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Así pasan sus días los penados del pabellón psiquiátrico de La Modelo
Carcel la modelo

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

Así pasan sus días los penados del pabellón psiquiátrico de La Modelo

Alberga a 27 de las más de 5.000 personas con trastornos mentales recluidas en el país. Crónica.

Desde el interior de su patio observan que hay movimiento afuera. Se agolpan detrás de la reja blanca para ver quién ha llegado hasta ese último rincón del ala noroccidental de la cárcel La Modelo, en Bogotá, donde queda la Unidad de Salud Mental del penal.

Minutos antes, mientras caminábamos por un pasillo eterno, un teniente del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) describía la prisión como una ciudad de 3.592 habitantes.

Si lo fuere, sus seis hectáreas la ranquearían como la más pequeña del país, y entre sus ciudadanos no ilustres –y ya muertos– contaría criminales de la talla de John Jairo Velásquez (alias Popeye), el jefe de sicarios del narcotraficante Pablo Escobar; ‘Alfonso Cano’, excomandante de las Farc, o Nepomuceno Matallana, conocido como el ‘Doctor Mata’, un asesino en serie del siglo XX que falleció en La Modelo en 1960, cuando apenas la inauguraban.

Algunos internos asean espacios de la prisión como redención de su condena.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

Ese mismo pasillo fue uno de los escenarios de horror del motín registrado el 21 de marzo de 2020, cuando cientos de reclusos intentaron, sin éxito, escapar de la prisión. Pero hoy reina la calma, y el teniente no pierde oportunidad para resaltar que “así suele ser siempre”.

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Para llegar a la Unidad de Salud Mental –o pabellón psiquiátrico, como suelen llamarlo– hay que atravesar varios de esos pasillos de paredes bicolor (mitad azul grisáceo, mitad blanco) iluminados con tubos fluorescentes puestos en el techo, que les dan un aire espectral.

Luego de doscientos metros de laberinto aparece, al aire libre, la huerta de La Modelo, donde algunos internos redimen parte de su condena sembrando cebolla, ají, papa y arveja.

Carcel la modelo

En la granja de La Modelo, con agricultura urbana, las personas privadas de su libertad pueden descontar parte de su sentencia.

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Los linderos de la plantación son, al occidente, un muro de ocho metros detrás del cual está la libertad y, al oriente, una carretera destapada que rodea el perímetro de las edificaciones del centro de reclusión, y que deja ver, en el fondo, un campo de fútbol del tamaño del de un estadio, donde los penados más viejos esperan, sentados en círculo, a que se inicie una terapia educativa con un perro de hocico blanco.

Casi donde se acaba ese estadio sin tribunas, en ese último rincón del ala noroccidental de la cárcel, están recluidos los internos con trastornos psiquiátricos.

Esta es la entrada principal de la Unidad de Salud Mental.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

Lo primero que uno se encuentra, tras ingresar por una puerta que permanece abierta y cruzar la reja blanca, es una cancha de baloncesto.

Allí, los condenados, antes apiñados y en alerta, comienzan a dispersarse. Uno de los más jóvenes –cabello a ras, cabeza grande– me clava la mirada sin parpadear, mientras converso con un miembro del equipo médico que prefiere no mencionar su nombre.

Por una escalera llega trotando Pablo*, un paisa menudo y enérgico que se mueve de un lado a otro de la cancha hablando fuerte. Sufre de esquizofrenia paranoica y durante los últimos seis años ha estado recluido en La Modelo.

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Pablo –piel trigueña, tatuaje en el brazo izquierdo– fue condenado a 20 años por homicidio agravado. Mató a su vecino.

Antes de llegar a esta prisión pagaba su sentencia en Medellín, pero, según cuenta, se oponía a tomar los medicamentos para controlar su trastorno, se agravó, y por eso lo trasladaron.

Hasta el pasado 30 de abril, en los 132 establecimientos de reclusión del país se identificó que 5.031 internos necesitaban atención psiquiátrica: el 5,17 por ciento de las 97.318 personas privadas de la libertad en Colombia.

Afuera de la Unidad de Salud Mental hay un cultivo de papa. De fondo se ven los patios convencionales de la cárcel.

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La cifra da cuenta del alza del porcentaje de reclusos con trastornos, pues según un informe de la Defensoría del Pueblo presentado en 2015, cuando había una población carcelaria de 121.421 personas, ese año la tasa fue del 1,92 por ciento, con 2.340 casos.

Y si la atención en salud mental es un reto a nivel general en el país, en el desbordado sistema penitenciario se siente con mayor rigor. Solo dos cárceles –ambas para hombres– cuentan con unidades de salud mental. En La Modelo, de Bogotá, hay 27 internos, y en Villahermosa, de Cali, 46.

De ahí que cuando se agravan las patologías del grueso de internos, que son tratados en pabellones convencionales a través de medicación y algunos controles, la opción sea trasladarlos a alguna de estas dos ciudades, como pasó con Pablo.

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“Ufff, hubo una época en la que yo estuve mal, o pues eso me contaron. Por mi esquizofrenia escuchaba voces, sentía que estaba casi ciego, me daban crisis”, cuenta Pablo, y dice que aunque se ha ido recuperando, no quisiera salir de la Unidad de Salud Mental.

Él fue adicto a las drogas desde los 11 años y ha aprendido a controlar su dependencia estando en prisión.

De lunes a viernes, entre las 7 de la mañana y las 5 de la tarde, los reclusos de la unidad tienen a mano a un equipo de la Clínica Nuestras Señora de la Paz. El resto del tiempo, su atención está en manos de la guardia del Inpec.

La Modelo tiene capacidad para 3.081 internos.

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El grupo especializado está conformado por un psicólogo, un médico general, una trabajadora social, un terapista ocupacional, una enfermera jefe y tres auxiliares. Uno de sus miembros –con camisa elegante debajo de saco de capota y bata– cuenta que la farmacodependencia y la adicción a las drogas son un denominador común entre varios de los internos con trastornos mentales.

“La tendencia es que comiencen siendo menores, entre los 12 y los 13 años, y hay características propias de estar recluidos que inciden en sus patologías o les generan ansiedad, depresión”, dice.

La conversación se da en el comedor del ‘pabellón psiquiátrico’, un salón amplio de paredes blancas con mesas y bancas industriales de aluminio, cuya entrada queda detrás de uno de los arcos de la cancha.

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Desde allí se observan los tres pisos del edificio, que tiene capacidad para 50 internos pero, por ahora, cuenta con 23 menos.

No hay un tiempo establecido para saber cuánto van a estar en la unidad, pero muchos de sus trastornos requieren medicación y atención de por vida, por eso tratamos de humanizar el servicio

En cada uno de los dos últimos niveles, la Unidad de Salud Mental tiene habilitadas 16 celdas, y en el primero hay otras cinco, que usa el equipo de atención para sus consultas, a las que cada interno tiene derecho cuatro veces a la semana: dos para psicología, una para psiquiatría y otra para medicina general. Tomar fotografías adentro está prohibido.

A diferencia de otros patios, los reclusos de este no llevan el uniforme de dril color caqui que los caracteriza. Varios usan ropa que llega producto de donaciones.

Uno por uno, comienzan a entrar al comedor, atraídos por una bolsa de pan que, de camino, nos ofrecieron los internos que redimen su condena en la pastelería del penal. Le piden a una funcionaria del Inpec que les dé, y a medida que salen y se riega la voz, llegan más.

En la panadería de La Modelo se hornean más de 13.000 panes al día, que suplen la demanda de la prisión. Los mismos internos los producen.

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Cuando entra el joven de cabello a ras y cabeza grande que se quedó mirándome fijamente unos minutos antes, pide un pan extra para uno de sus compañeros, pero no se lo dan: le sugieren que él mismo vaya. Poco después aparece sosteniendo el brazo de un hombre mayor, vestido de blazer y cachucha, que sostiene un bastón. Es invidente. El joven se ha convertido en sus ojos en la cárcel.

Cuando salen, el profesional en salud me explica que, además de un acto de compañerismo, es parte del tratamiento para estas personas: “Para nosotros, ellos no son delincuentes, son pacientes, por más que estén en un contexto carcelario. No hay un tiempo establecido para saber cuánto van a estar en la unidad, pero muchos de sus trastornos requieren medicación y atención de por vida, por eso tratamos de humanizar el servicio”.

Por las condiciones que sea, el pabellón psiquiátrico de La Modelo es un oasis si se lo compara con el resto, comenzando porque es de los pocos donde no hay hacinamiento.

Afuera del patio 2B, un funcionario espera para hacer tamizaje de covid-19. En la actualidad, la cárcel tiene 4 casos activos, pero llegó a tener 700.

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Aunque la cárcel tiene capacidad para 3.081 internos, en la actualidad alberga a 3.633, una sobrepoblación del 17, 9 % que, paradójicamente, es de las más bajas en años. De hecho, para mayo de 2020 la tasa de hacinamiento era del 50,7 %, con 1.561 reclusos de más; y un año antes, del 62,7 %, con un excedente de casi 2.000 personas.

En esos otros trece patios de la prisión se reparten los 205 pacientes con trastornos psiquiátricos –menos graves, según explican– que purgan sus penas sin atención especializada permanente.

El cambio se siente desde que se cruza la reja. Por ejemplo, en el pabellón 2 B –donde están los condenados por hurto, homicidio y microtráfico de estupefacientes–, la cancha de baloncesto es usada como tendedero de cobijas y ropa recién lavada, el desorden es reinante y las riñas aparecen de vez en cuando. A eso se suma la venta de drogas, que no es secreto para nadie.

Ufff, hubo una época en la que yo estuve mal, o pues eso me contaron. Por mi esquizofrenia escuchaba voces, sentía que estaba casi ciego, me daban crisis

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Y, aunque ahora eso no se ve en la Unidad de Salud Mental, sus prisioneros más longevos aseguran que el cambio vino en los últimos años, después de su remodelación.

Martín*, un exparamilitar de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) que ha pasado 10 de sus 26 años de condena en el psiquiátrico, lo recuerda.

“Ya está cambiado el patio. Antes no me gustaba porque era fregado, había mucha ‘piraña’, como le llaman acá, muchos manes que eran maldadosos, que metían armas y esas cosas. Además, las celdas eran más como cambuches, en cambio ahora tenemos una para cada uno, nuestra cama y todo”.

Martín –de dientes grandes y acento cartagenero– agrega que no tiene malos recuerdos en la unidad. Pero pronto recuerda el motín del año pasado, que se convirtió en leyenda dentro de La Modelo.

La Fiscalía y la Procuraduría analizan videos en los que quedó registrado lo sucedido en La Modelo durante el motín.

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“Uy, eso fue terrible, los veíamos caminar por los techos, dicen que mataron a un poco de gente. Acá fue el único patio de donde no salió nadie, pero nos dio mucho susto. Pensábamos que nos podían matar”, cuenta.

Los rumores que le han llegado son ciertos: esa noche de marzo fueron asesinados 24 reclusos de la prisión, y otros 76 quedaron heridos. También resultaron lesionados 33 guardianes del Inpec, incluido uno a quien intentaron quemar vivo dentro de una garita. Tuvo que saltar para salvarse.

Fuera de esa novedad, dice, sus días son rutinarios. A las 5:30 de la mañana pasa un dragoneante abriendo todas las celdas para que los internos salgan a bañarse.

Luego de que se alistan y desayunan, una enfermera les administra los medicamentos, proceso que repite a mediodía y en la tarde. Algunos pasan la mañana aseando el patio, en el gimnasio, en terapia o en alguna de las actividades que programa el equipo. Martín también ocupa su tiempo haciendo dibujos y artesanías, como la manilla que lleva en la muñeca del brazo izquierdo.

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Mientras la muestra, sentado en una de las bancas del comedor, sus compañeros hacen fila para recibir el almuerzo, que sirven a las 11 de la mañana. Unos comen en el lugar, otros cogen a dos manos su bandeja y su jugo y se pierden en algún rincón del patio. Martín se despide y se va a hacer la fila. Aún le quedan 14 años de condena.

* Nombre modificado por solicitud de la fuente

En Twitter: @julianrios_m
Redacción Justicia

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