Abordar la desigualdad es una opción política

Abordar la desigualdad es una opción política

Sin mayor esfuerzo de gobiernos e instituciones multilaterales no se logrará ningún objetivo global.

Ingresos de los hogares colombianos

La desigualdad suele originarse y estar causada por una combinación de una gran variedad de circunstancias y factores sociales y económicos.

Foto:

John Jairo Bonilla / Archivo EL TIEMPO

Por: Mahmoud Mohieldin y Carolina Sánchez-Páramo - Project Syndicate
21 de septiembre 2019 , 10:12 p.m.

El mundo ha dado pasos notables en la reducción de la pobreza extrema, pero en los últimos años esos avances se han ralentizado considerablemente. El problema está claro: para eliminar la pobreza extrema es necesario abordar la desigualdad.

La buena noticia es que la desigualdad en la población mundial ha bajado desde 1990, reflejando la reducción de la pobreza. La mala nueva es que se ha elevado dentro de los países. En comparación con hace 25 años, es mucho más probable que una persona promedio viva hoy en una economía más desigual. Y, más allá del ingreso y la renta, sigue habiendo grandes disparidades –entre países y dentro de ellos– en ámbitos como la alimentación y la nutrición, la atención de salud, la educación, la tierra, el agua potable y otros factores esenciales para llevar una vida digna y plena.

Lejos de ser inevitable, la desigualdad es una opción política. Los gobiernos que desean reducir las brechas en los ingresos y la riqueza, y mejorar las vidas y oportunidades a disposición de sus ciudadanos más pobres, han demostrado su esfuerzo y han logrado algunos avances. Desde 2015, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (específicamente el Objetivo 10) han hecho que se preste una atención sin precedentes a este tema.

El tema de cómo combatir la desigualdad, tanto a nivel global como nacional, se discutió en el Foro Político de Alto Nivel de julio. Y el Grupo del Banco Mundial y el Departamento de la ONU de Asuntos Económicos y Sociales vienen apoyando a los gobiernos para que pueden acelerar sus iniciativas en esta área. Este trabajo ha permitido llegar a varias conclusiones:

Primero, que la desigualdad suele originarse y estar causada por una combinación de circunstancias sociales, como el estatus económico o de composición de la familia, la ubicación geográfica, la etnicidad y el género. Todos estos factores pueden contribuir a la desigualdad de oportunidades, y la misma desigualdad de ingresos los exacerba. Además, puesto que la desigualdad de oportunidades reduce la movilidad social de una generación a la siguiente, crea persistentes trampas de desigualdad.

Segundo, que para eliminar las barreras a las oportunidades, los gobiernos deben abordar las causas raíces de la desigualdad, identificando y eliminando las leyes discriminatorias, y no en menor medida aquellas que criminalizan la desventaja. Más aún, dado que la desigualdad se origina en gran parte en la niñez, los gobiernos deben invertir mucho más en una atención de salud universal de alta calidad y en educación en la infancia temprana. Solo con la creación de capital humano desde temprano podemos asegurarnos de que las desigualdades no pasen de una generación a la siguiente.

Para hacer tales inversiones, será necesario contar con recursos nacionales adicionales. En general, la tributación progresiva es esencial para aumentar los ingresos del Gobierno. Pero también lo es una mayor capacidad de administración, de modo que los gobiernos puedan prevenir la evasión de impuestos y limitar los flujos ilícitos de recursos entre fronteras. Con una mejor movilización de recursos, las protecciones y transferencias sociales se pueden convertir en potentes herramientas para reducir las disparidades de ingreso y riqueza.

Los gobiernos tienen que asegurarse de que los beneficios de las políticas progresivas lleguen a quienes más los necesitan. Para ello, las autoridades deberían pedir las perspectivas de sus ciudadanos menos privilegiados a la hora de diseñar e implementar nuevas medidas de reducción de la pobreza y la desigualdad. Dar voz a los pobres permitiría análisis más auténticos de los retos actuales, al tiempo que se asegura que los recursos se dirijan a quienes tienen más necesidad de ellos.

Por último, la falta de datos es una barrera para diseñar políticas efectivas. Para mapear la desigualdad de manera completa, las autoridades deben poder responder a la pregunta de quién se beneficia de una política, ley, estructura política o norma cultural determinadas. Ámbitos como la educación, el clima, la seguridad alimentaria y la infraestructura son solo algunos en los que los gobiernos precisan de más y mejores datos. Aunque su recolección es costosa y exige el uso de muchas habilidades, las innovaciones recientes han ampliado sustancialmente las opciones disponibles para los gobiernos.

Por ejemplo, las fuentes de datos tradicionales como las encuestas en el hogar generalmente no reflejan los ingresos más altos (incluido el 1 % superior) hoy se están complementando con datos tributarios y administrativos para llenar esas prolongadas brechas de conocimiento. De todos modos, necesitaremos desarrollar más y mejores indicadores que reflejen las diferentes manifestaciones de la desigualdad de modo que todos los actores –gobiernos, partes interesadas, instituciones multilaterales, organizaciones de la sociedad civil y medios de comunicación– puedan medir directamente los avances hacia el logro del ODS 10.

Las barreras a las políticas de reducción de la desigualdad suelen reflejar una falta de voluntad política para superarlas. Las autoridades deberían reconocer que la persistencia de grandes disparidades entre grupos no solo es perjudicial para la economía, sino también para la estabilidad política y social. Sin igualdad de oportunidades y políticas que reflejen narrativas de unidad, no puede haber cohesión social ni confianza en las instituciones.

Los líderes mundiales evaluarán los avances hacia el logro del ODS en una cumbre que se celebrará el 24 y 25 de este mes. Deben reafirmar su compromiso con los objetivos globales, y específicamente con el ODS 10. El Grupo del Banco Mundial centrará su energía y recursos en medir los avances entre hoy y el año 2030. Pero no bastará con eso. Para reducir la desigualdad a nivel planetario y dentro de los países será necesario que pensemos como una aldea global.

MAHMOUD MOHIELDIN*, CAROLINA SÁNCHEZ-PÁRAMO**
© Project Syndicate
Nueva york

Desigualdad en Colombia

Aunque Colombia tuvo un crecimiento económico entre 2017 y 2018, de 2,7 % en el PIB, esto no significó una mayor redistribución.

Y es que, desde que Thomas Piketty, economista francés, afirmó que el crecimiento económico en sí no es suficiente para alcanzar la igualdad y puede, incluso, aumentar la brecha económica entre ricos y pobres, los hechos, a lo largo y ancho del mundo, no han hecho sino reafirmar su hipótesis.

El índice Gini de Colombia, que mide la desigualdad de los países del mundo, fue de 0,517 para año 2018 (Dane), donde entre más cerca se esté al número 0 hay mayor igualdad y entre más cerca al 1, mayor desigualdad. En el 2017 ese indicador era de 0,508, según la misma fuente.

Ahora, tomando los datos del más reciente escalafón del PNUD (datos comparables), titulado ‘Índices e indicadores de desarrollo humano del 2018’, Colombia es el segundo país más desigual de América Latina, después de Brasil, y ocupa el puesto 11 a nivel mundial.

Además, el último estudio de pobreza multidimensional publicado por el Dane afirma que entre 2016 y 2018 la pobreza multidimensional aumentó un 1,8 %, llegando al 19,6 %. Esta medida identifica múltiples carencias a nivel de los hogares y las personas en los ámbitos como la salud, la educación y el nivel de vida. En cabeceras municipales, la pobreza multidimensional fue del 13,8 % en el 2018, y en zonas rurales dispersas alcanzó el 39,9 %.

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