‘El gran elefante en la habitación es Estados Unidos’: Stiglitz

‘El gran elefante en la habitación es Estados Unidos’: Stiglitz

El premio nobel de economía habla de los efectos de la permanencia de Trump en la Casa Blanca.

Joseph Stiglitz

Joseph Eugene Stiglitz, premio nobel de economía en 2001, estará presente en el Hay Festival, en Cartagena.

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Carlos Ortega / EL TIEMPO

Por: Ricardo Ávila - Especial para EL TIEMPO
30 de enero 2020 , 09:00 a.m.

En apenas un par de semanas va a cumplir 77 años de edad, y de vez en cuando se ve obligado a apoyarse en un bastón, pero a Joseph Eugene Stiglitz la vitalidad le brota por los poros.

Así lo volvió a dejar en claro durante la más reciente edición del Foro Económico Mundial, en Davos (Suiza), donde volvió a lanzar dardos respecto a las falencias de un modelo que, en su concepto, acentúa la desigualdad y sigue sin ser sometido a la cirugía de fondo que propone.

Es muy probable que quienes lo vean por estos días en Cartagena, en donde el premio nobel de economía de 2001 estará presente en el Hay Festival, lo encuentren tan combativo como siempre.

El motivo es que la temporada electoral en Estados Unidos lo tiene en estado de alerta máxima ante la posibilidad de que Donald Trump siga en la Casa Blanca.

Sobre este y otros temas, que abarcaron la ola de protestas callejeras en diferentes puntos del globo, el académico, vinculado a la Universidad de Columbia en Nueva York, habló con EL TIEMPO antes de salir de Suiza y emprender su vuelo hacia Colombia.

Terminó el Foro Económico, en Davos. ¿Qué impresión le dejó?
Creo que hubo casi un esfuerzo subconsciente, en el caso de los presentes, de no enfocarse en el asunto más fundamental para los asuntos globales, como es la reelección de Donald Trump y lo que significaría en tantas dimensiones. Por ejemplo, uno escucha la preocupación con el calentamiento global, y resulta que el gran elefante en la habitación es Estados Unidos, que abandonaría los acuerdos de París este año si no hay un cambio en la Casa Blanca. Hay inquietudes por la desaceleración, y resulta que una de las causas es la guerra comercial con China, que apenas llegó a un cese al fuego, no a una solución de fondo.

¿Y por qué esa omisión?
Quizás porque muchos consideran demasiado política esa discusión, aunque buena parte de los líderes de la comunidad de negocios apoyan a Trump, comenzando por sus recortes de impuestos en favor de los billonarios y las grandes corporaciones, lo cual no hace más que aumentar la desigualdad.

¿Piensa que Trump va a ser reelegido?
No, pero, como es bien sabido, la política es extremadamente difícil de pronosticar. Hay muchas cosas que podrían suceder entre ahora y el primer martes de noviembre, cuando serán las elecciones. No solo la norma es la incertidumbre, sino que los ciudadanos en Estados Unidos están muy divididos.

Aparte de que las brechas son mayores ahora, muchas de las diferencias se han convertido en asuntos de identidad, los cuales no van a cambiar, independientemente de si la economía va bien o mal o el presidente hace cosas escandalosas o buenas. Eso quiere decir que las bases de cálculo usuales son distintas ahora.

Supongamos que no hay cambio de mando en Washington. ¿Qué quiere decir eso para la economía mundial?
En el largo plazo, la economía global no podrá funcionar bien si los temores respecto al calentamiento global se vuelven realidad. Diferentes países se verán afectados, lo cual ocasionará migraciones y afectaciones descomunales.

En un término más corto, la incertidumbre seguirá siendo la norma, y eso no es bueno para la actividad privada. La guerra comercial seguirá afectando negativamente la inversión, lo cual eventualmente se sentirá sobre el empleo.

A los mercados financieros tampoco les va a gustar que la deuda siga creciendo o que la polarización en Washington haga imposible sacar adelante ciertas decisiones. En último término, lo que está en juego es el prestigio de la democracia y el riesgo de que veamos protestas en las calles de las ciudades estadounidenses, como en otras partes del globo.

¿Considera que hay una negación frente a ese escenario?
Totalmente. Cuando hace dos años se aprobaron los menores impuestos y el entusiasmo entre los beneficiados era evidente, también era notorio que nadie quería hablar de los problemas. Ahora hay evidencias adicionales de que no vamos bien. La baja en las tasas de tributación no condujo a la prosperidad por goteo que pregonaban sus promotores y, de hecho, exacerbó los problemas. Mi opinión es que la gente de las empresas importantes sabe que las cosas no andan por el camino correcto y prefiere mirar para otro lado.

Estados Unidos es un buen ejemplo de lo mal que pueden salir las cosas

En sus escritos salta a la vista que esa tendencia de reducir impuestos aquí y allá no le parece una buena idea. ¿Por qué?
Estados Unidos es un buen ejemplo de lo mal que pueden salir las cosas. Es el país con la mayor desigualdad entre todas las economías avanzadas. Aquella anécdota que cuenta que el billonario Warren Buffett paga, como proporción de su ingreso, menos que su secretaria resulta difícil de creer pero es verdad.

Está demostrado que la carga porcentual de las personas más ricas es inferior a la del 50 por ciento de la población que está en la parte de abajo de la pirámide. El peligro es que eso lleve a un verdadero traumatismo político y a más inestabilidad, como en Chile.

Pero en su país el desempleo está cerca del mínimo histórico, y la sensación de prosperidad es compartida por muchos...
Porque la crisis no ha explotado todavía. Además, más importante que la tasa de desempleo es la tasa de empleo, y en ese caso estamos por debajo de la mayoría de países europeos. Hay mucha gente que se salió del mercado laboral. Lo cierto es que el ingreso medio de un trabajador de tiempo completo es, en términos reales, inferior al de hace 40 años.

Mencionó a la gente en las calles. ¿Cuál es el hilo que une esas protestas?
La impresión, basada en la realidad, de que el sistema no es justo y de que las promesas hechas no se convirtieron en realidad. La globalización, la mayor presencia del sector financiero, las reformas económicas, todo debería haberse traducido en un bienestar mucho más evidente para decenas de millones de personas. Y no ha sucedido. La evidencia apunta a que a los de arriba les va muy bien, mientras que la capacidad de negociación colectiva se ha debilitado. Entonces, cuando las personas hacen sus sumas y restas se dan cuenta de que los ganadores son pocos.

En América Latina la pobreza descendió de manera significativa entre 2002 y 2014. A pesar de un pequeño retroceso, la región está mucho mejor que al comenzar el siglo. No obstante, las encuestas dicen que la población se siente peor. ¿Por qué?
Mucha de la gente que antes pasaba hambre o no podía enviar a sus hijos a estudiar reconoce que está mejor que antes, pero eso no quiere decir que su vida sea mucho mejor. Parte del problema es que el día a día es todavía difícil, y queda claro que hay una élite que no pasa los mismos trabajos.

Cuando se analiza la desigualdad, es importante subrayar que este es un concepto relativo. Uno analiza cómo le va personalmente, comparado con los otros, ya sea en el vecindario, el barrio, la ciudad o el país. De manera que si ha tenido lugar una mejoría, pero la lucha es continua y los frutos de la prosperidad los recogen otros, por supuesto que hay frustración y rabia.

¿Cuál es la solución?
Hay que reescribir las reglas de juego: darles más poder de negociación a los trabajadores, evitar los esquemas de explotación, administrar la globalización, cobrar impuestos de manera progresiva y adelantar políticas efectivas de redistribución, a través del gasto público en educación o salud, entre otros.

RICARDO ÁVILA
ANALISTA SENIOR
Especial para EL TIEMPO

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