Guillermo Perry, un viajero infatigable de equipaje ligero

Guillermo Perry, un viajero infatigable de equipaje ligero

La presencia en Gobierno, academia, y el equilibrio en su vida caracterizaron al exministro.

Guillermo Perry, un viajero infatigable de equipaje ligero

El exministro de Hacienda y de Minas Guillermo Perry falleció ayer en Baltimore. Acababa de publicar un libro que recogía medio siglo de historia del país.

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Alberto Urrego / EL TIEMPO

Por: Ricardo Ávila
28 de septiembre 2019 , 12:02 a.m.

Era una persona feliz. Así lo vi en el avión de Avianca que el jueves pasado despegó de Bogotá con destino a Washington. Viajaba a cumplir un compromiso médico, después de haberle ganado la partida a un cáncer al que pudo derrotar a punta de empeño. No deja de ser una gran ironía que en camino al que debía ser un chequeo de rutina, en un hospital de Baltimore, la muerte lo sorprendió con un infarto fulminante cuando todavía el sol no aparecía ayer en el firmamento.

Cuando supe la noticia, me negué a creerla. Lo mismo les sucedió a decenas de personas que se lo habían encontrado en los días anteriores, comenzando por sus estudiantes en la Universidad de los Andes, además de colegas en los más variados rincones del mundo. Con el paso de las horas fue necesario aceptar la verdad: Guillermo Perry, uno de los economistas latinoamericanos más brillantes del último medio siglo, había fallecido.

La parte pública

Son muchas las razones por las cuales se destacó. Aparte de una curiosidad intelectual constante que lo llevaba a leer no solo estudios de corte académico, sino a estar al tanto de las novedades literarias en diferentes latitudes, contaba con una capacidad analítica excepcional.

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“Cuando miraba un tema en profundidad, encontraba elementos que los demás no habíamos visto... Aparte de absolutamente brillante, era una caja de música”, señaló Juan José Echavarría, el actual gerente del Banco de la República, quien al graduarse salió a trabajar con él a Fedesarrollo unos cuantos almanaques atrás.

Su vida pública es bien conocida: director de Impuestos en la administración López Michelsen, a cargo de una reforma tributaria que modernizó el sistema existente; ministro de Minas en el gobierno de Virgilio Barco, época en la cual fue responsable de la masificación del gas natural en beneficio de millones de hogares; ministro de Hacienda de Ernesto Samper, cargo al que llegó con grandes expectativas, pero del cual se retiraría una vez se conocieron las revelaciones del proceso 8.000.

Guillermo Perry

Guillermo Perry fue ministro de Hacienda y de Minas, y parte del grupo que dio vida a Fedesarrollo.

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Joana Toro

Tras un largo paso por el Banco Mundial, en donde actuó como economista jefe para América Latina, volvió al país con el propósito de llevar una agenda más pausada. Y aunque en ocasiones lo logró, su voz nunca dejó de escucharse, comenzando por su columna dominical en EL TIEMPO, en cuya planeación y escritura se aplicaba como el que más. Según afirmó Alejandro Gaviria, “en sus últimos años, tuvo una postura crítica, casi desenfadada, intolerante con los vicios de la política y el oportunismo de cierta parte del sector privado”.

Parte de su sabiduría nació de su involucramiento con el mundo político. Tras haber sido simpatizante de ideas de izquierda, su conocimiento de la China en la época de Mao Tse Tung lo devolvió a las filas del Partido Liberal. Jamás entendió la lucha armada, pues era un convencido de que el sistema democrático era el más adecuado para impulsar las transformaciones de una sociedad como la colombiana.

Por eso fundó el Poder Popular, junto con Samper y un puñado de intelectuales.

No solo era un pensador muy agudo, sino un orientador del debate público, con la única intención de mejorar las cosas en Colombia y buscar el interés genera

Disfrutó su paso por el Senado, en el cual conoció a un país diferente, tanto como la experiencia en la Asamblea Constituyente que escribió la carta política expedida en 1991.

Muchas de las lecciones aprendidas se encuentran en Decidí contarlo, el libro que lanzó en agosto. Una conversación con la periodista Isa López Giraldo derivaría en múltiples sesiones que dieron lugar a un texto de más de 900 páginas, que tuvo que ser sometido a la tijera implacable de un editor que le quitó un buen número de cuartillas.

El producto final es una defensa implícita de la tecnocracia, gracias a la cual la economía colombiana se ha destacado por su capacidad de crecer en una región signada por la volatilidad. Convencido de la necesidad de pasarles el mensaje a los demás, aceptó múltiples invitaciones para hablar de su obra. Una foto de esta semana lo muestra en Barranquilla, hablando con sus colegas y amigos Roberto Junguito, Antonio Hernández y Adolfo Meisel, en un salón de la Universidad del Norte.

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Como lo señaló en diferentes ocasiones, el país de hoy es mucho mejor que el de antes, sobre todo en lo que atañe a los avances en materia social, que se expresan en la disminución de la pobreza y la expansión de la clase media. Reconocer ese hecho no le impedía señalar lunares aquí y allá o proponer soluciones concretas.

“Nos va a hacer mucha falta”, dijo apesadumbrado el exministro Mauricio Cárdenas.

“No solo era un pensador muy agudo, sino un orientador del debate público, con la única intención de mejorar las cosas en Colombia y buscar el interés general, por encima de todo”, agregó. “El país pierde a un gran economista y yo pierdo a un buen amigo”, afirmó, por su parte, José Antonio Ocampo, hoy codirector del Banco de la República.

La parte privada

No hay un ser humano que pueda llegar a la condición de grandeza, si en su ámbito personal no logra el equilibrio. Guillermo Perry lo consiguió, gracias a la relación que forjó con Claudia, su esposa, una mujer con los pies en la tierra que le enseñó a ser ligero de equipaje. Se enorgullecía inmensamente de los éxitos de Juana, a quien consideró siempre su hija, como de los de Antonio, la verdadera luz de sus ojos.

Viajero incansable, se preciaba de haber conocido más de cien naciones, de las que podía contar anécdotas a lo largo de toda una noche. En contra de lo que se pudiera creer, era más de temperamento “guerrero” que de búsqueda de comodidades, así disfrutara enormemente de una buena cena y una copa de vino. Curioso irredimible, era usual que sorprendiera a un extranjero con historias que no conocía de su propio país.

Aunque recordaba con una amplia sonrisa la época en que estuvo de profesor invitado en Florencia y hablaba con ojos iluminados de los paisajes de la Toscana, su verdadero refugio era una casa de campo, ubicada en la ladera de una montaña en el municipio cundinamarqués de Pacho.

En un principio, la construcción estaba al lado de una laguna en la cual había anclado un velero. Pero cuando llegó la ola invernal del 2010, el terreno empezó a desmoronarse hasta el punto de que paredes y techo estuvieron cerca de irse por el barranco.

Posiblemente otra persona habría cerrado esa etapa, sin mirar atrás. Perry, en cambio, desarmó la vivienda y se la llevó al cerro, desde el cual contemplaba el agua y un paisaje sin par. Abajo dejó el muelle, junto con el barquito que sacaba de vez en cuando a dar una vuelta, sobre todo si podía llegar al mediodía del viernes y devolverse a Bogotá el lunes por la mañana.

En sus últimos años, tuvo una postura crítica, casi desenfadada, intolerante con los vicios de la política y el oportunismo de cierta parte del sector privado

Quienes lo conocieron saben que era de risa fácil, así se desempeñara en oficios serios. Isa López recuerda que la hechura del libro estuvo acompañada de muchas carcajadas, gracias a un fino sentido del humor que comenzaba con la capacidad de aceptar las bromas de los otros.

Se encontraba regularmente con quienes habían trabajado con él. Actuaba casi como un padre orgulloso cuando alguno de sus pupilos hablaba de sus logros profesionales e insistía en que su única gracia en los puestos que había ocupado había sido la de saberse rodear de gente capaz. “Era mi mentor”, recordó Clemente del Valle, expresidente de la Financiera de Desarrollo Nacional.

Era meticuloso, por supuesto. Cuando cruzaba espadas en el terreno intelectual con un contrincante, se convertía en un adversario formidable. Aun así, evitaba llevar las diferencias al terreno personal con una excepción: la de aquellos con “moral de caucho”. Alejandro Gaviria subrayó “su adhesión a unos principios éticos, vehemente, sin grietas”.

También era un defensor incansable de la paz. El proceso con las Farc lo entusiasmó, algo que no le impidió ser crítico con las fallas de su implementación. Declarado objetivo militar por el Eln cuando estuvo en la cartera de Minas, esto no obstó para que insistiera en que una solución negociada era la mejor posible para desarmar a la guerrilla.

Más de una vez le preguntaron por qué daba clases, sobre todo si vivía a tantos kilómetros de la universidad y debía aguantarse el tráfico bogotano durante horas. A quien le planteaba la inquietud, Guillermo Perry lo miraba como a un marciano.

Sencillamente no entendía cómo se podía cuestionar su responsabilidad de enseñarles lo aprendido a las generaciones más jóvenes. Si había algo que no le gustaba de volar a otro lado, era incumplir la cita con sus alumnos.

Aun así, en el avión a Washington se lo veía risueño. Estaba ilusionado con llevar a Verónica, la sobrina que lo acompañaba, a Nueva York y pasear unos días por la Gran Manzana. A la salida de la inmigración me quedé esperándolo porque estuvo hablando con el oficial estadounidense durante varios minutos. No escuché lo que decían, pero las risas de ambos eran visibles a través del vidrio.

Cuando nos despedimos le deseé mucha suerte en su chequeo y le volví a repetir algo que siempre le dije con sinceridad: “Perry, cuando grande, quiero ser como usted”. Como de costumbre, soltó la risa y con picardía me contestó: “Siga intentándolo”. Eso es lo que pienso hacer, de ahora en adelante.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

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