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Emigró a EE. UU. por amenazas y terminó combatiendo en Irak tras el 11S
Jorge Zapata, veterano de guerra

El colombiano Jorge Zapata fue ingeniero de combate de los Infantes de Marina de EE. UU.

Foto:

Archivo particular

Emigró a EE. UU. por amenazas y terminó combatiendo en Irak tras el 11S

El colombiano Jorge Zapata fue ingeniero de combate de los Infantes de Marina de EE. UU.

Jorge Zapata fue Infante de Marina de EE. UU. Se enlistó luego del atentado a las Torres Gemelas.

En la década de los 90, Jorge Zapata, un joven bogotano de 15 años, se vio obligado a migrar a Estados Unidos luego de que su padre fue víctima de las llamadas 'pescas milagrosas', o secuestros relámpago por parte de la guerrilla.

Y aunque Jorge no recuerda con exactitud el tiempo que estuvo alejado de él por esta situación, dice que los días se pasaban como una eternidad.

Una vez su padre quedó en libertad, las amenazas empezaron. La vida de Jorge estaba en peligro, y en el afán de protegerlo, su padre decidió aprovechar las oportunidades que tenían y se fueron a vivir al país norteamericano.

Todo transcurría sin novedad hasta el 11 de septiembre del 2001. Ese día, Estados Unidos sufrió una serie de cuatro atentados terroristas suicidas de la organización yihadista Al Qaeda.

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Uno de los eventos más conocidos fue el robo de dos aviones comerciales que posteriormente fueron impactados en las torres del World Trade Center, o Torres Gemelas.

El atentado causó la muerte de al menos 2.996 personas y generó que el presidente del momento, George W. Bush, adoptara como política la guerra contra el terrorismo.

Foto del ataque a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre del 2001 en Nueva York.

Foto:

AFP

Como Estados Unidos se comprometió a liderar esta guerra, envió fuerzas militares a Asia central en preparación de una eventual acción de represalia contra Al Qaeda que, en caso de no encontrar colaboración antiterrorista en el régimen talibán, podría extenderse contra el propio Gobierno de Afganistán.

Para Jorge esto solo pasaba en las películas. Siempre había escuchado sobre la infantería de marina y sus habilidades, aunque lo que realmente le llamaba la atención era la fuerza aérea, la cuestión técnica, educación y oportunidades de trabajo que esta ofrecía.

Pero tras el ataque a las Torres Gemelas, Estados Unidos entró en una situación en la que se sentía la guerra en las calles. Fue en 2003 cuando se dio inicio a la Operation Iraqi Freedom (operación para la liberación de Irak) u OIF, por sus siglas en inglés.

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Con esta estrategia, los estadounidenses comenzaron la invasión del país y fue ahí cuando el colombiano sintió el llamado: debía ir a servir.

“Ya llevaba un tiempo de haberme graduado y dije: 'Tengo que ir, y si vamos a ir a la guerra, quiero ir con los mejores', por lo que decidí ir con Infantería de Marina”, cuenta.

Empezó los entrenamientos, “la vida militar”, como él lo llama. Zapata decidió especializarse en ingeniería de combate, que hace referencia a las ramas de demolición y construcción, y se enfocó en la primera.

Jorge Zapata durante sus días en las fuerzas militares de Estados Unidos.

Foto:

Archivo particular

En su posición, siempre iba con infantería, el grupo de soldados que tocan primero tierra. Con su uniforme impecable, gafas para el sol penetrante que cubría el desierto y una maleta llena y pesada, había llegado el momento de unirse a la guerra.

–¿Cómo recuerda su primer día? –le pregunto.

-Fue bastante fuerte apenas llegamos a Irak, a Feluya exactamente. Recuerdo llegar con mi uniforme limpio, fresco en todo sentido, pero lo primero que uno ve es a los que ya llevan más tiempo, se les nota el cansancio, los rostros casi sin vida, los uniformes sucios, como uno diría normalmente, estaban vueltos nada –dice Jorge.

–¿Y su primera misión?

–La primera misión que hicimos era solo de reconocimiento y tuvimos un ataque, por primera vez hubo que entrar en combate. También te das cuenta de que en ningún momento se piensa en uno mismo, sino en que todos los que uno tiene, a la derecha y a la izquierda, vuelvan a casa –responde el militar en retiro.

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Casi a diario nos explotaban bombas que ponían en la carretera. Uno quedaba inconsciente por algunos segundos, había mucho humo y polvo.


Jorge recuerda Feluya como un territorio tomado por insurgentes y terroristas. Una ciudad relativamente grande, con edificios de cuatro pisos o más, en donde casi a diario se utilizaban megáfonos y se enviaban panfletos para advertir a los civiles que, si no tenían nada que ver con terrorismo, debían irse.

Por como él cuenta la historia, es evidente que no le gusta dejar cosas a la imaginación. Utiliza comparaciones para que cada detalle quede más que claro.

Compara los puntos de control a la salida de la ciudad con peajes, en donde se clasificaba a las personas, pues los que no salían eran considerados combatientes y después de ciertos días se entraba en combate con estos dentro.

El miedo fue un sentimiento que lo acompañó constantemente durante sus primeras semanas en su trabajo de encontrar los IED (material explosivo), utilizando detectores de metales, una pala y explosivos.

Después de tanto tiempo, en perspectiva, Jorge describe la situación de guerra como algo “común” y afirma que se pierde la sensibilidad, que el cuerpo y la mente entran en un estado de resignación, donde la única opción es levantarse y seguir.

“Cuando encontrábamos una bomba de estas, lo que hacíamos era ponerle una bomba de C4 (explosivo plástico de uso bélico) y explotarlo. Casi a diario también nos explotaban bombas que ponían en la carretera, uno siempre quedaba inconsciente por algunos segundos, había mucho humo y polvo, pero inmediatamente nos teníamos que levantar a disparar”, cuenta el militar.

Sin embargo, los momentos de felicidad tampoco se escondían. En su posición, encontrar una bomba antes de que explotara o armas escondidas por los insurgentes y neutralizarlas era muy gratificante, pues era consciente de todas las vidas que estos artefactos pudieron haber costado.

***

Los días pasaban, Jorge se adaptaba cada vez más a su nueva vida, hasta que el 27 de noviembre de 2006 tuvo un día de descanso. En la misión, cerca de la represa de Haditha, explotó un IED (explosivo producido de forma manual), directamente al convoy en el que él viajaba.

(Además: El ataque de Al Qaeda cambió la ecuación de la guerra en Colombia)

“El descanso que le dan a uno es que uno brinde seguridad a un oficial de rango alto en un convoy, entonces cada vez que este para, uno sale con su arma y verifica que haya seguridad para el oficial. Es un descanso porque uno no tiene que caminar o estar mucho tiempo debajo del sol”, cuenta el colombiano.

Tras la explosión, Jorge quedó inconsciente y despertó por breves segundos a bordo de un helicóptero, para volver a caer en un sueño profundo. En el momento en que recobró el sentido, estaba siendo atendido en una clínica ambulante, parecida a una carpa de circo.

Zapata junto a sus compañeros y armamento en Feluya, Irak.

Foto:

Archivo particular

“Ahí me explicaron qué había pasado y yo solo veía mi pierna. Estaba vuelta nada, completamente abierta, había sangre por todo lado”, recuerda Jorge con voz tenue, sobrecogido.

Una vez lo estabilizaron, fue trasladado a Alemania, y en un hospital de la Armada decidieron que lo mejor era llevarlo de vuelta a Estados Unidos. Como la unidad con la que él estaba en combate pertenecía a la costa oeste, fue atendido en el Hospital Naval Balboa de San Diego, California.

“Me tuvieron que poner varillas y tornillos en los huesos para lograr unir las partes de mi pierna. Aunque era demasiado metal, mi cuerpo lo recibió muy bien, no hubo infecciones y finalmente no tuvieron que amputar”, dice el militar.

En ese momento los objetivos de  vida de Jorge cambiaron: el nuevo desafío era volver a utilizar su pierna. Necesitó bastante terapia para volver a caminar. Los traumas cerebrales estaban presentes, la pérdida de equilibrio, constante mareo y pérdida de memoria fueron solo algunos por los que tuvo que pasar.

La experiencia en la guerra le enseñó a Jorge que la vida se puede ir en un segundo. Que, aunque ellos se exponen diariamente y se acercan a la muerte en repetidas ocasiones, son afortunados. Él se siente afortunado. Dice que está agradecido con Dios porque no le pasó “gran cosa” en comparación a lo que sufren otros.

Es una guerra que iba para largo, yo no lo notaba porque estaba peleando.

Después de tantos años, tiene su salud e integridad física, pero reconoce el riesgo y la preocupación que generaba en su familia.

“Es una guerra que iba para largo, yo no lo notaba porque estaba peleando, y lo hacía por la experiencia más que por un ideal político”, asegura.

La reintegración a la vida en sociedad también fue dura. Después de haber estado en el mundo militar y la Infantería de Marina, Jorge afirma que hay un cambio definitivo, que se vuelve más crudo y genera rabia e impotencia escuchar a las personas criticar la vida militar o no valorar lo que tienen.

Después de lo que él vio y vivió, su perspectiva cambió y aprendió a apreciar todo lo que hay en países como Colombia y Estados Unidos: “Fue duro, pero hay mucho apoyo, la Infantería de Marina es una hermandad y la sociedad estadounidense respeta mucho a los veteranos de guerra”.

Tras su paso por la guerra antiterrorismo, el abandono de su país natal y un evento que lo hizo renacer tanto física como mentalmente, el pasado volvió a sacudir la vida de Jorge: retomó una relación de su pasado, con una exnovia de su niñez en Colombia, pero viaja constantemente, pues aún reside en la Florida.

Está pensionado por la Infantería de Marina y tratando de organizar todo, pues siente que en este momento puede dedicarse a cosas que le gustan, como jugar golf, montar a caballo y disfrutar del campo y sus raíces colombianas.

La guerra persiste

Luego de dos décadas de lucha antiterrorismo por parte de Estados Unidos, el país norteamericano retiró el 100 por ciento de sus tropas de Afganistán, dejando como consecuencia la toma del poder por parte de los talibanes, organización religiosa y militar en el país asiático.

Talibanes lucen sus armas mientras están montados en una camioneta.

Foto:

WAKIL KOHSAR / AFP

Los talibanes lanzaron una ofensiva simultánea en varias provincias de Afganistán después de que a finales de abril de este año comenzó la retirada de las fuerzas de la Otán y de Estados Unidos, que concluyeron su repliegue antes del vigésimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre.

Se esperaba que el repliegue de Afganistán fuera similar al de Irak, de donde las tropas estadounidenses salieron oficialmente en 2011, ya que el bando encabezado por Estados Unidos logró algunas cosas: ganar la invasión, ocupar el país, derrocar al gobierno e implantar un nuevo régimen con elecciones supuestamente democráticas, aunque tuvieron que volver tres años después para liderar una coalición internacional contra el grupo terrorista Estado Islámico.

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Pero en esta ocasión pasó lo contrario: Afganistán entró en una guerra civil, caracterizada por su ambiente hostil, volátil y sensible para la seguridad mundial. Y aún es incierto si Estados Unidos y otros países enviarán de nuevo a sus tropas.  A hombres que, como Jorge, fueron buscando el final de una guerra que como él mismo la define, “va para largo y tal vez no tenga un final”.


MARIANA ÁLVAREZ BARRERO

* Este artículo fue originalmente publicado en Plaza Capital, el medio de comunicación del programa de Periodismo y Opinión Pública de la Universidad del Rosario.

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