Un muerto ajeno en una cajita perdida

Un muerto ajeno en una cajita perdida

Sus restos se confundieron, 30 años después aparecieron y se los entregaron a su familia.

Toma del Palacio de Justicia, 1985

Se cree que Emiro estaba al lado de Reyes Echandía, su jefe, y dos escoltas, cuando un artefacto de largo alcance fue disparado hacia un baño donde se apelotonaban unas 30 personas.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

Por: Paulina Herrán Ocampo
19 de marzo 2019 , 10:13 p.m.

Un altar con fotos familiares, la taza de café con una casa campesina pintada. Una caja de cigarrillos Pielroja, ese tabaco fuerte sin filtro. Unos libros de derecho penal y criminología. Una máquina de escribir, que ya es una pesada reliquia, muchos arreglos de rosas rojas en plena florescencia. Nueve velones de color naranja en el piso, con diferentes letras que, en conjunto arman la expresión “No olvidar”, que se repite en unos vistosos estandartes ubicados a cierta distancia, del mismo número y del mismo color que los velones, que solo adquieren sentido cuando se elevan en conjunto. En frente, varias sillitas de madera, de ese color naranja que para la vista es difícil omitir.

Encima de ellas, unas imágenes en blanco y negro correspondientes a las hijas y a los hijos, a las esposas y a los esposos, a las madres y a los padres que se fueron en las más oscuras circunstancias, en uno de los momentos más agobiantes de la historia de Colombia.

Este altarcito, con tantas cosas que se pueden mencionar en diminutivos para que no calen tanto en el dolor de una pérdida, rinde homenaje en la Universidad Externado de Colombia a un hijo, esposo y padre que murió, apareció, desapareció
y, finalmente, se encontró luego de 30 años de espera y búsqueda: Emiro Sandoval Huertas.

Una toma anunciada

En los hechos del Palacio de Justicia, que ocurrieron entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985, Emiro Sandoval se convirtió en una víctima más, cuando era magistrado auxiliar de Alfonso Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia. Ese miércoles 6, Sandoval esperaba a su jefe, quien le daría instrucciones sobre los procesos que llevaban en la presidencia de la Corte Suprema. No era usual que Reyes Echandía acudiera ese día a su oficina, porque solía trabajar desde su casa.

A las 10:30 de la mañana empezó a entrar un numeroso grupo de guerrilleros vestidos de civil, que lograron ingresar sus armas gracias a que se habían removido, misteriosamente, las máquinas de control de las entradas. Unas horas antes había ingresado Alfonso Jacquin, uno de los comandantes de la operación, quien se hizo pasar por un abogado que revisaba procesos en la Secretaría del Consejo de Estado.

Desde allí se comunicó con Luis Otero, que esperaba afuera a su llamado para entrar con un grupo de refuerzo. Este plan estuvo al mando de Álvaro Fayad, coordinador de toda la operación.


En total ingresaron 25 hombres y 10 mujeres. Los insurgentes, que llegaron a las 11:00 a. m. por el estacionamiento, entraron a sangre y fuego. Eso dio aviso a los que habían entrado antes de completar el esquema; así anunciaron la toma armada al Palacio de Justicia.

Con las Fuerzas Militares dirigiendo la reconquista del edificio, sin una orden de negociar o de buscar la mediación de un tercero, la respuesta fue brutal. La entrada de cuatro tanques Cascabel al interior del Palacio de Justicia fue el inicio de la llamada ‘retoma’, como respuesta desproporcionada de los agentes del Estado. Desde allí, todo fue el imperio de las armas ante un Presidente que se escondió detrás de los sables.

Se presume que el magistrado auxiliar estaba al lado de su jefe y sus dos escoltas para cuando un artefacto de largo alcance fue disparado hacia el interior de un baño, donde se apelotonaban casi 30 personas más, entre esos algunos guerrilleros que comandaban la toma. Ninguno sobrevivió por las explosiones producidas al cuarto piso del edificio para facilitar la operación helicoportada del Ejército.

Teatro de confusiones

El 8 de noviembre, cuando el Palacio aún emitía una nube negra por el incendio de los días previos, la recuperación de los cadáveres fue una pesadilla. Sin el mayor respeto por el debido proceso de identificación, los cuerpos fueron tirados desde los pisos superiores al primer nivel, desnudos y lavados, para ser recuperados por sus dolientes.

Los restos se hallaron calcinados, en medio de un escenario macabro y de un ambiente irrespirable.

Con las cenizas bajo los pies, el olor a humo y a tejidos quemados, Amelia Mantilla recorrió personalmente las instalaciones de lo que había sido el despacho de su esposo. Este era un escenario aterrador donde agentes de la Fuerza Pública lavaban el área con mangueras para aguar las pruebas de lo sucedido.

“Esto no fue una confusión. En la debacle de la escena, mezclaron con afán los cuerpos y los bajaron como fuera para tapar el caos. Ellos le entregaron a cada familia lo que les provocó, pues la identificación oficial se hizo por objetos distintivos,
a pesar de que un número importante de cuerpos estaba incinerado. Por eso la gente aceptó los restos que les daban, porque no se podía saber quién era quién”.

En principio, para Amelia la entrega de los restos de su esposo había sido menos larga que para otros familiares de las víctimas, pero la identificación fue tan irregular e infortunada como las otras. “En la necropsia se aclaró que nos estaban entregando los huesos de dos personas distintas, uno de los cuales era Emiro, supuestamente”.

De las 101 personas que fallecieron, 56 fueron entregadas a las familias. Las demás fueron enviadas a una fosa común en el cementerio del Sur, en Bogotá.
Como se supo posteriormente, en esa fosa dejaron cuerpos de las víctimas del Palacio, pero también llegaron algunos restos de la avalancha que sepultó a la población de Armero (Tolima), exactamente una semana después.

La corbata morada

Alexandra Sandoval tenía tres años cuando su papá murió. Pasó algún tiempo antes de que las dudas internas empezaran a aflorar. La primera pregunta que se hizo fue la manera en la que habían reconocido a su papá en esas condiciones tan desconcertantes, que ella vino a conocer años después.

“Yo había oído la historia, pero nunca le había prestado mucha atención. La persona que lo identificó fue un funcionario de la Procuraduría, que no lo conocía, pero presuntamente lo descubrió por una corbata morada.
Hace unos años, le pregunté a mi mamá si mi papá tenía una corbata morada en su armario, y ella me dijo que eso no se usaba en esa época, que ese estilo era muy feo y muy corroncho”.

Para Amelia y Alexandra, tener unos restos que habían sido devueltos inmediatamente después de la tragedia significaba enterrar cualquier duda sobre el destino de Emiro. Era, a fin de cuentas, estar en una situación menos agobiante, pues el resto de familias no habían contado con la celeridad de Medicina Legal en la entrega de sus seres queridos. Ellas tenían algo de certidumbre en este mar de dudas, porque, al menos, tenían una parte de su padre y esposo, a quién despedir.

“Habíamos pasado bastantes años en una posición de ‘nosotros al menos tenemos un cuerpo’ y no participábamos mucho en las conmemoraciones que hacían las otras familias de los desaparecidos.
Sí exigíamos justicia, pero no nos pronunciábamos más”. El acercamiento posterior con los demás coincidió con el momento en el que se iniciaron los procesos de exhumación de los restos. Uno de los primeros en realizarse fue el de Emiro, en junio de 2015.

Las primeras exhumaciones se les hicieron únicamente a los cuerpos que habían presentado algún tipo de problema, como amputaciones. Pero, ante los evidentes errores en la identificación, Medicina Legal y la Fiscalía autorizaron desenterrar a todas las víctimas. En esas circunstancias, los restos auténticos de Sandoval fueron hallados dentro de las cajas que reposaban en la fosa común del cementerio del Sur.

Un muerto ajeno en una cajita perdida

Amelia Mantilla, Emiro Sandoval y su hija Alexandra. Emiro era magistrado auxiliar y falleció en la toma del Palacio.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

La caja de Pandora

A finales de julio de 2016, exactamente un año después de abrirse el proceso de exhumación, altos funcionarios de la Fiscalía se comunicaron con Amelia y Alexandra para darles una noticia que volvió a partir la historia en dos. No solo la de ellas, sino la del mismo Palacio de Justicia.

“Oficialmente se habían hecho todas las pruebas de ADN. El proceso de exhumación determinó que a nosotros nos habían entregado tres cuerpos, pero ninguno correspondía al de mi papá.
Hasta ese momento no se sabía siquiera de quiénes eran”. De esa inesperada certeza nacen nuevos interrogantes.

“Eso cambió las preguntas que tuvimos hasta ese momento sobre lo que teníamos antes de la exhumación, que eran acerca de qué le pasó a mi papá y cuáles fueron las circunstancias. Pero desde que nos dijeron que no era él, la cuestión fue, entonces, dónde está. Eso fue lo más difícil de entender. Ahora que tenemos los verdaderos restos, la pregunta vuelve a ser: ¿cuál fue la manera como moriría mi papá?”.

Amelia y Alexandra sienten que fueron engañadas durante 30 años. Todo ese tiempo estuvieron semana a semana rindiéndoles cariño y testimonio a los restos de su esposo y padre, que en realidad eran tres muertos en una sola caja, y ninguno de ellos era Emiro. Mientras tanto, los huesos de él aguardaban perdidos y anónimos en el cementerio del Sur en una “cajita”, como le dice Alexandra.

Ellas no fueron las únicas que sufrieron por todo el proceso irregular de Medicina Legal. La esposa de Libardo Durán, uno de los escoltas del magistrado Reyes Echandía, lloró durante treinta años la tumba de un desconocido. Los restos en realidad pertenecían a dos guerrilleros, entre esos Alfonso Jacquin, uno de los comandantes de la toma.
Al final, en las mismas tumbas se encontraron víctimas y victimarios.

Te busco...

Un año después les anunciaron a Amelia y a Alexandra que habían encontrado los verdaderos restos de Emiro. Para estar plenamente seguras, solicitaron a Medicina Legal que hiciera constataciones adicionales antes de formalizar la entrega. “No es que yo desconfiara, como les decía a ellos. Pero ya nos la hicieron una vez y no queremos que se equivoquen nuevamente”.

Alexandra aclara que la demora en la entrega fue por su decisión, y reconoce el respeto y la seriedad con que finalmente se resolvió todo el caos.

Un apoyo importante con el que han contado las familias ha sido el de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala, expertos mundiales en la identificación de huesos humanos. Uno de sus científicos estuvo en contacto con Alexandra y le explicó que la entrega de los restos de su papá en 1985 fue confusa de manera deliberada para impedir que ellas encontraran la verdad.

… Y te encuentro

El ciclo de búsqueda de Emiro Sandoval se cierra el 25 de abril de 2018, el mismo día que cumpliría 65 años. El altar con sus restos definitivos, sus preciados artículos cotidianos, sus imágenes y nuevas rosas rojas hacen parte del conmovedor homenaje en las instalaciones del Externado, su alma máter.

La entrega simbólica contó con la presencia de su familia, amigos cercanos, colegas y las familias de otros desaparecidos. Hubo un sentido homenaje musical con las canciones favoritas de Emiro, y cerraron con el bellísimo bolero de Celia Cruz Te busco.

Posteriormente, fue guardado en la cripta 415 de la iglesia de San Ignacio, en el centro de Bogotá, muy cerca del Palacio de Justicia.
Allí reposa al lado de Héctor Jaime Beltrán y Luz Mary Portela, ambos empleados de la cafetería del Palacio.

* Texto escogido como la mejor crónica del taller de este género del Fondo de Cultura Económica, que dirige el periodista y escritor Sergio Ocampo Madrid.

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