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El futuro que se juegan ‘los hijos de la paz’ en la cuna de las Farc
ETCR El Oso

Daviel Oyola (i) coordina el antiguo ETCR El Oso. Recibió del comisionado de la Verdad, Carlos Ospina (d), un sello de acciones positivas.

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Comisión de la Verdad

El futuro que se juegan ‘los hijos de la paz’ en la cuna de las Farc

Hasta el ETCR de El Oso, en Planadas, Tolima, llegó la Comisión de la Verdad.

La niña mama con intensidad del pecho de su madre, hasta que sus ojos se apagan por el sueño. Se queda dormida, apacible, en los brazos de Yulieth Paola Villa, una excombatiente de las Farc, de 29 años, cabello negro largo y mirada tímida.

Ahora nos toca amarrarnos a los hijos al hombro como antes lo hacíamos con un fusil”, dice, mientras sostiene a la hija que tuvo hace dos años.

El país los conoce como ‘los hijos de la paz’, un símbolo de esperanza con un presente y futuro inciertos.

Así lo hacen saber desde la vereda El Oso, en Planadas, Tolima, decenas de antiguos guerrilleros de las Farc que se agruparon allí. Ese es el antiguo Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) más cercano a la cuna de las Farc y por eso toma el nombre de la vereda donde esa guerrilla fue fundada hace 56 años: Marquetalia.

El ETCR de El Oso está rodeado de montañas empinadas. Desde sus picos, que parecen vecinos de las nubes, se descuelgan hileras de matas de café que se agarran de la tierra a pesar de las pendientes. Las hojas brillan con el reflejo del sol. El clima es templado, de zona cafetera, pero el jueves 13 de febrero la temperatura amenaza con subir. Y sube.

Bajo el techo de un aula de paredes abiertas por donde entra la brisa, Yulieth cuenta que en El Oso hay una mujer embarazada y 49 menores de edad. Ella coordina los temas de infancia y adolescencia del antiguo ETCR. Minutos antes pasó frente a unas 200 personas y les explicó cuáles son las necesidades más sentidas de los niños del lugar.

El Oso queda en el corregimiento de Gaitania, un lugar que es parte del mito fundacional de las Farc. En la plaza del centro poblado se levanta un obelisco pequeño y tricolor con un nombre inscrito: ‘Sargento viceprimero Ismael Montero Rodríguez’. Y la fecha cuando fue asesinado: noviembre 11 de 1962.

Se dice que fue un antiguo inspector de carreteras alzado en armas con las guerrillas liberales quien, desde una montaña en la parte posterior del parque de Gaitania, le asestó un disparo mortal a Montero. Ese tiro le valió un sobrenombre que retumba en la historia del conflicto armado colombiano y en la estela de violencia que dejó en todo el país: ‘Tirofijo’.

"La guerrilla intentó fundar en Gaitania la ‘República de Marquetalia’, pero fueron bombardeadas por el Estado y replegadas. Allí, en 1964, nacieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Ahora, alrededor de un centenar de exguerrilleros adelantan allí su reincorporación a la vida civil con unas dificultades que llevaron a la Comisión de la Verdad a tomar cartas en el asunto.

El mayor (r) Carlos Guillermo Ospina es el comisionado de la Comisión de la Verdad a cargo de la macrorregión centro andina (desde Boyacá hasta Huila). Desde que empezó a ir a El Oso, hace dos años, vio las primeras embarazadas. “Vi que por fin estas mujeres, que tanto miedo tenían a la maternidad, se sentían felices porque podían empezar esa maravilla. Y pensé que si se les apoyaba, se restaba cualquier riesgo de que retomaran las armas”.

Un año después, encontró más mujeres embarazadas y otras que ya habían parido. “La primera vez las vi más solas, pero luego estaban con sus esposos, que les tocaban la barriga. Para ellos también era la primera vez que podían desarrollar su paternidad. Ya no estaban corriendo en el monte”, dice el comisionado.

Vi que por fin estas mujeres, que tanto miedo tenían a la maternidad, se sentían felices porque podían empezar esa maravilla

Ese ‘milagro’ se convirtió en preocupación cuando la coordinadora de la macrorregión, Martha Patricia Obregón, fue en octubre del 2019 y vio que los niños y niñas no tenían la atención necesaria para la primera infancia. Entonces, Ospina le pidió hacer un diagnóstico de qué se podía hacer para que el Estado se hiciera presente.

Yulieth Villa muestra, en una hoja impresa, la edad de los menores. Los más pequeños, de entre 0 y 2 años, son 16; otros 11 tienen entre 2 y 6 años; 16 más tienen entre 6 y 14 años, y los 6 restantes son adolescentes de entre 14 y 17 años.

Los más jóvenes nacieron tras la dejación de armas de las Farc. Los más grandes nacieron cuando la guerra seguía activa, pero crecieron con sus abuelas u otros familiares. Luego del acuerdo de paz volvieron a reunirse. Son hijos y nietos de excombatientes.

Somos mamás y papás por primera vez, estamos en el aprendizaje, pero nos sentimos amarrados”, dice Yulieth. Ella, por ejemplo, trabaja en oficios varios, sacando arena y piedra. Suele ir a reuniones del proceso de reincorporación, pero no se siente capaz de dejar a su niña.

“Uno siente que si no es con uno, no van a estar bien cuidados”, dice.

El diagnóstico de la Comisión de la Verdad los llevó a organizar la primera mesa técnica por la no repetición en El Oso. Hasta allí llegaron funcionarios de Naciones Unidas, del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, la alcaldía de Planadas, la gobernación de Tolima, la Agencia para la Reincorporación, así como campesinos e indígenas nasas. También la Procuraduría. La procuradora regional Valentina Mahecha tendrá el papel de vigilar que las demás entidades cumplan los compromisos adquiridos (ver recuadro inferior).

Fue todo un “desfile de chalecos”, como se le dice a la alta presencia de funcionarios en las zonas más pobres y golpeadas por el conflicto, pero como dijo uno de ellos en un almuerzo informal, “la idea es que esta vez sí funcione”.

Funcionarios, excombatientes y visitantes de comunidades aledañas se tomaron la mañana para discutir, en seis mesas –territorio, infancia y adolescencia, desarrollo económico, salud, educación y garantías de cumplimiento del acuerdo de paz–, soluciones concretas para el antiguo ETCR. Algunos niños asistieron a las mesas en los brazos de sus madres.

Otros se quedaron en sus casas –habitaciones donde viven hasta cinco núcleos familiares– y salían de vez en cuando a curiosear, con ojos grandes, el afán y la algarabía de los adultos.

Los más pequeños, de entre 0 y 2 años, son 16; otros 11 tienen entre 2 y 6 años; 16 más tienen entre 6 y 14 años, y los 6 restantes son adolescentes de entre 14 y 17 años

Unos 15 niños y niñas pasaron la mañana en un aula acondicionada para ellos. Algunas jóvenes de la Universidad de Ibagué jugaron con ellos y los cuidaron. “Soy una serpiente que anda por el bosque buscando una parte de mi cola”, cantaron en ronda. “¿Quiere ser usted una parte de mi cola?”, le preguntó la joven líder del juego a uno de los niños. “Sí”, respondió el pequeño que apenas entendía la dinámica.

Entonces, lo hizo pasar por debajo de sus piernas y ponerse en fila. Cada pequeño pasó a ser la cola de la serpiente.

Terminada la ronda, los soldados del Ejército que también los acompañaron alistaron un saltarín inflable. Los uniformados también cuidaron a los hijos de los exguerrilleros. Uno de ellos, alto, corpulento, se arrodilló con su uniforme militar para amarrar los cordones de uno de los más pequeños, de 2 o 3 años. Con los zapatos ajustados, el niño se paró y volvió a jugar.

Mientras el juego y la música infantil se mantenían, a 30 metros seguía la discusión. ¿Cómo dar soluciones estructurales en espacios que se pensaron como temporales, pero que se convirtieron en comunidades donde los excombatientes empezaron a construir sus nuevos proyectos de vida, con familia a bordo? La pregunta se repitió. En El Oso ni siquiera se terminaron todas las viviendas.

Por eso, discutieron sobre el problema de la tierra, el mismo que fue gasolina para la guerra y ahora es condición para la paz. Como el predio donde viven los excombatientes es privado y arrendado, el Estado tiene barreras para construir infraestructura, como un jardín infantil.

ETCR El Oso en Planadas, Tolima.

Los excombatientes piden tierra para cultivar.

Foto:

Comisión de la Verdad

Para instalar los cinco contenedores donde cultivan tilapia, los reincorporados tuvieron que pasar por la aprobación del dueño del predio. Y aun si el Estado lo compra, todavía faltaría la corrección de las coordenadas del polígono donde está y la aprobación en el POT de la vocación productiva de la tierra. Incluso, tendrá que decidirse si se constituirá como una vereda o como un centro poblado.

“Necesitamos tierra para poder implementar este proyecto” fue un llamado repetido de los excombatientes. En El Oso ya tienen en marcha un proyecto de ebanistería, además del de piscicultura, con el que quieren llegar a cultivar 20.000 peces.

También le apuestan al café con la marca El Tercer Acuerdo (ver recuadro al lado). Además, quieren apostarle a un proyecto de ecoturismo histórico. Saben que contar la historia de las Farc, desde donde nacieron, tiene potencial, pero necesitan más que voluntad para hacerlo realidad.

Que los proyectos productivos funcionen es una garantía de no repetición y una condición para que los hijos de los excombatientes tengan una vida distinta a la de sus padres. Para que no tengan que llevarlos a sus trabajos, los excombatientes piden a Bienestar Familiar un hogar comunitario y un centro de desarrollo infantil que atenderían a las veredas cercanas. Además, que les den capacitación para ser ellas mismas quienes estén a cargo, explica Yulieth Villa. La voluntad institucional quedó puesta sobre la mesa.

Y la otra garantía fundamental que necesitan está en su seguridad. Manuel Palomino Rodríguez es el encargado del esquema de seguridad colectiva de El Oso. Cuenta que allí tienen ocho escoltas, incluido él, dos camionetas blindadas y dos regulares, además de chalecos de seguridad y armas de dotación. Pero han tenido momentos en los que todo el esquema se va de misión con excombatientes y el poblado se queda sin seguridad.

El año pasado fueron asesinados, cerca de allí, dos excombatientes. Algunos de los que quedan han recibido amenazas. Por eso, se han visto obligados a tomar medidas tan extremas como no salir del ETCR. Palomino Rodríguez, a demás de ser escolta, es padre. Cuenta que en la escuela veredal más cercana apenas hay dos salones y los niños han tenido que recibir clases “hasta en la cocina”. Asimismo, tiene la misma incertidumbre de qué pasará con las casas donde a tientas viven ahora.

Se espera que con los compromisos asumidos por las entidades, estas incertidumbres se disipen. De ser así, la cuna de las Farc podría convertirse en un piloto para la no repetición en todo el país.

Los compromisos a los que hará seguimiento la Procuraduría

El alcalde de Planadas, John Jairo Hueje, dijo que asignará un asesor permanente para tierras, no solo de los excombatientes, sino también de indígenas y campesinos.

Representantes del ICBF se comprometieron a dotar de servicios y recursos los espacios para los niños cuando estén construidos. Se explorará la construcción de infraestructura liviana, contó el comisionado Carlos Guillermo Ospina.

En salud quedó sobre la mesa hacer jornadas de afiliación a EPS para quienes no tienen, así como de pediatría con énfasis en los menores con riesgo de desnutrición. Y en educación se buscará ampliar las instalaciones de la escuela y garantizar el transporte escolar. También se asignarán 25 cupos en educación superior. El seguimiento de estos compromisos está a cargo de la procuradora regional Valentina Mahecha.

En Planadas también estuvo Lars Bredal, jefe adjunto de la embajada de la Unión Europea en Colombia. A través de la cooperación internacional se espera dar impulso a los proyectos productivos en El Oso.

La apuesta por El Tercer Acuerdo

Una flor de café sobre un fondo en el que se ven un nevado y, abajo, casas de techos rojos como las de El Oso es la imagen de El Tercer Acuerdo, la marca del grano que los excombatientes quieren sacar desde Planadas hacia el resto del mundo.

Aldair Charry es catador. Tiene 20 años y estuvo en las Farc desde que tenía 8. Mientras se discute cómo lograr mejores condiciones para el antiguo ETCR, él filtra del café que cultivan los campesinos de la región y lo sirve.

El primer acuerdo fue el que firmaron las Farc y los indígenas nasas en 1996 y el segundo fue el del teatro Colón, firmado por el Gobierno y la antigua guerrilla. El tercero, dice, es el acuerdo por el café para la reincorporación.

Por ahora, tienen la marca, pero no cultivan el café. Han logrado sacarlo gracias a la asociación local de productores. Pero ellos quieren poder cultivarlo, tostarlo y trillarlo por sus propios medios.

El año pasado, Aldair pasó 20 días en España aprendiendo sobre cafés especiales. Como es de zona cafetera, siempre supo del proceso, pero luego de que dejó las armas se adentró en el del café de alta calidad.

Tiene una hija pequeña que no vive en el ETCR, y confía en que si El Tercer Acuerdo sale adelante, tanto él como su hija y sus tres hermanos también podrán hacerlo.

JUAN DAVID LÓPEZ MORALES
JUSTICIA
En Twitter: @LopezJuanDa

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