'En la guerra perdimos todos': sobreviviente a toma de Miraflores

'En la guerra perdimos todos': sobreviviente a toma de Miraflores

Wilson Benavídez sobrevivió a la toma de las Farc de Miraflores. Ahora, habla del futuro que quiere.

Wilson Benavídez, soldado Miraflores

Wilson Benavídez sobrevivió a la toma guerrillera de Miraflores y estuvo secuestrado tres años por las Farc.

Foto:

Milton Díaz. EL TIEMPO

Por: María Isabel Ortiz Fonnegra
02 de agosto 2019 , 09:13 p.m.

Wilson Benavídez tenía 20 años de edad y le faltaban cuatro meses de servicio militar cuando el ataque a una patrulla de reconocimiento y luego el temblor de la tierra que ocasionó la caída de cilindros bomba le hicieron pensar que tal vez ese lunes 3 de agosto de 1998 sería su último día de vida.

Esa noche diversos frentes de la entonces guerrilla de las Farc que conformaban el bloque oriental comenzaron un ataque que duró más de 20 horas contra la base antinarcóticos de la Policía en Miraflores, Guaviare, considerada como uno de los principales centros de lucha antidrogas del país, y un batallón del Ejército.

Antes de ser reclutado, Wilson trabajaba en una mina en Muzo, Boyacá. Recuerda que el día antes de entrar al Ejército, a sus 19 años, fue a visitar a su mamá y lo “bajaron del bus”, le hicieron los exámenes de ingreso –era apto para el servicio– y a los dos días lo enviaron a prestar servicio militar a San José del Guaviare, Guaviare. A Miraflores llegó 14 días antes de la toma guerrillera, junto con una compañía que llegó a relevar a otros soldados que habían estado allí más tiempo.

En la base de Miraflores fue dragoneante, patrullaba de garita en garita que todo estuviera bien, pero durante el ataque se convirtió también en cocinero, para que sus compañeros que estaban repeliendo las balas tuvieran fuerzas; fue operador de radio, luego de que un compañero suyo se quedara en shock durante el asalto; técnico reparador de ametralladoras, cuando el armamento que tenían comenzó a fallarles, e incluso estuvo disparando y repeliendo a los insurgentes hasta que ya no pudieron resistir más.

“Eso fue una pelea de tigre con burro amarrado”, recuerda, pues la guerrilla se enfrentó a soldados regulares, que no tenían tanta experiencia, que habían llegado hace poco al terreno y cuya tarea era apoyar las labores de control que la Policía antinarcóticos hacía en el aeropuerto de Miraflores para detectar y detener envíos de droga.

“No sé cómo soportamos tanto o logramos, por lo menos, salvar las vidas de los que estábamos allí”, añade Wilson, quien recuerda los detalles de ese lunes –en el que unos 800 guerrilleros se enfrentaron a poco más de 150 soldados y policías–, así como de los tres años que estuvo en cautiverio, pues fue uno de los 100 miembros de la Fuerza Pública que fueron secuestrados por las Farc ese día.

Wilson Benavídez, soldado Miraflores

Wilson sostiene una foto suya que fue tomada como prueba de vida y enviada a su familia durante su cautiverio. La libreta con tela militar la hizo artesanalmente durante el secuestro.

Foto:

Milton Díaz. EL TIEMPO

Durante el combate los soldados quedaron atrapados en su base “como en una ratonera”, no podían salir porque afuera los guerrilleros usaban todo su arsenal, disparaban contra las mallas y los muros de la base, que temblaban y se resquebrajaban cada vez que estallaba un cilindro bomba, y el polvo y la tierra que se levantaba en ese momento les nublaba la vista.

De otro lado, a los impactos y temblores que causaban los cilindros se sumaron los de las cargas explosivas que desde el aire lanzaban aviones de la Fuerza Aérea, que llegaron a apoyar a los soldados y policías.

Rendirnos no fue un acto de cobardía, la decisión de mi sargento nos salvó la vida; si no, hubiera sido una masacre

Wilson dice que aún hoy, 21 años después, siente un temblor o vértigo como lo que sintió ese día. También recuerda que los soldados sentían temor de que esas bombas que lanzaban los aviones para ayudarlos terminaran cayendo sobre ellos. Luego de varias horas de combate, escucharon cómo los guerrilleros les gritaban “no se hagan matar, muchachos, salgan, les respetamos la vida”, recuerda, “pero en ese momento ya no estábamos pensando en la vida, íbamos a seguir ahí hasta que se acabara”, narró.

Hacia las 5 de la tarde del 4 de agosto, cuando todavía continuaba el cruce de fuego, el sargento que los estaba comandando les dio la orden de detenerse. “Rendirnos no fue un acto de cobardía, la decisión de mi sargento nos salvó la vida; si no, hubiera sido una masacre”, detalla Wilson.

Antes de salir con los brazos arriba, como se ve en videos que grabaron los guerrilleros de esta toma, la compañía de soldados destruyó el armamento que les quedaba para que las Farc no se quedaran con él; luego de eso comenzó un calvario peor que las horas que había acabado de vivir.

Toma de MirafloresToma de Miraflores
Wilson Benavídez, soldado Miraflores
Los días de cautiverio

Si resistir a un ataque guerrillero como el de Miraflores fue una hazaña, sobrevivir en la selva fue casi sobrehumano.

Durante el primer año de cautiverio, Wilson tuvo paludismo, “comenzó como a secárseme la piel, parecía un esqueleto; solo podía estar acostado, tuve fiebre, un escalofrío que parecía como párkinson, no escuchaba ni veía, también dejé de hablar. Todo lo que comía lo devolvía, así que mi único sustento fue una bolsa de suero con vitaminas”, relató.

Ante los temblores, sus compañeros de secuestro trataban de arroparlo y lo envolvían con sus medias y ropa para que él no sintiera el escalofrío.

En medio de estas aflicciones, los guerrilleros lo trataron con un medicamento que le producía un ardor insoportable en las palmas de las manos y las plantas de los pies, por lo que algunas noches, recuerda Wilson, gritaba desesperado.

Uno allá está prácticamente condenado a una cadena perpetua, uno no sabe cuándo va a salir

El segundo año estuvo mejor, pero tuvo otras afectaciones de salud, además de discusiones con guerrilleros que por poco le cuestan la vida.

Para pasar el tiempo, cuando no estaba trotando para liberar ansiedad y estrés, se dedicó a las artesanías. Todavía conserva una libreta que hizo con pedazos de tela de uniformes militares, cosida con hilos que logró sacar de sus medias. En ese cuaderno guarda las fotografías de su cautiverio, un recorte de un periódico de la época que hablaba de la toma y cartas que escribió pero nunca pudo enviar cuando estuvo secuestrado.

En esos momentos ya estaban en las negociaciones de paz en el Caguán, entre el expresidente Andrés Pastrana y las Farc, pero pensaba en que en lugar de mediar para liberarlos lo antes posible, el Gobierno primero le dio a la guerrilla unos terrenos mientras que ellos seguían sufriendo, “pensaba que nuestras vidas ya no valían nada”, relata.

A pesar de los rumores de la liberación en medio de las negociaciones del Caguán, Wilson fue incrédulo. “Uno allá está prácticamente condenado a una cadena perpetua, uno no sabe cuándo va a salir”, señala, por eso solo cuando en junio del 2001 los llevaron hasta el avión que los sacó de la selva se convenció de que al fin saldría.

Volver a la vida civil
Wilson Benavídez, soldado Miraflores

Un día antes de ser liberados, Wilson le pidió una cámara a una guerrillera y tomó estas fotos de la emoción que sentían todos sus compañeros en ese momento. Foto: Cortesía wilson Benavídez.

Foto:

Milton Díaz. EL TIEMPO

Luego de ser liberado estuvo varios días en el hospital, mientras le hacían chequeos médicos; si bien salió de la selva, le costó mucho readaptarse a la vida civil.

Wilson fue diagnosticado con estrés postraumático, como la mayoría de sus compañeros, y fue pensionado por el Ejército. “Sentía estrés, no era muy social, me encerraba en mi casa, no me adaptaba a la tecnología, no conseguía empleo y llegué a una encrucijada en la que no tenía expectativas de vida ni algo definido”, comentó, y agregó que la lucha es dura pero ha logrado salir adelante.

Queremos una nueva Colombia, generar empleo, ser útiles; esto también es un mensaje de resiliencia

Luego de unos duros años logró estabilizar su vida, con su pensión ha podido vivir y compró un lote en Soacha, Cundinamarca, donde poco a poco ha construido su hogar.

Estudió y aprendió varios oficios, entre esos, ebanistería, construcción, peluquería y barbería, y ahora está emprendiendo para montar una cadena de barberías en Bogotá.
Comenta que quienes sobrevivieron a esta toma quieren sacar adelante sus proyectos de vida y aportarle a Colombia desde otro frente, que no son “una carga fiscal” para el país, como, dice, a veces se refiere la gente sobre ellos porque están pensionados por la nación.

“Queremos una nueva Colombia, generar empleo, ser útiles; esto también es un mensaje de resiliencia”, comentó, y resaltó que así como ahora los guerrilleros de las Farc que dejaron las armas en el proceso de paz de La Habana, Cuba, tienen proyectos productivos, ellos también quieren hacer lo mismo.

Más de dos décadas después de lo sucedido, al pensar en los guerrilleros desmovilizados y en los exjefes de las Farc que hoy son políticos, Wilson dice que no siente odio, “lo que pasó fue en medio del conflicto, todos perdimos en la guerra”, dijo, aunque sí desea que las Farc reconozcan el daño que causaron y reparen a sus víctimas. A pesar de los horrores que vivió, para él es claro que “siempre es mejor un país en paz que en guerra. La guerra genera división y atraso”.

MARÍA ISABEL ORTIZ FONNEGRA
REDACCIÓN JUSTICIA
En Twitter: @M_I_O_F

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