20 años de las 38 horas de horror que vivió La Modelo

20 años de las 38 horas de horror que vivió La Modelo

Un sobreviviente  de la masacre del 27 de abril del 2000 en la cárcel La Modelo habló con EL TIEMPO.

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20 años de las 38 horas de horror que vivió La Modelo.20 años de las 38 horas de horror que vivió La Modelo.
Cárcel La Modelo

Héctor Fabio Zamora. EL TIEMPO

Por: Jineth Bedoya Lima – No Es Hora De Callar
27 de abril 2020 , 01:50 p.m.

“Yo era un preso común. No era amigo de ningún capo, de ningún cacique, de algún guardián o del director de la cárcel. Simplemente no tenía el poder ni la plata para serlo. Pero estaba en medio de los que sí podían y sí la tenían. Los paramilitares”.

Rubén, nombre con el que le hubiera gustado ser bautizado en honor a su abuelo, lleva once años en libertad. No hay un solo rastro del cabello largo y el cuerpo esqueletudo del 27 de abril del año 2000. Milagrosamente –dice– sobrevivió a una de las peores batallas campales que se pueda afrontar en un espacio cerrado, con un hacinamiento del 150 por ciento y con balas de pistolas y fusiles zumbando de lado a lado.

Esa tarde, que marcó la historia del sistema carcelario en Colombia, se aferró a lo único que tenía al alcance: la foto de su hija de 4 años. Ella era su único motivo para sobrevivir en el infierno del patio 4, en el ala sur de La Modelo.

Allí llegó trasladado de la estación cien de Policía, en el centro de Bogotá, tras haberse entregado, voluntariamente, a una patrulla que llegó alertada por los vecinos del barrio El Guavio. Su casa quedaba en la cuesta más empinada, era casi la última de la cuadra. Luego seguía el potrero que colindaba con el camino hacia el cerro de Guadalupe.

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Por allí intentó huir Jhon Fredy Ramírez, la noche del 7 de marzo de 1999, luego de violar a la pequeña hijita de Rubén. Él acababa de sentarse en el borde de la cama, para comer lo que su compañera le había servido. Solo escuchó los gritos de la pequeña que jugaba en la calle con tres vecinos de su misma edad, soltó el plato, corrió tan rápido como pudo y al llegar a la puerta vio a la niña tirada en el suelo llorando. Uno de los amiguitos le advirtió que era Fredy y señaló hacia el monte.

Ese es el momento de confusión, rabia y miedo en el que los seres humanos no pensamos. Solo actuamos instintivamente. Lo aprendí de uno de los libros que me leí en la cárcel. Por eso corrí a la cocina, me armé del cuchillo grande y salí a buscar a ese malnacido”, relata Rubén pausadamente, como con el tono de quien ha hecho catarsis.

No lo veía bien porque estaba muy oscuro, pero ya sabía que estaba muerto y que mi vida se había acabado. También pensé que mi niña no sobreviviría a la agresión y la tierra se abrió y me tragó

El instinto de este hombre, y seguramente el dolor y la rabia de la imagen de su hija, dejaron 11 puñaladas en el cuerpo de Fredy, uno de los “pelados drogos del barrio”. Era también pandillero, robaba carteras o lo que pudiera, y con eso compraba el bazuco. Tenía apenas 15 años y muchos crímenes encima.

“No lo veía bien porque estaba muy oscuro, pero ya sabía que estaba muerto y que mi vida se había acabado. También pensé que mi niña no sobreviviría a la agresión y la tierra se abrió y me tragó. Pasaron muchas cosas en el lapso de dos horas y luego me vi en un calabozo de la estación de Policía... solo hasta el 26 de marzo me llevaron a La Modelo. Mi recuerdo es de profundo miedo; más bien, de terror”.

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Ese día empezó su trajinar entre la inaugurada (robo de la ropa), la vacuna en la celda primaria y, luego, en el patio que le asignaron y la extorsión diaria para tener, primero, un pedazo de piso para sentarse o dormir y, luego, una celda de 2 x 2 metros, compartida con tres personas más.

Su compañera, la mamá de su hijita, pasaba unos meses de los 19 años y trabajaba como mesera en un restaurante del norte. El poco dinero que consiguió lo usó en el centro médico donde atendieron a la niña. Sobrevivió, pero tuvo graves lesiones en los genitales.

“Todo lo que había a mi alrededor era miseria y miserable: el abuso de mi hija, mi condición económica, el patio a donde me mandaron, mis compañeros de celda, mi vida. Todo miseria”. Rubén por un momento alza la voz en el relato y regresa a la calma. “Pero eso fue en últimas lo que forjó el hombre que soy hoy. No puedo sentir rencor”.

Un jueves más

‘Coronar’ los días en La Modelo era una batalla de 24 horas. Desde las 6 de la mañana, cuando hacía fila para alcanzar un hilo de agua con el que se pudiera bañar, pasando por sortear la diarrea que le producía la comida, sobre todo el desayuno, hasta la hora de la muerte (entre las 6 y las 8 de la noche) en la que se ajustaban deudas, Rubén iba contando los logros de las horas para reiniciar al siguiente día.

“Yo fui condenado a 32 años de prisión por homicidio agravado. El juez tuvo en cuenta que me entregué y confesé, pero para la ley Fredy era un niño. Para mí también, pero violó y casi mata a mi hija”. Ese fantasma del ‘por qué’ lo tenía casi pegado en el estómago. Tal vez por eso no comía y pesaba 45 kilos. La tragedia y el desamor lo llevaron a querer dejarse morir.

En diciembre de 1999, su propia compañera, en la visita de Navidad, le confesó que ya no lo quería, que se había ennoviado con el muchacho que hacía los domicilios en el restaurante y que también era la última vez que le llevaba a la niña. No las volvió a ver, pero su hija fue su motor en los años siguientes. Lo fue la noche del 27 de abril.

“Los del pasillo me apodaron ‘bulto de sal’. Mi historia llegó a oídos de algunos de los jefes del patio y un día uno de ellos me mandó a llamar. Me dijo: ‘Verónica (por Verónica Castro, la protagonista de la novela Los ricos también lloran), póngase a trabajar y olvídese de su mujer’. Yo le dije que no quería meterme en más problemas y me dijo que el trabajo era lavarles la ropa. Y eso fue lo que me puse a hacer”.

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Eso, lavando ropa, era lo que Rubén estaba haciendo justamente cuando se escucharon los disparos. No tiene la hora exacta en su cabeza, pero serían las 2:20 de la tarde. En la mañana había corrido el rumor de que la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo estaban buscando la fosa común de la que todos hablaban, pero solo encontraron el cuerpo descuartizado de Carlos Alberto León Giraldo, en el patio 2 de la otra ala de la cárcel.

“Cayó, cayó... se lo bajaron. Todos empezaron a gritar eso, pero no sabíamos quién era el muerto. Lo único claro fue que llovió bala de todos lados. Yo dejé la ropa botada en el baño. Me gustaba lavarla ahí porque en la otra zona la gente hacía sus necesidades en el piso y era muy sucio. Llegué hasta mi pasillo y ya lo habían cerrado; no me dejaron pasar. Los jefes del patio gritaban ‘enfiérrense’, pidiendo que buscáramos armas o lo que fuera para defendernos, pero todo era muy confuso. Yo llegué hasta el primer piso e intenté acercarme a la reja, pero ya los ‘paras’ estaban rodeando el patio”.

Rubén suelta un suspiro y un nombre al mismo tiempo. “Flórez. El ‘Ñeco’ Flórez fue el que me jaló para un pasillo. Nos quedamos recostados contra la pared unos minutos, creo que una hora. Luego nos acurrucamos, allí pasarían unas tres horas más hasta que a él lo llamaron para el otro pasillo, estiró el brazo, empuñó la mano, me miró, chocamos los nudillos, me dijo ‘buen pela’o’ y se fue. ‘Ñeco’ estuvo entre los muertos.

Cayó, cayó... se lo bajaron. Todos empezaron a gritar eso, pero no sabíamos quién era el muerto. Lo único claro fue que llovió bala de todos lados

Después de que el me dejó en el pasillo empezó lo más fuerte del enfrentamiento. Había explosiones, se escuchaban disparos y gritos. Yo me quedé ahí en el piso, en posición fetal esperando a que pasara algo, a que me mataran, seguro. Lo único que tuve todo el tiempo fue la foto de la niña. Nunca me la sacaba del bolsillo del pantalón. Era un retrato que le hicieron en Foto Japón, vestida de princesa. Había sido mi regalo de cumpleaños”.

Sobre las 2 de la mañana del siguiente día cesaron los disparos, pero los paramilitares, que ya habían asesinado a los 25 reclusos del patio de Rubén, decidieron montar el plan para tomarse el ala norte de la cárcel, donde estaban los guerrilleros. Al final, desde la parte exterior, el defensor del pueblo para Bogotá, Iván Villamizar Luciano, logró persuadirlos de negociar y terminar el choque. Siete internos más que resultaron heridos murieron en los centros médicos a donde fueron llevados.

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En total, 38 horas de zozobra. El saldo final, 32 muertos, 17 heridos, el patio 4 semidestruido, más de 40 armas incautadas y otra cantidad de elementos que ratificaron la corrupción que reinaba dentro y fuera de La Modelo. Una masacre que estaba “cantada”, como señala Rubén, porque desde el pabellón de Alta Seguridad, que en realidad era la oficina administrativa en Bogotá de Carlos y Vicente Castaño –jefes de las autodefensas–, lo que se pretendía era tener el control absoluto del penal que, a diario, movía millones de pesos en extorsiones, venta y compra de armas y tráfico de secuestrados.

20 años después, la masacre del 27 de abril está en la impunidad. Yema Ospina Duque, el interno que cayó muerto a las 2:20 de esa tarde, fue solo el chivo expiatorio para desencadenar la toma de La Modelo por parte del paramilitarismo. En la retoma, por parte de hombres de la Dijín y la Policía Metropolitana de Bogotá, los operativos se centraron, paradójicamente, en el patio de los guerrilleros. A Miguel Arroyave, jefe del bloque Centauros que estaba recluido en Alta Seguridad, como a Ángel Gaitán Mahecha y John Jairo Velásquez Vásquez, ‘Popeye’, no les pasó nada. Nos les incautaron ninguno de los fusiles ni las pistolas que siempre tuvieron en sus celdas.

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“Hay mucho por preguntar, pero aún más por responder. Hay mucho por documentar y escribir. Esta historia está incompleta. Usted sí que lo sabe”. Rubén termina su relato con un silencio largo. No parece haber sido un hombre que pasó por la peor cárcel de Colombia y la más terrible de las experiencias. Hoy es abogado. Se graduó aún estando en prisión, donde validó décimo y once grado y estudió a distancia. Su hija ya es mamá, pero poco la ve. Vive en otra ciudad.

“Este 27 de abril me quiero tomar un trago. Algo fuerte –dice Rubén al despedirse–. Quiero brindar porque puedo decir que estuve en el infierno y logré salir de él. Gané mi guerra”.

20 años de las 38 horas de horror que vivió La Modelo.20 años de las 38 horas de horror que vivió La Modelo.
20 años de las 38 horas de horror que vivió La Modelo

20 años de la masacre en La Modelo.

Una deuda de justicia con el país

La masacre del 27 de abril del 2000 en la cárcel La Modelo fue una de las treinta acciones armadas, ocurridas al interior del penal, entre marzo de 1999 y enero del 2003.

Ese lapso dejó más de 300 muertos y por lo menos 100 desaparecidos, además de múltiples secuestros y extorsiones al interior de sus patios; también, violaciones de mujeres que entraban a la visita de los domingos, y decenas de hombres abusados sexualmente que llegaban por primera vez detenidos.

En La Modelo funcionó desde 1998 la oficina administrativa de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), comandadas por los hermanos Castaño. En el pabellón de alta seguridad había un archivador, con carpetas AZ, que contenía expedientes de la Fiscalía y organismos de inteligencia sobre las víctimas de los ‘paras’. Todos estos delitos están en la impunidad.

Así ha sido la investigación por la masacre
Mapa de la cárcel



Jefes paramilitares y guerrilleros




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Dirección:
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Laura Andrea Torres
Daniela López

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