Los pronósticos que se cumplieron y las tareas que quedan pendientes

Los pronósticos que se cumplieron y las tareas que quedan pendientes

El año termina con un sabor agridulce. Colombia se debate entre varias incertidumbres en el 2020.

Paro

Si bien con el correr de los días las marchas disminuyeron en intensidad y se concentraron en Bogotá, sus promotores están dispuestos a llegar con nuevos bríos una vez termine la época de vacaciones.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Por: Ricardo Ávila
28 de diciembre 2019 , 06:28 p.m.

El chiste es famoso: “un economista es un experto que sabrá mañana por qué las cosas que predijo ayer no sucedieron hoy”.

A la luz de esa frase, podría pensarse que aquellos que a finales de 2018 sacaron la bola de cristal e hicieron sus apuestas con respecto al calendario que ahora está a punto de terminar volvieron a pifiarse de manera notoria. La verdad es que no, al menos en el caso de Colombia.

Una mirada a los pronósticos de doce meses atrás revela que los analistas le acertaron al crecimiento del producto interno bruto, que estará cerca del 3,2 por ciento este año, e incluso al hecho de que la inflación debería terminar dentro del rango fijado como meta por el Banco de la República, cuyo límite superior es del 4 por ciento anual.

Hubo desfases, sin duda. El más notorio es el de la tasa de cambio, que superó con creces el promedio de los 3.100 pesos por dólar, así en los últimos días el billete verde se alejara de los máximos históricos registrados a finales de noviembre. Al mismo tiempo, la expectativa original era que el emisor le hiciera ajustes a la tasa de interés que maneja, pero esta no varió y permanece en el mismo 4,25 por ciento anual desde hace 20 meses.

De otro lado, el almanaque concluye de manera muy positiva para los inversionistas en acciones. En la bolsa de Nueva York, los índices cerraron en máximos históricos, mientras que en Colombia las valorizaciones se acercaron a 30 por ciento. La cara de satisfacción entre aquellos encargados de administrar un portafolio de títulos es más la constante que la excepción.

De sube y baja

El repaso de las cifras mencionadas da lugar a una impresión engañosa: que el 2019 estuvo exento de sobresaltos, pues más allá de luces amarillas aquí y allá, todo acabó según lo planeado. Semejante impresión es falsa. Aparte de una enorme volatilidad que se sintió en las principales plazas financieras, aumentaron las advertencias de incontables gurúes con respecto a la posibilidad de una tempestad de marca mayor, que conduciría a una recesión global dentro de poco.

Las alarmas son de diverso orden. En el plano económico hay una desaceleración en marcha que cobija a los países que representan el 90 por ciento del producto interno bruto del planeta, según el Fondo Monetario Internacional. Europa y China sufren de una ralentización importante que afecta a las demás latitudes.

Debido a ello, los principales bancos centrales regresaron a la receta ensayada con ocasión de la crisis financiera que estalló a finales de 2008: bajar intereses e inyectarle liquidez al sistema bancario. La idea es que el dinero barato llevará a los consumidores a adquirir más bienes y a los empresarios a adelantar más proyectos.

El peligro de esa estrategia es que los indicadores de deuda muestran que el nivel de acreencias supera el de hace diez años, sobre todo en las naciones emergentes. Si llega a explotar la burbuja, podría crearse un tsunami financiero de consecuencias devastadoras. Y a diferencia de la vez pasada, ni al Banco Central Europeo ni a la Reserva Federal de Estados Unidos les quedan muchos ases en la manga en caso de que haya que apagar un incendio.

A raíz de las alertas, se podría pensar que los poderosos han hablado del tema y están dispuestos a intervenir, en caso de que sea necesario. Lamentablemente, no solo el multilateralismo está de capa caída, sino que la desconfianza entre las potencias llegó a niveles que parecían impensables hace unos años.

De un lado, está la tensión entre Washington y Pekín. Si bien diciembre trajo la buena noticia de que las dos economías más grandes del globo suspendieron sus hostilidades en materia comercial, sería ingenuo pensar que la guerra terminó. Es verdad que ambos bandos decretaron un cese de hostilidades y replegaron parcialmente sus sanciones mutuas, pero eso es muy distinto a la firma de la paz.

Por otra parte, vale la pena reiterar que hay líos serios en el ámbito político. El principal responsable de poner en entredicho la solidez de la alianza occidental es Donald Trump, quien se comporta como un antagonista de sus compañeros de mesa en las reuniones del Grupo de los Siete.

La ambivalencia hacia Rusia, el retiro de tropas en el norte de Siria o la amenaza de ponerles aranceles a múltiples productos hechos en el viejo continente muestra que el espíritu de cooperación de otras épocas está muy maltrecho. En caso de que sea necesario cerrar filas para evitar una debacle financiera, no va a ser fácil llegar a consensos y menos si la Casa Blanca sigue por la senda del unilateralismo.

Cuando se suman los elementos mencionados, el resultado no es tranquilizador. Más allá de que las bolsas rompan récords o el tamaño de algunas fortunas aumente, son menos los que piensan que el mundo va por buen camino.

El mensaje de la calle

Una clara expresión de la inconformidad es la de las manifestaciones masivas que se convirtieron en parte de la cotidianidad en lugares tan lejanos como Hong Kong, India, Argelia, España, República Checa, Irán, Malta o Sudán, además de Chile, Bolivia, Ecuador o Colombia, en el caso de América Latina. En cada caso hay razones específicas, pero también factores comunes.

El fenómeno es tan generalizado que los comentaristas hablan de que 2019 quedará inscrito en los anales de la historia como un periodo similar a 1848, cuando las monarquías europeas fueron sacudidas hasta sus cimientos; a aquel 1917 que dio lugar a la revolución rusa; al tumultuoso 1968 en Francia, Estados Unidos o Checoslovaquia; o a 1989, fecha en la que cayó el muro de Berlín y empezó a derrumbarse la cortina de hierro.

Todavía es muy temprano para llegar a conclusiones sobre la aparición de una realidad distinta, que puede acabar siendo más permanente que pasajera. En algunos casos vendrán ajustes, mientras que en otros la polarización de posturas se expresará en antagonismos. Sea como sea, la política acabará reflejando la insatisfacción que expresan amplios sectores de la ciudadanía. Las redes sociales, que alteraron de manera radical la forma en la cual la gente alza su voz y se expresa, seguirán teniendo un papel protagónico.

La manera en que se resuelvan las incógnitas planteadas determinará el futuro de una buena cantidad de sociedades a lo largo y ancho del planeta. En lo que atañe a Latinoamérica, también está por verse si esta forma de participación lleva a que los gobiernos de turno tomen decisiones que deriven en mayor equidad o inclusión, respetando la ortodoxia económica.

Abrir los signos de interrogación es válido, sobre todo cuando se tiene en cuenta que la región está dando marcha atrás, tanto en términos de ingreso por habitante como de algunos indicadores sociales.

A mediados de diciembre, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) señaló que los siete años que concluirán en 2020 marcarán el peor desempeño de los índices de crecimiento desde mediados del siglo pasado y que la pobreza muestra tendencia al alza. Sobre el papel, se requieren reformas, aunque no es claro si los remedios que se usen son los indicados o resultarán contraproducentes.

La realidad local

Así su economía se haya comportado según lo previsto y sea la única de las de mayor tamaño en esta parte del mundo que ganó en velocidad durante el año que termina, Colombia también se debate entre incertidumbres. Más allá de que el crecimiento superior al 3,2 por ciento por cuenta del consumo privado y la inversión sea lo más destacable, hay varios lunares.

Para Luis Fernando Mejía, de Fedesarrollo, “la caída en las exportaciones y el consecuente aumento en el déficit comercial y de cuenta corriente” entran en lo negativo. Bruce Mac Master, de la Andi, agrega que “la politización de los debates económicos o el populismo” aparecieron con más fuerza. El columnista Mauricio Reina agrega que “la aprobación de la ley de crecimiento no conjura los nubarrones fiscales”. Los tres expertos coinciden en decir que el alza en el desempleo es el gran dolor de cabeza que queda.

A lo anterior se suman las secuelas del paro que comenzó el 21 de noviembre y que, formalmente, sigue sin levantarse. Si bien con el correr de los días las marchas disminuyeron en intensidad y se concentraron especialmente en Bogotá, sus promotores están dispuestos a llegar con nuevos bríos una vez termine la época de vacaciones. El aumento de peticiones a más de un centenar lleva a creer que el margen para un acuerdo es mínimo, por no decir inexistente, con lo cual regresarían las alteraciones a la movilidad y al transporte público.

Mientras llega ese momento, no falta quien señala que las protestas populares ya tuvieron su impacto sobre el manejo de la economía. No es una coincidencia que en medio de las manifestaciones el Gobierno haya propuesto y sacado adelante su idea de tres días sin IVA, que se complementará con la devolución de lo que los hogares más pobres pagan por ese gravamen o la reducción de la contribución a salud a cargo de los jubilados de menores ingresos.

Aparte del debate sobre si las medidas en cuestión contribuyen a disminuir la desigualdad, es incuestionable que mantener las finanzas públicas en orden será más desafiante por cuenta de erogaciones adicionales o recaudos más bajos. En sus proyecciones, el Ministerio de Hacienda envió un parte de tranquilidad, pero todo depende de que los supuestos usados –crecimiento y eficiencia de la Dian en la lucha contra la evasión– se cumplan.

Adicionalmente, es obligatorio mencionar el reajuste del salario mínimo. Tras el incremento del seis por ciento anunciado esta semana, la administración Duque resaltó que en los últimos 38 años no se veía nada similar en lo que atañe a mejoras reales en esa remuneración.

Lástima que aquí se aplique el refrán según el cual ‘el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones’, pues una cosa es buscar que los ingresos de los colombianos mejoren y otra es pensar que las soluciones llegan por decreto. En voz baja, más de un académico opina que bajar los índices de ocupación no será más sencillo, si las mejoras en productividad siguen siendo una asignatura pendiente y los costos de contratar formalmente a una persona suben más allá de lo aconsejable.

Así las cosas, el año deja un sabor agridulce. En un mundo más convulsionado y una América Latina en problemas, lo peor que podría hacer Colombia es caer en la autocomplacencia. Tenemos motivos para decir que nos fue mejor que a la mayoría, pero la lista de pendientes es muy larga.

Por ello no queda otra que obrar con responsabilidad y continuar la tarea, recordando que no siempre lo popular es lo correcto ni lo que le conviene a la mayoría. Olvidarse de las reformas pendientes sería el legado más indeseable que dejaría este 2019, que parece acabar tranquilo y estuvo lleno de sobresaltos.

RICARDO ÁVILA*
Analista Sénior
Especial para EL TIEMPO

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