Es inexplicable que secuestren a una mujer trabajadora y madre

Es inexplicable que secuestren a una mujer trabajadora y madre

Olga, hermana de Diana Toro, secuestrada en septiembre, relata cómo llegaron a ser blanco del ELN.

Río Atrato

Así fue hallada la camioneta de Diana en el río Atrato, cerca de El Carmen de Atrato, Chocó.

Foto:

Salud Herández- Mora

Por: Salud Hernández-Mora
16 de noviembre 2018 , 07:36 a.m.

Sus hijos fueron testigos del secuestro. Contemplaron horrorizados cómo tres hombres armados rompían los vidrios del carro de su madre y se la llevaban a la fuerza en la puerta de su casa.

“Unos ladrones se robaron a mi mamá”, cuenta Mario, el más pequeño, de 3 años, que la seguía por todos lados como un perrito faldero cada vez que la veía aparecer. El niño de 5 relata lo mismo, pero asimila mejor su ausencia, distraído con cualquier juego y la compañía del resto de la familia. María Camila, la mayor, de 14 años, también contempló aterrada la escena.

Han pasado más de seis semanas desde que secuestraron a Diana María Toro Vélez, de 40 años, cuando regresaba a su hogar en Amagá, población antioqueña a menos de una hora de Medellín. El suceso causó conmoción entre los vecinos puesto que ninguna de las guerrillas ha tenido jamás presencia en Amagá ni en los alrededores y a día de hoy sigue sin tenerla.

“Encontramos a los niños en shock”, rememora Olga, de 35 años, su hermana e íntima amiga. “Yo estaba en ese momento hablando con Diana por celular, escucho un golpe y la oigo llorar. Le grité: ‘¡Dígame algo! ¡Dígame algo!’, pero ya no contestó. Fui corriendo a su casa, y en menos de cinco minutos avisamos a la Policía”. Todo transcurrió a velocidad de vértigo.

Jueves 27 de septiembre. 7:27 p. m. Diana llega en la camioneta a su casa, situada sobre una loma en las afueras del pueblo, después de ir a misa y cerrar la carnicería. Dos desconocidos la abordan cuando abre el portón. En segundos logran doblegarla. Salen a toda velocidad en su carro y se los traga la obscuridad.

Solo han transcurrido diez minutos desde el secuestro, y Olga ya está rodeada de agentes de la policía que inspeccionan el lugar. “Yo la imaginaba angustiada, sin saber a dónde la llevaban. Y seguro debieron parar a poner gasolina, porque no le gustaba mantener el carro tanqueado. Le echaba 30.000 o 40.000 pesos, siempre fue así”, agrega.

Diana Toro

Diana Toro, en una imagen del archivo familiar, secuestrada delante de su tres hijos.

Foto:

Salud Herández- Mora

Es inexplicable que plagien a una mujer trabajadora y madre de tres hijos

Olga, de rasgos físicos muy parecidos a los de su hermana Diana, se considera su mejor amiga.

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Salud Herández- Mora

El comandante de la policía local, que cuenta con solo 14 uniformados para una localidad de 33.000 habitantes y una población flotante de otros 7.000, ordena de inmediato a sus hombres que pongan en marcha un plan candado. Y emite la alarma con los datos del campero al Ejército, el Gaula y las policías de las poblaciones vecinas para que hagan lo mismo.

Aún desconocen el rumbo que ha tomado el vehículo, si por la carretera a Medellín o en dirección al Chocó, pasando por Titiribí, Bolombolo y Ciudad Bolívar hasta El Carmen de Atrato,
el pueblo limítrofe entre ambos departamentos. Pero el papá de Diana, Rodrigo Toro, que acababa de llegar de Medellín, asegura que no se ha cruzado con el carro de su hija y que descarta esa vía.

Al día siguiente sabrían que tenía razón. Las cámaras de seguridad de diferentes puntos constataron que siguieron el trayecto hacia el Chocó, a unas dos horas y media de distancia. Dos días más tarde, la Chevrolet Tracker gris de Diana aparece en el Atrato, cerca del Carmen, estrellada contra una roca. La compañía de seguros no fue a recogerla, y las aguas terminaron llevándosela con las posibles pistas.

Por alguna razón que el papá de Diana no se explica, no hubo retenes en puntos neurálgicos, de paso obligado, como el puente sobre el Cauca, a la salida de Bolombolo. Hice el recorrido, entre un paisaje montañoso imponente, y no hay ramales por los que perderse. Si uno quiere avanzar, es imprescindible cruzar el puente, a poco menos de una hora de Amagá. Más adelante se atraviesa Ciudad Bolívar. Resulta extraño que una camioneta con vidrios rotos pasara desapercibida, si bien ya era noche cerrada. Aunque hubiesen trasladado a Diana a otro vehículo o continuado a pie por las montañas, al menos habrían capturado a un secuestrador.

“Nos tiene consternados el que no se hiciera todo lo posible para evitarlo”, se queja con una tristeza infinita Rodrigo Toro. Admite que unos helicópteros sobrevolaron la zona buscándola, pero no fue suficiente.
“Esto es lo peor que me ha pasado en la vida, nos tiene destruidos, lo descompone a uno; no se lo deseo a nadie. A la negra la quiero mucho, es muy trabajadora, una berraquera de mujer”.

Él mismo fue víctima en dos ocasiones de secuestro en el bajo Cauca antioqueño. La primera vez intentaba sacar adelante una finca ganadera con un socio, y la guerrilla se los llevó a los dos. Aunque les exigieron una fuerte suma de dinero por la libertad de ambos, pudieron negociar una cifra asequible, y salió libre al cuarto día. Pero debieron abandonar la tierra y buscar suerte en otra parte. En la segunda ocasión lo confundieron con su hermano, quien, hastiado de pagar vacunas, decidió que no cancelaba una más. Lo soltaron cuando comprobaron el error, pero el hermano debió escapar y dejar todo botado. Nunca superó el éxodo ni la pérdida de lo que había logrado con enorme esfuerzo y al año se suicidó.

A sus 71 años, Rodrigo Toro se gana la vida con construcción y montando plantas de trituración. “Trabajaré hasta que me muera, no soy capaz de estar sin hacer nada”.


Igual es su hija Diana. Cada día, sin falta, abría su carnicería, que puso hace ocho años, a las 8 de la mañana, tras dejar a los dos niños en la guardería. Allí permanecía hasta las 3:30, hora de recoger a sus hijos. Los dejaba en la casa y regresaba al local, donde dispone de una corresponsalía de Bancolombia a la que muchos acuden para pagar recibos. Devota católica, montó un altarcito en una repisa de la carnicería y con frecuencia acudía a misa antes de volver a su hogar, como sucedió el día de su secuestro. “Su vida es muy rutinaria: su trabajo, sus hijos y su familia”, indica Olga, que guarda gran parecido físico a Diana. “Nunca pensamos que fuéramos blanco de un secuestro. En enero, mi hermana tuvo que cerrar la carnicería dos meses por unas obras en el pueblo. Para mí es inexplicable”.

Nacida en Amagá, Diana Toro, que estudió Contabilidad en el CESDE, se casó muy joven. Fruto del matrimonio nació María Camila; emigraron un tiempo a España, y después se divorció. A la vuelta de Europa, residió en Envigado, donde trabajó en otra carnicería, hasta que se instaló de nuevo en su pueblo natal con su hija, para estar cerca de Olga, de su hermano varón y sus padres. Hace unos años se casó nuevamente con un hombre, padre de los dos niños. Él prefirió no dar declaraciones para esta crónica.

“Este pueblo es muy tranquilo. A todo el mundo lo ha golpeado el secuestro de Diana porque nunca había pasado algo así desde hace años”, afirma Olga, administradora de empresas, casada y sin hijos,
que ahora se encarga de la carnicería para que su hermana la encuentre igual a su regreso.

Los secuestros no fueron la norma en Amagá, población de larga tradición minera, porque en los años de violencia no estuvo nunca bajo yugo guerrillero, sino paramilitar. Pero desde que se desmovilizaron las Autodefensas Unidas de Colombia, en 2005, tras dejar una espantosa estela de crímenes, Amagá y la región recobraron la paz perdida. Tanto que por el clima, la tranquilidad, la belleza de los paisajes y su cercanía a Medellín, se ha vuelto una popular zona turística y en Bolombolo y zonas aledañas existen conjuntos residenciales con exclusivas fincas campestres.

“Me imagino a Diana orando día y noche, pensando más que nada en Mario. Un día vimos al niño haciendo que celebraba una misa para que vuelva su mamá”, relata Olga. “Ella es una persona fuerte, pero, por más fuerte que sea, debe flaquear, más siendo mamá de tres hijos”.

Muchas noches, la abuela materna, Luz Amalia Vélez, se lo lleva a dormir con ella. “Me lo encuentro extendiendo la mano para tocarme y comprobar que sigo ahí”, me cuenta en el jardín de la casa de su hija, desde donde se divisan las montañas que rodean Amagá.

Por las averiguaciones, el Gobierno señala al frente Noroccidental del Eln. “De ella sabemos que está en Chocó, en manos del Eln, y le exigimos su liberación”, aseveró Miguel Ceballos, alto comisionado de Paz, en una reciente visita a Quibdó.

“Todos los días es peor, aumentan la incertidumbre, la zozobra, la impotencia. A toda hora uno se pregunta: ¿cómo estará? No queremos un rescate militar que arriesgue su vida. Solo pedimos a quien la tenga que se ponga en contacto con nosotros”, suplica Olga. “Mi papá ya se nos ha enfermado, está muy mal. Mi mamá es más fuerte, pero a veces la he visto llorar sin parar. Cuando a uno no le ha tocado un secuestro, no sabe lo que es ese dolor”.

Por la noche acompaña a su mamá, Luz Amalia, a uno de los rosarios diarios que organizan sus paisanos para pedir por Diana. “Es la más llena de Dios. Donde había una oración, ahí estaba ella”, indica. “No se explica uno por qué se la llevaron preciso a ella. Ella no hacía sino trabajar y luchar, nunca sale a ningún sitio, no merece eso. A uno a veces le provoca coger monte y salir a buscarla, porque todos los días amanezco con esperanza, pero llega la noche y seguimos en lo mismo. Es muy injusto, es una espera demasiado larga. Yo vivo pegada a Dios, sé que nos va a dar valor para resistir”.

A María Camila, su nieta adolescente, vivo retrato de Diana, el secuestro le ha hecho descubrir dos sentimientos nuevos
: el miedo y un desasosiego que no logra sacudirse. Ya no sale fresca a la calle como antes, mira de reojo a todos lados y le asusta la noche.

El Eln no ha hecho ninguna exigencia de dinero ni ha enviado pruebas de vida, que este diario conozca. Pero, al tratarse de una mamá de tres hijos, trabajadora y mujer de hogar, hay quienes confían en una pronta liberación humanitaria. Tal vez por eso, en Amagá circula una oración dirigida a sus secuestradores y encaminada a ablandarles el corazón: “Por el poder y la fuerza del Espíritu Santo, te pedimos que cambies de actitud con ella”.

SALUD HERNÁNDEZ- MORA
AMAGÁ, ANTIOQUIA 
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