La maldición de Corinto

La maldición de Corinto

A comienzos de marzo llegaron, a la vereda La Cristalina, hombres armados con brazaletes del Epl.

Corinto

En la foto, plantación de coca. Solo de marihuana, se calcula que hay 700 hectáres sembradas.

Foto:

Salud Hernández-Mora

12 de marzo 2018 , 07:04 p.m.

Corinto. Mientras ‘Pacho Chino’ hacía campaña electoral por las Farc y hablaba de su contribución a la paz, sus antiguos subalternos sembraban el terror en Corinto. Disidentes del sexto frente hostigaron la estación de policía, enclavada en el parque principal, un domingo a plena luz del día. Luego repetirían el ataque de madrugada, para que los habitantes de un municipio que ha sufrido el conflicto como pocos tengan presente que siguen existiendo.

“Quieren que a todos nos quede claro que no son cuatro pelagatos, que son fuertes y están para quedarse”, analiza un funcionario local. “El Gobierno y los altos mandos militares hacen como que aquí no pasa nada, que todo está bajo control; pero si no le paran bolas, esto se va a volver incontrolable porque la disidencia se está fortaleciendo”, opina un militar que, al igual que casi todos los que aparecen en esta crónica, pide que omita su nombre.

Aunque las autoridades no lo admitieron de manera oficial, diferentes lugareños con conocimiento de los entresijos del conflicto consideran que los exguerrilleros del sexto, un frente que fue dueño y señor de la región y llegó a atacar el casco urbano de Corinto unas ochenta veces, son los únicos con capacidad de lanzar tatucos y ametrallar desde las montañas a policías y militares y luego huir tranquilos. Ningún otro grupo ilegal recién llegado al municipio podría hacerlo.

Nos acostumbramos a vivir con la violencia y estamos callados, de brazos cruzados, porque uno no puede decir lo que piensa

La arremetida de mediados de febrero, si bien no causó muertos ni heridos y pasó desapercibida en el resto del país, ensombreció el ánimo de los corinteños, hastiados de décadas de violencia y aún entristecidos por las consecuencias devastadoras de la avalancha de lodo y piedras que sufrieron el centro urbano y algunos caseríos en noviembre pasado. Ahora temen no salir nunca del túnel oscuro y que se apague la tenue luz que prendió un proceso de paz que el 80 por ciento de la población respaldó en el plebiscito. Porque, al margen de los actos terroristas, el pueblo sigue estancado en su pobreza, en su falta de horizontes laborales, en su enmarañada red de problemas sociales de solución muy compleja. Y necesita aferrarse a alguna esperanza.

“Nos acostumbramos a vivir con la violencia y estamos callados, de brazos cruzados, porque uno no puede decir lo que piensa”, me dice la dueña de un pequeño negocio. “Hay gente que está otra vez pensando en irse del pueblo; los adultos hemos vivido siempre llenos de violencia, de zozobra, y pienso que no hay derecho a que nuestros hijos y nietos repitan nuestra historia. Estuvimos tres años tranquilos, pero vuelve otra vez el temor, el no saber a qué horas volverán a hostigar. ¿De cuál paz hablan en Bogotá? Aquí no la conocemos”.

Desconocido para buena parte del país, al igual que tantos municipios que fueron considerados zonas rojas, Corinto, en el norte del Cauca y a solo hora y media de Cali, cuya población es en su mayoría indígena del pueblo nasa, tiene enorme fama entre los marihuaneros del planeta. Califican su hierba como la mejor del mundo.

Pregunto a diversos cultivadores la razón, y explican que un conjunto de factores le otorgan ese lugar destacado: los suelos, el clima, la altura, el medio siglo de experiencia en producirla, una mayor concentración de THC que en otros sitios.

“Un niño de 10 años sabe cultivarla, lo aprende de su papá, de su abuelo, tienen la técnica muy arraigada y conocen el proceso como nadie”, comenta un vecino. “El cultivo de marihuana es cultural, aquí llegó en los años de la bonanza marimbera en la Costa, es decir que la tenemos desde los 70. Hay unas 700 hectáreas cultivadas”.

Encabezar el dudoso ranking planetario no es motivo de orgullo. “Nuestro cáncer se llama narcotráfico. Mientras exista, persistirá la violencia, porque también tenemos coca en algunas veredas”, precisa un funcionario municipal.

A ello agregan la privilegiada situación geográfica de Corinto, perfecta para los grupos que trafican con drogas. Por sus montañas conecta con el cañón de Las Garrapatas (vía expedita al Pacífico para los narcos), con Huila, Tolima, Caquetá y Putumayo.

Corinto

La situación entre montañas de Corinto ha sido perfecta para la histórica presencia de los grupos como las Farc, que trafican con droga. Por el cañón de Las Garrapatas se lleva al Pacífico.

Foto:

Salud Hernández-Mora

Además de la presencia de la disidencia del sexto frente, ahora suman la aparición, la primera semana de marzo, de un nutrido grupo de hombres armados, vestidos de camuflado, con brazaletes del Epl. Estuvieron en la vereda La Cristalina, a poco más de una hora en carro por una trocha que serpentea la cordillera Occidental. Reunieron a la población para anunciar su intención de establecerse en el área. Fueron ellos los que asesinaron a un disidente de las Farc en la citada vereda.

No los encontré cuando estuve en La Cristalina, caserío devastado en parte por la avalancha del río, pero resulta extraño que se trate de una facción del Epl, guerrilla que nunca tuvo presencia alguna en el norte del Cauca y solo es fuerte en Norte de Santander. Entre quienes hablaron con ellos, unos los describieron como hombres fornidos de raza negra, procedentes de Urabá. Otro paisano, sin embargo, aseguró que reconoció entre ellos a unos muchachos del pueblo.

“Lo que hasta ahora había por estos lados eran disidentes del sexto frente porque la desmovilización solo la pensaron para los jefes, no para la tropa, y quedaron abandonados. Pero más preocupante es que aparezca otro grupo y vayamos a quedar en la mitad, aunque quién sabe si los dos estén de acuerdo”, comentó un labriego.

Pese a que la guerrilla es una pesadilla para unos, otros la ven como un mal necesario ante la ausencia de Estado en las áreas rurales y la necesidad de contar con una autoridad que, además, no interfiera en la economía ilícita. “Con ellos no hay delincuencia, y solucionaban hasta peleas entre vecinos”, afirma un campesino. “Antes, un ladrón robaba una sola vez y si reincidía, lo sacaban de la región o lo mataban. Y si le deben plata a uno de una droga, va a la guerrilla y obliga al deudor a pagar. A la gente le gusta esa justicia eficaz. Acá no llega la policía, y, además, cuando agarran a un ladrón, enseguida lo sueltan”.

La violencia no solo la generan los grupos armados, también la derivada del narcotráfico. “El índice de homicidios es alto, pero si no haces nada, vives tranquilo. Solo matan al que la caga, a un dañino, un vicioso, uno que se robó la mercancía (droga)”, anota un nativo que conoce a fondo la problemática local. “Hace más de un año robaron un cargamento de marihuana, y el dueño juró matar a todos los que la vendieran, fumaran o transportaran. Murieron bastantes”.

Por la violencia y el acoso de las autoridades, cada día son más corinteños los que sueñan con un municipio sin cultivos ilícitos. Pero son conscientes de que no será fácil ni pronto.

“La sustitución solo funciona si el Estado cumple y tiene continuidad, si se hace con las comunidades de manera gradual y no desde un escritorio de Bogotá. Es cultural y no se desarraiga en poco tiempo ni entregando unos millones para sustitución y ya. Aquí, el indio, el negro, el mestizo, todos están o se benefician del narcotráfico, difícil erradicarlo”.

“De manera directa o indirecta, el pueblo vive de la marihuana; si baja el precio, a todos nos va mal”, comenta un comerciante. “Aún muchos no quieren dejar de cultivarla, con los cultivos se sostienen, y las alternativas no las encuentran atractivas. Y al Gobierno solo le interesa acabar con la coca”, anota un campesino que siembra marihuana.

También en Corinto existen unas 400 hectáreas de cocales, cifra que dan los nativos. En un recorrido por veredas como San Luis de Arriba, donde proliferan las matas de coca, es palpable la auténtica voluntad de muchos campesinos, que viven en condiciones paupérrimas, de sustituirlas por productos lícitos. “Estamos cansados de que la ley nos persiga, pero necesitamos que nos cumplan”, me dice un labriego.

El mercado negro siempre va a estar porque es más rentable la marihuana en lo ilícito que en lo legal

Medicinal

Pese al cuadro borrascoso, Corinto no es solo marihuana y coca. En varias veredas desterraron las plantas ilícitas, apuestan al café, la fresa, la gulupa, el aguacate o las granadillas. También en el horizonte cercano, la marihuana medicinal podría ser una salida.

Son tres los proyectos de empresas foráneas que generarán varios cientos de puestos de trabajo formales. Más que la violencia, el principal obstáculo que deben sortear es la tardanza en obtener todos los permisos requeridos y el pequeño cupo (40 toneladas) de producción asignado a Colombia por Jife, el organismo que controla el mercado mundial.

Alrededor de Farmacielo crearon la Cooperativa Cannabis Corinto, que cuenta con 63 miembros. Comenzaron con mucho entusiasmo, pero se ha ido apagando entre algunos por la lentitud en poner en marcha la iniciativa. “Sería la primera empresa grande que tendría el municipio. Por el desorden público, aquí no ha querido venir nunca nadie”, comenta un agricultor. No se trata de que les compren la marihuana de sus cultivos y luego la procesen, como unos creían. Sino de que trabajen como asalariados en la tierra que ha adquirido Farmacielo y en la planta de producción que levantarán.

Mientras llega el momento de producir un aceite medicinal de marihuana, en unos tres años, la misma empresa promoverá el cultivo de frutales que proporcionarían buenos ingresos a los cooperativistas.

“No me parece una alternativa porque ¿cuándo va a tener una licencia un campesino de acá? No se la darán porque dirán que han comercializado lo ilícito”, afirma un comerciante. “El que tiene sus matas siempre confía en que se dispare el precio, como ocurre muchas veces (la libra se la compran al campesino a 50.000 pesos ahora, pero tuvo un pico de 700.000 en años pasados). Ahí se cuadran la casita, el carro. Con la medicinal eso no pasará. Y, en todo caso, el mercado negro siempre va a estar porque es más rentable la marihuana en lo ilícito que en lo legal”.

Para Cristhian Mafla, un joven emprendedor, presidente del Concejo Municipal, la mejor salida son productos agrícolas para exportación. “Ya logramos exportar aguacates Hass; hemos sacado gente de la marihuana y la coca, ahora tienen aguacates, y les permiten tener un igual o mejor nivel de vida. Ellos mismos acondicionaron las fincas con recursos propios. Lo siguiente es exportar café, el principal renglón de la economía lícita, pero de primera calidad. Lo conseguiremos nosotros, el Estado no cumple”, señala esperanzado. “Corinto tiene cómo cambiar, estamos a dos pasos de Cali, solo necesitamos que la gente del pueblo piense en grande. Podemos ser un espejo para otros municipios con cultivos ilícitos. Si nosotros no lo logramos, menos lo conseguirán otros de lugares remotos”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO  
*Texto y fotos.

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