Álvaro Gómez Hurtado: 25 años de un magnicidio

Álvaro Gómez Hurtado: 25 años de un magnicidio

El excandidato presidencial era una de las figuras de la política más respetadas de la época. 

Álvaro

Álvaro Gómez Hurtado fue asesinado el 2 de noviembre de 1995 a la salida de la Universidad Sergio Arboleda, en el norte de Bogotá.

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Archivo EL TIEMPO

Por: Justicia
02 de noviembre 2020 , 04:14 a. m.

Hoy, 2 de noviembre, se cumplen 25 años del asesinato del líder conservador Álvaro Gómez Hurtado, un magnicidio que por el significado histórico de su víctima y por las implicaciones políticas y jurídicas que aún sigue teniendo podría considerarse como el punto de encuentro de los relatos y misterios sobre un crimen que impactó la vida nacional de las últimas tres décadas.

Cuando Álvaro Gómez fue asesinado era un símbolo del pasado y del poder y era también una de las figuras con mayor autoridad política en Colombia.

Hijo de Laureano Gómez y heredero de su causa, candidato a la presidencia en tres ocasiones (1974, 1986 y 1990), presidente de la Constituyente de 1991, periodista de larga trayectoria, profesor, ideólogo, Gómez era la personificación de la historia del país durante el siglo XX.

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Y aunque muchos lo veían en 1995 como un patriarca retirado de la vida pública, sus reflejos políticos seguían intactos y su incurable pasión por influir y agitar ideas también. Ya fuera desde los editoriales de 'El Nuevo Siglo' o desde la cátedra o la tribuna como conferencista y opinador, Gómez murió como había vivido, defendiendo su pensamiento y expresándolo allí donde hubiera un auditorio que quisiera escucharlo.

Su asesinato se enmarca también dentro de la profunda crisis que vivió Colombia después de las elecciones presidenciales de 1994, cuando se comprobó que dinero del cartel de Cali entró a la campaña de Ernesto Samper Pizano, el candidato ganador.

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Gómez, que tenía una buena relación con Samper, según ha reconocido varias veces este último, fue uno de los primeros en recibir los famosos ‘narcocasetes’, en los cuales se revelaba la financiación del cartel en la campaña del 94.

Su reacción inicial fue de cautela, como dándole el beneficio de la duda al presidente. También porque creía que el país no podía ni debía someterse a las presiones de los Estados Unidos.

Álvaro Gómez Hurtado asesinato

La familia de Álvaro Gómez Hurtado ha salido a negar tajantemente la versión dada por los líderes de las ex-Farc. Según la versión del exmilitante de las Farc, el gatillero fue alias el Profe.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Gómez decía que el Gobierno americano no tenía ninguna autoridad moral para exigirle nada a Colombia en materia de drogas ilícitas, pues la causa del problema estaba en la demanda, allá, y no en la oferta, acá. Su tesis era clara: el país era víctima y no victimario en el problema del narcotráfico y las instituciones colombianas no tenían por qué estar pasando exámenes cada tanto a los americanos.

Colombia en 1995

A principio de 1995, los dos temas más importantes eran el escándalo en ciernes de los ‘dineros calientes’ en la campaña del 94 y el inminente diálogo con las Farc, que habían pedido la desmilitarización del municipio de La Uribe, su viejo bastión en el departamento del Meta.

Después de unos meses de pulso político, el Gobierno aceptó empezar allí el diálogo exploratorio para abrirle camino a la paz. Dicho intento empezó a tener oposición por parte de quienes no estaban de acuerdo con el despeje transitorio de La Uribe, y también porque la Fiscalía objetó que miembros de la guerrilla incursos en procesos judiciales fueran interlocutores en el diálogo con el Gobierno.

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Como lo dijo Antonio Navarro por esos días desde su alcaldía en Pasto: “Veo niebla en el horizonte”.

El negocio de la guerrilla es tan grande, el segundo más grande después del narcotráfico, que hay que proponerles algo lo suficientemente grande como para que acepten dejar las armas…

Pero Álvaro Gómez salió a apoyar la idea del diálogo y en una entrevista dijo: “La paz es muy importante como para que estemos dependiendo de La Uribe sí o La Uribe no. Si ese es el problema, hagamos el diálogo en el hotel Tequendama…”. Y añadió: “El negocio de la guerrilla es tan grande, el segundo más grande después del narcotráfico, que hay que proponerles algo lo suficientemente grande como para que acepten dejar las armas…”.

Eso decía Álvaro Gómez en 1995, el año en el que lo mataron. Pero ya para ese momento su postura frente a Samper se había endurecido. Para Gómez, el problema no era ni siquiera la ilegitimidad de la elección presidencial, sino lo que el llamaba la acción del ‘régimen’.

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Según el escritor Juan Esteban Constaín, columnista de este diario, Gómez empezó a concebir esa idea del ‘régimen’ desde finales de 1992, cuando sintió que las grandes reformas de la Constitución del 91 habían sido pervertidas y adulteradas, como en un contragolpe, por un sistema político corrompido que se negaba a cambiar y que había hecho del poder un proyecto mafioso en el que confluían los intereses más oscuros.
Por eso, decía Gómez, el rasgo característico del ‘régimen’ era la complicidad: hacer de la política un negocio y del Estado un botín.

Se pretende tener a la gente comprometida por interés”, escribió Gómez, “el ‘régimen’ está integrado por diversos factores que operan en conjunto, en virtud de una red de compromisos de impunidad en torno al aprovechamiento de los gajes del Estado…”.

Y aunque también decía que el presidente era “un prisionero del ‘régimen’ ”, su análisis de fondo fue coincidiendo cada vez más con su dura postura contra el gobierno de Samper. El 30 de octubre de 1995, Gómez escribió en su periódico: “Este hecho (el ingreso de dineros ilícitos a la campaña) ya comprobado es lo que ilegitima al Régimen que padecemos. Por eso nosotros hemos sostenido que el único propósito político válido es tumbarlo…”.

En noviembre de 1995 vino entonces el asesinato de Gómez Hurtado y en medio del dolor y la gran indignación de todo el país por el crimen, se empezaron a tejer las versiones sobre su muerte.

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El magnicidio

Gómez Hurtado fue sorprendido por las balas cuando salía de la Universidad Sergio Arboleda de dictar una clase de cultura colombiana, que ponía a los jóvenes estudiantes frene a uno de los más preparados pensadores del país.

Se mencionó entonces la existencia de un grupo de militares que estarían relacionados con el magnicidio y la Procuraduría alcanzó a formular cargos a uniformados que tendrían relación con supuestos paramilitares de Sucre.

Luego apareció la tesis de la participación de hombres de la Brigada 20 del Ejército y una supuesta retaliación porque Gómez Hurtado no se habría prestado para apoyar una intentona de golpe de Estado.

En las investigaciones también han aparecido menciones al general en retiro Rito Alejo del Río y sus alianzas con el exjefe de las Auc Carlos Castaño. Y luego la vinculación del cartel del Norte del Valle del Cauca, que lo habría perpetrado para hacerles un favor a políticos. Por lo sucedido se han hecho señalamientos al expresidente Samper, ninguno de los cuales fue probado.

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En un giro inesperado de la historia, en los primeros días de octubre, las Farc se atribuyeron la responsabilidad del asesinato de Gómez. Dicen que fue un ajuste de cuentas a un viejo enemigo. La familia no les cree, advierte sobre el riesgo de la impunidad en el proceso y pide que haya un juicio en el que las pruebas y los testimonios de estos 25 años de investigaciones sean evaluados por un juez competente, distinto a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

La Fiscalía mantiene la investigación sobre los hechos y ya citó a declarar como testigos a varios políticos, a excapos del narcotráfico y a dos de los exjefes de la desaparecida guerrilla.

JUSTICIA
En Twitter: @JusticiaET

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