Análisis / Economía del país va a un 2020 menos negativo de lo pensado

Análisis / Economía del país va a un 2020 menos negativo de lo pensado

¿Qué va a pasar con la economía colombiana cuando termine el 2020?

Mujeres trabajadoras

Cuánto tiempo tomará volver a los niveles de 2019 es algo que los especialistas discuten con intensidad. Tal como pinta la realidad, eso sucedería solamente hasta 2022 en el plano de la producción.

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Raúl Arboleda. AFP

Por: Ricardo Ávila
23 de noviembre 2020 , 07:24 a. m.

Cuando el martes de la semana pasada el Dane dio a conocer el reporte relativo al comportamiento de la economía colombiana durante el tercer trimestre de 2020, pocos especialistas se sorprendieron ante la magnitud de un saldo en rojo que coincidió con las apuestas hechas previamente. Aun así, aparecieron dos interpretaciones distintas.

La positiva resaltó que la reactivación es innegable, pues el producto interno bruto mostró una expansión del 8,7 por ciento frente a lo observado entre abril y junio. Por su parte, la negativa señaló que la contracción es profunda, pues la caída llegó a 9 por ciento, en comparación con los registros de un año atrás.

Ambas evaluaciones son válidas y reflejan las caras de una misma moneda. Si bien es indudable que lo peor pasó, tras el desplome ocasionado por el confinamiento obligatorio, no se puede negar que las cosas siguen difíciles y que falta recorrer un trecho largo antes de salir definitivamente del bache.

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Cuánto tiempo tomará volver a los niveles de 2019 es algo que los especialistas discuten con intensidad. Tal como pinta la realidad, eso sucedería solamente hasta 2022 en el plano de la producción, pero en lo que atañe a empleo, ingreso por habitante e índices de pobreza, el plazo sería mucho más largo y podría llegar a tomar hasta una década en algunos casos.

Por esa razón, aquí no solo vale la pena concentrarse en la tendencia hacia la mejoría, sino en la velocidad y sostenibilidad de esta. Ese es el motivo por el cual Bruce Mac Master, presidente de la Andi, sostiene que “hay que jugársela por el crecimiento”.

Y no es que las cosas estuvieran muy bien antes. Si bien Colombia se ubicaba hasta hace poco como uno de los países más dinámicos de América Latina al mantenerse en la parte alta de la tabla, eso se debía a que la mayoría de las demás naciones del área oscilaban entre el estancamiento y el ritmo lento.

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Los números son elocuentes. Según cálculos del Banco de la República hechos antes de la presente crisis, nuestro crecimiento potencial no llegaba ni siquiera al tres por ciento anual en promedio. Eso quiere decir que para duplicar el tamaño del PIB había que esperar al menos un cuarto de siglo, a menos que se tomaran las medidas necesarias para despejar los obstáculos que nos impiden andar más rápido.

Existen cuellos de botella que no son nuevos y no tienen doliente

Ahora y después

Lo anterior quiere decir que no basta con recuperarse, sino pensar en lo que sigue. Aparte de lo urgente, no se puede descuidar lo importante, algo que implica tomar medidas de corto y mediano plazo que tengan la debida coherencia. Solucionar un problema inmediato incubando otro en el futuro sería la peor salida.

La afirmación no pone en duda que la principal prioridad es conseguir que la reanimación suceda más temprano que tarde. A este respecto hay señales alentadoras que dan pie para pensar que el cierre del año apunta a ser mejor de lo que se creía unas semanas atrás.

Por ejemplo, esta semana la firma XM informó que la demanda de energía en octubre mostró una expansión del 0,6 por ciento en el mes. El guarismo es bajo y dista de ser ideal, pero es la primera vez desde el comienzo de la emergencia causada por la pandemia que la estadística pasa de negativa a positiva.

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Junto con lo anterior están los reportes de un buen número de empresas sobre la marcha de los negocios. En días recientes, los codirectores del Banco de la República sostuvieron reuniones virtuales con una treintena de presidentes de compañías de diferentes sectores, ubicadas en las cuatro ciudades más grandes. “No solo ninguno se quejó, sino que la mayoría contó que ya estaba por encima de las cifras mensuales de 2019”, dijo uno de los asistentes.

Construcción

Capítulo aparte merecen las ventas de vivienda, que han respondido con creces a los subsidios gubernamentales.

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Raúl Arboleda / AFP

Debido a ello vienen en aumento los observadores que creen que el último trimestre del año ayudará a que no se cumplan predicciones como la del Fondo Monetario Internacional, que a comienzos de octubre habló de una contracción superior al ocho por ciento anual en 2020. Si las cosas siguen en la misma dirección reciente, el retroceso podría acercarse al seis por ciento.

La explicación recae en múltiples factores, pero ninguno es tan importante como la reapertura de la mayoría de las actividades que estuvieron cerradas o enfrentaron limitaciones en la época del confinamiento. Incluso segmentos como el turismo dan señales de vida, entre otros motivos porque los desplazamientos al extranjero han sido remplazados por viajes internos.

De otro lado, elementos tan disímiles como el precio de la carga de café, la recuperación de las remesas venidas del exterior o el recorte en las tasas de interés sirven para que la demanda gane algo de vigor. Gastos que se habían aplazado por cautela vuelven a aparecer, junto con el repunte en los índices de confianza.

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Adicionalmente, las políticas orientadas a mitigar la realidad de las personas de menores recursos muestran frutos tanto desde el punto de vista de evitar una debacle social como de mantener ciertos niveles de consumo. El debate sobre el monto que se entrega a través de programas como Ingreso Solidario sigue, pero eso no impide reconocer que la realidad sería mucho peor de no existir dichas transferencias.

Capítulo aparte merecen las ventas de vivienda, que han respondido con creces a los subsidios gubernamentales. De la noche a la mañana, los colombianos remplazaron la tradicional visita a apartamentos y casas modelo por los espacios virtuales, sin que eso aminorara el apetito de los compradores.

En cuanto al día sin IVA el asunto es más complejo. No hay discusión de que –como se vio ayer– el gancho de suspender el cobro del tributo es atractivo para que la gente visite tiendas, almacenes o hipermercados, ya sea de forma presencial o virtual. La mayor afluencia de público genera empleo temporal y les da una mano a los comerciantes que pasaron dificultades cuando se vieron obligados a cerrar sus puertas durante meses.

Ninguno se quejó, sino que la mayoría contó que ya estaba por encima de las cifras mensuales de 2019

Sin embargo, el balance de beneficios y costos no necesariamente deja un saldo positivo. Aparte de un sacrificio fiscal considerable, está el argumento de que el dinero que no se recaudó podría mover la maquinaria productiva con más fuerza si se invirtiera en otras áreas.

A lo anterior hay que agregar el pernicioso mensaje implícito según el cual los impuestos son una especie de talanquera que hacen más difícil dejar atrás la recesión. Dado el desajuste de las finanzas públicas, seguir por esa senda equivale a jugar con fuego, justo cuando las firmas calificadoras de riesgo nos tienen en una especie de matrícula condicional que puede desembocar en una pérdida de lo que se conoce como el grado de inversión de los títulos de deuda emitidos por el Estado.

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Y en la ecuación del futuro cercano es obligatorio tener en cuenta la marcha de la pandemia. Sobre el particular vale la pena insistir que la probabilidad de nuevas cuarentenas generalizadas es muy baja, debido a que el ritmo de los contagios es muy distinto dependiendo de la ciudad o región. Frenazos como los de Europa o parte de Estados Unidos no se ven en el horizonte.

Del dicho al hecho

Ese parte de relativa tranquilidad no puede desembocar en un sentimiento de autocomplacencia, que nace cuando las autoridades creen que el hecho de que se superen las expectativas quiere decir que todo lo están haciendo bien. Por el contrario, el momento actual debería llevar a que se haga un examen para ver si hay manera de hundir el acelerador de la recuperación.

Las razones para actuar son obvias y están relacionadas con el salto en el desempleo y la informalidad laboral. Más allá de que aparezcan retoños verdes, se requiere un esfuerzo de largo aliento para que la pobreza empiece a reducirse.

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Ideas sobre lo que hay que hacer abundan. Fedesarrollo publicó un documento que se destaca porque nace del sentido común y hace propuestas que son relativamente fáciles de implementar. El Consejo Gremial Nacional incorporó esas recomendaciones y agregó una cuantas más en un texto que está ya en manos del Gobierno.

Este último, por su parte, esbozó su estrategia en eventos como el arranque de legislatura, el pasado 20 de julio. El problema es el de siempre: tras el anuncio oficial, muchas acciones se quedan en el tintero y la política esbozada queda reducida a buenas intenciones que no se expresan en la práctica.

Para colmo de males, los procesos son lentos. Un documento Conpes sobre reactivación todavía no ha salido porque la discusión interna entre los ministerios continúa. Emergencias como la de San Andrés y Providencia o la ola invernal distraen a los funcionarios, pues otros asuntos claves, pero menos urgentes, pasan a segundo plano.

Como consecuencia, “existen cuellos de botella que no son nuevos y no tienen doliente”, señala Martha Elena Delgado, investigadora de Fedesarrollo. Por ejemplo, hay consenso en que impulsar la infraestructura hace todo el sentido porque genera empleo y es fuente de encadenamientos productivos.

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No obstante, y más allá de que se hayan destrabado algunos proyectos emblemáticos, una mirada a las cifras publicadas por el Dane el martes muestra que ese capítulo va muy mal. “Hay una parte que requiere de una acción articulada y que encabezan las obras civiles”, añade Delgado.

Salir del marasmo exige dos requisitos: gerencia y liderazgo interno. Las historias de inversionistas que se reúnen con un alto consejero de la Casa de Nariño o con un ministro y salen de la cita con la promesa de que una dificultad puntual se va a resolver son muchas. Lamentablemente, en buena parte de los casos lo usual es que nada suceda y los propósitos se extravíen en la manigua de la burocracia.

Nada de eso es nuevo en Colombia, a decir verdad. Quienes ocupan los más altos cargos del Ejecutivo siempre han creído que sus órdenes se cumplen, para descubrir con el paso del tiempo que del dicho al hecho hay mucho trecho.

La diferencia esta vez es que el país atraviesa una crisis sin precedentes, que comenzó con la salud, se transmitió a la economía y ahora afecta el bienestar de millones de familias. Por cuenta de esa realidad no queda otra salida que enmendar la plana. Seguir como antes asegura que recuperar el terreno perdido se demore mucho más de lo necesario.

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Y a lo anterior se agrega la reiteración de que es indispensable contar con una estrategia de política pública que se enfoque en el crecimiento. Que ese objetivo debe ser incluyente, diversificado y sostenible es algo incuestionable, pues no se trata de replicar los vicios del pasado.

Sin embargo, y para utilizar la conocida figura, no basta con decir que se va a repartir mejor la torta si esta no aparece o no aumenta su tamaño. De ahí que los debates públicos –y más ahora que está cerca de comenzar la temporada electoral– deberían concentrarse en cómo hacer que la economía colombiana no solo salga del sótano, sino que logre una velocidad muy superior a la de antes.

Negarse a hablar del tema equivale a resignarse a seguir en las mismas. Eso no sería justo, ni con esta ni con las próximas generaciones de colombianos que aspiran y merecen un futuro mejor.

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RICARDO ÁVILA
Twitter: @ravilapinto
Analista senior
Especial para EL TIEMPO​

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