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El autorretrato de Hommes: diálogo entre la vida pública y la privada
Lanzamiento de las memorias de Rudolf Hommes

La noche de este jueves fue lanzado el libro del exministro Rudolf Hommes, en un diálogo con el exdirector de EL TIEMPO Roberto Pombo.

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Penguin Random House en redes sociales

El autorretrato de Hommes: diálogo entre la vida pública y la privada

El exministro de Hacienda lanzó su libro autobiográfico. Presentamos un capítulo.

Anif, la Asociación de Instituciones Financieras, había sido fundada por un grupo de bancos liderados por el Banco de Colombia en oposición a la Asociación Bancaria que lideraba el grupo del Banco de Bogotá. Cuando yo estaba en la Dirección de Crédito Público, el presidente de Anif era Belisario Betancur y el segundo era Ernesto Samper (ambos fueron presidentes de Colombia posteriormente).

Betancur se retiró para dedicarse a la política, y Samper quedó al frente en esa institución. Anualmente ellos organizaban una asamblea en ciudades distintas de Bogotá, que además del formato habitual y las conferencias de rigor incluía un programa de entretenimiento con cenas multitudinarias en sitios históricos, música y baile.

Todo el equipo económico del Gobierno fue invitado a la asamblea de Anif ese año en Cartagena. Recuerdo que también fueron Antonio Barrera, director nacional de Presupuesto, y Rocío Osorio, su señora; Nora Pombo, que era tesorera general de la República, y su marido, Roberto Junguito, entonces director de Fedesarrollo, y María Mercedes Cuéllar y su marido, Manuel Martínez, que también trabajaba en Hacienda en asuntos de comercio exterior. No recuerdo que hayan asistido Miguel Urrutia o Rodrigo Botero, pero sí el doctor Botero de los Ríos y el ministro de Desarrollo, Jorge Ramírez Ocampo, que pronunció un discurso en tono grecocaldense, con mucha energía y abundante transpiración.

Era a favor del proteccionismo, política que contradecía las ideas y los programas que Hacienda y Planeación Nacional estaban tratando de imponer. Yo participé en un seminario sobre crédito público, en el que defendí las políticas de control centralizado del crédito público y nuestra posición frente a la banca extranjera, que los bancos locales no compartían, y criticaron en la reunión. Los planteamientos nuestros les llamaron la atención a varios periodistas, entre ellos a Amparo Pérez, que todavía no se había casado con Yamid Amat, el periodista preferido por el presidente López, a quien conocí esa tarde.

En la noche nos recogieron en chiva en el Hotel Caribe, con gaiteros a bordo, y asistimos a una comida en el restaurante La Fragata, que era el mejor de la ciudad y funcionaba en una lujosa residencia colonial restaurada que había pertenecido a un marqués cartagenero.

La música estaba a cargo de los artistas que ordinariamente tocaban en La Quemada, un bar en la ciudad antigua que había sido construido originalmente para la película del mismo nombre de Guillo Pontecorvo, protagonizada por Marlon Brando y Evaristo Márquez, un artista natural de San Basilio de Palenque, un municipio cercano a Cartagena, hoy Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Unesco, donde se refugiaban los esclavos que se escapaban o que eran abandonados porque sus dueños no los podían alimentar. La música era caribeña, la mejor de la ciudad: Sofronín Martínez cantaba boleros, lo acompañaban Rafael Ricardo, en el piano, también cantante, y Cenelia Alcázar, otra cantante veterana de La Quemada, compañera artística de Sofro durante muchos años. Nos sentamos con los periodistas económicos y con algunos de ellos establecimos amistades duraderas.

Al otro día asistimos a una fiesta con orquesta en un barco de vela que le daba la vuelta a la bahía. Allí Manuel Martínez, Roberto Junguito y yo bailamos toda la noche, con las periodistas y con las doctoras de Anif y del sector bancario, a tal punto que Nora Pombo, la mujer de Junguito, le hizo el reclamo a Ernesto Samper por el exceso de mujeres, y por no haber invitado suficientes “señores” para que las señoras de los bailarines no hubieran tenido que comer pavo.

El domingo siguiente desenguayabamos en la piscina del Hotel Caribe, animados por Gloria Mercedes Duque, la jurídica de Anif, que era muy inteligente, atrevida, graciosa y churro, y tenía carta blanca para atendernos. En el grupo estaban también Tomás Uribe y Néstor Osorio, del DNP, con sus señoras, y Roberto Soto Prieto, un funcionario de la Cancillería encargado en ese ministerio de la política económica internacional, y quizás el más experimentado de todos nosotros en finanzas internacionales. Era el único que estaba rigurosamente vestido de lino blanco y corbata azul celeste, con zapatos reglamentarios de dos tonos. Alguien le preguntó por qué no se ponía traje de baño y nos acompañaba. Echó un pequeño discurso sobre las políticas de la Cancillería y concluyó que un funcionario de esa entidad nunca aparece en público mal vestido. Todos nos reímos y le dijimos que no sabía de lo que se perdía, vestido de esa manera con el calor que hacía. En ese mismo instante salió Junguito corriendo desde donde estaba parado, como poseído por un diablillo interno, y empujó a Roberto Soto a la piscina.

Puso cara de amargura cuando sacó la cabeza del agua y se refirió a todos nosotros despectivamente, diciendo que lo que sabíamos de finanzas internacionales era lo poco que aprendíamos leyendo The Wall Street Journal. ¿Cómo íbamos a imaginarnos que años después lo acusaran de haber concebido y planeado el robo de trece millones de dólares al Banco de la República? Él y Franklin Jurado, que terminó preso en Luxemburgo, fueron tentados por las oportunidades de enriquecimiento rápido e ilícito, siendo profesionales excepcionalmente competentes.

Al regreso a Bogotá, Gloria Mercedes y algunos de nosotros continuamos en contacto, y como necesitábamos un abogado en la Dirección, yo le ofrecí a ella la posibilidad de que se vinculara al Ministerio. Lo pensó, lo consultó con Ernesto Samper, y me dijo que muchas gracias pero que no tenía madera para ser empleada pública.

Más tarde me contó que Samper la había convencido de permanecer en Anif porque la necesitaba, y que uno de los argumentos que le dio fue que yo era “flor de un día en la administración pública”. Ella, como buena abogada javeriana que es, recordó los consejos que les daba a sus estudiantes el decano de Derecho, el padre Giraldo, S. J., y decidió no tomar el riesgo en espera de mejores oportunidades.

Poco tiempo después, un hermano suyo inauguró un bar en Chapinero y no recuerdo por qué recibí la invitación a este evento, que fue memorable. Varios colegas del Gobierno también asistieron. Era un bar-cabaré en la calle 64 con 13. Había un nutrido grupo de gente de la farándula y muchos de ellos personas vinculadas al Festival de Teatro de Manizales. El bar se llamaba ‘La sombra de Jung’ y su decoración evocaba símbolos e imágenes alusivos al sicoanálisis, fotografías de Freud y de Jung en su viaje a Nueva York, e ilustraciones de portadas de libros de este último. Los tragos que servían tenían nombres como Animus, que contenía aguardiente; Anima, que era un vino espumante; Inconsciente, que era una bomba, e Inconsciente Colectivo, que era aún más potente, una mezcla de mezcal con otros licores, que supuestamente debían consumir los tímidos. El Trickster, embaucador, venía con una garantía de efecto inmediato. Entre los invitados estaban Belisario Betancur y Bernardo Ramírez, su amigo más cercano, que sería su primer ministro de Comunicaciones, y Ernesto Samper y unas niñas Sanín, que eran excepcionalmente bonitas. No recuerdo si entre ellas se encontraba Noemí, que más tarde fue candidata presidencial y dos veces ministra. Había mucha gente del Eje Cafetero y el ambiente era festivo.

El alma de la fiesta fue una hermana menor de Gloria Mercedes, también de nombre compuesto, que era menos bonita y menos sofisticada, pero mucho más alegre. Cantaba lo que le pusieran por delante y bailaba flamenco como si fuera de por allá. Trabajaba en el Banco Cafetero y me contó que yo no era persona grata entre los ejecutivos de esa institución, funcionarios que ella frecuentaba. Aline percibió que ella me coqueteaba y decidió que era hora de irnos, porque yo tenía un vuelo a Washington el día siguiente. Yo salí a regañadientes, consciente de lo que me estaba perdiendo, pero no me fui sin pedirle a Luz Helena su número de teléfono.

Durante unas semanas, después de regresar a Bogotá, estuve titubeando si debía llamarla o no. Finalmente lo hice y dejé mensaje en un contestador, sin saber si era de la casa o de la oficina. Pasaron varios días y no contestaba, pero finalmente lo hizo, quejándose de que no la hubiera vuelto a llamar. Fuimos a comer a Pimm’s y después a su apartamento a tomar trago y a oír música de su colección de casetes, que tenía una asombrosa variedad de géneros y muy buena calidad. La relación que tuvimos fue de mucha luz y pocas sombras, música y alegría, pero al cabo de un par de años se aburrió de mi ambigüedad y me ascendió a su junta directiva, donde figuraban ilustres examores suyos, y se enredó con mi amigo y compañero de rumba, que padecía de los mismos impedimentos que me limitaban.

Emprendió otros caminos y tuvo otros amores. Se casó finalmente y tuvo una hija, hoy doctora, con un compañero de colegio de Jan, y amigo mío, que la acompañó durante una enfermedad que la fue apagando. Nunca suspendimos la amistad. Cuando murió le hice luto solitario y recordé todas las locuras que cometimos juntos.
Llegué tarde a la misa que se le celebró en la iglesia del Chicó, pero pude saludar a casi todas sus hermanas y hermanos, y de compartir la tristeza con otros miembros de su junta directiva.

RUDOLF HOMMES
Exministro de Hacienda

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