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'Por mi crimen no puedo ver a mi hija y dejé a otros niños sin mamá'
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Laura fue recluida en El Buen Pastor el 4 de febrero de 2019.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

'Por mi crimen no puedo ver a mi hija y dejé a otros niños sin mamá'

Crónica: Laura paga una condena por asesinar a una mujer. En la cárcel logró salir de las drogas.

Su cuello comienza a enrojecerse. Cada tanto se le pierde la mirada, pero no deja de hablar. La vela que tenía en las manos quedó destrozada y reducida a moronas de cera. “Vea cómo volví esto. Debe ser por los nervios”, dice Laura Contreras, de 26 años, con sus uñas azules untadas de parafina. Cualquiera estaría nervioso contando el asesinato por el que paga una condena en la cárcel.

Para llegar a la celda de Laura es necesario atravesar toda la prisión. Sin celulares, sin billetes ni monedas, sin metales: esas son las reglas.

La recibida a la reclusión de mujeres El Buen Pastor, en Bogotá, la da un dragoneante del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) en un cuarto estrecho. Un metro de ancho por tres de fondo. Cédula y boleta de ingreso en mano, el hombre confirma la identidad del visitante y anota los datos en un libro del tamaño de una biblia. Una estampita de Jesús de la Misericordia adorna el lugar. “Póngase tinta en el índice derecho y coloque su huella acá”. La bienvenida termina con un sello rojo que pone en mi muñeca. Luego, en cada puesto de control y requisa pondrán otro más.

Laura llegó a esta cárcel hace 683 días. Tiene una hija de 11 años a quien no ve desde marzo, 9 meses atrás, cuando suspendieron las visitas para prevenir el contagio de covid-19 en los centros de reclusión del país. Ojalá ella pudiera ver quién es su madre ahora.

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Laura comenzó a consumir drogas en 2007. Lo hizo a diario por más de una década, y cuando llegó a El Buen Pastor la internaron en el temido patio 9. “Allá no se pelea con las manos, todo es a los puntazos. En el 9 se ve droga todo el tiempo”, dice una de las reclusas.

Les entregué la mitad de mi vida a las drogas, ¿y qué logré? Nada: llegué a la cárcel, no puedo ver a mi hija, y dejé a otros niños sin su mamá

En ese patio, conoció el bazuco y tocó fondo, pero también encontró un salvavidas: la comunidad terapéutica Sembrando Vencedoras, un grupo de 47 mujeres que se están rehabilitando y en menos de un mes completarán un proceso de un año y medio libres de consumo.

“Yo les entregué la mitad de mi vida a las drogas, ¿y qué logré? Nada: llegué a la cárcel, no puedo ver a mi hija, y dejé a otros niños sin su mamá”, dice Laura. Está sentada en una silla plegable y tiene de fondo el muro que les recuerda, a ella y sus compañeras, que hay un mundo afuera que por ahora no les pertenece: 16 hileras de ladrillos grises, de concreto, dos vigas, una malla y, en la parte más alta, alambre de púas. Es la barrera a su libertad. El cielo, del mismo color que esa pared, augura un aguacero.

El buen pastor

Mientras habla, sin darse cuenta, Laura destroza la vela que tenía en las manos.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

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Cuando Laura era una niña, su mamá le contaba que una vez, a la edad de 4 años, un vecino de la cuadra, 15 años mayor, la conoció y dijo que era una criatura muy bonita y sería suya cuando grande.

El presagio tardó 9 años en consumarse. Él tenía 28 y había abandonado a su exnovia y sus hijos cuando comenzó a coquetearle a ella, para entonces una adolescente de 13 que seguía en ese barrio donde la escasez, la violencia y la drogadicción eran el paisaje del día a día.

No valió la oposición de los papás de Laura frente a la relación. A los pocos meses se fue a vivir con ese hombre con el que compartiría media vida de maltrato y por quien desarrollaría un trastorno de celos que, según ella, la condujo a asesinar a una desconocida.

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"Mi mamá toda la vida trabajó, entonces siempre estuvimos al cuidado de mi abuelita. A raíz de eso me desvié, por no tener a mi mamá ni a mi papá. Yo me metí con él para tener una voz de alguien que me dijera 'no hace' o 'sí hace esto'. Era una figura paternal más que marital", cuenta Laura.

Cuando llevaban siete meses, recuerda, capturaron al hombre. Con 13 años, era poco lo que ella podía hacer para ayudarlo, y tuvo que ver cómo la expareja de su novio tomó las riendas del proceso. El único refugio que encontró fueron las drogas, que consumía desde un año atrás, y se sumergió tanto en ese mundo que llegó al Bronx: la olla más grande de Bogotá.

“Fueron tres meses interna allá. Conocí de todo, lo que es realmente ese mundo, la calle. Conocí mil hombres. Hice y deshice. Ahí toqué el punto más bajo”, relata Laura.

Hasta ese infierno llegó a buscarla su novio cuando salió de la cárcel, pero allí se enteró de las infidelidades de Laura durante el tiempo dionisiaco en la olla. Y vino lo peor. Volvieron a vivir juntos y el maltrato intrafamiliar se volvió la regla en su casa.

“Él llegaba borracho y comenzaba a pegarme, a insultarme, a decir que yo tenía un supuesto mozo. Como tenía muchos enemigos en el barrio, andaba armado, y yo era la que pagaba por eso”, dice Laura, refiriéndose a los cachazos que le daba y a los intentos de feminicidio. La sacaba de madrugada de su casa, la llevaba a una montaña desolada, la hacía arrodillar y, apuntándole con el arma, le pedía que la convenciera de no dispararle.

Todo eso lo vivió desde que era una niña, y ni siquiera cuando quedó embarazada, a los 15 años, el hombre dejó de maltratarla. Intentó huir. Se escapó a la casa de su mamá varias veces, pero siempre regresaba. Fue un círculo vicioso que le duró media vida y que solo pudo romper cuando llegó a la cárcel.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

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Le encontró rasguños en la espalda. Era un día de 2018 y Laura acababa de volver a la casa, después de haberse ido por una pelea. En medio de la reconciliación halló esa señal que, por primera vez, corroboraba la sospecha que había tenido por años: su marido le era infiel.

En todo el tiempo de maltrato y reclamos por celos que terminaban en golpes, no se había dado cuenta de que desarrolló una obsesión por él: “Yo sentía que él era mío. Era mi porcelana, no quería que nadie me lo tocara”.

A Laura le llegaron rumores de que la amante era mesera en un restaurante vecino. “Ahí se despertó mi obsesión por encontrarla, por saber quién había sido la que se metió en mi hogar. Tenía sed de venganza. Siempre tuve la imagen de ella. Quería hacerle daño. No a él, solo a ella”, cuenta.

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Laura se pone tensa. No puede mover las manos porque no quiere regar los restos de la vela que desmoronó mientras hablaba. Desde su pecho empieza a verse una suerte de sarpullido que sube hacia el cuello, y ella nota que lo observo: “¿Se me puso rojo? No se preocupe, siempre es así cuando tengo emociones encontradas”, me dice, y prosigue a contar cómo una mujer que no había estado ni siquiera en un CAI resultó asesinando a una mujer y llegando a la cárcel.

Laura encaró a la mesera y, aunque ella le negó todo, comprobó en el celular de su esposo que tenían una relación. No dejaba de pensar en hacerle daño. Pero, paradójicamente, fue otra mujer la que pagó por la venganza que ella quería cobrar.

El tercer sábado de agosto de 2018 fue otro de esos días en los que Laura salió corriendo de su casa por las peleas. Esa vez no se fue para donde su mamá, sino para una fiesta en el bar de unos conocidos.

Le gustaban las drogas, pero no el trago, y aun así esa noche consumió de los dos hasta sentir que se le iba la consciencia. Según recuerda, ya era de madrugada cuando vio a una de sus amigas, afligida, en una esquina del bar: había descubierto que su esposo le era infiel.

Laura se identificó. Sintió el dolor como propio, y, dice, los alucinógenos incrementaron el sentimiento. Comenzaron a llamar y escribirle a la amante recién identificada, quien también vivía en el sector. La provocaron, hasta que llegó al bar.

Tenía sed de venganza. Siempre tuve la imagen de ella. Quería hacerle daño. No a él, solo a ella

“Me empieza a dar vueltas el disco. Yo veo la conversación de esa mujer con mi amiga, cómo la reta, y empiezo a tomar las cosas personales, a sentir que ella me está hablando a mí, que no es la amante del esposo de mi amiga sino del mío: que es la mesera la que me está hablando”, cuenta Laura.

Esa noche, Laura llevaba consigo una navaja. Tenía una pelea casada con otras mujeres de su barrio, que alguna vez la habían golpeado, y desde entonces salía prevenida. Estar prevenida, en su zona, era sinónimo de estar armada.

Otra de sus amigas, que salió en la mitad de la fiesta, le pidió prestada el arma mientras volvía. Cuando regresó, Laura se estaba fumando un cigarrillo. Es de las últimas cosas que recuerda. Ya no entiende muy bien cómo fue que sus manos pasaron de sostener el tabaco a empuñar la navaja, pero lo que sabe es que todo se alineó para que ocurriera casi en el momento preciso en que llegó la mujer que le estaba haciendo daño a la relación de su amiga. Ese daño que ella conocía tan bien.

Laura seguía ‘con el disco dando vueltas’. Estaba borracha, dopada y con los nervios arriba. Se paró en la puerta del bar a escuchar la discusión de su amiga con la amante de su marido, pero después de unos minutos, apenas vio un empujón de la que entonces era también su rival, saltó al ruedo con arma en mano.

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"Al doble reflejo del empujón de ella, yo vi la cara de la mesera. En mi mente fue así. Cuando vi eso, salté y le metí una puñalada en el pecho", recuerda Laura, con la mirada en un punto que ni ella misma podría identificar.

Cuando sus amigas la separaron y le dijeron que se calmara, lo primero que preguntó fue quién era esa mujer. Estaba volviendo en sí: había matado a una desconocida.

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Una de las enfermeras de la cárcel El Buen Pastor. Hasta la semana pasada no había ningún caso activo de covid-19.

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El llamado 'parque de la  93' de la cárcel.

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Los teléfonos en el patio de la comunidad terapéutica.

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Exterior del patio 9.

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Las internas de El Buen Pastor redimen sus condenas con actividades de educación, trabajo yenseñanza.

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Después de cruzar el portón azul que separa a la cárcel de El Buen Pastor del mundo exterior se comienza a ver algunas internas ayudando a desocupar camiones u organizar las zonas de descargue. Están vestidas con overoles color caqui que son confeccionados por las mismas reclusas en el interior del penal, como parte de un programa de resocialización y redención de pena.

Los 230 metros de recorrido necesarios para llegar al pabellón de la comunidad terapéutica Sembrando Vencedoras, de la que hace parte Laura, son una suerte de tour por el centro carcelario. Se ven las puertas de cada patio, y, en el fondo, la pequeña ciudad que es cada uno. No es permitido tomar fotografías de rejas para adentro. El Buen Pastor tiene capacidad para 1.246 reclusas, pero en la actualidad alberga 1.716: un hacinamiento del 37 por ciento que, curiosamente, es de los más bajos en las dos últimas décadas.

La gente piensa que todo en las cárceles es malo, pero aquí estas mujeres tienen la oportunidad de aprender un nuevo oficio

Casi en la mitad de la construcción está el llamado ‘parque de la 93’, un salón al aire libre con sillas de ladrillo y granito, y una tarima en el centro, bajo un techo en capilla, donde se reúnen las internas que tienen autorización para salir de sus patios y se hace uno que otro show en fechas especiales. Probablemente, el espacio de esparcimiento más cotizado de la cárcel: un equivalente al exclusivo parque de Bogotá del que toma su nombre.

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Alrededor del parque, en salones llenos de máquinas y materiales, están los talleres donde trabajan las reclusas de El Buen Pastor. Lencería, maderas, marroquinería, fabricación de peluches. Son laboratorios de aprendizaje y también fuente de ingresos para decenas de internas que llegan a pagar sus penas. Al participar en estas actividades redimen parte de sus condenas.

“La gente piensa que todo en las cárceles es malo, pero aquí estas mujeres tienen la oportunidad de aprender un nuevo oficio, tener un sustento y ganar experiencia en una actividad lícita para cuando terminen su condena”, dice un funcionario del Inpec que me guía por cada uno de los salones.

El buen pastor

Las internas de El Buen Pastor redimen sus condenas con actividades de educación, trabajo yenseñanza.

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Las internas de El Buen Pastor redimen sus condenas con actividades de educación, trabajo yenseñanza.

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Las internas de El Buen Pastor redimen sus condenas con actividades de educación, trabajo yenseñanza.

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Las internas de El Buen Pastor redimen sus condenas con actividades de educación, trabajo yenseñanza.

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Las internas de El Buen Pastor redimen sus condenas con actividades de educación, trabajo yenseñanza.

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Ese día, el ministro de Justicia, Wilson Ruiz Orejuela, junto con el brigadier general Norberto Mujica, director del Inpec, también visitaron El Buen Pastor. Cuando Ruiz llega al taller de lencería encuentra a un puñado de mujeres fabricando cojines navideños. Les empieza a preguntar por su estancia en la cárcel, y una de ellas, sin descuidar la máquina de coser, le cuenta que llegó hace siete años: “Ya logré levantarme. Acá aprendí a leer y escribir”. Otra aprovecha para exponerle uno de los problemas en los talleres: antes de la pandemia, los materiales que usaban para fabricar los productos se los traían sus familiares como encomienda, pero por cuenta del coronavirus y la suspensión de visitas ahora tienen que pagarle a empresas de mensajería, y eso afecta sus ganancias. De paso, eleva la petición de que les den más capacitaciones de personal calificado.

Lo más duro de todo esto es que mi hija no fue la única que se quedó sola

En el taller de maderas, una mujer le cuenta al alto funcionario que lleva cinco años recluida y desde el comienzo ha estado en actividades educativas, de trabajo y enseñanza para que le descuenten su condena, por lo que ya debería haber salido en libertad. Varias de sus compañeras se quejan de lo mismo, y el ministro, junto con la directora de la cárcel, toma nota de los casos y se compromete a revisarlos.

Cuando Laura decidió alejarse de las drogas, estando en el patio más corrompido por esas sustancias, los talleres fueron una salvación. No sabía lo que se hacía allí, pero con el tiempo fue ganando experiencia hasta convertirse en monitora. Algunas de las mujeres que trabajan allí han recibido capacitaciones del Sena o instructores, pero otras son completamente empíricas.

El día que le dieron luz verde para empezar el proceso de rehabilitación en Sembrando Vencedoras, su estancia en la cárcel se partió en dos. Pasaba del patio 9 al espacio opuesto. Dejaba el overol caqui para vestir ropa corriente y ponerse el chaleco azul que la identifica como miembro de la comunidad terapéutica.

De eso ya pasó un año y medio, en el que aprendió a controlar la ansiedad de consumir drogas a punta de ejercicios calisténicos, talleres y un deseo que la mantiene en firme: volver a ver a su hija y a su madre.

Ahora le parecen eternas las visitas que le hacían cada semana, aunque entonces se fuera tan rápido el tiempo. ¿Y cómo no? Lleva más de nueve meses sin verlas. Sin abrazarlas. Sin sentirlas.

El buen pastor

Este es el patio de la comunidad terapéutica Sembrando Vencedoras.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

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Laura sostiene una de las joyas que ella misma fabrica dentro de la cárcel, y que son vendidas a través de la marca Libera.

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En la comunidad también hacen terapias con perros.

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Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

En su muñeca del brazo izquierdo tiene varias cicatrices de cortadas en forma de letra E. Es la inicial del nombre de su hija. Son producto de las jornadas de tristeza que llegan de vez en cuando.

“Lo más duro de todo esto es que mi hija no fue la única que se quedó sola. Esa mujer a la que maté, sin siquiera haberla conocido, también tenía unos niños que ahora se quedaron sin su madre”, dice Laura.

El pasado 25 de noviembre su niña llegó a los 11 años. Fue el segundo cumpleaños que tuvieron que pasar separadas por culpa de su detención. Y vienen las fechas más duras: Navidad y Año Nuevo. Pero Laura lo dice sin mucho pesar. Sabe que cuando salga no quedará ni el rastro de la mujer que era al llegar a la cárcel. Aún le quedan más de cinco diciembres tras las rejas.


JULIÁN RÍOS MONROY
En Twitter: @julianrios_m
Redacción Justicia

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