El último viaje de los espíritus de Bojayá

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Por fin, las víctimas de la masacre ocurrida en el 2002 serán sepultadas. 

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El último viaje de los espíritus de Bojayá

Por fin, las víctimas de la masacre ocurrida en el 2002 serán sepultadas. Sus dolientes los despiden en medio del dolor.

Por: José Alberto Mojica
Enviado especial El Tiempo - Bojayá, Chocó

Y ahí está la tumba, y las cuatro velas. Cristo, al medio. Dios los lleve a descansar. La cantaora entona esa frase como un lamento y las otras cantaoras que la acompañan las siguen en coro: Y ahí está la tumba, y las cuatro velas. Cristo, al medio. Dios los lleve a descansar. Viernes 15 de noviembre del año 2019. Son las ocho de la noche. Las cantaoras están al frente del auditorio público de Bellavista, en el casco urbano de Bojayá, en el Chocó, convertido en un altar. Realmente es el nuevo Bellavista, el lugar a donde fue trasladada la población tiempo después de la masacre ocurrida el 2 de mayo del año 2002. La peor masacre en los más de 50 años del conflicto armado colombiano. La peor de las masacres en un país donde no dejan de ocurrir masacres, como las recientes en el norte del Cauca. Sobre la tarima hay más de 80 cofres de madera –de 70 centímetros de largo por 30 de ancho– en cinco filas ascendentes. Son los restos –huesos, huesitos– de las víctimas de semejante infamia que lograron ser identificadas casi 17 años y seis meses después. Y que volvieron a su territorio, a los brazos de sus dolientes, que por fin podrán despedirlos.

En pocas palabras: los muertos de Bojayá –los espíritus, dicen aquí– por fin podrán descansar en paz.De los cerca de 80 cofres, 45 son blancos: niños. Ellos fueron las principales víctimas. Se cuentan bebés de apenas un día de nacidos –como Freddy Chaverra Córdoba– y otros más que murieron en los vientres de sus madres. Los demás están pintados de café: los adultos. Los cofres están decorados, cada uno, con una corona de flores blancas y con ramos del mismo color, que bordean un portarretratos. La mayoría tiene, encima, la foto del difunto, con el nombre, la edad y el apodo, si es que lo tuvo en vida. En tierras chocoanas es común ponerle apodos a la gente:

–Wálter Mena Mosquera, 15 años, Papi.
–Ana Cecilia Mena Mosquera, 19 años, Florecita.
–María Rosa Mosquera, 34 años, Pita.

Y así. Otros más, muchos más, no tienen foto. Como Argenio Palma Moreno, el hijo de María Aurelia Moreno Mena, de 14 años, quien murió al lado de la abuela materna, María Eugenia Chaverra, de 60 años. “Ese es mi hijo, pero no tiene foto. En esa época no era como ahora que la gente se toma tantas fotos con los celulares”, lamenta María Aurelia. En el portarretratos aparece un crucifijo, sin Cristo, con alas en los brazos y flores en los pies. Su madre, Minducha –así le decían–, aparece elegante con una blusa amarilla. Los recién nacidos y los bebés que murieron tampoco tienen foto. No les alcanzó la vida para quedar en una. La guerra no se los permitió. Están representados en dibujos de angelitos negros, con los ojos cerrados, con los crespitos y las manos en señal de oración. Con alas. Angelitos y angelitas negros. “Dios los lleve a descansar”, cantarán las cantaoras en sus alabaos.

Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá

Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá. De los más de 80 cofres que se entregaron con restos de las víctimas identificadas, los blancos corresponden a niños.

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO
Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá

De los más de 80 cofres que se entregaron con restos de las víctimas identificadas, los marrones corresponden a restos de personas adultas.

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO
Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá

La Guardia Negra, junto a la Fiscalía y a voluntarios de la Cruz Roja, fueron los encargados de vigilar el sepelio de los restos de las víctimas.

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

Así fue la masacre

La masacre de Bojayá se podría resumir así: el 2 de mayo de 2002, centenares de hombres de los frentes 5, 34 y 57 del bloque ‘José María Córdoba’ de la entonces guerrilla de las Farc se enfrentaban ferozmente con los paramilitares del bloque ‘Élmer Cárdenas’ de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), con los que se disputaban el control de estas tierras del Medio Atrato.Llevaban varios días dándose bala y gran parte de la población –más de 100 personas– se refugió en el lugar más seguro posible: la iglesia de San Pablo Apóstol. Pero el templo fue blanco de uno de al menos tres cilindros bomba que lanzaron los guerrilleros. Una de las pipetas traspasó el techo de la iglesia, cayó sobre el altar, explotó y mató a todo ese montón de personas.

Los muertos –explica José de la Cruz Valencia, líder del Comité de Víctimas de Bojayá– fueron enterrados días después en una fosa común. Sin saberse quién era quién.Luego, los exhumaron y los llevaron al cementerio del pueblo nuevo y los volvieron a enterrar, sin saberse quién era quién. Solo a partir del 2016, en plenos diálogos de paz en La Habana, el caso de Bojayá fue considerado prioritario.

Y se hizo la gestión de las víctimas de la masacre. Y los restos fueron inhumados nuevamente y llevados a la sede de Medicina Legal en Itagüí, Antioquia, donde después de una compleja investigación forense lograron ser identificadas 72 de las víctimas fatales. Además hubo 7 restos sin perfil genético, 1 con perfil genético pero sin identificar y 1 caso de estructuras óseas aisladas. El pasado lunes 11 de noviembre, después de dos años y medio de labores, los muertos de Bojayá volvieron a su territorio. Los trajeron en helicóptero desde Medellín hasta Vigía del Fuerte, Antioquia, y desde allí los trasladaron en lancha hasta Bellavista.Rosa Córdoba se acerca al altar.

Allí están su hijo y su mamá: Hilson, de 20 años, y Rufina, de 66. En medio del caos del 2 de mayo del 2002, ella se escondió en la casa y Hilson y Rufina se resguardaron en la iglesia. “¿Qué siento hoy? Dolor, nostalgia y un poco de alivio. Pero paz, realmente paz, no”, dice la mujer, quien se fue de Bojayá pocos días después de la masacre. Con los 4 hijos que le sobrevivieron y con lo poco que tenía llegó a Quibdó.“No podemos estar totalmente tranquilos porque hay cuerpos que no han sido encontrados y porque la violencia nos sigue acosando; este pueblo y este país no están en paz”, dice la mujer.

El pasado 18 de octubre, la Defensoría del Pueblo informó que al menos 2.250 habitantes de comunidades negras e indígenas de Bojayá están sufriendo una situación de confinamiento debido a la confrontación armada entre el Eln y el ‘clan del Golfo’, que se disputan el territorio que dejaron las Farc. Han ocurrido asesinatos, desplazamientos y los grupos armados están reclutando gente –incluso menores de edad– para sus filas.Rosa Córdoba sigue su relato y cuenta que perder a un ser querido en esas condiciones, en medio de tanto horror, es una herida profunda difícil de sanar. O una herida de muerte. Ella se define como una mujer fuerte. Y resignada.

Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá

Por fin, las víctimas de la masacre ocurrida en el 2002 serán sepultadas. Sus dolientes los despiden en medio del dolor.

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO
Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá

Asistentes al velorio de los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá piden por el fin de los conflictos y asedios en su terriorio.

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO
Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá

Las cruces numeradas, que representan el número de víctimas de la masacre, se usarán durante la procesión de los restos para su entierro final.

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO
Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá

Funeral colectivo de las víctimas de la masacre de Bojayá

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

Pero muchas otras personas nunca dejaron de llorar ni de sufrir ni de imaginarse cómo un hijo -o varios hijos, o una madre, o un padre, o un tío o un sobrino o un amigo- perdieron la vida después de que un cilindro de gas explotó en la iglesia del pueblo. Eso, sumado a la angustia de saber refundidos sus restos y de no poder hacer un duelo.Todo eso le pasó a su amiga Maximina Palacios, a quien no le alcanzó la vida para que le entregaran los restos de su hijo Willington, de 23 años, ni los de su nuera, Ronny María, de 18, que estaba embarazada.“De tanto sufrimiento, de tanto llorar, a Maximina le dio cáncer en el estómago y murió hace menos de un mes, el 20 de octubre”, dice Rosa. Maximina, de 58 años, murió totalmente consciente de lo que estaba pasando y le recomendó a ella que le ayudara a despedir a Willington, a Ronny María y a ese nieto que no alcanzó a nacer.Aquí todos temen que la violencia se ensañe de nuevo contra ellos. Todos guardan silencio.

“Los bojayaseños les decimos a estos grupos que no los necesitamos. Somos gente de paz”, insiste el líder Valencia, quien agradece las acciones del Estado para resarcir a las víctimas y las actividades de estos días. “Pero necesitamos una presencia real y permanente del Estado para mantenernos alejados de la violencia”, sigue José de la Cruz.Y añade que este pueblo chocoano le reclama varias acciones al Estado: garantías de no repetición, una red de interconexión eléctrica porque aquí ese servicio solo se presta unas cuantas horas al día.

Y cuando le ponen luz a un barrio, se la quitan a otro y la gente tiene que comprar y poner a funcionar plantas eléctricas y el combustible en esta lejura que es Bojayá sale muy costoso. Piden que las investigaciones no cesen porque hay varios desaparecidos y otros tantos cuerpos sin identificar. Piden proyectos productivos que ayuden a reactivar la economía de un pueblo que, en sus mejores épocas, fue la despensa agrícola del Medio Atrato. Y esperan que no los dejen solos.Por estos días, las calles de Bellavista han estado repletas de gente: las familias de las víctimas, de las cuales, muchas viajaron desde distintos lugares de Colombia para el sepelio colectivo. Los periodistas, fotógrafos y camarógrafos. Y cientos de funcionarios públicos de diferentes entidades del Estado. En unos días, la calles de Bellavista quedarán vacías.

La despedida

Álvaro Hernán Mosquera es el vicario de la parroquia de Bellavista, es del pueblo vecino, Nóvita, pero gran parte de su vida la ha pasado con esta comunidad de la que también fue párroco. Una comunidad que –dice– hay que entender mucho más allá de la masacre, pues históricamente ha vivido en medio de la violencia, la pobreza y el abandono del Estado. De ahí, su resistencia ante el sufrimiento.Pero esta población no había logrado superar la masacre del 2002 porque no había podido honrar ni despedir a sus muertos según sus creencias ancestrales.

“Nosotros en la cultura afro tenemos una visión diferente de la muerte, pensamos que es un espacio temporal y que más adelante nos vamos a encontrar en el cielo, junto a Dios”, dice el sacerdote. Por eso los alabaos, rezos y rituales de estos días.“Es que los muertos de la masacre no han podido descansar en paz. Son almas en el aire, sin descanso”, sigue el padre.Este lunes 18 de noviembre, a las 9:30 a. m., los espíritus de Bojayá recorrerán sus pasos. Los dolientes desfilarán en procesión, cargando a sus muertos en esos cofres de madera, rumbo a un mausoleo que se construyó en la loma cerca del muelle del río Atrato.Y esa noche comenzará el novenario.

Y en la última de las nueve noches, o mejor, en la madrugada, cada familia levantará una tumba con una foto, o un cuadro o con alguna pertenencia del difunto. Armarán un altar con tierra y flores, encenderán velas y colgarán en la pared la figura de una mariposa negra. Y a las cuatro de la mañana empezarán a cantar: cantos de alegría, de despedida. Y cuando el sol se asome con sus primeros rayos –sigue el relato del padre Álvaro– empezarán a recoger la tumba.“Eso significa que el alma ya se despide. Ya quedó tranquila, ya está en paz y junto a Dios”, termina el sacerdote.“Dios los lleve a descansar”, cantan las cantaoras.

Por: José Alberto Mojica
Enviado especial El Tiempo - Bojayá, Chocó

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