El cambio social que se gesta en los hogares colombianos

El cambio social que se gesta en los hogares colombianos

El censo demostró que el número de personas por hogar es menor. ¿Qué dice esto de nuestra sociedad?

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Los colombianos pasaron de 3,9 personas por hogar en 2005 a 3,1 en 2018.

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Jaime Moreno / Archivo EL TIEMPO

Por: Diva Marcela García y Ángela Jaramillo - Razón pública
06 de enero 2019 , 04:59 p.m.

Uno de los hallazgos más interesantes de los resultados preliminares del último censo es la reducción del tamaño promedio de los hogares colombianos: pasamos de 3,9 personas por hogar en 2005 a 3,1 en 2018.

Mientras que según el censo de 2005 el 33,2 por ciento de los hogares estaba constituido por más de cuatro integrantes, en el censo de 2018 este porcentaje se redujo a la mitad.

Esta tendencia no es exclusiva de Colombia: es un fenómeno generalizado en los países occidentales.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), actualmente el tamaño promedio del hogar en América Latina es de 3,6 personas; mientras que en países más industrializados, como España y Noruega, la cifra es de 2,5 y 2,2, respectivamente. Son cifras que cada vez están cayendo más y más.

¿A qué obedece esta transformación en nuestras formas de convivencia? ¿De qué cambios sociodemográficos y culturales nos habla esta tendencia? Y tras conocerla, ¿qué implicaciones tiene para la comprensión y atención de demandas sociales?

¿Qué es un hogar?

Usualmente, el término hogar se utiliza de manera indiscriminada junto con familia o vivienda. Sin embargo, para su uso técnico es necesario diferenciar entre estos tres.

Mientras que la familia se refiere a una unidad biológica, social y legal, el hogar corresponde a una unidad económica y residencial. El hogar se define como un conjunto, a pesar de que pueda ser unitario, de personas que coresiden en una misma vivienda y tienen un presupuesto común. En términos coloquiales suele referirse a “los que comen de la misma olla”, por lo que, en una vivienda puede habitar más de un hogar. El caso más claro es el de los inquilinatos. Es posible coresidir con alguien sin ser pariente, especialmente en las ciudades, como es el caso de los cada vez más frecuentes apartamentos compartidos. También se puede ser pariente y vivir separado, ya que las redes familiares no se agotan en el interior de la vivienda.

La noción que estamos presentando del término hogar fue redactada por estadísticos y demógrafos por un motivo: es necesaria una unidad estadística de observación que permita contar a la población sin omisión ni doble registro en los censos y encuestas.

Aunque el objetivo del censo no ha sido, ni es el estudio de la familia, estudiar el hogar nos permite pensar la familia. El hogar es el reflejo de una realidad social y una vivencia personal, que permite rastrear numerosas transformaciones sociales.

Tenemos menos hijos

En la década de los 70, una mujer colombiana tenía en promedio 6,8 hijos a lo largo de su vida. En 2015, se estima que cada mujer tuvo solo 1,9.

Hoy por hoy, tenemos menos hijos en cada familia. De hecho, concebimos que puedan existir familias sin hijos. Este fenómeno lo explica la transformación de la función social de la mujer, cuyo lugar ya no está exclusivamente en lo doméstico.

Al aumentar las oportunidades laborales y educativas de las mujeres –aunque todavía en condiciones de desigualdad– los proyectos reproductivos y nupciales cambiaron. Es decir, el proyecto de vida de las mujeres ya no se liga solo al ejercicio de la maternidad y la familia, sino que estos se deben combinar con las aspiraciones profesionales, por lo que tener menos hijos tiene sentido.

A este argumento se suma el impacto de las transformaciones económicas: pasamos de ser un país principalmente rural a uno predominantemente urbano. En la economía agrícola, los hijos representaban un ‘activo’, pues eran la mano de obra para las labores productivas. En la fase actual del capitalismo, los hijos implican gastos cada vez mayores y prolongados.

En esta nueva fase productiva, la educación es una etapa fundamental para entrar al mundo laboral, pero numerosos servicios sociales, como la educación, están privatizados. Esto ha hecho que los hijos sean un gasto, más que un beneficio. A esto se le suma la extensión de la vida educativa, que hace que los hijos dependan de los progenitores durante más tiempo.

Si tenemos en cuenta los factores mencionados, puede valorarse positivamente la reducción del tamaño del hogar por la vía de una disminución en la cantidad de hijos. Más aún en contextos como el colombiano, en el que nos preocupa el control de la natalidad y en el que los hogares con más hijos están entre los grupos sociales más vulnerables. El descontrol de la natalidad en grupos vulnerables configura un círculo de pobreza.

Mientras tanto, en diferentes países europeos, la preocupación radica en que no se tienen los hijos suficientes para garantizar la sostenibilidad como sociedad, por ejemplo, en el tema pensional.

Los procesos de secularización e individualización propios de la modernidad, aunados a los cambios en los roles de género ya mencionados, han transformado los valores y prácticas familiares y de coresidencia.

Así, ha mutado la imagen de la familia tradicional de principios del siglo pasado, en la que los matrimonios perduraban ilimitadamente y se convivía con abuelos, padres e hijos, junto con tíos, primos y otros parientes o allegados.

Las nuevas familias

Además de un importante proceso de nuclearización, en el que se privilegia la convivencia exclusiva de los padres con los hijos, vivimos un proceso de diversificación y aceptación de otras formas de familia, asociadas a las diversas opciones individuales.

Hoy encontramos parejas que decidieron no tener hijos, o madres y padres divorciados que viven con uno o varios de sus hijos, parejas del mismo sexo o los llamados hogares unipersonales.

Los hogares unipersonales han sorprendido por su rápida proliferación: en 2005 constituían el 11,1 por ciento; mientras que en 2018 representan el 18,1 por ciento en todo el país.

Los hogares unipersonales se han entendido como la expresión de la modernidad demográfica por tratarse de personas que viven solas, bien sea como etapa previa a la vida en pareja o como opción definitiva.

Este nuevo modelo de hogar es posible solamente gracias a los cambios en los roles de género: las mujeres pueden ser independientes económicamente y los hombres pueden serlo ‘logísticamente’.

Sin embargo, no siempre se trata de profesionales jóvenes y solventes económicamente. En muchos casos, los hogares unipersonales, lejos de ser una expresión de modernidad, son un reflejo de la desestructuración de los sistemas de apoyo familiar, indispensables en todos los momentos de la vida, pero más claves aún en contextos de acelerado envejecimiento, como el que también revela el censo 2018.

¿Qué implica todo esto?

Los cambios en el tamaño del hogar y las nuevas formas de residencia se distribuyen de manera desigual entre los niveles socioeconómicos y, por ello, en el territorio. De allí que su conocimiento y análisis sea necesario tanto en el nivel municipal como en el interior de las diferentes zonas urbanas y rurales.

No es posible pensar de la misma manera a La Candelaria, en Bogotá, que tiene un tamaño promedio de 2 personas por hogar, que a Usme, con 3,2. Esta diversificación plantea la necesidad de pensar respuestas simultáneas, pero distintas y acordes a cada contexto.

A la hora de pensar la planeación territorial y el desarrollo, el dato fundamental para prever servicios y tomar decisiones no siempre es cuántas personas somos, sino en cuántos hogares estamos organizados. Recordemos que el hogar es una unidad de consumo de bienes y servicios.

Entonces, si una población mantuviera su tamaño en el tiempo, pero disminuyera el promedio de tamaño del hogar, habría más hogares, que a su vez demandarían, por ejemplo, más viviendas. Allí nos ubicamos en el terreno de las necesidades cuantitativas de provisión de servicios. Pero el dato del tamaño del hogar también sirve para analizar las necesidades cualitativas.

Vemos, por ejemplo, cómo ha aumentado la presencia de apartamentos en todo el territorio nacional: en 2005 los apartamentos representaban el 24 por ciento de las viviendas, mientras que en 2018 corresponden al 33 por ciento.

Las casas, a diferencia de los apartamentos, están más asociadas a las necesidades de los hogares más numerosos. Además, es evidente que el incremento de hogares unipersonales o de parejas ha animado a la construcción de apartamentos tipo loft, altamente concentrados en ciertas zonas de las ciudades, mientras que en otras se ha dado lugar a subdivisiones de viviendas o apartamentos compartidos.

Cambian los cálculos

Otro buen ejemplo es el de las previsiones de demanda de servicios públicos domiciliarios, que requieren de un estudio detallado de los tamaños de los hogares para comprender que en una vivienda puede haber cuatro consumidores de agua, o, por el contrario, puede haber solo uno.

Los promedios pueden ser insuficientes si no se analiza la diversidad que se concentra en el territorio.

Y como estos ejemplos, puede haber varios referidos a la oferta de espacios públicos, y a la planeación de bienestar social y de salud, en los que el Estado tendrá que enfrentar las trasformaciones en los mecanismos de apoyo familiar, que tenían como una de sus estrategias la coresidencia.

Tenemos entonces, por un lado, numerosos hogares en los que aún conviven varias generaciones. Para ellas es necesario plantear sistemas de apoyo que garanticen que tanto jóvenes como adultos y adultos mayores puedan desempeñar sus proyectos de vida en equidad y autonomía.

Por el otro lado, tenemos hogares de tamaños pequeños o unipersonales, de todas las edades, que requieren y requerirán redes de apoyo formales e informales para atender a las adversidades económicas, emocionales y de salud.

DIVA MARCELA GARCÍA* Y ÁNGELA JARAMILLO**
Razón pública
*Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana.
** Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana.

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