El horror que vivió un periodista que cubrió el atentado al DAS

El horror que vivió un periodista que cubrió el atentado al DAS

Un periodista de EL TIEMPO recuerda las escenas que más lo impactaron, ocurridas hace 30 años.

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Trabajadores del DAS, sobrevivientes y familiares de las víctimas arribaron al lugar, convertido en el escenario de una guerra. 

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Armando Neira
07 de diciembre 2019 , 01:51 p.m.

Recuerdo el estruendo del bombazo. A pesar de la distancia, algunos cuadros se balancearon en la pared, un vaso con el jugo del desayuno explotó al irse al piso y las puertas de mi apartamento se cerraron en seco. La radio interrumpió la programación habitual con el extra de una noticia de la que todos estábamos a la espera: los narcos le habían dado al DAS.

En aquel año, 1989, el cartel de Medellín, comandado por los capos Pablo Emilio Escobar Gaviria y José Gonzalo Rodríguez Gacha –el ‘Mexicano’–, sumaba la inhumana cifra de 259 atentados en apenas tres meses. Desde el 23 de agosto –cuando los narcotraficantes lanzaron una ofensiva terrorista en castigo por la decisión del presidente Virgilio Barco de reanudar la extradición y expropiarles sus fabulosas fortunas– hasta este diciembre triste, los estallidos eran cosa de todos los días en el país.

Lo que entonces sabíamos era que había una guerra a muerte entre los capos de la droga y Miguel Maza Márquez, director del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), un samario que llegó a ser general de la Policía. Esta era la poderosa central de inteligencia de Colombia, que solo en su sede principal de Paloquemao tenía 3.000 empleados, algunos de ellos con años de preparación en Estados Unidos y Europa.

Muchos desempeñaban burocráticas tareas desde la oficina de Extranjería o la monótona rutina de ponerles una firma a los pasados judiciales, que entonces eran una exigencia para viajar o buscar trabajo.

De ahí que, a diario, a la edificación llegara una romería a sus ventanillas. Había otros agentes secretos con misiones de mayor envergadura como la riesgosa batalla contra los dos grandes fenómenos criminales que buscaban doblegar el Estado: el paramilitarismo y el narcoterrorismo. Ambos, se sabía, habían logrado infiltrar el DAS, y por eso en el edificio había muchas oficinas con paso restringido.

La del general Maza, como lo llamaban todos, estaba en el noveno piso del edificio. Contaba con vidrios blindados y un cuarto anexo convertido en una cama búnker donde él, en ocasiones, pasaba la noche para despistar a los sicarios, que buscaban un descuido para matarlo.

El edificio de concreto tenía once pisos y había sido levantado sobre la carrera 27 con calle 17, en el populoso sector de Paloquemao, en el centro de la ciudad. A su alrededor se levantaba una febril zona industrial con negocios de ferreterías, talleres de mecánica y tiendas de comidas que se mezclaba con los tradicionales barrios de Ricaurte, Sabana y Colseguros, así como su típica plaza de mercado. Además, había oficinas de tránsito de la capital, por lo que era común un variado tráfico de vehículos.

La carrera 30 era un caos. Todos los conductores querían abrirse paso a como diera lugar.

Al comienzo, surgió una versión en la que se afirmaba que una grúa habría sido la encargada de llevar a cuestas el bus de placas SB6765, pintado con símbolos de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá y que se detuvo, a las 7:32 de la mañana, en el asfalto de la carrera 27, frente a la plazoleta del edificio. Y se especuló que,  tras descolgarla, el conductor y dos hombres que la llevaban se marcharon del lugar. No obstante, más adelante surgió otra versión en la que se estableció que el bus inició su recorrido desde el barrio San Antonio, en el sur de la ciudad, hasta llegar al complejo del DAS.

Es posible que algún guardia sí se acercara a inspeccionar el bus, porque eran tiempos que obligaban a estar en alerta permanente. Una semana atrás, los narcos habían volado el avión de Avianca y ese mismo año se habían llevado la vida de un centenar de personas reconocidas. Desde el caudillo liberal Luis Carlos Galán hasta el líder de izquierda José Antequera. Meses atrás, en los albores de ese 1989, en el sur de Bogotá había sido asesinado el líder sindical Teófilo Forero.

Con el tiempo, las Farc bautizarían con su nombre una de sus más temibles columnas, dando inicio así a otra historia de violencia. Y en el entretanto, cientos y cientos habían caído de manera anónima. Simples estadísticas que crecían ante el estupor general.

No se sabrá si se acercaron a chequearlo o simplemente no hubo tiempo. Sesenta segundos después explotó. En su interior llevaba 500 kilos de dinamita gelatinosa. Eran las 7:33 de la mañana de ese miércoles 6 de diciembre de 1989.

Al estallar hizo polvo la fachada del edificio, mató a 63 personas e hirió a más de 600. La onda expansiva alcanzó a impactar –en algunos casos no dejó ni un muro en pie– 500 edificaciones en 23 cuadras a la redonda. En el centro quedó un cráter de 13,6 metros de largo, 11,6 de ancho y 3,3 de profundidad. De ahí que la explosión se escuchara en toda la ciudad.

Fotos de archivo del atentado al edificio del DAS en 1989

El cráter que dejó la explosión medía 13 metros de diámetros y cuatro metros de profundidad.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

El lugar quedó convertido en un área de guerra: 300 establecimientos comerciales arrasados, edificios de apartamentos destruidos, 30 entidades financieras y más de 200 juzgados averiados, 70 despachos de la Dirección de Instrucción Criminal desaparecidos y un grueso de expedientes judiciales pulverizados, entre otros los que con más celo se guardaban: los de las masacres de Urabá, Córdoba y Segovia, que ya documentaban con sólidas pruebas la responsabilidad de los hermanos Castaño –Fidel, Vicente y Carlos– y de Diego Murillo, ‘don Berna’, entre otros, contra indefensos campesinos. Un modelo de acción que luego ellos replicarían en todo el país.
El bus recorrió la calle 18 y fue visto por Romualdo Rodríguez, de 28 años, y Patricia, de 26 años, dueños de la Ferretería Rodríguez, padres de Liliana, de cuatro.

Probablemente creyeron que se trataba del bus de la ruta que venía a recogerla y se hicieron al frente con la niña. Los cuerpos de una familia inocente desaparecieron para siempre. Ellos formaron parte de la lista de los 63 muertos que cayeron allí. De los más de 600 heridos que hubo en aquel instante, muchos fallecieron después, por lo que el saldo final de víctimas no se estableció con precisión.

Los narcos, en semejante guerra en la que el Ejército y la Policía patrullaban las 24 horas y a cada instante se montaban estratégicos retenes, habían logrado traer la dinamita desde Ecuador, la entraron a Nariño y luego la pasaron por Medellín. El recorrido siguió y al llegar a Cundinamarca, la guardaron cerca de Bogotá. Allí se acondicionó en el bus con el cuidado previo de reforzar su chasis para soportar el peso de la carga.

Imágenes de atentado al DAS en 1989

En el complejo del entonces Departamento Administrativo de Seguridad trabajaban al menos 3000 empleados. Por la explosión murieron 63 personas y más de 600 fueron heridas.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Recuerdo el ruido de las cosas al caer y la salida presurosa hacia el lugar de la explosión. Eran tiempos en los que el periodismo se hacía con una libreta y esfero en mano. No había celulares, y buena parte de la información se transmitía telefónicamente. De ahí la importancia de las cabinas de la época.

La carrera 30 era un caos. Todos los conductores querían abrirse paso a como diera lugar. Muchos heridos les golpeaban para que se apiadaran y los llevaran a un hospital. Vi a un hombre tapándose el estómago con ambas manos. Llevaba la camisa por fuera, bañada en sangre. Se veía mucha sangre y polvo.

Dentro del edificio, en cambio, la visibilidad era poca. El general Márquez, por ejemplo, debió salir a tientas de su oficina. En el suelo yacía su secretaria, Ana Morales. A medida que descendía por las escaleras encontraba más miembros de su cuerpo de escoltas muertos sobre un tapete de vidrios, ladrillos y astillas de los muebles.

La luz escaseaba por la nube de polvo y porque la bomba había dejado el sector sin fluido eléctrico. Los cables de alta tensión y del servicio telefónico se hicieron añicos, así como los vehículos blindados que estaban en el sótano, entre ellos 18 camperos Trooper blindados de última generación que estaban listos para el servicio del CTI.
Recuerdo que en la distancia, al oriente, un cielo diáfano dejaba al descubierto Monserrate, con su iglesia blanca, coronando los cerros verdes; al occidente, unas nubes se posaban sobre los cerros donde apenas días atrás 107 personas habían muerto en el avión de Avianca. Era como estar parado en el corazón de un país que se nos iba en medio del desconcierto general.

Avancé unos pasos más y me encontré con fragmentos de cuerpos. Restos de cabezas, brazos, un pie en un zapato. Había trozos de carne. Un ojo. No vi huesos. Como si la onda expansiva los hubiera pulverizado. Los sonidos de las ambulancias se confundían con los pitos, los gritos y los gemidos de los heridos y el llanto de quienes milagrosamente habían quedado intactos físicamente, pero lloraban de rabia y dolor de estar allí en esa escena.

Algunos helicópteros sobrevolaban el lugar. Los pilotos vieron que los tejados de muchas viviendas fueron hechos trizas, en otros había carrocerías de carros encima; el asfalto había sido levantado; los árboles, arrancados de raíz; hierros retorcidos. Hubo restos de cuerpos que cayeron a varias cuadras de distancia. El edificio del DAS, sin embargo, se mantenía en pie.

Allí estaba, a punto de caer. Sin ventanas, con un montón de chatarra en cada piso y rodeado de personas que como fantasmas, bañados en polvo, miraban hasta dónde habían llegado Escobar y el ‘Mexicano’, que una semana después sería muerto en Tolú junto con su hijo Fredy Gonzalo, a mediodía del 15 de diciembre.

Una madre pasó llorando con la noticia de que su hijo, que estaba en el jardín infantil cercano al DAS, había muerto. Un hombre se arrastraba por el suelo con la mirada perdida, una jovencita tiritaba en la distancia sin saber qué hacer.

En ese momento, y después de cubrir lo que había sido para Colombia ese 1989, sentí que no podía más. Recuerdo haberme sentado en un andén. Había una pareja inmóvil, como si estuvieran a las puertas del apocalipsis. Estaba ante una de las noticias más estremecedoras de nuestra historia, pero me puse a llorar y tiré mi libreta. El ruido de los vidrios del edificio se escuchaba al caer contra el piso.

ARMANDO NEIRA
EDITOR DE POLÍTICA DE EL TIEMPOVisite aquí el especial exclusivo sobre los 30 años del atentado al DAS en el que revelamos información inédita sobre el caso.

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