Las heridas que quedan abiertas cuando se halla a los desaparecidos

Las heridas que quedan abiertas cuando se halla a los desaparecidos

La historia de tres familias: una lo encontró vivo, los otros dos fueron recibidos en féretros. 

Entrega digna de restos de desaparecidos

El pasado 21 de febrero, las familias recibieron a Wilson y a Dolfi en Villavicencio, Meta.

Foto:

Colectivo Orlando Fals Borda.

Por: Juan David López Morales
18 de junio 2020 , 10:57 a.m.

El hombre se fue un día del 2008. Nadie supo nada, nadie escuchó nada. Un día estaba y al otro ya no. Ningún familiar recibió noticias. Con los años, cada uno se enfocó de nuevo en lo suyo, sus preocupaciones, sus vidas. Solo una sobrina del hombre quedó a cargo de insistir en la búsqueda.

Esta historia no tiene nombres, porque todavía temen por su vida. Pero sí tiene quien la cuente: Nury Cabezas, enlace territorial del Colectivo Orlando Fals Borda en Tumaco, Nariño, y coordinadora del Grupo de Cantaoras de Esperanza y Paz de Tumaco, del cual también hace parte la hermana del hombre que había desaparecido y madre de la sobrina buscadora.

En Tumaco, el miedo no se ha ido y muchos desaparecidos no han regresado, pero estas mujeres los invocan en sus cantos, con sus dolores cotidianos acumulados y sus esperanzas de ponerles fin. Los armados aún tienen el poder de callar a los pobladores, y más que callarlos.

Un día de finales de abril de este año, la sobrina buscadora contestó su celular. Al otro lado de la línea, una voz que no escuchaba hace 12 años se le presentó por el apodo familiar. “Ella de la emoción casi no le entendía al tío lo que le decía”, cuenta Nury. Fue una llamada corta, emocionante y conmovedora. La sobrina del hombre quiso esperar hasta que pudiera ver a su madre para darle la noticia.

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A 630 kilómetros de allí, en Villavicencio, Meta, dos familias desconocidas entre sí se encontraron el 21 de febrero en un recinto de la Fiscalía donde dos féretros pequeños de madera barnizada color café les indicaban que sus búsquedas habían terminado: el del lado izquierdo, con el nombre y la fotografía de Wilson Castro Rubio; y el del lado derecho, con el nombre y la fotografía de Dolfi Monras Herrera.

Desde una vereda distante, a cuatro horas en carro de la cabecera de Mesetas, Meta, Zenaida Rubio recuerda cuando le avisaron que le iban a entregar a su hijo, Wilson. Tiene 63 años y vive sola. “Casi me hacen morir –dice, al recordar ese día–, porque yo estaba aquí, como de costumbre”. La llamaron por teléfono y, de forma cruda, le pidieron desde la Fiscalía que fuera a Villavicencio a recoger los restos de su hijo.

“La idea no era hacerme enfermar de los nervios o hacerme angustiar, pero de la Fiscalía me llamaron a palo seco”, cuenta. Entonces, llamó a Adriana Pestana, psicóloga del Colectivo Orlando Fals Borda, que la acompañó en su búsqueda por años, y le dijo que le parecía de mal gusto que le avisaran así. La psicóloga le respondió que esa no era la idea, que ellos le iban a contar con la delicadeza que merecía que, por fin, después de 15 años de preguntar con insistencia, los restos de su hijo volverían con su familia.

Así como apareció y pude recuperar los restos de mi hijo, ojalá muchas madres, hermanas y padres puedan aclarar su situación, recuperar al menos los restos y darles una sepultura

Wilson era jornalero, cuenta su madre. Recién había recibido su cédula, tenía poco más de 18 años. “Era mi brazo derecho, el niño más amable y bondadoso conmigo, trabajaba para mí, era todo, mejor dicho”, así lo recuerda Zenaida. Un día del 2005, salió a trabajar y no regresó. “Me quitaron el brazo derecho, me quitaron todo”, reclama.

A Wilson, al parecer, lo asesinaron y presentaron como baja en combate, como un ‘falso positivo’. “En ese tiempo era que no podía salir un muchacho solo a ningún lado porque lo desaparecían”, recuerda Zenaida desde su casa en zona rural de Meta.

Las dos familias poco se repararon ese día. Cada una estaba con su duelo, con su encuentro. Mientras Zenaida y su familia recibían a Wilson, al otro lado estaba la familia de Dolfi: la madre y dos hermanos. El desenlace de sus historias cruzó a las dos familias, pero las tramas fueron distintas.

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La última vez que Martha Monras la vio, ella tenía 13 años y Dolfi, su hermana, 14. “Ella cumplió 41 años”, dice, como si estuviera viva y llegara este año a esa edad. Siendo todavía una adolescente, la mayor se fue de la casa a trabajar a la ciudad, aunque a veces volvía a la finca. La familia es del municipio de Castillo, Meta. Lo que Martha sabe es que en medio de esas correrías, quién sabe si por la fuerza o por voluntad, Dolfi terminó en la guerrilla.

Ahora, Martha tiene 40 años, vive en Villavicencio y hace 14 trabaja en servicios generales. “De un momento a otro nos llegó la información de que ella había fallecido en una emboscada del Ejército, cuando iba caminando con más gente como a las 5 de la mañana” en algún lugar de Caquetá, cuenta. Fue el 21 de noviembre del 2007, sin embargo, la familia no recibió el cuerpo, ni noticias de dónde estaba. Nada.

“Después de tanto tiempo, salió en las noticias eso de las fosas comunes y mi mamá la vio en un retrato que salió por televisión, como en el 2017”, cuenta Martha. En 2016, el rostro de Dolfi salió en una edición de la revista Rastros, que editaba la Fiscalía General con información sobre desaparecidos, pero en ese momento su familia no se dio cuenta. La búsqueda las llevó a Granada, Meta, y allí la volvieron a ver en una cartelera informativa.

Les tomaron muestras de ADN y comenzó el proceso para corroborar la identidad de Dolfi. Fue apenas hasta finales del 2019 que les informaron que sí, que uno de los cuerpos sin identificar que reposaban en el cementerio de La Macarena era el de ella.

Las identificaciones de Wilson y Dolfi se lograron porque, en 2010, se hizo una audiencia pública en La Macarena en la que organizaciones de la sociedad civil pidieron la identificación de unos 2.300 cuerpos sepultados en cinco cementerios de los Llanos.

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Se logró un convenio con la Fiscalía, Medicina Legal y la Registraduría que permitió identificar preliminarmente 830 cuerpos, entre los que estuvieron estas dos personas, gracias a información documental como las pruebas de necrodactilia, explica la psicóloga Pestana. Luego, las pruebas de ADN permitieron corroborar quienes eran y entregarlos a sus familias.

Hasta ahora, el trabajo del Colectivo Orlando Fals Borda ha permitido la entrega digna a sus familias de más de 130 personas dadas por desaparecidas.

Cantaoras de Tumaco

Las cantaoras Esperanza y Paz (Tumaco) son mujeres que se unieron como víctimas en ese municipio.

Foto:

Colectivo Orlando Fals Borda.

Respuestas incompletas para heridas abiertas

La desaparición es un crimen de ocurrencia permanente en el tiempo, hasta que se conoce el paradero de la persona. Entonces, el duelo suspendido por años, incluso décadas, logra encausarse hacia un último adiós, pero aun así, las heridas que deja son tan hondas que, para que sanen, no basta con que los cuerpos, vivos o muertos, regresen al seno de sus familias.

“Cuando a mí me llamó Medicina Legal, lo primero que hice fue preguntar: ¿y los restos de mi sobrino?”, cuenta Martha Monras. Para la familia de Dolfi, este no es un caso cerrado. Hasta donde saben, al momento de su muerte ella tenía alrededor de 7 meses de embarazo. Eso se los contó la pareja sentimental de ella por esos años. La última vez que la madre de Dolfi la vio, entre 2006 y 2007, todavía no estaba embarazada. Luego, le perdieron la pista hasta que supieron de su muerte. “No, señora, aquí no aparece nada”, le respondieron de Medicina Legal.

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El día de la entrega de los restos, insistieron en la pregunta. Incluso, llamaron por teléfono a la antigua pareja de Dolfi, para que él, que era el que sabía, les ratificara a los funcionarios de la Fiscalía que, aunque no apareciera en los registros de la necropsia, Dolfi esperaba un bebé.

Martha dice que están desilusionados, que no se sienten satisfechos con las respuestas que han recibido. ¿Murió el bebé de Dolfi en el mismo momento? ¿Sobrevivió? Si murió, ¿por qué no están sus restos si estaba próximo a nacer? Si sobrevivió, ¿qué pasó con él? Estas preguntas siguen rondando a la familia Monras Herrera más de una década después. Al menos tienen una certeza: sus restos reposan en una bóveda del cementerio de Villavicencio a donde pueden ir a visitarla.

Para la madre de Wilson Castro, las respuestas que faltan son de otro tipo. Aunque hasta donde ella sabe por el asesinato de su hijo no hay nadie condenado, ni está al tanto de en qué van las investigaciones, esa no es la única forma de justicia que espera. "Aquí vivimos como del clima", dice, refiriéndose al caserío campesino donde viven cerca de 70 familias, incluida ella.

El año pasado estuvo en Europa, contando su historia y reclamando que le entregaran a su hijo. Ese viaje pudo hacerlo gracias a las organizaciones que la han acompañado, porque su estilo de vida, sencillo, precario, está muy lejos de los países que visitó entonces, desde España hasta Suiza.

Aunque vive sola, Zenaida reconoce que sus hijas se han mantenido pendientes de ella, aunque han ido creciendo y se han ido con sus propias obligaciones. Su cuba -como llaman en los Llanos y otras regiones del país a los hijos menores- ya tiene 27 años. Wilson era el menor de los hijos hombres, un poco mayor que ella, y era el que trabajaba para que a su madre no le faltara nada.

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"Yo lo que sí le quiero pedir al Gobierno ahorita, en esta pandemia que estamos, es que nos tengan muy presente al pueblo campesino de las partes más alejadas. También somos colombianos que hemos entregado todo por el pueblo y para el pueblo y no hemos recibido nada a cambio. Aquí hay mucha gente humilde", dice. Esa es la justicia que reclama Zenaida, quien recibe cada mes un subsidio de adulto mayor de unos 80 mil pesos y nunca ha sido indemnizada por el caso de su hijo.

En Tumaco, la hija de la cantaora esperó hasta poder verse con ella para contarle, cara a cara, que el tío había aparecido vivo, que decía que las recordaba, extrañaba y quería verlas. No fue fácil, por las medidas de bioseguridad a causa de la pandemia de coronavirus que ha golpeado con fuerza a ese municipio del Pacífico nariñense: más de 1.100 contagiados y más de 40 fallecidos lo demuestran. A las 4 p.m. todos deben estar en sus casas y el contacto social es el mínimo posible.

Nury Cabezas describe a la mujer cantaora, de más de 60 años, como reservada, "no tan expresiva". Cuenta que cuando supo la noticia, se sintió contenta, "aunque no lo haya expresado de la manera que lo hacemos normalmente". Aquella mujer tiene razones de peso para no encontrar felicidad completa en la aparición de su hermano con vida.

Poco tiempo después de que el hombre desapareciera, un hijo de ella también fue desaparecido. A diferencia del caso de su hermano, del que no tenía mayor información, en el de su hijo sí sabía suficiente como para agudizar su dolor de madre. "Se sintió mucho más que confundida, se preguntaría dónde está su hijo y por qué no aparecieron los dos", reflexiona Nury.

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El reencuentro con el hermano fue por videollamada. Aunque los equipos del Colectivo Orlando Fals Borda trabajan para hacer real el encuentro y que puedan abrazarse como no lo hacen desde hace 12 años, las restricciones actuales lo dificultan. Por ahora, saben que el hermano de la cantaora no la ha pasado fácil. Está en una región del país distante al Pacífico, pero no es lo más lejos que ha llegado en estos años. Trasegó por medio país después de que lo amenazaron y lo obligaron a huir de Tumaco.

A la esposa y la hija que quedaron atrás cuando se fue, no las han logrado encontrar para contarles que sigue con vida. Este capítulo sigue abierto, porque incluso cuando los desaparecidos vuelven, no como presencias ausentes sino como cuerpos vivientes, los dolores no se terminan de cerrar.

JUAN DAVID LÓPEZ MORALES
​Redactor de JUSTICIA
Twitter: @LopezJuanDa

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