La historia del cruel feminicidio de Lucy, de 13 años
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La historia del cruel feminicidio de Lucy, de 13 años

El pasado 11 de diciembre, el juez de Nobsa, Boyacá, dejó en libertad al asesino de la menor.

Ángela Tristancho

Ángela Tristancho sostiene la foto de su hija Lucy mientras relata lo que ocurrió el 26 de junio de 2017.

Foto:

César Melgarejo. EL TIEMPO

Por: Jineth Bedoya Lima
13 de enero 2020 , 05:00 p.m.

Chicle Tomás. Así se llama el gato de Lucy. Él es una especie de guardián de la foto y la cama de la niña que encantaba a todos con su genuina sonrisa, y se entretenía en el tiempo libre horneando pasteles y postres para su mamá y su abuela.

Lucy, como le decían sus familiares y las amigas del colegio, era una niña comprometida con sus deberes escolares, noble, divertida, fiel a las costumbres católicas que le inculcaron en su casa, devota de la Virgen de Guadalupe y protectora de los animales. Ella y Chicle Tomás eran amigos inseparables. Y él, su gato, es el único testigo de su cruel feminicidio.

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Esa noche, en la que ella recibió toda la ira de Wílmar Fabián Macías Cubides –el único capturado por su crimen–, dormía abrazada al gato Tomás. Paradójicamente, dos horas antes se rehusó a quedarse en el cuarto de su abuela porque su mascota no podía dormir sola y decidió ir a su cuarto a acompañarlo.

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Cuando estaba completamente oscuro y todos dormían en la casa que queda sobre la carretera que comunica a Duitama con Nobsa, en Boyacá, la tía de Lucy escuchó sus gritos. “Mi hija me dijo que algo le había pasado a la niña y yo salí corriendo hacia su cuarto, pero hay que abrir la puerta porque las habitaciones dan hacia el patio de la casa. Corrí tan pronto como pude, pero todo estaba apagado y yo no encontraba los suiches de la luz. Cuando entré, ella estaba en el cuarto de enseguida, donde había dejado cargando su celular. Me estiró los brazos y suspiró. Las dos caímos al piso”. Ese es el recuerdo que tiene doña Cecilia de la noche del 25 de junio de 2017.

Ella nunca le vio sangre y no entendía qué había ocurrido. Cuando entraron sus otros hijos, que también viven en la casa, la levantaron y vieron su pijama teñida por completo de rojo en la espalda.

La envolvieron en una cobija, la subieron a un carro y se dirigieron al hospital de Duitama. En los 15 minutos de trayecto, que para ellos fueron horas, Lucy solo los miraba e intentaba respirar con mucha dificultad. La expresión de su cara les decía que estaba luchando para vivir. Pero los ojos de Lucy se fueron alejando, se fueron cerrando.

Mi hija me dijo que algo le había pasado a la niña y yo salí corriendo hacia su cuarto

Una vez en Duitama, ingresaron a la sala de urgencias y de allí, directo a cirugía; 20 minutos después, ya en la madrugada del 26 de junio, el médico de turno que la atendió salió a informarles que había hecho hasta lo imposible, que los 14 impactos con arma blanca (cuchillo) que la niña recibió en el pecho nunca tocaron su corazón, pero le perforaron los pulmones, y el paro cardiorrespiratorio que acabó con su vida fue inevitable.

El argumento que el médico le dio a la policía, que llegó a atender el caso, fue que la muerte de Ángela Lucía Sánchez Tristancho, con 13 años recién cumplidos, obedecía a un “crimen pasional”.

***

Las pupilas de los inmensos ojos azules de Ángela Tristancho se dilatan cuando empieza el relato de lo que vivió ese 26 de junio.

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Pocas semanas atrás, ella y su hija Lucy se habían mudado nuevamente a Duitama. Durante seis meses vivieron en Nobsa, tras la disolución de un matrimonio que dejó tres hijas. Ángela Lucía era la de la mitad y siempre fue la más apegada a su mamá, por eso decidió quedarse con ella.

En la casa de doña Cecilia les abrieron un espacio, les acondicionaron un apartamento pequeñito de dos alcobas y una sala, contiguo a la habitación de la abuela y los tíos. Allí estaban bien y Chicle Tomás podía tomar el sol en el patio ubicado contra una montaña que queda a cien metros y que sostiene una casa de una planta; ahí viven sus vecinos, los padres de Wílmar Macías.

Casa de la abuela de Lucy

En la casa de la abuela de Lucy hace unas semanas pintaron un colibrí en su memoria.

Foto:

César Melgarejo. EL TIEMPO

Lucy nunca tuvo contacto con él, no eran amigos y tampoco hablaba con ninguna persona de su familia. Wílmar es sordomudo y eso lo limitaba para interactuar solo con algunos compañeros de la mina de cal donde trabajaba.

“Ellos son una familia muy humilde y siempre los conocimos por ser los vecinos más cercanos, pero no teníamos una relación estrecha”, relata Ángela.

Para su cumpleaños, el 29 de mayo de 2017, la niña le manifestó a Ángela el deseo que tenía de hacer la primera comunión en Nobsa, en la emblemática iglesia que queda en un cerro del municipio. Acordaron cómo lo harían, porque ya estaban empezando de nuevo su vida en Duitama y tendrían que desplazarse los fines de semana. La niña iría todos los domingos, con su gato, y su mamá la esperaría en la casa al día siguiente.

Luego de hacer la inscripción en la parroquia, Lucy viajó hasta Nobsa para hacer su curso y se quedó en casa de doña Cecilia. Ese fin de semana fue el segundo que asistió a la catequesis.

Ellos son una familia muy humilde y siempre los conocimos por ser los vecinos más cercanos, pero no teníamos una relación estrecha

Siempre estaba feliz. Cursaba octavo grado en el colegio Seminario de Duitama. Su estudio siempre lo alternó con la ayuda a los animalitos que rescataba en la calle. Tenía esa costumbre –cuenta Ángela sonriendo–. Los recogía, les compraba medicinas y los curaba. Chicle Tomás fue uno de ellos; tenía solo ocho años cuando lo rescató y desde ese momento se convirtió prácticamente en su sombra”.

En medio de su relato, la mamá de Lucy regresa al instante en que fue consciente de que su hija había muerto. “Cuando llegué al Hospital Regional de Duitama, busqué al médico para que me dijera cómo estaba mi niña. Él solo me respondió: 'Su hija fue víctima de un crimen pasional'. A mí me dio mucha rabia porque la niña ni siquiera tenía novio. ¡Era una niña!...”.

Toma aire, se seca las lágrimas y añade que pudo ver a su hija cinco minutos después de su muerte. “Todavía tenía la carita calientica. La abracé por última vez”. Ángela no puede contener el llanto y se derrumba.

En ese infinito instante en el que se mezclan la incredulidad y el dolor, le prometió que cuidaría de Chicle Tomás. Ahora ella es quien duerme con él, lo abraza todas las noches y siente que tiene un trocito de su Lucy.

Chicle Tomás

Chicle Tomás, el gato de Lucy, pasa gran parte del día al lado de la foto de su dueña. Ella lo rescató de la calle cuando tenía ocho años y él, pocos meses de nacido.

Foto:

Milton Díaz. EL TIEMPO

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Tras el crimen, la Sijín de la Policía hizo una inspección en la casa, el cuarto de la menor y el área aledaña. Varios días de investigación les permitió allanar el domicilio de los Macías Cubides, donde recolectaron prendas de vestir de Wílmar. Gracias a pruebas con luces forenses y reactivos Blue Star, y tras las pruebas de ADN, se logró determinar su responsabilidad.

El hombre de 24 años fue capturado el 15 de agosto de 2017, tres meses después del crimen.

Pero lo más difícil estaba por llegar para la familia de Lucy. El pasado 11 de diciembre, el juez de Nobsa decidió darle casa por cárcel al victimario por considerar que no era un peligro para la sociedad. La medida estuvo antecedida por el vencimiento de términos al que se llegó por las dilaciones que la defensa de Macías generó durante el proceso.

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“Mi hija no era un borracho que estaba tirado en una tienda, era una niña que dormía en su cama, así que ¿cómo va a decir el juez que este hombre no es un peligro para la sociedad?”, reclama Ángela, quien en el último mes consuela a su mamá a través del teléfono, cada vez que ella le cuenta que acaba de ver desde el patio al asesino de Lucy.

Todos los días salgo a lavar la ropa y lo primero que veo es a ese hombre, riéndose, como si no hubiera pasado nada”, dice en medio del llanto doña Cecilia. Tiene miedo de que en la noche él regrese y le haga daño a alguien más.

Todos los días salgo a lavar la ropa y lo primero que veo es a ese hombre, riéndose, como si no hubiera pasado nada

A pesar de que la investigación sobre el autor material está prácticamente cerrada, pese a la falta de condena, hay aún muchas dudas y cabos sueltos en este crimen.

Ángela se pregunta por qué Wílmar Macías actuó en contra de su hija si ella lo conocía desde que era un niño. Cree que tal vez nunca haya justicia porque la defensa del agresor ha saboteado todas las audiencias y no se descarta que otras personas estén implicadas.

Por ahora, ella se encuentra con Lucy en sueños. La niña le ha dicho que no lloré más y que le prometa que va a seguir adelante porque donde se encuentra está bien.

Ángela decidió terminar su carrera de Sicología para entender por qué pasó esta tragedia, por qué la muerte tocó un pedazo de su alma, y no descarta que alguna de esas personas que dicen que se pueden comunicar con los gatos y los perros logren algo con Chicle Tomás. Él, entre tanto, sigue cuidando la foto de Lucy.

JINETH BEDOYA LIMA
Subeditora de EL TIEMPO
En Twitter: @jbedoyalima

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