El peligroso juego de ‘cascarle’ al Esmad / En el ojo de la justicia

El peligroso juego de ‘cascarle’ al Esmad / En el ojo de la justicia

Ya es común que en las protestas legítimas se cuelen vándalos que atentan contra este escuadrón. 

Disturbios entre esmad y estudiantes uniatlantico

Nos acostumbramos a ver cómo en medio de protestas legítimas se cuelan vándalos profesionales que no lo dudan a la hora de apuntar contra la humanidad de los uniformados.

Foto:

Vanexa Romero/EL TIEMPO

Por: Jhon Torres
20 de octubre 2019 , 10:44 p.m.

En los convulsionados tiempos que se viven en el país por la cascada de protestas de los últimos meses, un cuerpo del Estado, el Esmad de la Policía, aparece cada vez con más frecuencia en primeras planas.

Incluso se han visto marchas de universitarios que piden su disolución. Y ese discurso es promovido o magnificado por algunos políticos que saben que, con razón o sin ella, es rentable apuntar su artillería verbal contra los antidisturbios.

En las redes sociales y en las calles, en el mundo real, ‘cascarle’ al Esmad parece haberse puesto de moda. Una posición irreflexiva que no solo implica una profunda desinstitucionalización, sino que plantea un dilema sin solución: si se acabara el Esmad, como algunos pretenden, habría que crear otro, con las mismas funciones y procedimientos similares.

Por supuesto, hay excesos documentados, varios de ellos acompañados de condenas judiciales. Hace apenas un par de semanas, la Corte Suprema de Justicia tumbó un preacuerdo que favorecería a un miembro del Escuadrón Móvil Antidisturbios que, en una protesta, disparó una granada de gas directamente contra un joven de 15 años. La víctima murió a los pocos días por el trauma craneoencefálico.

Marchas 2

El Esmad llegó hasta el sitio con el fin de desocupar y habilitar de nuevo los carriles de la vía.

Foto:

Camilo Peña / EL TIEMPO

Pero esos casos, que deben ser condenados sin miramiento alguno, no retratan a la mayoría de esos hombres y mujeres entrenados para soportar, estoicamente, agresiones que en otros países tendrían enérgicas respuestas, tanto en el lugar de los hechos como en los estrados judiciales.

Una de las normas de conducta más interiorizadas en democracias más garantistas que la nuestra, como las europeas y Estados Unidos, es que físicamente, al policía no se le toca. Cualquier transgresión de ese código comporta durísimas consecuencias penales y puede poner en riesgo la integridad del agresor.

Acá, por desgracia, nos acostumbramos a ver cómo en medio de protestas legítimas se cuelan vándalos profesionales que no lo dudan a la hora de apuntar contra la humanidad de los uniformados sus bombas incendiarias y sus papas explosivas.
En esta partida el país no puede equivocarse. La Policía debe ser cada vez más exigente en sus protocolos para prevenir y poner en manos de las autoridades competentes los excesos de fuerza y eventuales delitos.

Pero la sociedad toda, y especialmente los jueces, debe entender que normalizar las agresiones contra la Fuerza Pública, como ha pasado en decenas de casos, equivale a abrirle las puertas a una situación de caos en la que solo salen ganando los que medran de la violencia.

JHON TORRES
EDITOR EL TIEMPO@JhonTorresET

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