La tregua entre China y EE. UU. no es el fin de la guerra comercial

La tregua entre China y EE. UU. no es el fin de la guerra comercial

Si bien el acuerdo calma la tensión política y económica, los líos de fondo siguen sin solución.

Donald Trump y Liu He

El presidente Donald Trump, junto al viceprimer ministro chino, Liu He, tras firmar el acuerdo comercial entre ambos países, esta semana.

Foto:

Erik S. Lesser. EFE

Por: Ricardo Ávila
18 de enero 2020 , 09:34 p.m.

Aquel conocido refrán según el cual ‘una imagen vale más que mil palabras’ volvió a citarse el miércoles pasado luego de que el vicepremier chino, Liu He, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmaron en Washington un documento de 86 páginas que les pone fin a las hostilidades entre las dos economías más grandes del mundo. En las fotografías es notorio el contraste entre la cara adusta del enviado de Pekín y el gesto de victoria del inquilino de la Casa Blanca.

No obstante el entusiasmo de los mercados de valores que se expresó en los nuevos máximos históricos alcanzados por varios índices de la bolsa de Nueva York, la mayoría de los analistas se identifican más con la expresión del representante de Xi Jinping. Si bien ambas potencias acordaron disminuir la intensidad de una confrontación que tenía en ascuas al planeta entero, debido a su impacto sobre el crecimiento, los líos de fondo siguen sin solución.

Habrá que esperar, entonces, lo que viene después de esta primera fase. La idea es que en cuestión de semanas los negociadores volverán a sentarse alrededor de la mesa con el objetivo de eliminar las barreras que quedan y lograr que tanto uno como el otro lado se sienta satisfecho con el resultado.

Pocos, sin embargo, consideran que eso sea factible. En cambio, todo apunta hacia un escenario bipolar en el cual lo que está en juego en el largo plazo es la supremacía económica, informática y tecnológica. Semejante perspectiva debería ser tenida en cuenta en las más diversas naciones, incluyendo a Colombia.

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Menos de lo que parece

Lo anterior no quiere decir que lo ocurrido sea irrelevante. Es verdad que el pacto suscrito contiene ocho capítulos que tratan asuntos claves como propiedad intelectual, servicios financieros, política cambiaria o mecanismos de resolución de controversias.

Para la administración norteamericana, lo más destacable es el compromiso chino de adquirir en el transcurso de los dos años que vienen 200.000 millones de dólares adicionales en bienes ‘made in USA’, lo que equivale a casi dos veces la facturación anual de ahora. Algo más de una tercera parte correspondería a manufacturas como aviones, automóviles o medicamentos. Cerca de un 25 por ciento adicional se concentraría en insumos energéticos, mientras 32.000 millones más serían para productos agropecuarios.

De concretarse, tales compras servirían para disminuir el saldo en rojo que existe en el comercio entre los dos gigantes. Según las cifras oficiales de Estados Unidos, el déficit con su contraparte del otro lado del océano Pacífico llegó a 378.200 millones de dólares en 2018.

No obstante, conseguir los objetivos fijados es algo que difícilmente se concretará de la noche a la mañana. Para la muestra, el diario ‘Financial Times’ relató que en el caso de las nueces los pedidos deberían subir a 2.500 millones de dólares este año, seis veces por encima de la marca previa. Así la dirigencia comunista ejerza un férreo poder en materia política, las empresas cuentan con un amplio margen de maniobra para escoger proveedores y muchos se inclinan por los de Australia o Nueva Zelandia.

Por otra parte, hay que reconocer que parte de las sanciones que iban a entrar en vigor o algunas de las que ya operaban se desmontaron. Washington canceló la idea de aplicarle un arancel del 15 por ciento a un conjunto importante de ítems y redujo a la mitad los impuestos de importación que se le habían comenzado a cobrar a otro grupo. A pesar de ello, casi la mitad de las ventas de China a Estados Unidos seguirán pagando una tasa del 25 por ciento.

En consecuencia, es imposible decir que todo volvió a ser como era. Antes de que la Casa Blanca comenzara hace un par de años a imponer medidas en forma unilateral, el gravamen promedio que pagaba un artículo chino al ingresar a territorio norteamericano era del tres por ciento, mientras que en el sentido contrario ese nivel era del ocho por ciento. Después del miércoles, el promedio quedó en 20 por ciento, en cada caso.

(Lea también: ¿Cómo afecta a Colombia la tregua comercial entre EE. UU. y China?)

Al respecto, los conocedores dicen que falta mucho trecho. Para Martín Gustavo Ibarra, quien lleva años estudiando el asunto, “aún quedan varios aspectos claves por resolver como los temas de propiedad intelectual, el cumplimiento de los compromisos de absorción de comercio entre los dos países y las reformas del sistema multilateral de comercio”.

Como si lo anterior fuera poco, el objetivo de la actual administración estadounidense de reducir sustancialmente el desequilibrio comercial que registra con el resto del mundo (incluyendo a China) sigue en veremos: el déficit que en 2016 fue de 544.000 millones de dólares subió a 691.000 millones anuales, al cierre de octubre pasado.

Nada de eso le impedirá a Donald Trump decir que consiguió una victoria. En sus declaraciones, el mandatario insiste en que nadie había logrado tanto frente al gigante asiático, algo que le sirve mucho con miras a las elecciones presidenciales que tendrán lugar a final del año. Al ser interrogado sobre el texto suscrito por las dos potencias, Phil Hogan, el comisionado europeo para asuntos de comercio, dijo que “en el corto plazo el acuerdo va a funcionar, sobre todo entre enero y noviembre”, haciendo alusión al periodo de la campaña.

Aún quedan varios aspectos claves por resolver como los temas de propiedad intelectual y las reformas del sistema multilateral de comercio

La lucha de fondo

En el trasfondo de las declaraciones del funcionario hay una implicación que no es menor. Aunque no haya una solución de fondo, las preocupaciones respecto al rumbo de la economía mundial disminuyeron. Sin desconocer que las señales muestran que hay una desaceleración en marcha, el frenazo puede ser un poco menos fuerte ahora.

De hecho, cuando China reportó el viernes que su tasa de crecimiento de 6,1 por ciento en 2019 había sido la más baja de los últimos 29 años, los observadores encontraron elementos positivos en la cifra: existen datos que sugieren un leve repunte que habría comenzado en diciembre. Tal vez por ello, la sensación ahora es que 2020 no verá un aterrizaje forzoso.

Sea como sea, las tranquilidades de uno se convierten en las preocupaciones de otro. Brasil, para no ir más lejos, se había ilusionado con la posibilidad de abastecer a los consumidores chinos en aquellos segmentos en los cuales Estados Unidos había perdido competitividad. Ahora, el gigante suramericano se expone a perder parcialmente un mercado clave, lo cual le podría significar hasta 10.000 millones de dólares menos en exportaciones.

Tales cálculos, vale la pena aclarar, son todavía preliminares. Aún es muy temprano para saber cómo se van a recomponer las cargas en un planeta en el cual hay tantas variables en juego.

Colombia, entre tanto, está obligada a navegar mejor las aguas turbulentas. “Contamos con uno de los mejores acuerdos comerciales suscritos con Estados Unidos, lo cual nos da oportunidades tanto para aumentar exportaciones como para atraer inversión para producir bienes con destino a ese mercado”, subraya Ibarra.

De vuelta al planeta y aparte de la incertidumbre, los expertos consideran que hay un riesgo que supera a todos los demás. Este consiste en lo que se conoce como un “desacoplamiento”, que equivale a que cada potencia haga toldo aparte. Si desde el punto de la eficiencia económica lo aconsejable era la especialización en las ventajas comparativas, ahora entran en juego consideraciones de seguridad nacional que llevan a que uno no dependa del otro y cada cual trace su senda. Para citar un caso, China importa el 90 por ciento de los semiconductores que usa y es factible que trate de volverse autosuficiente, así ese esfuerzo le tome una década y media.

El campanazo de alerta de Huawei es elocuente. En un momento dado, Washington puso contra la pared al gigante de las telecomunicaciones y todavía trata de impedirle su acceso a mercados lucrativos como el europeo. Aun así, la multinacional pudo aumentar sus ventas en 18 por ciento durante 2019, hasta llegar a los 122.000 millones de dólares anuales. No hay duda de que su propósito es reducir las vulnerabilidades respecto a los proveedores con que cuenta en los años que vienen, sobre todo ahora que viene la ola de la tecnología 5G, que revolucionará la transmisión de datos.

Hay maneras de evitar ese desenlace. En un artículo escrito para Foreign Affairs, Weijian Shan señaló que “no hay ganadores en esta guerra comercial y pensar que así será resulta delirante”. El motivo es que los daños para la economía global serían permanentes, básicamente porque a cada bando se le disminuye el tamaño del mercado respectivo, con lo cual las eficiencias son menores.

Todavía hay manera de evitar que eso pase. Esta consiste en conseguir que la fase dos de las negociaciones desemboque en que se levanten las barreras actuales en el campo comercial, mientras se mejoran las condiciones para la inversión. Llegar a ese objetivo implica reglas de juego claras y verificables que conduzcan a mayor competencia y beneficios cuantificables para los consumidores.

Lamentablemente, dicho planteamiento suena como una quimera. La razón es que China parece estar interesada en asumir un papel más protagónico en los asuntos globales, mientras Estados Unidos se repliega, con lo cual sube la probabilidad de enfrentamientos que, lejos de disminuir, podrían intensificarse.

Otros factores aparecen en la ecuación. El aislacionismo de Trump es la norma ahora, pero en algún momento soplarán nuevos vientos en Washington. A su vez, las ambiciones de los dirigentes en Pekín son grandes. No obstante, la población china se está envejeciendo y disminuirá en tamaño debido a la reducción de la natalidad.

Elementos como los citados explican por qué el entusiasmo de los días recientes puede ser efímero. La distensión entre los dos grandes protagonistas de la economía mundial merece aplausos. Aun así, una tregua no significa el final de una guerra. Y esta, dicen los que saben, va para largo.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

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