Una revolución a las buenas

Una revolución a las buenas

Con la pandemia llegó el ‘gran reinicio’: la oportunidad de construir sociedades más justas.

Donación de huevos

Es previsible que los alivios que se adoptaron para mitigar los efectos del covid-19 sobre el empleo o el bienestar de la ciudadanía acaben volviéndose permanentes.

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Mauricio Moreno. EL TIEMPO

Por: Ricardo Ávila
18 de julio 2020 , 09:55 p.m.

El verbo ‘resetear’ no se encuentra en el diccionario de la Real Academia, pero cualquier persona que haya usado una computadora, una tableta, una consola de juegos o un teléfono inteligente sabe qué significa. Cuando por razones desconocidas la imagen en el aparato se congela y ningún comando funciona, hasta los conocedores aconsejan comenzar de cero para poder volver a usar la máquina sin problemas.

Se trata de una medida extrema, pues la información que no está archivada se pierde. No obstante, es la mejor forma de arrancar de nuevo y enseña a no cometer los mismos errores que llevaron a la parálisis inicial.

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Quizás esa visión era la que tenían en mente el alemán Klaus Schwab y el francés Thierry Malleret cuando, hace pocos meses, decidieron unir esfuerzos para escribir un libro que fue presentado la semana pasada y cuyo título es Covid-19: el gran reinicio. A lo largo de 280 páginas, los autores señalan que la pandemia no solo desató una crisis de enormes proporciones, sino que es la oportunidad para que la humanidad piense en hacer las cosas de manera diferente.

Sin duda, ese mensaje es importante y merece una buena reflexión, a lo que se suma el estatus del mensajero. Schwab es el fundador del Foro Económico Mundial, el mismo que desde hace medio siglo convoca anualmente a la élite del planeta en Davos, una pequeña población ubicada en los Alpes suizos. Desde ya está claro que los debates de la cita global del próximo enero –que combinará el formato presencial con el virtual– girarán en torno al texto que acaba de ver la luz.

Punto de quiebre

El punto de partida de las reflexiones hechas es la convicción de que el mundo que conocíamos los seres humanos ya no existe. Claro, mucho de lo que viene del pasado persistirá, pero hay una transformación en marcha que en algunos casos será rápida y en otros lenta.

No hay duda de que las consecuencias de la propagación de la enfermedad de tipo respiratorio son, a la vez, profundas y universales. Aparte de los impactos inmediatos, sus secuelas serán sentidas a lo largo de varias décadas. Debido a ello, hay pensadores que hablan de que en los calendarios habrá otro a. C. y d. C.: antes y después del coronavirus.

Semejante afirmación puede despertar sentimientos de incredulidad. Sin embargo, en la historia del mundo existen múltiples ejemplos que demuestran cómo un evento catastrófico similar a este cambia el curso de los acontecimientos.

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Así ocurrió con la peste negra que acabó con un tercio de la población de Europa a mediados del siglo XIV, debido a lo cual se sentaron las bases para el fin del feudalismo y la llegada del Renacimiento. La escasez de mano de obra trajo un aumento en las remuneraciones de campesinos y artesanos, variando la relación de poder entre nobles y siervos que había imperado desde los albores de la Edad Media.
Plagas sucesivas fueron la norma y no la excepción en las centurias siguientes. La peste bubónica, el cólera o la viruela moldearon a su manera la civilización en diferentes épocas.

Es verdad que semejantes mortandades no se repetirán ahora. Si bien la emergencia no termina y pueden venir nuevas oleadas de contagios, parece poco probable que se repliquen cataclismos como el de la gripa española de hace 100 años, con sus 50 millones de víctimas.

Pero así el covid-19 no sea una amenaza existencial, es equivocado minimizar su trascendencia. Apenas un mes desde cuando se encendieron las alarmas había casos identificados en los cinco continentes. La respuesta de la mayoría de los países fue el confinamiento, una práctica adoptada en Florencia casi siete siglos atrás, cuando nació el término cuarentena.

Tres características del mundo actual que quedaron en evidencia fueron la interdependencia, un subproducto de la globalización y el avance tecnológico; la velocidad, que no solo hace referencia a la rápida transmisión del virus, sino a las reacciones de los mercados, o la necesidad de tomar decisiones en forma inmediata; y la complejidad, nacida de las múltiples ramificaciones e interconexiones, que van desde la salud hasta la economía o la psicología colectiva.

Avanzar en la igualdad es fundamental para el control de la pandemia y para una recuperación económica sostenible

Por más increíble que parezca, el golpe estaba anunciado. Las palabras de Bill Gates en un documental grabado en mayo de 2019 anticipan de manera asombrosa lo que habría de suceder unos meses más tarde. Más que un cisne negro, lo de ahora es un cisne blanco, porque había certeza sobre su ocurrencia y la comunidad científica venía alertando a quien la quisiera escuchar sobre el riesgo de una pandemia.

Y aunque los seres humanos quieren creer que volver a la normalidad en la economía o las relaciones sociales será posible pronto, lo cierto es que la recuperación plena de esas facultades solo pasará cuando el peligro quede atrás. Puede ser que una vacuna efectiva se confirme antes de diciembre, pero su distribución tomará tiempo. En el mejor de los casos, inocular a 7.500 millones de personas solo será posible hasta finales de 2021.

Efectos varios

Ante esa perspectiva, Schwab y Malleret examinan los impactos de la pandemia en cinco categorías: economía, sociedad, geopolítica, ambiente y tecnología. En general, el planteamiento es que esta puede exacerbar los desequilibrios o aumentar la velocidad de tendencias que ya habían sido identificadas.

Un par de ejemplos ilustran esa frase. La desigualdad de ingresos y oportunidades que llevó a múltiples expresiones de descontento en diferentes partes del globo el año pasado será más evidente ahora. Para comenzar, las personas más acomodadas tienen menor propensión a perder su empleo o pueden teletrabajar con facilidad, lo cual, además de permitirles continuar con el mismo ingreso de antes, o bien uno similar, minimiza la probabilidad de enfermarse por el coronavirus.

Por otro lado, el uso de herramientas digitales se masificó en buena parte del planeta. Desde las videoconferencias hasta el comercio electrónico, pasando por las transferencias financieras o un pedido a domicilio, forman parte de la cotidianidad de mucha más gente ahora. Como dijo en su momento Satya Nadella, el presidente de Microsoft: “Vimos dos años de transformaciones digitales en dos meses”.

Al mismo tiempo, es previsible que los alivios que se adoptaron para mitigar los efectos del covid-19 sobre el empleo o el bienestar de la ciudadanía acaben volviéndose permanentes. Aun si la anhelada cura llega en poco tiempo, habrá exigencias para que los sistemas de salud reciban más recursos de los presupuestos públicos.

Covid-19 The Great Reset

En 280 páginas, los autores señalan que la humanidad tiene la oportunidad de hacer las cosas de forma diferente.

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Forum Publishing

Igualmente, la presión en pro de esquemas que les garanticen un ingreso a quienes quedaron desocupados será notorio en aquellos lugares en donde no existen redes de protección social efectivas. Ideas como la renta básica universal, que hasta hace poco parecían utópicas o restringidas a un puñado de naciones, comienzan a abrirse paso.
Todo lo anterior lleva a los autores del Gran reinicio a anunciar el previsible fin del neoliberalismo, que se caracterizó por darle protagonismo a la eficiencia de los mercados. De tal manera, lo esperable es que la solidaridad esté por encima de la competencia, la intervención gubernamental sobre la destrucción creativa y el bienestar social prevalezca frente al crecimiento.

(Además: Coronavirus: la economía también necesita remedios urgentes).

Por supuesto que habrá resistencias. En muchos lugares se buscará devolver el reloj, con el planteamiento de que el capitalismo permitió que en las últimas décadas la humanidad alcanzara un progreso sin precedentes. El problema es que las expectativas han cambiado y las tensiones de antes siguen ahí, por cuenta de las brechas entre ricos y pobres o el calentamiento global.

Ignorar que la presión viene en aumento puede conducir a explosiones y choques violentos. De ahí que Schwab y Malleret hablen de tomar el toro por los cuernos y “resetear” el mundo. La lista de acciones posibles comienza por más cooperación y colaboración internacional, aunque también incluye cobrar impuestos de manera progresiva y contar con empresas más preocupadas por tratar bien a sus empleados o a las comunidades en las que operan que por maximizar utilidades.

Así el sueño parezca irrealizable, el cruce de caminos muestra dos sendas distintas. La primera le apunta a un mundo más incluyente, equitativo y respetuoso de la madre naturaleza. En cambio, la segunda busca retornar a lo de antes, pero desde un punto de arranque todavía más precario. Hay dos opciones en cuanto a cambiar el rumbo: a las buenas o a las malas.

El prisma latinoamericano

Ante la propuesta de hacer un ajuste de fondo, más de un escéptico dirá que el papel aguanta todo. En un planeta fragmentado, en el cual se destaca la rivalidad entre Estados Unidos y China, pensar en conceptos como la solidaridad o la acción colectiva parece irreal. A cambio de transitar nuevos caminos, lo más seguro parece ser el terreno conocido.

El problema es que dicha opción no es garantía de nada. Quien lo dude no tiene más que observar la inquietante radiografía de América Latina que hizo esta semana la Cepal.

De acuerdo con el organismo adscrito a Naciones Unidas, la caída de la economía regional será superior al nueve por ciento en 2020. Como resultado, el ingreso por habitante en diciembre sería equivalente al de 2010, con lo cual se habrá completado otra década perdida.

Semejante retroceso tiene cara. El cálculo es que la desocupación afectará a 44 millones de personas este año, un salto de 18 millones frente al periodo precedente. Un mayor desempleo hará que la cantidad de latinoamericanos en condición de pobreza pase de 186 a 231 millones, de los cuales 96 millones estarán en la miseria.

Como si lo anterior no fuera suficiente, la mala distribución del ingreso crecería en casi cinco puntos porcentuales, algo muy grave para la que ya era la geografía con peores índices de equidad a nivel global. Las posibilidades de reactivación se verán limitadas por el cierre de más de 2,7 millones de empresas formales, la gran mayoría de menor tamaño.

Ante semejante escenario, la Cepal propone desde un monto básico de emergencia para los más pobres hasta un bono contra el hambre, pasando por políticas redistributivas y apoyos a las nóminas. Mayores gastos harán imperativos mayores recaudos, así la tolerancia a los déficits fiscales sea más grande ahora. “Avanzar en la igualdad es fundamental para el control de la pandemia y para una recuperación económica sostenible”, señala Alicia Bárcena, la secretaria ejecutiva de la entidad.

Pero nada de eso será posible si los gobiernos respectivos no entienden que llegó la hora de cambiar la partitura. Como en otros sitios, hacer el “gran reinicio” en esta parte del hemisferio exige liderazgo y capacidad de construir consensos. Este esfuerzo pasa por recortar privilegios, repartir mejor la torta de la riqueza y apuntarle a la sostenibilidad.

(Lea también: El miedo viene con cuenta de cobro).

Con el trasfondo de una crisis social mucho más grave que la de 1999, Colombia debería empezar a debatir en diferentes ámbitos una serie de reformas profundas. En la lista podrían incluirse mecanismos de protección social efectivos, junto a fuentes de recursos, además de medidas efectivas contra la corrupción y la violencia.

Si ello no sucede, la polarización seguirá a la orden del día y las propuestas populistas encontrarán el terreno fértil. Las elecciones de 2022 determinarán si el país encuentra una salida o se queda en un círculo vicioso de descontento y deterioro institucional.
Puede ser que para ese momento la pandemia haya quedado atrás. El inmenso riesgo es que, después de semejante prueba, los males que nos aquejaban desde antes se agraven y se vuelva muy tarde para oprimir el botón de ‘reset’.

Debido a ello, vale la pena pensar con el deseo. Como dice Klaus Schwab, “un nuevo mundo podría emerger, cuyos contornos dependen de nosotros, tanto para reimaginarlos como para volverlos a dibujar”.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

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