El Fondo Monetario Internacional tiene que aprender

El Fondo Monetario Internacional tiene que aprender

La crisis en Argentina es un fracaso fundamental del Fondo Monetario Internacional en sus políticas.

Protestas en Argentina

Semana tras semana hay marchas de protesta en Buenos Aires y otras ciudades argentinas por la pobreza que está generando la fuerte inflación.

Foto:

Juan Ignacio Roncoroni / EFE

Por: Stephen Grenville - Project Syndicate.
21 de septiembre 2019 , 09:44 p.m.

Lo que pasa en Argentina es un fracaso fundamental del Fondo Monetario Internacional (FMI) en sus políticas. Ya es evidente que la austeridad fiscal y un régimen de flotación cambiaria son inadecuados frente a la volatilidad del flujo de capitales. La gran pregunta es qué viene ahora, no solo para Argentina, donde el FMI se esforzará en salvar su programa de préstamos, sino para el Fondo mismo.

Para empezar, el FMI tiene que idear formas mejores de resolver los problemas de deuda soberana insostenible. Una deuda interna insostenible siempre se puede resolver con reprogramaciones o quiebras. Pero la deuda internacional es harina de otro costal, y aquí el historial del FMI deja mucho que desear. En la crisis asiática de 1998, el Fondo opuso firme resistencia a una reprogramación. En la crisis griega de 2010 permitió a los acreedores (más que nada bancos extranjeros) protegerse a sí mismos de su propia estupidez. Y en el caso de Argentina, se negó a usar su influencia contra los fondos buitres que habían subvertido la reprogramación de 2010, al tiempo que desplegaba un programa de préstamos a gran escala.

(Lea también: Los errores de Argentina y el FMI en la crisis de ese país)

En segundo lugar, el FMI tiene que enfrentar el hecho de que para una economía emergente frágil, un flujo de capitales internacionales irrestricto es demasiado volátil. Tras mucho oponerse a los controles de capitales, terminó avalando (sin entusiasmo) la “gestión de flujos de capitales”, pero solo como última medida, cuando todas las demás (en concreto, la austeridad) han sido agotadas.

Pero, en vez de ser la última herramienta de política por considerar, la restricción del ingreso de capitales debería ser una opción rutinaria para muchas economías emergentes. El FMI debería articular su apoyo a los países que apliquen esas restricciones a flujos de cartera inconstantes. Las economías emergentes no deberían incurrir en déficits externos cuantiosos solo porque los inversionistas extranjeros están eufóricos, ya que esos mismos inversionistas partirán en masa cuando cambien las condiciones.

En tercer lugar, en vez de tolerar a regañadientes la intervención en el mercado cambiario, el FMI debería promoverla activamente cuando la volatilidad del mercado es claramente disruptiva. Varias economías asiáticas demostraron los beneficios de una intervención disciplinada en el mercado. El Fondo debería usar esas experiencias como base para la elaboración de recomendaciones operativas. En cuarto lugar, los accionistas del FMI tienen que revisar la gobernanza interna del organismo. El programa argentino no es más que la última en una serie de decisiones en las que, aparentemente, los intereses políticamente motivados de los integrantes más grandes del Fondo han prevalecido. Tradicionalmente, Argentina ha recibido un trato favorable de Washington (en comparación con, por ejemplo, los países de la crisis asiática 1997-98). La veloz aprobación del programa de 50.000 millones de dólares y la facilidad con que se amplió a 57.000 millones refuerzan la impresión de que el país recibe un tratamiento especial, a pesar de su incapacidad crónica para manejar sus deudas.

Cuando llegue el momento de un análisis ‘post mortem’ se culpará a la víctima. Se mostrarán las deficiencias políticas y de gobernanza de Argentina como explicación de lo que salió mal (y no sin justificación). Pero la cuestión es otra. Se supone que el FMI está para actuar en entornos difíciles. Para hacerlo con eficacia, tiene que reformarse a sí mismo junto con la problemática economía argentina.

STEPHEN GRENVILLE*
© Project Syndicate.
* Exvicegobernador del Banco de la Reserva de Australia.

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