Tres ‘shocks’ que Colombia debe y puede superar

Tres ‘shocks’ que Colombia debe y puede superar 

Banco Interamericano de Desarrollo esboza una hoja de ruta que debe transitar el gobierno de Duque.

Proyecto Hidroituango

Para el BID, se requieren medidas urgentes para ampliar la capacidad de generación de energía durante los próximos tres años y garantizar la continuidad del servicio.

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Cortesía EPM

Por: Luis Alberto Moreno
22 de septiembre 2018 , 10:15 p.m.

Los colombianos siempre hemos sido capaces de unirnos en momentos de crisis y de resolver los problemas trabajando juntos. Hoy Colombia enfrenta tres encrucijadas que podemos superar con un manejo inteligente de la política fiscal y la cooperación internacional.

En primer lugar, ha llegado la hora de reconocer el sacrificio que Colombia y otros países vecinos han asumido al recibir a cerca de 2 millones de emigrantes de Venezuela. Colombia nunca eludirá la responsabilidad moral de acoger a sus hermanos venezolanos, pero en el BID hemos calculado que el costo de hacerlo asciende a unos 1.600 millones de dólares al año por cada millón de emigrados.

Ante un ‘shock’ externo de estas dimensiones, la comunidad internacional debe contemplar un conjunto de medidas de apoyo a los países receptores de emigrados comparables a las adoptadas en Europa a raíz del éxodo en Siria.

En la Declaración de Quito, emitida a principios de este mes, 12 países de nuestra región (incluyendo los seis que han recibido a más venezolanos) exhortaron a los países donantes, a las Naciones Unidas y a los bancos multilaterales a ofrecer apoyo financiero para mitigar los impactos de la crisis migratoria.

El BID está listo para asumir esta tarea. Estamos consultando a todos los actores relevantes para definir las dimensiones y características de un fondo regional multidonante que permita a los gobiernos atender las necesidades de los emigrados venezolanos.

Estados Unidos y la Unión Europea ya han comprometido ayuda de emergencia, pero un fondo regional permitiría canalizar recursos de manera sostenida y a mayor escala. Dicho fondo facilitaría la integración de los venezolanos de manera legal y ordenada en los países receptores y bajaría la presión sobre los escasos recursos públicos.

El segundo reto que enfrenta Colombia es garantizar el suministro de energía eléctrica. La contingencia en Hidroituango afortunadamente no resultó en una tragedia humanitaria, y los más recientes estudios de expertos internacionales reconocen el buen manejo de esa crisis y la viabilidad del proyecto. Pero las demoras causadas por ese evento requieren medidas para ampliar la capacidad de generación durante los próximos tres años y garantizar la continuidad del servicio.

Las medidas necesarias incluyen organizar subastas de nuevas plantas de energías convencionales y no convencionales y actualizar la normativa sobre fuentes renovables, para así facilitar la inversión privada. Al mismo tiempo, debemos acelerar el proceso para desarrollar fuentes de gas natural licuado en la costa del Pacífico y un gasoducto hasta el Valle del Cauca. Y podemos adelantar los estudios de ingeniería para reforzar las interconexiones con países vecinos, comenzando con Ecuador, lo cual nos permitiría disponer de una capacidad adicional de unos 500 megavatios en un plazo razonablemente corto.

Tercero, Colombia debe ponerles freno al auge del cultivo de coca y la producción de cocaína. Hoy la extensión de tierra sembrada de plantas de coca se acerca al total que dedicamos a la caña de azúcar, y el hecho de que la superficie se haya triplicado en apenas cinco años alarma al mundo.

El presidente Iván Duque esbozó la semana pasada su estrategia contra el narcotráfico, que incluye la erradicación forzosa de unas 150.000 hectáreas de cultivos ilegales durante su mandato. No va a ser ni fácil ni barato, pero, por el bien de nuestra república, debemos reconocer que el narcotráfico alimenta la economía ilegal, debilita las instituciones, nutre la corrupción y desata violencia. No olvidemos que las mafias de la droga ya nos llevaron una vez al borde del abismo.

Superar simultáneamente estos tres desafíos, en un contexto de endeudamiento alto y presiones fiscales del posconflicto, requerirá un cuidadoso manejo de la gestión fiscal. Uno de los pilares de la credibilidad de Colombia es que siempre hemos cumplido con nuestros compromisos financieros internacionales. De hecho, somos uno de los dos únicos países en Suramérica que nunca han tenido que reestructurar su deuda pública. Presentar un escenario de ajuste que conduzca a una reducción de la deuda pública es fundamental, pero no puede ser a costa del bienestar social ni del crecimiento económico.

Una solución creíble pasa por acomodar estos tres ‘shocks’ dentro de la trayectoria de la regla fiscal. Esto se logra con una reducción más gradual de la deuda prevista, y se puede hacer sin abandonar en ningún momento la meta de alcanzar un déficit fiscal estructural de 1 por ciento del PIB.

Los mercados financieros comprenderán que, dadas estas circunstancias, el Gobierno persiga una meta más modesta de reducción de deuda, particularmente en los primeros años de su gestión. Nuestra credibilidad se preservará siempre y cuando se mantenga una férrea disciplina fiscal. Esto requerirá eficiencia y recortes en el gasto público, una reducción en la evasión tributaria y llegar a un equilibrio financiero en el sistema pensional.

La confianza de los mercados y los países cooperantes se gana con hechos. Es hora de ser realistas y acordar entre todos un camino para sortear estos retos. Como en el pasado, la comunidad internacional nos respaldará si logramos unirnos. Las reformas y nuevos recursos que se acuerden son la fuente para apalancar ese apoyo adicional con el que podremos enfrentar las tres crisis simultáneas sin sacrificar nuestras esperanzas de lograr el crecimiento acelerado e inclusivo que merecen todos los colombianos.

LUIS ALBERTO MORENO *
Para EL TIEMPO
*Presidente del BID

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