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El profesor de Los Andes que fue espía y prófugo de un tribunal de guerra
Espía Ferenc Vajta

Ferenc Vajta llegó a mediados de siglo a Colombia y se convirtió en un reputado académico.

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EL TIEMPO

El profesor de Los Andes que fue espía y prófugo de un tribunal de guerra

Ferenc Vajta llegó a mediados de siglo a Colombia y se convirtió en un reputado académico.

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El húngaro, quien se convirtió en un reputado académico, tenía dossier en la CIA y el FBI. 

En la Bogotá de los años 50, todavía provinciana y fervientemente católica, se movió en los más importantes salones un exespía que, si los cables de seguridad gringos son
ciertos, escapó de los juicios contra criminales nazis, tuvo contactos secretos con el papa Pío XII y con el general Charles de Gaulle para tratar de frenar el comunismo internacional; intentó montar un gobierno en el exilio cuando su país fue absorbido por el bloque soviético y, ya en Colombia, conspiró contra compatriotas suyos a los que acusaba de ser agentes de los bolcheviques.

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A Ferenc Vajta –uno de los miembros de la ‘legión extranjera’ que a mediados de siglo pasado llegaron huyendo de los estragos de la Segunda Guerra Mundial y que acá encontraron una nueva vida como profesores de la Universidad de los Andes y otros destacados centros de educación– se le recuerda como mecenas del teatro moderno, humanista que consagró su vida a la academia y como ‘salvador’ de cientos de sus compatriotas refugiados en Austria.

(Esta historia se publicó originalmente en abril del 2021)

Nacido en 1914, educado en la Sorbona de París y en Italia, políglota y exdiplomático, su rastro se ha ido perdiendo por el paso de las décadas. Y, sin embargo, en los años 50 y 60 fue protagonista de primera línea en la vida universitaria, social y cultural de Bogotá, periodista de temas internacionales y hasta corresponsal, por breve tiempo, de la prestigiosa revista Time. Eso en la esfera pública.

En secreto, era objeto de un minucioso seguimiento de la inteligencia y la embajada de los Estados Unidos, e informante de ese gobierno y de agencias de seguridad nacionales. Y hasta que murió, a finales de los 60, fue un intenso lobista ante Washington para tratar que le levantaran la marca de criminal de guerra que le impidió cumplir su plan de vivir en el país del norte y dirigir desde allí su ‘cruzada contra el comunismo’.

Todo eso es lo que cuentan centenares de reportes secretos de la poderosa Agencia Central de Inteligencia (CIA) que han venido desclasificándose desde los años 80. Varios de ellos han sido recogidos en libros y versiones de prensa publicados en EE. UU. que denunciaban cómo la Casa Blanca se hizo la de la vista gorda frente a decenas de reconocidos nazis que buscaron refugio en todo el hemisferio.

El cuadro que la CIA pintaba de Ferenc Vajta era bien diferente al que se conoció en Colombia y que poco cambió a pesar de que, marginalmente, hasta acá llegaron los ecos de su pasado. Incluso conociendo los rumores, pocos habrían imaginado que el hombre corpulento, de gran nariz y de pelo negro engominado que en 1957 fue uno de los impulsores del primer Festival Nacional de Teatro (que se realizó en el Teatro Colón) tuviera una vida secreta. Un lado oscuro que, según la CIA, incluía además de su pasado nazi capítulos como agente de Hungría, Francia, el Vaticano y los mismos EE. UU. y que además lo puso a entregar una caleta de oro en Austria para salvarse de ser enjuiciado y hasta fusilado por lo que hizo durante la guerra.

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Primer acto: la guerra y el oro

Ferenc Vajta es un periodista húngaro y criminal de guerra (....) Excónsul en Viena antes de la ocupación rusa, escapó de la custodia americana hacia la zona francesa en junio de 1945. Nueve solicitudes diferentes fueron hechas para su entrega a nuestras tropas”, dice un reporte de la CIA de marzo de 1952. Según el oficial norteamericano que lo capturó, “Vajta les dio información a los franceses que fue usada para recuperar seis toneladas de oro puro. Como recompensa, fue reclutado como informante por las fuerzas francesas de seguridad”. El oro y también una carga de diamantes, agregan los cables, provenía de fondos públicos húngaros que sus gobernantes habían movido a Austria durante la guerra, como seguro por si tenían que salir huyendo de Budapest (como en efecto ocurrió), y que quedaron volando tras la derrota a manos de los aliados. El informe señala que, “a pesar de la promesa de Francia de entre- garlo, esto no se cumplió” y, por el contrario, “le ayudaron o le permitieron escapar a Italia”.

¿Cuáles eran los cargos en su contra? Según los archivos desclasificados, Ferenc Vajta –quien se presentaba públicamente como un perseguido del comunismo y atribuía a los rusos y a sus fichas en Hungría un supuesto montaje en su contra- era conocido en su nación como una especie de ‘campeón’ de la causa hitleriana a través de sus escritos periodísticos: “Sus artículos glorificaban a los nazis. En abril de 1943 fundó el periódico AZ Orszag, un panfleto semioficial del Ministerio de Exteriores húngaro que llamaba al pueblo a unirse al lado alemán”.

Tras la derrota a manos de los aliados, al menos 400 mil húngaros salieron de su país como refugiados. Hungría estaría en la órbita soviética hasta 1990.

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En 1944, el régimen de Miklós Horthy, que se había alineado con Alemania, empezó a debilita se y Hitler decidió enviar a sus tropas a Budapest. Y en septiembre de ese año, cuando se descubrió que Horthy buscaba un acuerdo secreto con los aliados ante la inminente derrota del Eje, el ala radical nazi dio un golpe de Estado que puso al mando a Ferenc Szálasi, del que Vajta era muy cercano. Y no solo siguió publicando su periódico sino que meses después fue nombrado cónsul en Viena, la segunda capital del Tercer Reich.

La explicación del salto de periodista a diplomático la dio otro cable de la CIA: “En noviembre de 1944, el avance de las tropas rusas amenazó con engullirse toda Hungría. El gobierno de Szálasi estaba listo para huir a Viena. En esta situación, significativamente nombró a Vajta como primer cónsul húngaro en Austria”. Allí se instaló en una “suntuosa villa” asignada por los alemanes.

Sobre lo que hizo Vajta en Austria hay dos versiones. La suya, según cartas enviadas desde Bogotá a altos funcionarios de EE. UU, pidiendo ayuda para que se revisara su caso, era esta: “Nunca he sido nazi (...) Acepté el consulado en Viena para atender el problema de los refugiados húngaros que salieron cuando los rusos cercaron Budapest (...) En abril de 1945, justo antes del fin de la guerra, contamos cerca de 400.000 re- fugiados. Trabajé algunas veces entre 14 y 16 horas al día y aún así no era suficiente para asistirlos”. Y argumentaba: “En el creciente caos (los aliados bombardeaban diaria- mente las líneas férreas austríacas) no era posible hallar una adecuada solución para todos, pero hicimos lo que pudimos. Si yo acepté mi nombramiento en Viena lo hice sola- mente porque quería ayudar a escapar a los húngaros”.

También aseguraba que no solo él, sino todo su país, había estado del lado alemán durante la guerra, y que su crimen era asistir a sus compatriotas, sin importar cuál era su ideología, cuando huyeron “del paraíso comunista”. Casi las mismas palabras con las que fue presentado un artículo suyo sobre ‘Problemas europeos’, publicado en la revista de la Universidad Javeriana de Bogotá en 1950: “Vajta, un joven diplomático húngaro residente actualmente en Colombia y profesor de varios centros de educación, desempeñó el consulado de su patria en Viena y desde ese cargo procuró auxiliar a numerosos compatriotas suyos víctimas de la persecución marxista”.

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Segundo acto: la fuga

La CIA contaba otra historia. En 1949 sus agentes en Europa enviaron reportes como estos a Washington: “En general, la historia de Vajta es la de un húngaro fascista con conexiones con los nazis antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Los archivos revelan que fue reportado como agente del servicio secreto húngaro en Roma, Belgrado y Estambul y que sus servicios fueron importantes para la Gestapo en ese tiempo (...) Es culpable de atrocidades de guerra como el envío durante el régimen de Szálasi de 20.000 judíos húngaros que fueron forzados a marchar de Budapest a Viena. Durante esa marcha, más de 6.000 perecieron”. Y sobre lo que le habría pasado si no hubiera escapado con la ayuda de los franceses, el cable secreto es contundente: “Habría sido, con toda probabilidad, inmediatamente fusilado si hubiera caído en manos de los soviéticos”.

Otro despacho señala que los norteamericanos estaban listos para enviarlo al tribunal de Nüremberg o al del Pueblo de Hungría -que juzgaban a los criminales de guerra- cuando se fugó y apareció protegido por los franceses. Martin Himmler, mando del Ejército de Estados Unidos, testificó que Vajta había distribuido a judíos húngaros hacia los campos de concentración en Austria y que en su poder fueron hallados bienes despojados: “Al comienzo del cerco de Viena desapareció con el tesoro (húngaro en Austria) y otros bienes valiosos como alfombras y objetos de arte, además de los valores de su oficina. Cuando fue arrestado por los americanos, algunas de las propiedades robadas fueron halladas en su casa”. Él, por su lado, siempre acusó a Himmler de inventar las pruebas en su contra.

Para ese momento, recién finalizada la guerra, Colombia no figuraba para nada en los planes de Ferenc Vajta. Los cables desclasificados de la CIA lo ubicaban, tras huir de Austria, en Italia; allí fue recibido por el círculo más cercano al papa Pío XII, cuyo papel en la guerra sigue generando polémica porque muchos consideran que no hizo lo suficiente contra el genocidio. Su ficha en Roma era un jesuita también húngaro que, como él, vino a templar a Bogotá pocos años después: Nyisztor Zoltan, entonces jefe de prensa del Vaticano y también con fama de pronazi.

Sus artículos glorificaban a los nazis

En Italia, Vajta fue uno de los promotores del Parlamento Húngaro en el exilio y fundó un periódico, Salve Hungría, que atacaba de frente al nuevo gobierno comunista de su país. Allí fue arrestado por segunda vez por los cargos de crímenes de guerra.

Gracias a sus contactos, señala el dosier de la CIA, fue liberado por segunda vez, pero le advirtieron que se fuera porque no podrían protegerlo de nuevo. Y le facilitaron todo para viajar al reducto fascista que quedó en Europa tras la guerra: la España de Franco. “Según se ve, Vajta conoce mucho de las actividades de la inteligencia francesa en Austria, pero parece enojado con ellos porque no le cumplieron las promesas que le hicieron. También parece irritado con los británicos porque no lo defendieron (...) Vajta se ofreció a trabajar con los italianos si le garantizan su seguridad personal”, reportó la Agencia. Entre la caída de Viena, en 1945, y su nuevo arresto, Vajta tuvo contactos con allegados al héroe de la Resistencia francesa, el general De Gaulle, pues París supuestamente veía en él una figura clave para hacerle contrapeso al comunismo húngaro. Esos contactos, sin embargo, se truncaron por el cambio de gobierno en Francia en 1946.

En España se documentaron reuniones con funcionarios del régimen del ‘Generalísimo’ y con el controvertido arzobispo de Toledo Enrique Plá y Deniel, uno de los líderes más ultraconservadores de la Iglesia católica. También contactó a la embajada de los Estados Unidos con la oferta de establecer en Madrid el ‘Centro anticomunista de Europa occidental’. Los cables dicen que “aparentemente tenía una gran suma de dinero a su disposición, al parecer originada en el Vaticano”. Para ese momento era una de las cabezas de un movimiento llamado Intermarium, de extrema derecha, que congregaba varias fuerzas antisoviéticas.

En diciembre de 1947, con visa gringa a pesar de sus antecedentes y acompañado por un vicecónsul americano, voló de Madrid a Nueva York. Su idea, señalan los cables, era “contactar a los exiliados húngaros” para unirlos a su movimiento. Pero en enero de 1948 estalló el escándalo por su ingreso a territorio americano y fue arrestado y confinado en la isla Ellis. Como la Hungría comunista nunca respondió para que fundamentara los cargos de guerra contra Vajta, al final decidieron deportarlo bajo la causal de ser considerado “perjudicial para los intereses de los Estados Unidos”.

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Tercer acto: preso en EE. UU.

Pasó casi 26 meses detenido. Y allí es donde aparece por primera vez Colombia en el mapa de Ferenc Vajta. ¿Cómo pasó esto? En los 80, con miles de cables des- clasificados por primera vez desde los años 40, la prensa norteamericana acusó al Vaticano de Pío XII de haber realizado una enorme operación de movimiento clandestino de fascistas y nazis hacia América Latina. Las opciones para el húngaro eran ser enviado a Italia (que se negó a recibirlo) o a su país natal, donde lo esperaban para juzgarlo; pero él alegó que su vida estaba en peligro. Y ya con la expulsión decidida, sorprendió al pedir que lo enviaran a Bogotá, una ciudad que nunca había mencionado en sus escritos. Incluso, informó que ya tenía tiquete de Avianca para el 5 de febrero de 1950.

Nunca se estableció claramente cómo fue aceptado por el Gobierno colombiano, que seguía a pie juntillas las directrices de Washington en materia de asuntos exteriores y claramente no habría recibido a nadie de su perfil sin el guiño americano. Vajta pudo haber tenido ayuda de Pat McCarran, senador demócrata de Nevada y uno de los más beligerantes anticomunistas del congreso de los Estados Unidos. McCarran, como muchos otros, creía que en plena Guerra Fría el enemigo era Moscú y que los antiguos nazis podían ser valiosos aliados. Y resulta muy significativo que, para el mismo momento, monseñor Nyistor Zoltan, su contacto en el Vaticano, preparaba maletas para venir al país.

De la Hungría nazi a Colombia.

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Tras ser notificados de su llegada, los oficiales de la embajada en Bogotá lo tildaban de “personaje indeseable” y reportaron a Washington que le iban a seguir la huella, cosa que hicieron por años. Los informes secretos no solo llegaron a la CIA sino al mismísimo J. Edgar Hoover, el casi eterno director del FBI.

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Sus antecedentes no eran desconocidos para el gobierno conservador de la época. La embajada reportó un informe de la inteligencia colombiana que señalaba lo siguiente: “Un documento de la Policía Nacional, jefatura de Seguridad fechado el 27 de noviembre de 1951 bajo la firma del funcionario Manuel Antonio Orduz Duarte y dirigido al dr. Pablo Jaramillo Arango, ministro encargado de la cartera de Gobierno, dice que el profesor Vajta fue miembro del servicio secreto francés en Innsbruck y finalmente del servicio secreto norteamericano en Colombia”. Y otro cable, fechado en Bogotá el 2 de marzo de 1950, reseña una conversación entre Robert Newbegin, entonces consejero de la embajada, y el dirigente liberal Álvaro García Herrera: “García dijo que se sobreentiende que esta persona (Vajta) está ahora en Colombia y que el Gobierno contempla usarlo en conexión con la policía secreta (...) García expresó su preocupación porque una persona con el pasado de Vajta incidiera en que los liberales pudieran ser tratados de manera brutal”. Preocupación que, por cierto, nunca tuvo piso real.

Cuarto acto: un espía en el país

Lo que sí se acreditó es que Vajta siguió durante sus años en el país con la idea de su cruzada anticomunista. La CIA reveló que él y monseñor Zoltan acusaron ante la embajada y ante el servicio secreto colombiano a otro profesor húngaro, Jorge Kibedi, quien había llegado al país en 1950 a trabajar con la Universidad Javeriana y fue parte de la Misión de Planeación que modernizó a Bogotá.

En una ficha sobre Kibedi que llegó a Washington se mencionan todos sus datos (incluso, la dirección de su casa en el antiguo barrio Sears de Bogotá) y los señalamientos que sus dos compatriotas le hacían como supuesto espía de la Unión Soviética. Para ese momento estaba vigente una norma que prohibía “la actividad política del comunismo internacional” porque -señalaba- “dicha actividad atenta contra la tradición y las instituciones cristianas y democráticas de la República y perturba la tranquilidad y el sosiego públicos”. Ser comunista daba cárcel de 1 a 5 años en una colonia penal.

En abril de 1951, la embajada reportó a Washington que “monseñor Zoltan afirmó que Kibedi llevó a cabo una misión de espionaje internacional para el gobierno comunista de Budapest y que estuvo bajo vigilancia de la policía secreta española, que descubrió contactos con comunistas extranjeros”.

El mismo documento dice que Vajta aseguraba que Kibedi y su hermano Irving, “quien también está en un país de Suramérica, eran agentes comunistas”: “Vajta está convencido de que Kibedi es un agente de Rusia y que está llevando a cabo una misión de espionaje en Colombia”. La foto de Kibedi que acompaña el reporte fue confirmada por el propio Vajta.

La misma versión terminó en manos del general del Ejército Régulo Gaitán, uno de los ‘duros’ de la seguridad colombiana de la época. El Gobierno ordenó interceptar el correo de Kibedi y seguir todos sus movimientos y los de su familia. Finalmente optaron por echarlo del país bajo el cargo de promover el comunismo. “La expulsión de Kibedi fue resultado de los esfuerzos de Ferenc Vajta”, dice otro cable de los EE. UU. Y agrega: “La vigilancia al correo de Kibedi por la Policía indicó un sustancial volumen de correspondencia sobre temas sociales y laborales, pero las autoridades nunca encontraron una prueba concreta de conexiones comunistas”.

La expulsión del profesor de la Javeriana, en 1952, fue un escándalo nacional que puso a parte de la Iglesia colombiana en choque con el Gobierno. Vajta, en una conversación con la embajada, se quejaba de que las esquirlas de su papel en este caso le habían cerrado varias puertas: “El sujeto aún dicta ciencias sociales en los Andes en Bogotá (...) Recientemente trató de complementar sus ingresos obteniendo un cargo de profesor en la Universidad Nacional, pero no lo logró. La razón que da Vajta es que líderes de la Iglesia católica lo bloquearon por sus actividades en contra de Kibedi”. Este se instaló en Chile y se convirtió en uno de los dirigentes sindicales más importantes del continente.

Para ese momento, Vajta empezó a escribir para la revista Semana en la sección Internacional y era frecuentemente consultado por sus conocimientos de la situación europea. Dictaba también clases de historia francesa en un colegio para señoritas, y su radical discurso anticomunista empezaba a generarle muchos ruidos.

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Quinto acto: el solitario mecenas del teatro

¿Qué tanto sabían de su historia en los Andes? No hay ninguna evidencia de que hubiera, por parte de Estados Unidos, alguna entrega de información en ese sentido. En los cables solo aparece una conversación de un funcionario de la embajada con Frans Von Hildebrand, uno de los más destacados profesores de esa universidad y cuya familia tuvo que huir de la Alemania de Hitler hacia 1933 por su pública oposición al proyecto totalitario. “Hildebrand dice que no aprueba las ideas políticas defendidas por Vajta en el pasado, pero dice que el sujeto parece estar por fuera de actividades políticas en Colombia y que está seguro de que no tiene ingresos diferentes a los que recibe de la universidad”, reporta un cable de 1953.

El biólogo Martin von Hildebrand, hijo del profesor, describe a Vajta como “un hombre de apariencia triste y que daba la impresión de que sufría mucho”. Era recibido en casa de su padre como otros muchos profesores de los Andes venidos de Europa, entre ellos muchos judíos. “A veces a mi padre algunas personas le preguntaban cómo podía tolerar a Vajta, si tenía pasado. Él decía que no podía juzgar a una persona por una decisión de estar en el lado equivocado que había tomado todo un pueblo. Pero no creo que mi padre ni los otros conocieran a profundidad su historia”, le dijo a EL TIEMPO el reconocido antropólogo y director de la Fundación Gaia.

En general, la historia de Vajta es la de un húngaro fascista con conexiones con los nazis antes y durante la Segunda Guerra Mundial

El gran actor Kepa Amuchastegui, quien estudió en los Andes en los 60, veía a Vajta yendo a tomar el té en casa de los Von Hildebrand. “Era intelectualmente muy respetado (...) No traté mucho con él porque era de otra generación, pero era una figura reconocida además porque estaba muy vinculado al mundo del teatro”, señala. También recuerda que en baja voz se decía que había defendido ideas nazis, pero dice que siempre fue más un rumor que un cuestionamiento concreto.

Durante dos décadas, Ferenc Vajta siguió intentando, sin éxito, conseguir una visa de Estados Unidos para “reivindicar” su historia. En una carta que tituló ‘Yo me deporté a mí mismo’, escrita en Bogotá, aseguraba que “aún se sentía prisionero” por tener que cargar una fama de nazi que, según él, le habían inventado sus enemigos comunistas y judíos: “No hay libertad para un hombre cuyo honor ha sido arruinado”, decía. Y en su defensa escribió que cuando Austria fue ocupada por los rusos, al final de la guerra, se fue “inmediatamente a trabajar con la inteligencia francesa para organizar un centro anticomunista”. Les escribió a congresistas republicanos y demócratas e incluso les planteó a los gringos que lo contactaran durante un viaje a Europa, a comienzos de 1954, para concretar su plan de crear una comunidad de exiliados en contra de Moscú. “Si puedo ponerme de acuerdo con los servicios (secretos) de Estados Unidos y trabajar con ellos, solo yo seré responsable por mi vida. Como no soy un cobarde, no estoy interesado en mi futuro y no me importa si debo pagar con mi vida por mi futura misión”, escribió a la embajada en Bogotá antes de viajar. La CIA recibió cada carta suya, pero nadie llegó a buscarlo.

Vajta terminó regresando a su vida de profesor en Colombia a pesar de otro reporte, citándolo, decía que “estaba totalmente aburrido” en el país, que “no tenía interés en su trabajo actual” y estaba desesperado por volver a Europa.

En 1956, fugazmente, fue nombrado corresponsal de la revista Time. Y la misma embajada advirtió al Departamento de Estado para que contactara a los editores en EE. UU. y les advirtieran de su perfil. La aventura duró un mes y en abril de ese año el diario Intermedio (la versión de EL TIEMPO durante la dictadura de Rojas Pinilla) informó que “el profesor Ferenc Vajta presentó renuncia a su cargo como corresponsal”, pues “debido a sus actividades universitarias no ha podido dedicar suficiente tiempo a la revista”. La embajada había sido informada días antes de que en Time tomaron nota “del historial del sujeto” y que “se veían dispuestos a hacer un cambio en vista de la información” que habían recibido.

A partir de ese momento –aunque hasta el final de sus días insistió en pedir visa a los Estados Unidos, que le fue negada una y otra vez–, el profesor Vajta pareció dedicar todos sus esfuerzos a promover la cultura colombiana, especialmente los nacientes proyectos de teatro moderno. En 1957, con aportes que él mismo gestionó entre la comunidad diplomática acreditada en el país, fue uno de los organizadores del Festival Nacional que se cumplió año tras año hasta 1963 en el Teatro Colón, al lado de figuras como Gloria Zea, Ramón de Zubiría y el maestro Bernardo Romero Lozano. De ese experimento cultural empezaron a descollar grandes figuras como Enrique Buenaventura, Carlos José Reyes y Santiago García, entre otros. También fue muy cercano al gran poeta Eduardo Carranza y, a pesar del anticomunismo que le bullía en las venas, en 1960 aparece acompañando a Orlando Fals Borda y al cura Camilo Torres en la creación de la famosa facultad de Sociología de la Universidad Nacional.

El maestro Reyes, que lo conoció a comienzos de esa década, recuerda a Vajta promo viendo activamente la discusión sobre los temas que se trataban en las obras de teatro del Festival: “Conocía muy bien el teatro europeo y apoyó proyectos de escuelas colombianas que estaban empezando. Incluso, llegó a sostener con sus fondos, o los que se rebuscaba con sus contactos en las embajadas, varias presentaciones”. Reyes también conoció los rumores sobre el pasado del profesor de los Andes, pero asegura que nunca lo escuchó defender ideas de extremas y que jamás censuró ninguna obra, por ‘tirada’ a la izquierda que fuera. “Siempre se lo veía con aire doctoral, muy académico, pero muy respetuoso”, dice. Por esa época, incluso, salía en la Radio Nacional, con su español marcado por el fuerte acento centroeuropeo, a comentar las adaptaciones teatrales en compañía de famosos como

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Aunque había llegado con su esposa y un hijo al país, Ferenc Vajta murió solo a finales de los 60. Su cuerpo fue hallado varios días después, según relatos de la época. Fue un cierre dramático para un actor de primera línea en la Segunda Guerra Mundial que terminó su parábola en un país, Colombia, al que nunca pensó venir pero al que le dedicó las últimas dos décadas de su vida. Y hasta el final, en secreto, trató de cambiar el Inri que lo persiguió incluso después de su muerte: “el único nazi en ser deportado de los Estados Unidos”, lo llamó el exfiscal norteamericano Allan A. Ryan, quien investigó y per- siguió a nazis que llegaron a ese país y escribió varios libros sobre los criminales de guerra que lograron una segunda oportunidad sobre la tierra al huir a América.

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