este tema sí le gusta, dice. Y recuerda su pesadilla como uno de los pocos efectos traumáticos para él, aunque reconoce que otros de sus colegas pasan por situaciones más difíciles sin preparación ni apoyo psicológico.

“¿Qué sé yo del conflicto armado y de la muerte?”, se pregunta. Entonces recuerda su recorrido académico, con títulos en Japón, Canadá, Reino Unido y Bélgica; producción académica en inglés, francés y español; trabajo en Asia, África, Europa y América que llena cuatro cartillas con títulos de papers y conferencias; su experiencia docente; además, su defensa de que las familias deben ser el principal actor en el trabajo forense y humanitario. Después de tanto, ¿qué sabe de la muerte?

“Pues nada”, se responde.

La teoría que aprendió la contrasta con la realidad de enfrentarse a una fosa común. En su trabajo, la dificultad no es tanto acercarse a los muertos, sino enfrentar a los vivos. Como cuando, de nuevo en Los Balcanes, trataban de identificar personas en Kosovo. El jefe de operación, un militar irlandés “buenísima gente” decidió que, aunque tenían autoridad para hacer las exhumaciones, pedirían permiso a las familias. Para Derek era difícil. “Uno quiere mantener la distancia de la cinta amarilla, que no es simplemente física, también simbólica: la cinta excluye a las familias”, reflexiona antes de continuar.

Derek recuerda que allí hubo una familia que se rehusó a que exhumaran los restos que estaban enterrados en la casa. Aunque el investigador que iba con Derek les explicó al hombre y la mujer (quienes serían los padres de esos restos) que su objetivo era indagar la responsabilidad de los altos mandos en la guerra que allí había ocurrido, el interés de la pareja era otro, como se los mostró una pregunta del padre: “¿Qué va a pasar con la policía que mató a nuestros hijos frente a nosotros y todavía es policía en el pueblo?”. Derek recuerda la incomodidad. “En ese momento nos dimos cuenta de que nuestra idea de justicia era muy distinta a la suya”.

Aprendió que, aun si trabaja con instituciones como la ONU, el CICR o los tribunales para los crímenes de la antigua Yugoslavia, siempre hay que preguntarles a las familias: “¿Qué quieren ustedes? ¿Qué necesitan ustedes?”.

Srebrenica

Imagen de archivo del hallazgo de fosas comunes en 1996 de la masacre de Srebrenica, ocurrida un año antes.

Foto:

AFP

Srebrenica

Cráneos de las víctimas de Srebrenica en Ámsterdam, capital de Países Bajos, el cual fue uno de los responsables de cuidar a la población civil en aquel poblado.

Foto:

Reuters

Srebrenica

Los familiares de las víctimas siguieron de cerca el juicio contra Ratko Mladic, el militar conocido como 'El Carnicero' de Los Balcanes. Fue condenado por los hechos de Srebrenica.

Foto:

Reuters

La dignidad que sobrevive a la muerte

Mientras presenciaba la batalla de Solferino, en el norte de lo que después sería Italia, el suizo Henri Dunant pensaba en la necesidad de crear un cuerpo de voluntarios que ayudaran a los combatientes heridos o muertos, fuera cual fuera su bando. Esa confrontación, en 1859, dejó miles de muertos y decenas de miles de heridos en medio de las guerras de unificación que llevaron a la existencia de la Italia actual.

Derek Congram recuerda ese hecho para contar que desde allí se gestó el Comité Internacional de la Cruz Roja, a cuyo nacimiento se remite para hablar del trato digno de víctimas o restos humanos, una idea que, cree, “compartimos entre culturas”, aunque se manifieste de forma distinta en cada una, incluso con tensiones entre creencias.

Por ejemplo, ¿hay que estudiar el proceso de descomposición del cuerpo humano? Ese es un debate que Derek cita y que, explica, se está dando en países como Estados Unidos, Inglaterra y Canadá, donde han aparecido centros de estudios especializados en la descomposición. Aunque la visión científica los defienda, otras visiones no están de acuerdo. Para el Islam, el Cristianismo ortodoxo o el Judaísmo, el cuerpo es un todo que no debe ser contaminado tras la muerte, ni siquiera debe perder una gota de sangre.

Lo cultural no se manifiesta solo en estas cosmovisiones enfrentadas. Se manifiesta también, y sobre todo, en las formas rituales frente a los restos mortales. Por eso, Derek vuelve a defender la autonomía de las familias, pues son estas las que deciden qué hacer con los restos de acuerdo con sus creencias.

“Trabajamos con los muertos no sólo por lo que simboliza tratar bien a quienes murieron, sino también, y principalmente, para las familias”, para que tengan respuestas, para saber qué pasó con sus seres queridos y para tener un sitio a donde volver y comunicarse, como lo hacen, en Guatemala, los indígenas maya ahí, no solo al visitar la tumba sino también a través de los sueños.

Derek es científico, pero sabe que su conocimiento no basta para entender. Que lo cultural, aquello que no se puede convertir en números, “nos lleva a volver a esa persona muerta para comunicarnos. No puedo explicar por qué hacemos eso, pero lo hacemos. Es muy humano”. Y también sabe que no es tan sencillo, que en algunos casos, incluso, las familias no quieren saber nada de la persona que se fue. Ante esto, el interés de la familia está primero. En eso es tajante.

Recuerda el caso de una mujer, en España, a quien le pidieron autorización para exhumar el que podría ser el cadáver de su padre. Pero había dos dificultades: primero, que el hombre estaba enterrado en una zona donde había cientos de cuerpos, por lo que no sabían con certeza cuál era el de él; segundo, ella no quería que lo desenterraran. “Merece lo que recibió y no quiero que nadie toque su fosa”, era el argumento de la mujer. Consideraba que a su padre lo habían asesinado por criminal.

El equipo con el que trabajaba en ese momento calculaba que había allí cerca de 400 personas enterradas, cerca de 400 familias que esperaban alguna noticia. “Llegamos a un acuerdo. Le dijimos: vamos a exhumarlos a todos, vamos a analizarlos y si logramos dar con la identificación de su papá, lo devolvemos a la fosa y no le decimos nada a nadie, nunca, ni a usted”.

Siglo y medio después de Dunant, la dignidad alrededor de la muerte no se entiende solamente en contextos de conflictos armados, sino también de otras tragedias. Por ejemplo, Congram piensa en las inundaciones ocurridas entre marzo y abril de este año en Mozambique, por el paso de un ciclón proveniente del océano Índico.

“Si hay cuerpos en los árboles, hay que bajarlos, hay que enterrarlos”. Y no enterrarlos de cualquier forma, como sucedió en Haití después del terremoto del 2010. Con tantos muertos en las calles –más de 200.000–, la creencia de que estos eran un peligro de salud primó sobre la dignidad de cada cadáver.

Esa idea de que los cuerpos en descomposición representan un riesgo de contagio de enfermedades, “en términos generales, es falsa”, dice Derek. Pero en la isla, los cuerpos fueron llevados a fosas sin mayor cuidado: “En esas circunstancias, con tantos muertos, tanto pánico, tan poca previsión de cómo actuar en este tipo de circunstancias, fue lo que salió”. Por eso, el CICR avanza en formación en las Américas sobre el manejo de cadáveres en emergencias.

La dignidad que sobrevive a la muerte no se reduce a preservar y enterrar los cuerpos para que no desaparezcan para siempre, sino también de tener protocolos mínimos de identificación que permitan entregar los cadáveres a sus familias: “Esa es la meta final”, concluye Derek.

La esperanza de encontrarlos

Encontrar a los desaparecidos en Colombia –más de 82.000 según el Centro de Memoria Histórica y más de 120.000 según la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD)– es tarea titánica. Es arduo ubicar las fosas, difícil que los testigos recuerden con exactitud tras años de los hechos. En ocasiones, hasta las zonas donde están los cuerpos son inaccesibles. Y empeora cuando se trata de hallar víctimas arrojadas a los ríos o determinar si fueron quemadas en hornos. Todo esto, sin mencionar el costo, la escasez de recursos y que el fenómeno de la desaparición no cesa.

Antes de trabajar en Colombia, Congram trabajaba en la Universidad de Toronto, Canadá. Allí, con tiempo y recursos para investigar, comenzó a desarrollar formas de sistematizar los datos sobre desaparición de forma que la búsqueda no se haga, como ahora, con la precaria información de cada caso. Esa investigación la continúa ahora desde el CICR. “Cuando a uno le dicen que fulano fue desaparecido en un lugar, pero no se sabe dónde está enterrado, tener datos sistematizados puede ayudar a decir que si la dinámica de la desaparición en esa zona es esta u otra”, explica.

En el CICR van a sistematizar la información de más de 200 casos de recuperaciones humanitarias en el país: “Nuestra meta no es seguir haciendo recuperación de restos humanos, sino capacitar a los responsables de cada zona para asumir esa responsabilidad”. Para el caso de Colombia, además de entidades como la Fiscalía, está la UBPD, creada por el acuerdo de paz con la exguerrilla de las Farc. Allí se establecieron disposiciones para que este grupo diera información al CICR sobre personas desaparecidas. Hoy han hallado varios cuerpos y continúan en esa tarea.

“Estamos desilusionados por la imagen creada por la televisión y las películas sobre la investigación forense”. Lejos de los casos que se solucionan en horas en las series policíacas, la realidad dicta la necesidad de recursos y cooperación de testigos y de autoridades. Por eso llama a contener las expectativas. El perfil de las víctimas colombianas, en su mayoría personas pobres, sin registros dentales ni médicos en general, dificulta más los hallazgos e identificaciones. Y, sin embargo, hay gente capaz de hacerlo.

El país tiene experiencia forense. Derek confía en sus colegas colombianos porque tienen la experiencia que les ha dado la violencia del país y porque conocen el contexto más que las agencias internacionales. Confía tanto en los forenses de su equipo como en los de la UBPD. Sin embargo, insiste: la búsqueda no es sencilla.

JUAN DAVID LÓPEZ MORALES
Twitter: @LopezJuanDa
Redactor de ELTIEMPO.COM

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