Las verdes y las maduras de un venezolano para trabajar y sobrevivir

Las verdes y las maduras de un venezolano para trabajar y sobrevivir

Giomer Farías vende aguacates y no cotiza a salud ni a pensión. Su prioridad es la subsistencia.

Giomer Farías

Giomer Farías luce los aguacates que le dan el dinero para sus necesidades básicas y para ahorrar el dinero que envía a su familia en Venezuela..

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Ómar G. Ahumada Rojas. EL TIEMPO.

Por: Ómar G. Ahumada Rojas
30 de septiembre 2019 , 07:15 p.m.

Giomer Farías se define como un microempresario y tiene aspiraciones de crecer su negocio -hasta habla de tener empleados-.

Para este venezolano, ingeniero en Higiene y Seguridad, técnico superior en Higiene y Seguridad Industrial y conocedor del sector petrolero pues trabajó en multinacionales de perforación como Petrex y Suelopetrol, hoy en día es un verdadero tesoro el producido que le deja la media tonelada que cada semana logra vender de aguacate hass, un producto del que este año se exportaron más de 52 millones de dólares en el primer semestre, según el Dane.

Aunque hoy tiene un negocio maduro, como el aguacate que le escoge a una cliente para consumir en el almuerzo del día, Giomer no la ha tenido fácil desde que llegó a Colombia hace cuatro años cuando, presionado por la fuerte inflación en su país (que hoy se estima en 10'000.000 por ciento), llegó a la casa de una prima en Montelíbano (Córdoba), con la idea de vender tintos o fruta por los barrios.

Pero allí solo duró un mes porque ella ‘no permitía’ que todo un profesional estuviera en ese oficio. Siendo joven, en su natal Cabimas, municipio del estado Zulia, Farías trabajó en el comercio informal, vendiendo frutas y verduras con su padre, antes de ser profesional.

Una experiencia que le ha resultado vital para capotear los duros retos que le ha puesto la vida en Colombia para conseguir su sustento diario, para ahorrar y para enviarle dinero a su hija de 5 años y a su hijo de 19, quienes viven en Venezuela con su madre, de quien está divorciado.

De Montelíbano, y gracias a unos primos que tenían un contacto con una tienda de abarrotes en Bajirá, este migrante se fue para este municipio chocoano y trabajó cinco meses despachando víveres al por mayor y al detal.

Regreso doloroso

Pero en el 2016, Giomer debió regresar a Venezuela para acompañar a su mamá, quien debió someterse a un tratamiento para el cáncer cuando todavía la migración no era masiva como lo es en la actualidad.

En el 2017, al ver que su progenitora estaba recuperada, regresó a Colombia. Esa vez llegó a Cartagena y trabajó ayudando a descargar tractomulas. Luego de ahorrar unos pesos, decidió invertir en su propio negocio de venta de frutas. Pero en esos seis meses su madre empeoró porque no pudo terminar su tratamiento al no encontrar los refuerzos, cuyo precio era inalcanzable.

“Le conseguí el tratamiento, pero no alcanzó y falleció, pues su corazón se deterioró”, recuerda con voz firme pese a los tropiezos. Tras ese doloroso episodio, Giomer llegó a Bogotá, literalmente con una mano adelante y otra atrás por el gasto que debió hacer para las medicinas de su madre.

Como muchos de sus compatriotas, estuvo en la terminal de transporte descargando maletas en busca de los 10.000 pesos que cuesta la noche en una casa del centro de Bogotá. “Nos tocaba colarnos en Transmilenio porque la plata no alcanzaba”, recuerda.
Allí conoció a un señor, quien les ayudó a él y a otro compatriota a ver la oportunidad del aguacate, que se vende bien en el mundo y en Colombia, aunque Giomer siguió solo porque su compañero se enganchó en una empresa de vigilancia.

Hoy, este venezolano, que con la frente en alto luce sus aguacates, tiene claro que con esta actividad tiene un ingreso más alto que el salario mínimo que le pagan en una empresa -muchas veces menor-, justo cuando las vacantes escasean más.

Y si bien maneja con propiedad términos como las primas, la cobertura en salud, el aporte a pensión y los beneficios que podría lograr con un contrato formal, Giomer ha hecho bien las cuentas con base en la prioridad de satisfacer sus necesidades básicas y las de sus hijos y prefiere este trabajo informal.

Labor en la que aprendió que lo más duro es ganarse la confianza de los clientes para subir las ventas, mientras espera con esperanza que el año que viene Venezuela ya tenga un gobierno responsable “que quiera reimpulsar al país, la economía, la explotación de petróleo y todos los recursos que tenemos allá, para tener una mejor calidad de vida y un país nuevo”.

ÓMAR G. AHUMADA ROJAS
Subeditor de Economía y Negocios de EL TIEMPO
En Twitter: @omarahu

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