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¿Por qué no se pueden hacer cambios estructurales en Colombia?
Pobreza en Colombia

Según las últimas mediciones, uno de cada siete colombianos no cuenta con ingresos para adquirir una canasta básica de alimentos.

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Mauricio Moreno. EL TIEMPO

¿Por qué no se pueden hacer cambios estructurales en Colombia?

Ricardo Ávila analiza las incidencias de que fracasara la propuesta original de reforma tributaria.

Cuando el Dane reportó el jueves pasado que la proporción de colombianos en condición de pobreza llegó a más de 42 por ciento del total de la población en 2020, estaba hablando implícitamente de Julieth Pérez. A fin de cuentas, esta vecina del barrio Moravia en Medellín pasó en cuestión de semanas de tener una vida sin muchas dificultades a una realidad de carencias y estrecheces.

Todavía habla con nostalgia de la época que terminó abruptamente hace trece meses, en la que ganaba hasta dos millones de pesos al mes dando talleres de artesanías en los centros comerciales del valle de Aburrá, mientras adelantaba una carrera universitaria en el Colegio Mayor de Antioquia. Ahora esta mujer de 38 años, que vive con su madre y su hija, depende de una que otra rifa. “El resto es puro rebusque”, cuenta.

Casos similares se encuentran a lo largo y ancho del territorio nacional. Por cuenta de la pandemia y de las medidas adoptadas para contener la propagación de los contagios, el retroceso en los indicadores sociales del país no tiene precedente conocido.

Aparte de que el número de pobres subió en 3,5 millones de personas entre un año y otro, la pobreza extrema aumentó en más de cinco puntos porcentuales. Ello quiere decir que al menos uno de cada siete colombianos no cuenta con los ingresos necesarios para adquirir una canasta básica de alimentos.

La encuesta de Pulso Social que elabora el Dane es elocuente. Según el sondeo hecho en marzo, el 69 por ciento de los hogares consumió tres comidas al día, cuando antes de la cuarentena obligatoria la cifra era superior al 90 por ciento. Como señala Jairo Núñez, investigador de Fedesarrollo, una gran cantidad de colombianos “vive con el profundo dolor del hambre”.

Oportunidad perdida

(Le puede interesar: Pandemia hizo subir la pobreza al 42,5 % en 2020)

El balance podría haber sido mucho peor de no haber existido los programas de transferencias monetarias, como Ingreso Solidario, que entrega 160.000 pesos mensuales por familia. De acuerdo con el cálculo oficial, las ayudas repartidas evitaron que casi dos millones de colombianos más entraran a las filas de la pobreza.

A la luz de semejante deterioro, que equivale a un retroceso de ocho años, el tema de cómo cerrar la brecha y disminuir la desigualdad –que llegó a su peor nivel desde 2008– debería encabezar las preocupaciones del país. No obstante, ese no parece ser el caso, y menos aún tras el hundimiento de la propuesta impositiva que presentó la administración Duque a mediados de abril.

Lo irónico del caso es que la frustrada iniciativa planteaba un ambicioso incremento en los giros que recibirían los colombianos que están en la base de la pirámide. Sin llegar a constituirse en la renta básica que han promovido tantos dirigentes, diferentes analistas anotan que era un paso decidido en la dirección de acabar con la marginalidad y la miseria.

“Si no hay reforma, no va a ser posible obtener siquiera el ingreso solidario y tampoco habrá plata para financiar otros programas sociales”, señaló un comunicado suscrito el viernes en la noche por más de cuarenta economistas destacados. “La clase media va a sufrir mucho más (…) y la situación social va a empeorar a medida que se estanca la economía y no haya cómo inducir crecimiento y bienestar”, es la advertencia con que concluye el pronunciamiento.

El tema de cómo cerrar la brecha y disminuir la desigualdad –que llegó a su peor nivel desde 2008– debería encabezar las preocupaciones del país.

(No deje de leer: Claves de los cambios en la reforma tributaria anunciados por Duque)

Aunque en este asunto no se ha dicho todavía la última palabra, pues queda pendiente si hay un acuerdo que evite una crisis fiscal, ya comenzaron las interpretaciones sobre el descalabro del Gobierno. Los errores a la hora de socializar la propuesta y las equivocaciones en materia de comunicaciones están entre las razones expuestas.

Junto a lo anterior se cita el próximo arranque de la temporada electoral, que hace tóxica cualquier idea de aumentar las cargas tributarias para las personas. El hecho de que ni siquiera el Centro Democrático hubiera cerrado filas en respaldo a la Casa de Nariño deja en claro la debilidad del Ejecutivo.

Lejos de insistir en la mesura, desde dirigentes hasta influenciadores se encargaron de echarle combustible a la hoguera. La difícil situación de orden público hace aún más remota la posibilidad de que se encuentre una buena salida, en la que prime la cabeza fría.

En el mejor de los casos, se escogerá la opción de “patear” el problema para más adelante. Conseguir recursos a punta de gravar más a las empresas de manera temporal y eliminar una que otra excepción suena como la salida más viable, a sabiendas de que el próximo gobierno estará obligado a buscar una solución más definitiva.

Y si eso ocurre, quedará un mal sabor en la boca sobre lo que pudo ser y no fue. Como lo recuerda Jairo Núñez, “el problema que vive la nación no solamente se concentra en pagar las deudas que ha dejado un déficit fiscal enorme después de la pandemia, también es salvar a esta población de la tragedia de la forma más solidaria y humana posible: que todos aportemos”. Pero eso, por lo visto, no pasará esta vez.

Problema de fondo

(Lea también: Más de 30 líderes económicos piden que se tramite reforma tributaria)

Hay quienes ven en lo ocurrido algo todavía más complejo y es la resistencia de amplios sectores de la opinión a aceptar cambios estructurales en temas fundamentales. Puesto de otra manera, aparte del rechazo a redistribuir el peso en lo que atañe a los impuestos, hay fuerzas en contra de reformar la educación y la justicia, al igual que de tocar el sistema pensional o revisar la legislación laboral.

Lo más irónico es que las encuestas revelan la insatisfacción de la ciudadanía con el statu quo. Aparte de que tres de cada cuatro colombianos piensan que el país va por mal camino, el descontento es la norma al evaluar los temas señalados arriba.
Como consecuencia, los intentos de hacer cirugías de fondo parecen destinados al fracaso. Debido a ello, el resultado es el inmovilismo, algo en lo cual tiene mucho que ver que nadie quiere perder sus privilegios particulares. Y en esa categoría entran desde algunos asalariados que no contribuyen al fisco hasta los sindicatos que buscan proteger a sus afiliados, pasando por los gremios que defienden a capa y espada una gabela o un subsidio.

Todos a la hora de luchar se arropan con la capa del interés general y hacen oír su voz, en ocasiones con presencia en las calles. Como encontrar razones para protestar resulta sencillo, sumar adeptos es menos complejo de lo que parece, sin incluir la aparición de aquellos que buscan pescar en río revuelto y se encargan de agitar las aguas.

Tanto la elevada percepción de corrupción como el mal desempeño de las entidades públicas al responder a las necesidades de
la gente dan
lugar a una gran desconfianza
ante cualquier iniciativa.

Nada hace creer que las condiciones objetivas para impulsar reformas vayan a mejorar. Desde el punto de vista de la opinión, esta se encuentra más fragmentada y polarizada que nunca, algo en lo cual las redes sociales corren con una gran cuota de responsabilidad.

En lo que corresponde a la política, el parte tampoco es alentador, pues la mezquindad y el revanchismo están a la orden del día. Cada bando le cobra al otro actitudes pasadas, con lo cual sentarse a dialogar es casi un imposible. Como señala la politóloga Mónica Pachón, “cualquiera que llegue al gobierno en 2022 va a pagar esta cuenta”.

Pensar que esa realidad será diferente es ilusorio, al menos en el futuro cercano. Aun si el Congreso se renueva el próximo año, es poco probable que el partido más votado consiga un número suficiente de escaños para asegurarse una mayoría en el Capitolio.
Construir coaliciones que usualmente son frágiles será un gran desafío, a sabiendas de que una bancada con pocos senadores o representantes puede bloquear fácilmente cualquier proyecto de ley. No faltará quien opine que la única manera de sortear los obstáculos es volver a las prácticas para aceitar la maquinaria a través de puestos o partidas presupuestales, incluyendo la conocida ‘mermelada’.

Salidas posibles

(Vea también: ¿En qué ciudades fue más fuerte el aumento de la pobreza en 2020?)

El problema es que esos manejos ahondan la crisis. En último término, permite entender por qué las reformas importantes que responden a diagnósticos serios son tan difíciles de aprobar en Colombia. La razón no es otra que la pérdida de legitimidad de las instituciones.

Tanto la elevada percepción de corrupción como el mal desempeño de las entidades públicas al responder a las necesidades de la gente dan lugar a una gran desconfianza ante cualquier iniciativa. Si a lo anterior se le agrega la manipulación de las noticias y el negativismo imperante, están dadas las condiciones para que el sistema vigente se prolongue, pues la mayoría aplica en la práctica aquel refrán según el cual “es mejor malo conocido que bueno por conocer”.

Como si lo anterior no fuera suficiente, hay que incluir en la lista el desequilibrio que existe entre derechos y deberes. Junto a exigencias de la gente que pasan por más salud, mejor educación, menor inseguridad, infraestructura decente y mayores oportunidades de empleo, está la reticencia a pagar por ello y no solo con dinero, sino con el desmonte de privilegios.

¿Quiere decir eso que no hay mucho que hacer? La respuesta de los expertos da algunas luces. “Escoger un líder popular es la mitad del trabajo”, dice Mónica Pachón.
Adicionalmente, el carisma y la capacidad de buscar puntos de encuentro son un requisito indispensable para desencallar una democracia que no logra moverse. “Se requiere mostrar un futuro y promover liderazgo colectivo para avanzar a un objetivo común”, afirma el columnista Carlos Caballero Argáez, estudioso de estos temas.

Bajo esa premisa, es probable que el día de mañana venga alguien que sea capaz de convencer a la ciudadanía de que es indispensable tomar tal o cual medicina, por amarga que sea, con la promesa de que los resultados valdrán la pena. “Así se hizo para salir de la violencia partidista en los años cincuenta y, también, en los noventa para vencer el narcoterrorismo”, subraya Caballero.

Desde el punto de vista de la opinión, esta se encuentra más fragmentada y polarizada que nunca, algo en lo cual las las redes sociales corren con una gran cuota de responsabilidad


Otros creen que, en lugar de las megarreformas, lo que procede es ir por partes. De vuelta a los impuestos puede acabar siendo más fácil para los gobiernos ir paso a paso por diferentes capítulos –renta, IVA, exenciones– que pretender salir con un texto que abarque todo.

Que existen antecedentes para mantener el optimismo, es incuestionable. Hay áreas que en el pasado fueron un problema y que ahora funcionan mejor gracias a que se tomaron buenas decisiones en su momento. Ese es el caso del sector eléctrico o la construcción de infraestructura, cuyo marco institucional es considerado un ejemplo en el ámbito internacional.

Por tal razón, la esperanza de construir una tributación progresiva que derive en mayor equidad social y beneficie a los 21 millones de colombianos que están en la pobreza no está perdida del todo. Para que Julieth Pérez y tantos compatriotas más puedan salir adelante es indispensable tomar decisiones orientadas al interés común y no al particular.

Sea como sea, hay que contar con aquello que los politólogos conocen como gobernabilidad. Esta, definida como un mayor grado de cooperación e interacción entre los representantes del Estado y diferentes segmentos de una sociedad, es el elemento indispensable para que el país no quede atrapado indefinidamente en los antagonismos.

Construir consensos y definir políticas de largo plazo suena como una utopía en medio de la agitada coyuntura actual. Pero tarde o temprano Colombia va a tener que llegar a ese punto si se trata de aplicar aquello de que, a grandes males, grandes remedios.

RICARDO ÁVILA PINTO
Analista Sénior
Para EL TIEMPO
En Twitter: @Ravilapinto

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