La otra cara de la colonización de Urabá

La otra cara de la colonización de Urabá

La segunda edición del libro sobre colonización en esa región, Claudia Steiner ofrece más detalles.

Miriam

La investigadora social Claudia Steiner es autora del libro ‘Imaginación y poder. El encuentro del interior con la costa en Urabá, 1900-1960.

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EL TIEMPO

Por: Myriam Bautista
16 de agosto 2019 , 07:58 p.m.

Cuando Steiner visitó por primera vez el golfo de Urabá, en 1987, quedó impresionada por la exuberancia de esa tierra de la que sabía muy poco, y ese poco hacía referencia a hechos de sangre. O como lo señala de manera precisa en su introducción: “Una región que carga con el estigma de ser la más violenta en un país tan violento, sin duda requiere esfuerzos explicativos que contribuyan a la búsqueda de soluciones”.
Y eso fue lo que intentó. Escarbar bien hondo para averiguar cuáles eran los factores que la hacían territorio en disputa y aventurar correctivos.

En la década de los 80 y en años posteriores, la tasa de asesinatos políticos o presumiblemente políticos, por ejemplo, llegaba al 41,4 por cada cien mil habitantes, mientras que para el resto del país, el porcentaje era del 7,67, según estudio de la Comisión Colombiana de Juristas.

Esas cifras, el accionar intenso de frentes del Ejército Popular de Liberación (Epl) y de las Farc, de grupos paramilitares y de narcotraficantes, la áspera relación de los miles de trabajadores bananeros con unos empresarios que solo en la década de los ochenta, y obligados por el Ministerio del Trabajo, regularizaron contratos de trabajo y el habitual tráfico de drogas y armas no desalentaron a esta bogotana, de padre austriaco y madre cundinamarquesa, que pasó de estudiar en el exclusivo colegio Marymount de Bogotá a la Facultad de Agronomía en la variopinta Universidad Nacional. Carrera que le llamaba la atención por el acercamiento que podría tener con los campesinos.

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En las frecuentes salidas al campo poca atención les prestaba a la acidez del suelo o a las condiciones del terreno para sembrar limones y naranjas. Ella conversaba con los campesinos. Para ellos era un acontecimiento que una citadina, de ojos claros, alta y de apellido extranjero se interesara en su vida, y para ella, un deslumbramiento sus historias. Comenzó ahí a hacer etnografía.

Recién graduada trabajó en el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) en la evaluación de un programa de Desarrollo Rural Integrado (DRI), dirigido por uno de los agraristas más reputados, desde esos años, el economista Darío Fajardo.

Pasó al Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la Nacional, donde hizo parte del grupo evaluador del Programa de Economías Campesinas en el Urabá; y fue entonces cuando comenzó a pergeñar la investigación que presentó al Banco de la República, su primer financiador. Hubo otros.

Fueron cuatro años de idas y venidas por la región, de consulta exhaustiva de todo lo escrito que validaba las copiosas entrevistas, sobre todo con los habitantes ‘más antiguos’ (así llaman en Urabá a los mayores), y de lectura de autores como Catherine LeGrand, Mary Roldán, Clara Inés García, María Teresa Uribe de Hincapié, Marco Palacios, Alfredo Molano, William Ramírez Tobón, Hermes Tovar, Fernando Cubides, María Victoria Uribe, Teófilo Vásquez y un etcétera que agotó para enriquecer su investigación con los hallazgos de esos colegas, a quienes no deja de ponderar y admirar.

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Muy importante fue el del geógrafo norteamericano James Parsons, quien publicó en 1964 el primer libro sobre la historia de la colonización en Urabá. “En Urabá, salida de Antioquia al mar, Parsons hizo un recuento de la historia de la región desde la conquista española… El trabajo del profesor Parsons es especialmente interesante por la época en que realizó la investigación, cuando recién se habían establecido las primeras plantaciones bananeras”, dice Steiner.

Una de las conclusiones del profesor Parsons fue la de que en esos años sesenta, la ausencia del Estado agudizaba los incipientes problemas de violencia de la zona. “Casi treinta años después, Fernando Botero Herrera, en su libro Urabá: colonización, violencia y crisis del Estado (1990), confirma la falta de presencia efectiva del Estado como una de las más importantes explicaciones a la persistencia de la violencia”, escribió la autora, y para ella, en el año 2000 era de nuevo la debilidad del Estado un factor de desestabilización.

Las entretelas

Imaginación y poder. El encuentro del interior con la costa en Urabá, 1900-1960 se publicó en el año 2000 en coedición entre las universidades de los Andes y de Antioquia, que repitieron, hace un par de meses, la asociación para la segunda edición, con carátula nueva.

El artista José Alejandro Restrepo Hernández le permitió utilizar su obra. Se trata de la impresión fotográfica, enmarcada en tallos secos de plátano, que lleva el nombre científico de la planta Musa paradisiaca. Claudia Steiner contrasta la hermosa y poética denominación de la planta con los graves conflictos que el cultivo del banano ha generado.

El título de su libro corresponde a ese imaginario que surge cuando se hace referencia a la historia de la colonización paisa. Campesinos blancos, de sombrero y ruana de tela que, a punta de hacha y machete, emprenden una “acción civilizadora” con la que obtienen poder. Pero eso no pasó en Urabá.

La relación de Urabá con Antioquia era escasa, casi que inexistente, mientras que con Córdoba, Chocó y Bolívar era más profusa por los pobladores que fueron llegando con cuentagotas primero y luego por decenas huyendo de la violencia o de situaciones de miseria.

En el libro se lee: “La provincia de Urabá se inauguró oficialmente el 15 de junio de 1905. A partir de la ley 17 del mismo año, expedida por la Asamblea Nacional durante el gobierno del general Rafael Reyes, el territorio que comprende la banda oriental del golfo de Urabá le fue adjudicado al departamento de Antioquia…

Las mismas tierras en donde Alonso de Ojeda, en 1509, había fundado el primer pueblo de españoles en la actual Colombia, San Sebastián de Urabá

“Entre la euforia, la emoción y la responsabilidad patriótica, el gobierno departamental asumió la tarea de colonizar las tierras donde cuatrocientos años antes habían desembarcado los conquistadores españoles. Las mismas tierras en donde Alonso de Ojeda, en 1509, había fundado el primer pueblo de españoles en la actual Colombia, San Sebastián de Urabá”.

Aporte y oportunidades

Especializada en Antropología e Historia por la Universidad de Wisconsin y doctorada por Berkeley, Claudia Steiner con su libro Imaginación y poder… entrega un completo registro de ese difícil proceso de colonización que es halagado por académicos, lo que no es muy corriente.

Gracias a los recursos analíticos y conceptuales provenientes de la antropología y la historia, la autora logra un significativo aporte para comprender el caso de Urabá y fenómenos similares en otros territorios de exclusión que caracterizan a Colombia” es la frase con la que cierra su comentario el respetado, incisivo geógrafo y profesor Fabio Zambrano P., que aparece en la contraportada.

Tuvo la investigadora, como lo recalca, la magnífica oportunidad de haber encontrado a la antropóloga Gloria Triana, para esas fechas directora de comunicaciones de Colcultura –luego Ministerio de Cultura–, quien junto con Bertha Quintero desarrollaban un proyecto que indagaba por las expresiones musicales regionales, lo que le dio la posibilidad de conocer cómo los habitantes de tierras asoladas por la violencia encuentran en la música y en el baile pequeñas alegrías que contrarrestan los pesares y cómo estas expresiones se convierten, por otro lado, en un vehículo para airear las situaciones extremas que padecen.

También estuvo presente en la desmovilización, hasta esa fecha la más grande, del Epl (1991), que se convirtió en el partido político Esperanza, Paz y Libertad. Recorrió, entonces, los territorios controlados por esa guerrilla, y aunque el término de la investigación era hasta los sesenta, por esta coyuntura política, entrevistó personajes de los noventa que actualizaron su relato.

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La mezcla de las voces de los pobladores con los relatos de los archivos históricos, las noticias de la prensa regional, sobre todo de la chocoana, con las conclusiones de los distintos estudiosos de la región arroja un balance en superávit para el lector, que termina conociendo la entretela de esta colonización.

Temas como el aporte de la cultura afrochocoana en el proceso de constitución poblacional de la región, que se evidencian en todos los capítulos, pueden ser profundizados, como lo sugiere la autora, en los estudios de Nina de Friedemann y Jaime Arocha, así como en los que ellos han estimulado para que desarrollen sus estudiantes.

Las poblaciones indígenas, por su lado, organizadas, combativas, indómitas, han obtenido logros en posesión de tierras, educación y salud, que envidian muchos campesinos que quisieran adscripción a estas etnias.

La católica ha jugado de principal. Sacerdotes y monjas han sido, en varias oportunidades, catalizadores de los fenómenos de violencia

La religión es otro de los aspectos relevantes. “La católica ha jugado de principal. Sacerdotes y monjas han sido, en varias oportunidades, catalizadores de los fenómenos de violencia. En ese proceso de colonización, los pobladores siempre piden una escuela y una iglesia. El papel de los evangélicos es notorio. Su prohibición de beber licor, una de las fuentes de la violencia generalizada y de la intrafamiliar, es muy apreciada por la comunidad”.

La ausencia de la voz de la mujer es subrayada por Claudia Steiner, que explica esta invisibilidad porque todos los estudios, informaciones, entrevistas realizadas antes de los años 60 provienen de hombres. No encontró ninguna mujer que escribiera. Salvo algunas opiniones de monjas, de la comunidad de la Madre Laura, y de una que otra maestra, la mujer pareciera muda en estos primeros sesenta años.

Y aunque la situación ha cambiado en este aspecto, como lo demuestra la autora con su ejemplo, la equidad de género sigue siendo una entelequia. “Creo que hemos tenido miedo a que se oiga nuestra voz”.

Región paradójica y descomunal esta del golfo de Urabá, a la que le casa el oxímoron de tierra rica pobre.

Para Claudia Steiner, la región que conoció y exploró hasta el año de 1991 es hoy muy distinta, y a pesar de la débil presencia estatal y la confluencia de diversos actores generadores de violencia, es indudable que esta ha progresado. Tal vez no tanto como se quisiera.

La violencia ha morigerado, y su territorio es hoy más apreciado y reconocido por un turismo nacional y extranjero que goza de esa geografía excepcional, con pobladores diversos, aunque las desigualdades sigan siendo vergonzosas.

MYRIAM BAUTISTA
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