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Aviación del Ejército: un cuarto de siglo de rescates y de historia
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Aviación del Ejército: un cuarto de siglo de rescates y de historia
Rescate aviación del Ejército

Juan Manuel Vargas/ EL TIEMPO

Aviación del Ejército: un cuarto de siglo de rescates y de historia

Para algunos, el sonido de un helicóptero puede significar guerra, para otros, es sinónimo de vida.

En 1995, en medio de la crudeza del conflicto armado, el Ejército Nacional de Colombia se dio cuenta de que necesitaba ejercer mayor control territorial en el país. Sabían que una hazaña de este tamaño no podría hacerse únicamente con soldados en campo, en especial en aquellas zonas más apartadas.

Por eso, luego de décadas, se tomó la decisión de reactivar la Aviación del Ejército. Desde entonces ha pasado un cuarto de siglo de historia en medio de la guerra –y la paz–, la lucha contra el narcotráfico y, además, pese a que poco se habla de ello, salvando miles de vidas.

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El camino para reactivar la que alguna vez fue “la Quinta Arma del Ejército Nacional” no fue sencillo. En 1919, el entonces presidente de la República, Marco Fidel Suárez, sancionó la Ley 126, que integró a este cuerpo aéreo al Ejército. Luego, el conflicto colombo-peruano de 1932 hizo evidente la necesidad de fortalecerlo, por lo que se creó la Dirección General de Aviación Militar, que hizo parte del denominado Ministerio de Guerra hasta 1944.

(Lea también: Así fue, minuto a minuto, el rescate en plena selva de un soldado herido por una mina antipersona).

Ese año, Alfonso López Pumarejo, presidente de la época, reorganizó las Fuerzas Militares y decretó que la aviación comprendería a la Fuerza Aérea Nacional y Aeronáutica Civil.

Desde entonces hubo múltiples intentos por reactivar al cuerpo aeronáutico militar del Ejército. En ese lapso, un hecho fue trascendental: Gustavo Rojas Pinilla llegó a la presidencia de Colombia y, en 1953, el Gobierno Nacional adquirió los terrenos de lo que luego sería el Fuerte Militar de Tolemaida, la base de operaciones y entrenamiento más importante del país y una de las más grandes del hemisferio. Sin embargo, pese a la intención del mandatario, ese año tampoco se vio de nuevo a la Aviación.

Fue solo en 1984, cuando el narcotráfico estaba creciendo a pasos agigantados en el país, que el Consejo Nacional de Estupefacientes se dio a la tarea de fortalecer las operaciones para erradicarlo; para lograrlo asignó aeronaves al Ejército. Una década después, con más helicópteros y aviones, y en un contexto de guerra que requería más hombres e intervenciones, se reactivó la Aviación del Ejército Nacional.

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Con una inversión de 108 millones de dólares se compraron más aeronaves, como el primer helicóptero Black Hawk UH-60L y el MI-17 IV. Luego el Plan Colombia –el acuerdo entre nuestro país y Estados Unidos para luchar contra la droga y el conflicto armado– marcaría un hito para la Aviación.

Se entregaron más aeronaves, se creó la Brigada Especial Contra el Narcotráfico y se inauguró la pista de aterrizaje del Campo Aéreo de Tolemaida.

En el 2009, la institución se reorganizó activando la División de Aviación de Asalto Aéreo del Ejército de Colombia, conformada por las Unidades de Aviación, la Brigada de Fuerzas Especiales Rurales y la Brigada Especial Contra el Narcotráfico. Ese fue un momento determinante para darle un giro de 180 grados al conflicto armado y abonar el camino para el proceso de paz con la guerrilla de las Farc.

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Lo que comenzó con una decena de integrantes hoy es un activo que cuenta con un personal de más de 5.000 hombres y mujeres que trabajan en misiones de asalto aéreo, ayuda humanitaria y médica, extinción de incendios y apoyo de operaciones militares. Son, como ellos dicen, “las alas en las botas de los soldados”.

Entrenamiento ‘made in’ Colombia

El entrenamiento militar que se hace en Colombia es resaltado en todo el continente. Y la División de Aviación de Asalto Aéreo del Ejército tiene un importante centro logístico a nivel regional, en el que cada año se entrenan decenas de pilotos y técnicos de mantenimiento.

Por esta razón, una de las mayores apuestas es el Centro de Entrenamiento Avanzado de Ala Rotatoria (Ceaar), que se encuentra en el Fuerte Militar de Tolemaida. El propósito no solo es entrenar a personal colombiano, pues el proyecto busca dar instrucción académica y entrenamiento militar, lo que ahorrará una cifra significativa en el presupuesto de Defensa, ya que actualmente las tripulaciones de las Fuerzas Armadas deben ir a capacitarse a Estados Unidos.

A largo plazo, el proyecto representaría un ahorro de más de 50 millones de dólares, es decir, aproximadamente 191.000 millones de pesos.

Con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, ese país tomó la decisión de acabar los cursos de aviación militar en español. Ahora Colombia tiene el gran reto de ser el país que capacite a todo el personal que antes era entrenado en el exterior.

Hasta el momento, el Ceaar está capacitando a integrantes del Ejército, además de algunos miembros de la Fuerza Aérea Colombiana, de la Policía y de la Armada. A la fecha se han graduado 17 pilotos y 84 técnicos de mantenimiento.

Las mujeres que vuelan con el Ejército

Pero este no es el único reto en el futuro inmediato. La equidad y la inclusión hacen parte de la nueva hoja de ruta y de cambios.

Ser mujer y hacer parte de las tropas del Ejército es una gran hazaña, en una institución que en gran parte del mundo siempre se vio cien por ciento masculina. Y en el caso de la Aviación, con mayor razón, más cuando se es de las pocas mujeres pilotos.

La subteniente Katherine Romero Guerrero lo sabe de primera mano. Esta joven de 24 años, oriunda de Bello, Antioquia, está convencida de que ser una de las primeras mujeres que vuela un helicóptero HUEY II implica una enorme responsabilidad.

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“Tener esta oportunidad me llena de orgullo. Más, cuando esto les puede abrir camino a todas las mujeres que vienen detrás”, dice con la voz firme, cuando se le pregunta cómo se siente por este logro.

Empezó su carrera en el Batallón de Ingenieros Pedro Nel Ospina, en Bello, en donde empezó a hacer las pruebas para ingresar a la Aviación. Lo logró, aunque admite que nunca se imaginó ser piloto porque “no había mujeres”. Ahora, es uno de sus más grandes orgullos.

Cada día en entrenamiento estamos forjando el carácter, porque debemos enfrentarnos a cosas más difíciles. Somos personas de combate

Como ella, la subteniente Toro también siente que tiene una gran responsabilidad. Al mismo tiempo, está ansiosa y llena de expectativas. Lleva seis meses volando un helicóptero Black Hawk y está lista para salir en una misión, apoyar a sus compañeros y hacer eso para lo que –como ella dice– la entrenaron.

Actualmente, en la División de Aviación de Asalto Aéreo del Ejército hay 64 mujeres. De ellas, 13 son oficiales de vuelo; 20 oficiales y 2 suboficiales de mantenimiento; y 19 oficiales y 10 suboficiales de logística. Están convencidas de que, pese a los retos que afrontan, su trabajo es fundamental para su equipo.

“Cada día en entrenamiento estamos forjando el carácter, porque debemos enfrentarnos a cosas más difíciles. Somos personas de combate”, dice la joven oficial.

Ocho minutos para salvar una vida en la selva

Ocho minutos, eso es lo que puede durar el helicóptero Black-Hawk suspendido en el aire, mientras los tres valientes hombres del grupo C-SAR (Combat, Search and Rescue) se lanzan a más de 30 metros de altura, atados a sogas y con una camilla en las manos, para salvar la vida de un militar o un policía herido, una persona del bando opuesto que cayó en medio del combate o un civil que pisó una mina.

Esa es una de las tareas más desconocidas y gratificantes que realiza la Aviación del Ejército. Y es una de sus misiones insignia porque no distingue de uniforme, condición social o raza y mucho menos de terreno. Solo tiene un objetivo: salvar vidas.
El 95 por ciento de las misiones de rescate de este tipo se dan en medio de la selva, con fuego cruzado y en condiciones climáticas adversas, lo que le da un 90 por ciento de riesgo, tanto al equipo humano (tripulaciones y rescatistas) como a la máquina.

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En junio del 2008, en uno de los momentos más álgidos del conflicto armado con la guerrilla de las Farc, EL TIEMPO pudo documentar una semana de rescates de este tipo, en las selvas del sur del Meta. Siete soldados, sin piernas, pero vivos, que hoy gracias a sus prótesis pudieron seguir adelante con sus proyectos de vida.

Ocho minutos bastaron para subirlos en esas camillas, y viajar suspendidos en el aire hasta un punto seguro, para ser trasladados al hospital militar. Es un momento de gloria de los rescatistas, pero el propio rescate está antecedido de una compleja operación, en la que se juega el todo por el todo.

En uno de esos rescates, de junio del 2008, dos segundos separaron la vida de la muerte a la tripulación, al grupo C-SAR y al equipo periodístico. No había visión, llovía, todo estaba nublado, pero un joven soldado, sin la mitad de su pierna izquierda se estaba desangrando. Dos segundos antes de encontrar de frente uno los picos de la cordillera Los Picachos, las nubes se corrieron, casi que milagrosamente, y la destreza del piloto hizo virar la aeronave. Solo un capítulo más entre los miles que pilotos y rescatistas viven a diario.

LAURA ANDREA TORRES Y JINETH BEDOYA LIMA
EL TIEMPO
En Twitter: @laurandreat    y @jbedoyalima

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