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La muerte persiguió a Astrid Conde hasta las calles de Bogotá
Astrid Conde, ex-Farc asesinada

Astrid Conde realizaba su proceso de reincorporación en Bogotá. Fue asesinada el 5 de marzo de 2020.

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Archivo particular

Especial

La muerte persiguió a Astrid Conde hasta las calles de Bogotá

Astrid Conde realizaba su proceso de reincorporación en Bogotá. Fue asesinada el 5 de marzo de 2020.

Hasta sus últimos días aseguró que no tenía nada que ver con Gentil Duarte, de quien fue pareja.

Pocas veces Astrid Conde podía dar un paso sin mirar hacia atrás. Sin embargo, a diario salía a caminar por calles desconocidas de una ciudad, Bogotá, a la que nunca pudo llamar hogar.

No le daba su número a nadie, aunque se tratara de viejos amigos que hizo en el tiempo que estuvo en la selva, en la desmovilizada guerrilla de las Farc. De la mayoría de personas sentía desconfianza, pues por su mente siempre rondó la idea de que alguien la estaba persiguiendo para hacerle daño. Para asesinarla.

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Con pocos hablaba y pocos hablan de ella ahora que no está. La muerte, de la que tanto huyó, finalmente la alcanzó en marzo del 2020 en la capital de la República, donde adelantaba su proceso de reincorporación después de acogerse al proceso de paz firmado en el 2016.

Conde, a quien algunos también conocían como ‘Nancy’, ya llevaba cinco años viviendo en Bogotá y estaba trabajando para dejar ese pasado que nunca la soltaba y por el que muchos la buscaban.

“Yo fui un día a la Macarena a visitar a mi hermana. El día que llegué allá me detuvieron, me llevaron a un puesto de la Policía, me encerraron y cuando menos pensé llegaron tipos grandes que dijeron que eran de la CIA y que me iban a sacar del país, que me iban a dar mucha plata si yo entregaba a Gentil”. Eso fue lo que Astrid le contó poco antes de su asesinato a una de sus amigas más cercanas, la misma que siempre la llamó 'Nancy Chiquita'.

Gentil Duarte’, cuyo nombre real es Miguel Botache Santillana, es uno de los jefes de las disidencias y uno de los hombres más buscados del país. Fue el primer gran jefe de las Farc en traicionar el proceso de paz —camino que después seguirían 'Iván Márquez', 'Romaña'. 'Santrich' y 'el Paisa'— y sobre su cabeza pesan una circular roja de Interpol y una recompensa de hasta 2.000 millones de pesos por información que permita su ubicación y captura.

Esta es la última foto que se conoce de Miguel Botache, ‘Gentil Duarte’.

Foto:

Archivo particular

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También fue compañero sentimental de Conde, y por ese vínculo muchos acudieron a ella en busca de alguna pista que permitiera dar con el disidente, que es señalado de muchos de los asesinatos de desmovilizados perpetrados en Meta y Caquetá. “Me tienen una persecución, y yo qué voy a entregar a ‘Gentil’, si yo de él no sé nada. Yo con él tengo rota la relación. Nos separamos hace muchos años”, le decía a su amiga y excompañera en la guerrilla, quien pidió no revelar su nombre por motivos de seguridad.

De esa relación nació Jhon Jairo Botache Conde, un hijo del que Astrid no supo por al menos durante una década y al que volvió a encontrar en Bogotá. Era su motivación para seguir adelante, apostándole a la paz.

Astrid contaba que durante mucho tiempo sufrió porque ‘Duarte’ no le permitía saber de su hijo. "Era como cuando a él se le diera la gana. Ella tenía muchos problemas con él por eso, porque le restringía el contacto directo con su hijo”, cuenta su amiga.

Él pasó los primeros años de su vida sin su madre, criado por su abuela paterna en Vichada y Guainía, y en registros de prensa del 2011 aparece que fue reclutado y luego expulsado del Ejército cuando se descubrió quiénes eran sus padres: el entonces comandante del frente 7 de las Farc, uno de los más violentos y metidos en el negocio del narcotráfico; y una integrante del PC3, el antiguo brazo político de las Farc. El hijo de Astrid alcanzó a estar nueve meses en el Batallón de Infantería general Próspero Pinzón, en Puerto Inírida (Guainía).

Me tienen una persecución, y yo qué voy a entregar a ‘Gentil’, si yo de él no sé nada

Volver a verse con ese hijo se convirtió en la bandera de Astrid. Antes del proceso de paz, ella fue detenida cuando salió del monte para buscar ayuda médica por un cáncer de seno. Bajo cargos de rebelión y obtención de documento público falso fue remitida a la cárcel del Buen Pastor en Bogotá: estando presa le realizaron una mastectomía y luego le reconstruyeron el seno. Por la quimioterapia se le cayó su cabello castaño y su salud se vio bastante afectada, pero tenía una razón de peso para seguir luchando: la reaparición de su hijo, que un día llegó al centro penitenciario a visitarla, junto con su abuela paterna.
 
Desde allí no se volvieron a separar. “Mientras yo estuve en la cárcel nunca me abandonó, siempre me visitó. Cada ocho días iba. (Ahora) tenemos una relación muy bonita, es mi amigo, mi compañero, es mi todo”, le dijo Conde a su amiga un día que se encontraron y caminaron durante varias horas en Kennedy, la misma localidad de Bogotá donde tiempo después sería asesinada.

Jhon Jairo Botache visitó a su madre mientras estuvo en prisión y tras su salida, en julio de 2015, su relación se afianzó tanto que durante los últimos años de vida de Astrid vivieron juntos en un apartamento en el suroccidente de la capital.

Por él, quería salir adelante. Por él, intentaba sobrevivir en una ciudad que describía como ‘cruel’ para los excombatientes que adelantan su proceso de reincorporación: 755, de acuerdo con la Asociación de Personas en Proceso de Reincorporación de Bogotá. Bajita y delgada, Astrid parecía frágil en una ciudad que tiene un ritmo muy distinto al que estaba acostumbrada. Coger un taxi, montar en Transmilenio o ubicarse en medio de las múltiples calles que hay en Bogotá puede resultar sencillo para muchos ciudadanos, pero para ella no lo fue. Y para muchos excombatientes, tampoco.

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Incluso, Manuela Marín, una de las directivas de la Asociación, asegura que la reincorporación en las grandes ciudades resulta más complicada que en los territorios: “En las ciudades, por ejemplo, es distinto en términos de estigmatización y solidaridad. La inseguridad ha hecho que muchos de los excombatientes lleguen a los barrios a rebuscarse la vida guardando información sobre quiénes son”. Pero muchos tienen que hacerlo porque en las capitales hay mayor oferta laboral que en los territorios.

En las ciudades, por ejemplo, es distinto en términos de estigmatización y solidaridad

La amiga de Astrid concuerda y recuerda que, entre risas, se desahogaba con ella y le decía que sentía que la subían y bajaban alzada cada vez que usaba transporte público. “Uno siente que se ahoga porque uno no está acostumbrado a esta vida”, le decía.

Pese a lo difíciles y solitarios que podían resultar sus días, había una idea que a ella, al parecer, la ataba a Bogotá: reconstruir su tejido familiar. Su intención era recuperar el tiempo perdido con sus hermanas, hermanos, su madre y por supuesto, su hijo. La vida les había dado una segunda oportunidad y ella la quería aprovechar.

Entre semana, Astrid trabajaba atendiendo una tienda naturista. En su tiempo libre estudiaba y según le alcanzó a contar a su amiga, tenía planeado capacitarse para poder conseguir un empleo como escolta. Y eso sí, a largo plazo su objetivo era volver al campo.

Cinco balas

El 5 de marzo de 2020 sucedió lo que Astrid tanto tiempo presintió. En la mañana, mientras estaba caminando con su perro pastor alemán en un parque que queda cerca del apartamento donde vivía, un sicario le disparó cinco veces con una pistola con silenciador.

Aunque fue trasladada a la Clínica de Occidente, los esfuerzos de los médicos fueron en vano: falleció a los 40 años de edad y fue la primera mujer excombatiente asesinada en la capital del país.

De hecho, según información de las bases de datos de la Comisión de Verificación de las Farc, la Unidad de Investigación y Acusación de la JEP y la Organización de las Naciones Unidas, dos hombres también han sido asesinados en la capital - Jhon Mariano Ávila Matiz y Audias Cárdenas Romero -. De los tres, Astrid es la única mujer que aparece en el listado.

Manifestantes protestaron en Bogotá por el asesinato de exguerrilleros de las Farc Astrid Conde Gutiérrez.

Foto:

EFE / Mauricio Dueñas

Su amiga recuerda que en sus conversaciones tocaron varias veces el tema de los compañeros que habían sido asesinados luego del proceso de paz. Ambas temían ser un número más en esas desgarradoras listas. Pero dice que pese a la tristeza, la indignación y al miedo, Astrid siempre se mantuvo firme con la paz. Regresar al monte nunca fue una opción a considerar.

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“Ella me decía que le daba tristeza saber que nosotros habíamos firmado un proceso de paz que estaba hecho como para que nos mataran. Decía que acá no sentíamos las bombas, no teníamos las armas encima ni la preocupación de que nos bombardeen, pero sí estaba la preocupación de que nos mataran”, afirma su amiga.

De acuerdo con la Unidad de Investigación y Acusación de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), los presuntos responsables del asesinato de Conde son las disidencias de las Farc.

Por este caso hubo una captura. La de Jhonatan Sneider Castelblanco Velasco, a quien, de acuerdo con las autoridades, le habrían pagado por adelantado para dispararle y asesinarla. También le imputaron los delitos —que no aceptó— de homicidio agravado, tentativa de homicidio y porte de armas de fuego.

Ese día, de acuerdo con la Fiscalía, un vigilante alcanzó a reaccionar para evitar que Castelblanco escapara. El delincuente intentó escabullirse entre unos canales de aguas negras, pero la Policía logró capturarlo.

Este diario registró el año pasado que el hombre tenía tres procesos judiciales vigentes por hurto, porte ilegal de armas y cohecho por dar u ofrecer. En dos de ellos fue condenado, pero había sido beneficiado con la libertad condicional.

Familiares y seres queridos se despidieron de Astrid Conde durante su sepelio, en Bogotá.

Foto:

Carlos Ortega / EFE

El 8 de marzo de 2020, el día del funeral de Astrid, su familia y ocho de sus compañeros que también hicieron parte de la guerrilla le dieron el último adiós. Su hijo no quiso que nadie la viera dentro del ataúd, por eso se acompañaron en el dolor sin ver el rostro de ella de nuevo. Todos estaban destrozados.

“¿Por qué le matan la ilusión a un muchacho de esos? Él jamás pensó que tendría que enterrar a la mamá tan pronto. Ella era una mamá que salió con la ilusión de estar al lado de su hijo, de compartir y recuperar el tiempo perdido, y finalmente él la terminó llevando al cementerio”, narra su amiga y excompañera de armas.

La agencia de noticias AP cuenta que el vehículo que transportó el cajón se detuvo en la entrada del cementerio aquel domingo. Allí habían dejado pintado en la pared un mensaje con aerosol rojo que decía: "Sólo los muertos conocen el final de la guerra".

ELTIEMPO.COM

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