Coronavirus: ¿sálvese quien pueda?

Coronavirus: ¿sálvese quien pueda?

Cooperación internacional será escasa para enfrentar la pandemia económica que dejará coronavirus.

Economía de Estados Unidos

La economía de Estados Unidos experimentará un descenso del 5,9 por ciento.

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Johannes Eisele. AFP

Por: Ricardo Ávila
19 de abril 2020 , 10:48 a.m.

Quienes asistían regularmente a la cita recuerdan con algo de nostalgia el aterrizaje en Washington pocas semanas después del final del invierno o el espectáculo de los cerezos en flor, que al comenzar abril engalanan a la capital de Estados Unidos. Otros añoran el ambiente relativamente distendido del evento o la posibilidad de encontrarse con colegas de las más diversas latitudes en los corredores de los edificios para compartir información de mutuo beneficio, mientras en las reuniones formales se le pasa revista a la economía global.

Nada de eso sucedió en esta oportunidad, con ocasión de las tradicionales reuniones de primavera convocadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, entidades a las cuales pertenecen 189 naciones en los cinco continentes. Por razones de fuerza mayor, todos los encuentros ocurridos en los últimos días se hicieron de manera virtual, algo inédito desde la creación de ambos organismos en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Atrás quedaron los apretones de manos, las agendas llenas de compromisos presenciales y los eventos sociales, ahora remplazados por los saludos desde la pantalla de un computador o un teléfono móvil.

La misma pandemia que obligó a ministros de Hacienda y a banqueros centrales a quedarse en casa dependiendo de la Internet acabó siendo la gran protagonista del concilio. En cada uno de los foros convocados, tanto abiertos como cerrados, los debates y presentaciones giraron en torno a la emergencia sanitaria que tiene a buena parte de la humanidad en vilo.

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Alarmas encendidas

El motivo es evidente. Aparte de la irreparable pérdida de vidas, las proyecciones que hablaban en enero de una mejoría en el ritmo de crecimiento del planeta quedaron sepultadas por la avalancha que trajo consigo la covid-19.

Para resumirlo en una frase, el pronóstico del FMI es de una contracción del tres por ciento en el Producto Interno Bruto global este año. Semejante retroceso no tiene precedentes en tiempos modernos, pues habría que remontarse a la época de la gran depresión que comenzó en octubre de 1929 con el fin de encontrar un periodo más adverso. Al lado de lo que pasa ahora, la descomunal crisis financiera internacional que estalló doce años atrás parece una emergencia manejable.

Nadie va a salir indemne, aunque a algunos les irá peor que a otros. El impacto más fuerte lo recibirá la zona euro, cuya economía caería 7,5 por ciento en 2020. Italia, con un bajón del nueve por ciento, será la más damnificada, aunque España, Francia o Alemania no estarán mucho mejor.

A su vez, China e India seguirían en positivo, aunque con tasas apenas superiores al uno por ciento que contrastan con su desempeño reciente. El resto de Asia dará marcha atrás, al igual que África.

De este lado del Atlántico, Estados Unidos experimentará un descenso del 5,9 por ciento, mientras que el de América Latina será de 5,2 por ciento. México, Argentina o Brasil serán los de peor desempeño, al igual que los países del Caribe que dependen del turismo. En fin, el veredicto oscila entre pésimo y desastroso.

El cambio en el pronóstico es consecuencia directa de las políticas adoptadas para evitar la propagación del coronavirus. Aquello que los técnicos del Fondo han denominado como “el gran encierro” responde a la lógica de mantener los contagios en un nivel manejable, impidiendo que la capacidad de los sistemas de salud se desborde y el saldo de personas fallecidas por la enfermedad de tipo respiratorio se acerque a los millones que muestran los modelos de los epidemiólogos.

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Tal como empieza a verse en las estadísticas, el costo de la contención ya es considerable. China, que durante casi cuatro décadas fue considerada el gran motor de la actividad productiva mundial, experimentó una caída de 6,8 por ciento durante el primer trimestre.

Por su parte, las ventas de automóviles en marzo disminuyeron a la mitad en Europa, un pésimo registro para un sector que ocupa 2,6 millones de personas en el Viejo Continente. Y el número de estadounidenses que pide ayuda para el desempleo ascendió a 22 millones en los últimos treinta días, casi una séptima parte de la fuerza laboral.

Tal como están las cosas, la previsión es que en el próximo semestre vendría una reactivación, en la medida en que los consumidores puedan salir a la calle y la mayoría de actividades empiece a normalizarse. Este trimestre apunta a ser el peor, sobre todo ahora que la parálisis se prolongará hasta mayo en muchos lugares.

En consecuencia, la gráfica de la economía tendría forma de V. Dicho de manera coloquial, la figura se asemejaría más a una señal de verificación o “chulo” invertido, pues la línea de la izquierda –la que marca la contracción– será más larga que la de la derecha, la de la recuperación.

Como si el panorama no fuera lo suficientemente oscuro, el Fondo Monetario advierte que puede quedarse corto en sus pronósticos. En caso de que las políticas de confinamiento se prolonguen más allá de junio, si vienen una o más oleadas de contagios masivos que desemboquen en nuevas cuarentenas durante 2021, se esfumarían las esperanzas de remontada. En el escenario más pesimista, la caída adicional sería del 8 por ciento el año que viene.

Sin respuesta

Esa lectura es tan aterradora, que la mayoría de especialistas prefiere no pensar en ella. Con lo visto hasta ahora, se puede hablar de un colapso económico, de magnitud suficiente para mantener en estado de emergencia a cualquier gobierno, sin importar la latitud.

La analogía que sirve es la de un gran incendio que ya arrasó miles de hectáreas. El esfuerzo presente consiste en colocar barreras y construir cortafuegos, con la meta de que la conflagración no se extienda. Debido a ello, se han comprado equipos en diferentes frentes y cerrado vastas zonas, con el anhelo de que las llamas acaben extinguiéndose más temprano que tarde. Los optimistas confían en que una eventual temporada de lluvias ayude a que la solución sea más rápida.

Guardadas proporciones, en las más diversas capitales se está tratando de reaccionar así. En la medida de las posibilidades de cada cual, se han anunciado programas de ayuda destinados a moderar los daños en la economía, pero sobre todo en el empleo. Tanto las empresas como los ciudadanos reciben apoyos, ya sea en la forma de préstamos o de transferencias directas.

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Los paquetes anunciados hasta la fecha más que duplican el tamaño de los utilizados en la crisis financiera internacional del 2008. Alemania, que usualmente ha sido descrita como la más responsable en asuntos fiscales, puso en marcha respaldos que equivalen a una cuarta parte del tamaño de su Producto Interno Bruto. Estados Unidos, Canadá y otros países desarrollados van por el mismo camino.

En las economías emergentes no existe el mismo músculo. Para comenzar, la salida de capitales en cuestión de semanas se acerca a los 100.000 millones de dólares y las tasas de interés vienen subiendo, asociadas a una mayor percepción de riesgo.

Por otra parte, el espacio presupuestal es mucho más reducido. Tan solo el aumento en el valor del dólar hace que el servicio de la deuda existente se dispare, aparte de que se vuelve obligatorio identificar fondos para fortalecer la estructura de los servicios de salud y mitigar el efecto de las medidas de contención locales.

A la luz de esa realidad, sería fácil pensar que la solidaridad mundial servirá para pasar el trago amargo. Lamentablemente no es así. Como dice José Antonio Ocampo, quien es el colombiano que ha llegado a ocupar la más alta posición en el sistema de Naciones Unidas, “contrasta la agresividad de las estrategias individuales con la falta casi absoluta de cooperación internacional”.

Cada uno con lo suyo

Así quedó claro esta semana en Washington, cuando se reunieron virtualmente las naciones que integran el Grupo de los Veinte, en el marco de las reuniones de primavera. “La declaración que sacaron da ganas de llorar”, señala el exministro.

Es cierto que un puñado de Estados pobres no tendrán que cancelar sus deudas con las entidades multilaterales este año, pero ese alivio es apenas una migaja de lo que se pedía. Desde hace semanas se escuchaban voces para que el Fondo Monetario hiciera una emisión de al menos 500.000 millones de dólares en Derechos Especiales de Giro, que se distribuirían entre los países socios de la institución.

En términos prácticos una decisión de ese tenor habría servido para fortalecer la posición de reservas internacionales de las economías a lo largo y ancho del planeta. Por ejemplo, a Colombia le habrían correspondido unos 3.500 millones de dólares.

Sin embargo, Estados Unidos hizo valer su poder de veto. Según las normas una determinación de semejante calibre exige el 85 por ciento de todos los votos a favor, para los cual el concurso de los norteamericanos –dueños del 16,5 por ciento de las acciones en el FMI– es indispensable.

La negativa de la administración Trump se basó en el argumento de que las naciones ricas habrían recibido el 60 por ciento de la suma mencionada. A pesar de que se propuso la creación de un mecanismo para que los que no necesitaran su porción se la pasen a los que sí, llamados como los que hicieron un grupo de expresidentes y exministros latinoamericanos a través de una comunicación pública fueron ignorados. “El mensaje es que aquí a cada cual le toca defenderse con lo que tiene”, señaló un conocedor del asunto.

Además, es posible que no haya plata para todos. A la fecha el Fondo Monetario ha recibido solicitudes de crédito de 102 países, cuyas demandas bien pueden superar los 800.000 millones de dólares que tendría disponibles la entidad, de acuerdo con el experto Edwin Truman del Instituto Peterson.

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Mundo descuadernado

No deja de ser una gran ironía que ante una amenaza verdaderamente global, la creación de un frente unido para responder a una especie de pandemia económica brille por su ausencia. Buena parte de la responsabilidad sin duda le corresponde a Donald Trump, quien en repetidas oportunidades se comporta como el niño malcriado de la clase que se lleva el balón porque no le gusta el juego colectivo. La suspensión de los giros a la Organización Mundial de la Salud anunciada esta semana por la Casa Blanca resulta desconcertante, por decir lo menos.

Junto a lo anterior, hay que constatar la ausencia de liderazgo en otros continentes. Las tensiones al interior de la Unión Europea vienen en aumento, porque los socios del bloque comunitario que bordean el Mediterráneo –y en especial Italia– se sienten maltratados por sus aliados del norte. En una entrevista que le concedió esta semana al Financial Times, el presidente francés Emmanuel Macron habló de “pensar lo impensable”, haciendo alusión a una eventual fractura de la alianza.

Y en lo que atañe a China, sus dilemas tampoco son menores. Dirigentes de todos los pelambres y buena parte de la opinión le adjudican una enorme cuota de responsabilidad ante lo ocurrido. Las teorías de conspiración no solo se multiplican en las redes sociales, sino en discursos políticos y declaraciones públicas, a pesar de que en el ámbito científico hay un verdadero trabajo de equipo en el cual las nacionalidades pasan a un segundo plano.

Si bien Pekín viene multiplicando sus programas de ayuda y se ha convertido en el gran proveedor de equipos médicos y material sanitario, muchos no olvidarán jamás que Wuhan fue la ciudad en la que nació la Covid-19, en circunstancias poco claras. El Washington Post publicó una historia el miércoles, según la cual un laboratorio en esa metrópoli podría ser el origen de la pandemia, al tiempo que el director del Instituto Pasteur señaló desde París que el virus fue manipulado.

Todos esos elementos obligan a Colombia a jugar muy bien sus cartas. Con menos capacidad de gasto que Perú o Chile, pero con una economía que apunta a ser la de menor contracción en América Latina –2,4 por ciento de caída en 2020 según el FMI– el desafío consiste en evitar el disparo de los contagios, junto con una debacle social. Y aunque algún respaldo vendrá de afuera, los remedios que más funcionen serán los de origen interno. Si bien los discursos de los presidentes seguirán hablando de acciones colectivas en el mundo, es mejor no engañarse. Por más cruel que suene, aquí también se aplicará la máxima del sálvese quien pueda.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

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