Una reflexión crítica sobre la tolerada ‘inflación silenciosa’

Una reflexión crítica sobre la tolerada ‘inflación silenciosa’

Se ha aceptado su crecimiento constante y controlado; se le considera una señal de crecimiento.

Impacto de la inflación

Vista a 10 años, incluso una inflación moderada o baja puede transformarse en un tremendo devorador del poder adquisitivo y el capital de cualquiera.

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iStock

Por: Robert J. Shiller - Project Syndicate
22 de diciembre 2018 , 09:54 p.m.

En muchos países, la inflación se ha vuelto tan baja y estable en estas últimas décadas que ya casi es parte del paisaje. Si hubo un tiempo en que se consideraba la inflación galopante como el problema económico número uno, la mayoría de las personas (al menos en los países desarrollados) apenas hablan hoy de ella o le prestan atención. Pero la ‘inflación silenciosa’ sigue teniendo efectos sutiles sobre nuestros juicios y puede llevarnos a cometer errores importantes.

Desde que en 1989 el banco central de Nueva Zelanda dio la pauta, cada vez más autoridades monetarias en todo el mundo han seguido una política de fijar metas (o franjas) de inflación sustancialmente superiores a cero. Es decir, las autoridades ‘planean’ tener inflación, pero en un valor constante. Lo que antes era una mala palabra, hoy se anuncia en público (con una norma de moderación).

Central Bank News lleva un registro de las metas fijadas por 68 países. La meta del Banco Central Europeo para 2018 es una inflación anual “menor, pero cercana a 2 %”. En Canadá, Corea del Sur, Estados Unidos, Japón, el Reino Unido y Suecia, la meta de inflación para 2018 es 2 %. China y México apuntan a un 3 % de incremento anual de precios. En India y Rusia, la meta es 4 %; 5% en Ucrania y Vietnam, y 6 % en Azerbaiyán y Pakistán.

Algunos países han tenido metas de inflación de dos dígitos
. Egipto fijó para este año una del 13 %. Pero la mayoría de los países fijaron las suyas para 2018 entre 2 y 6 %.

Mirada a largo plazo

Es interesante ver cómo se trasladan estas metas de inflación anual a más largo plazo, suponiendo que la meta se mantenga por varios años. Una inflación del 2 % anual implica 22 % en una década y 81 % en 30 años. Es decir que las cantidades monetarias se verán mucho más grandes con el correr del tiempo, aunque en términos reales nada esté cambiando.

Con una inflación del 6 % es mucho peor; a ese ritmo, los precios aumentarán 79 % en diez años y casi al séxtuplo en 30 años.

Estas políticas causan en la mayoría de las personas una especie de magnificación mental del presente. Supongamos que le preguntamos a alguien que vive en la misma casa hace 30 años cuánto pagó por ella; es probable que la respuesta nos parezca ridículamente pequeña. Si no se tiene el cuidado de recordar cómo afectó la inflación todos los precios en ese tiempo, podría parecer que vivimos en una nueva era de opulencia. Con inflación silenciosa, es fácil olvidar que la verdad es mucho menos espectacular.

Al mismo tiempo, en una era de ciberrumores y noticias falsas, puede parecer como si el mundo actual hubiera perdido toda conexión con la historia, generándose así una sensación de que vivimos en riesgo real.

Si no se tiene el cuidado de recordar cómo afectó la inflación todos los precios en ese tiempo, podría parecer que vivimos en una nueva era de opulencia

El uso de metas de inflación tiene otros efectos que, al parecer, las autoridades de los bancos centrales tienen más presentes. En su influyente libro de 1998 ‘Inflation Targeting’, Ben Bernanke y coautores recomiendan a las autoridades anunciar una meta de inflación porque eso “comunica las intenciones del banco central”, lo cual “reduce la incertidumbre”. Señalan que la meta anunciada debe ser sustancialmente positiva porque si las autoridades apuntaran cerca de cero, cualquier error podría llevar a una deflación capaz de “poner en peligro el sistema financiero y precipitar una contracción económica”.

Como presidente de la Reserva Federal entre 2006 y 2014, Bernanke introdujo formalmente las metas de inflación en Estados Unidos en 2012; en ese momento fijó la meta anual en 2 %, donde ha seguido desde entonces. Pero, en realidad, reducir la incertidumbre respecto de los precios manteniendo una meta de inflación del 2 % o más puede generar incertidumbre en relación con valores reales, como el de los inmuebles o las inversiones. Está bien cuidarse de una deflación importante, pero la relación histórica entre deflación y recesión no es tan firme. En un artículo de 2004, los economistas Andrew Atkeson y Patrick Kehoe concluyeron que las pruebas de esa relación proceden en su mayor parte de un solo caso: la Gran Depresión de los años treinta.

La tendencia de los medios a obsesionarse cuando se registran valores récord sirve a su interés inmediato de crear la impresión de que sucedió algo realmente importante que merece la atención de los lectores o espectadores. Pero a veces hay cierta falsedad en los récords, especialmente cuando se los describe en términos nominales en un contexto de inflación constante. De modo que darles excesiva importancia puede alentar una falta de respeto a la historia y generar una sensación de desorientación, de que vivimos en tiempos excepcionalmente inciertos.

El caso de las bolsas

Por ejemplo, las bolsas pueden registrar subidas o caídas récord que son simple resultado de la inflación. El 5 de febrero de este año, el índice Dow Jones cayó 4,6 %; esto es mucho menos que la caída récord del 22,6 % registrada el 19 de octubre de 1987. Pero los medios prefirieron destacar que la del 5 de febrero fue la mayor caída diaria en términos absolutos (1.175 puntos). Esta forma de presentar una caída es engañosa y puede alentar ventas apresuradas. Pero, en un contexto de inflación generalizada de precios, es inevitable un aumento de amplitud de las variaciones de los índices bursátiles.

La ilusión monetaria, incluso, se contagia a las ideas sobre la ‘fortaleza económica’, como si un alto nivel de crecimiento del PIB o un mercado alcista fueran indicadores del buen funcionamiento de algo llamado ‘economía’. Por convención, las cifras de crecimiento del PIB se informan en términos reales (ajustados por inflación), y las de desempleo no llevan unidades. Pero casi todos los otros indicadores económicos importantes se informan, en general, sin corrección por inflación.

Una meta de inflación de unos pocos puntos porcentuales puede parecer promotora de estabilidad, y es posible que de hecho lo sea. Pero deberíamos pensar en la posibilidad de que a través de errores de apreciación sutiles produzca el efecto contrario sobre la estabilidad de nuestros juicios.

ROBERT J. SHILLER*
© Project Syndicate
New Haven
* Robert J. Shiller recibió el premio Nobel de Economía en el 2013 y es profesor de la Universidad de Yale.

Venezuela, la peor del mundo

El informe ‘Perspectiva económica mundial’ emitido por el Fondo Monetario Internacional (FMI) a finales de octubre no solo confirma que Venezuela es el país con la mayor inflación del mundo, sino que esta ha alcanzado niveles dramáticos que permiten entender el porqué del alto flujo de personas que deciden huir de ese país.

Según el FMI, Venezuela terminará el año 2018 con una inflación de 2’500.000 %, seguida de lejos por Sudán del Sur, con 99,4 %.

Argentina se ubicaría en 2018 entre los cinco países con más inflación en el mundo, subiendo tres posiciones respecto al año pasado con un aumento en el costo de vida esperado de 40,5 % al concluir el año.

Solo 17 de 190 países registran una inflación anual de dos dígitos. Según el FMI, la inflación promedio en las economías emergentes es del 5 %, y en la región –excepto Venezuela, Haití (13 %) y Argentina– todos los países tienen una tasa menor al 10 %.

Para los países de mayor PIB, la estimación del FMI indica una inflación promedio del 2 %. De ese grupo, ninguno supera una inflación anual del 5 %.

Los tres países con menores índices inflacionarios son Japón, con el 1,2 %; la eurozona, con el 1,7 %, y Estados Unidos, con el 2,4 %.En total, el pronóstico de crecimiento del nivel de precios mundiales de 3,7 %.

El caso colombiano: casi 20 años en un dígito

Desde 1990, cuando llegó a su punto más alto desde 1963, cerrando en un 32,4 %, la inflación en Colombia ha venido a la baja, siendo la reducción constante de aranceles, la mayor independencia del Banco de la República en materia de política monetaria y la prohibición al banco central de financiar el déficit fiscal del Gobierno tres factores muy importantes en ello.

En 1999 se logró quebrar la barrera de los dos dígitos y a partir del año 2000, las autoridades monetarias adoptaron un régimen de inflación objetivo, que se anuncia año a año. Para el 2018, la meta oficial es de 3,5 %.

La tasa más baja de los últimos 64 años se alcanzó en 2013 (1,94 %)
, y en el promedio de los últimos 10 años ha sido de 4,1 %, con un susto notable entre el 2015 (6,77 %) y mediados del 2016, causado por una conjugación de dólar caro con un fuerte fenómeno del Niño que encareció los alimentos.

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