El mercado laboral y la renta básica

El mercado laboral y la renta básica

La pandemia trajo una crisis económica y las propuestas deben reconocer la desigualdad.

Trabajo informal

En Colombia, 10,5 millones de personas de la población económicamente activa (25 millones) trabajan en la informalidad, según el Dane.

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John Bonilla. EL TIEMPO

Por: Ricardo Mosquera M.
14 de mayo 2020 , 11:50 p.m.

“Una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aún no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir, paro tecnológico”. John M. Keynes

El economista británico más influyente en la política económica posterior a la Segunda Guerra Mundial, reconocido como el salvador del capitalismo después de la Gran Depresión que dejó a millones de personas sin trabajo, 25 por ciento en Estados Unidos y 30 por ciento en Europa, se refería a otra enfermedad distinta del covid-19 que hoy golpea al mundo entero: el “desempleo tecnológico” ocasionado por el descubrimiento de medios para economizar el uso del factor trabajo y reemplazarlo por la máquina.

Perplejos, los gobiernos seguían esperando la autorregulación del mercado, pues la “mano invisible” de Smith, el comodín del laissez-faire, garantizaba el equilibrio para volver al pleno empleo con el expediente de bajar sueldos para aumentar la demanda de trabajo de las empresas.

Nueve décadas después, el economista visionario confirma que el paro tecnológico regresa en la llamada ‘era digital’, una que lejos de crear más puestos de trabajo los elimina al condicionar la cantidad y calidad del empleo, con lo cual aumenta las brechas económicas y sociales entre países y entre personas, al tiempo que enriquece a un puñado de multimillonarios propietarios de las TIC.

Estos apropian junto a otras multinacionales lo que necesita el 99 por ciento de los millones de personas sumidas en la pobreza, más una gran proporción de quienes, por situarse fuera del mercado del trabajo, no son cubiertos por el subsidio del desempleo que disponen los países ricos para los cesantes.

Es necesario un Estado que genere gasto para incentivar la demanda efectiva, bajar tasas de interés y así desestimular el ahorro e impulsar programas de inversión en infraestructura. Para Keynes, el Estado podrá endeudarse (deficit spending), condicionado a cubrir la deuda cuando cambie la coyuntura. Así las cosas, los patronos pagarían un mayor salario al trabajador dado que “un mayor salario conduce a un mayor consumo, lo cual eleva la producción y, a su vez, el aumento de la producción genera más puestos de trabajo”, reactivando la economía, sin desconocer la competitividad con otros países.

En la actual coyuntura, el covid-19 trajo una recesión histórica reconocida por organismos y expertos internacionales como más crítica que la Gran Depresión, o aún más lesiva que la del 2008 (crisis inmobiliaria), con enorme impacto en el desempleo.

En Estados Unidos la tasa podría superar el 20 por ciento, lo cual significa que más de 30 millones perdieron su puesto de trabajo en solo seis semanas. En Gran Bretaña el PIB caerá 14 % y el desempleo se duplica (tasa 9 %). Las estimaciones de la OIT señalan un 12,4 % para el segundo trimestre en las Américas, 8 % en Europa y Asia Central, mientras que en China, con 5,9 % de desempleo y un crecimiento del 2 %, puede aspirar a reactivar su economía.

El mayor desafío es grave en la llamada economía informal de casi 1.600 millones de trabajadores de un total de 3.300 millones en el mundo. Este sector es el más vulnerable, puesto que “la ausencia de ingresos equivale a la ausencia de alimentos, de seguridad y de futuro. A medida que la pandemia y la crisis de empleo evolucionan, más acuciante será la necesidad de proteger a esta población más vulnerable”, señala la OIT.

La realidad de Colombia

En países en desarrollo como Colombia el panorama es más crítico por una convergencia de factores: el mercado laboral es frágil; se carece de seguro al desempleo; la informalidad es muy alta; la gran mayoría de las empresas son mipymes en riesgo de quiebra; el sistema de salud es débil; la desigualdad es una de las más severas del mundo; es la pandemia de la corrupción; y los grados de distintas modalidades de violencia son críticos.

Frente a las demandas sociales crecientes con la pandemia son precarios remedios el asistencialismo clientelizado de Familias en Acción, el Ingreso Solidario, la devolución del IVA con decretos de emergencia y el subsidio a la nómina del 40 por ciento al sector privado.

Las cifras son elocuentes: según el Dane, de 22,1 millones de personas con alguna ocupación en marzo de 2019 se descenderá a 20,5 millones: se pierden 1,6 millones de empleos, la peor cifra de desocupación en una década. Aquí las cifras de la informalidad (11 millones) no reflejan el drama de la Colombia profunda sin empleo ni patrón por vivir del “rebusque”.

Pareciera que estamos próximos a una reedición criolla del poema de Jorge Zalamea, El sueño de las escalinatas: crecerá la audiencia de los menesterosos convocados al drama de la miseria: la vendedora de pescado en Quibdó, la palenquera de Cartagena, la trenzadora de cabelleras y la que vende sus cachivaches en cualquier playa, la payanesa con la oferta de santos milagrosos y empanaditas de pipián, el que vocea la bandeja paisa en Antioquia, la frutera de borojó y chontaduro en Cali, el guía turístico del Eje Cafetero, el vendedor de baratijas o el limpiavidrios de los semáforos, las vendedoras de pastel de yuca en Bogotá, Cali o Barranquilla.

Frente a las demandas sociales crecientes con la pandemia son precarios remedios el asistencialismo clientelizado

Y crecerá la audiencia, pues los turistas nacionales y extranjeros no llegarán por algún tiempo, nadie se moverá de su silla. Ellos y ellas, en cambio, tienen una elección, aunque sea un mortal cara y sello. Sin más tienda o mostrador que la calle, estas multitudes no tienen nada que perder y por tanto piensan que más les vale tomar el riesgo que el resguardo. Ellos parecieran recitar los versos de León de Greiff:

“Juego mi vida, cambio mi vida, / de todos modos / la llevo perdida... / Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo, / la dono en usufructo, o la regalo... / La juego contra uno o contra todos, / la juego contra el cero o contra el infinito, / la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito, / en una encrucijada, en una barricada, en un motín”.

¿Qué decir del precario empleo rural, sector garante de la seguridad alimentaria que abastece las despensas y hace parte también del mercado informal donde el 97 % lo hace por cuenta propia y solo el 2,3 % está asegurado en pensión y salud?

La coyuntura exige replantear el modelo a fondo, pues, como señala Noah Harari, “la actual crisis del coronavirus acelerará la automatización y millones de personas podrían no conseguir empleo de nuevo”.

No estamos preparados para el teletrabajo y las plataformas son deficientes: otros podrían nunca volver, pues no les llegó el subsidio ni el apoyo para cubrir sus gastos fúnebres. Hay un gran consenso en la necesidad de una renta básica (ya sea en forma de ingreso o de servicios) que en países como Finlandia se experimenta desde el 2017, equivalente a 560 euros, como en la provincia canadiense de Ontario y en la italiana Livorno.

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Esta ayuda pretende satisfacer las necesidades humanas básicas con las que se puedan cubrir “unos servicios decentes de educación y de asistencia sanitaria con necesidades humanas básicas, y algunos aducen que incluso el acceso a internet”, cuya necesidad es evidente en la coyuntura actual, como explica Noah Harari.

En el caso colombiano, se sugiere el equivalente al salario mínimo legal focalizando los destinatarios extensivos a los trabajadores informales e independientes.

Es de advertir que se puede proponer una renegociación de los sueldos y salarios en especial en los altos niveles ejecutivos, alto Gobierno, parlamentarios, organismos de control, jueces y magistrados, cámaras de comercio, Ecopetrol, Banrepública, entre otros, buscando que en ningún caso estos superen 20 veces el salario mínimo.

Las pensiones deberían ser intocables, puesto que corresponden a un derecho adquirido y no a una transacción de última hora. Otros recursos pueden provenir de exigir que los rentistas, grandes empresarios y accionistas del sector financiero paguen sus impuestos y sean gravadas sus rentas evitando la elusión y la evasión que se disfraza de “ayudas generosas”.

Las nuevas propuestas en materia laboral suponen reconocer la desigualdad, pues aunque se venía reduciendo la pobreza extrema, según fuentes internacionales, la brecha entre ricos y pobres se agigantaba, puesto que la fortuna de los milmillonarios creció en un 12 % en el 2018, un ritmo de 2.500 millones de dólares diarios, mientras la riqueza de la mitad más pobre de la población (3.800 millones) se redujo en un 11 %.

El reto para los gobiernos no es entre la vida y la economía, sino “entre las muertes por el coronavirus y las muertes y vidas arruinadas por la pobreza, otras enfermedades, el hambre, el hacinamiento y las consecuencias psicológicas de un encierro de muchos meses”, como sostiene Alejandro Gaviria en ‘Los dilemas morales’ (EL TIEMPO, mayo de 2020).

Aún en las dos economías más desarrolladas el tema del mercado laboral está a la orden del día. Para el caso norteamericano, Stiglitz señala: “Las personas no van a gastar en otra cosa que no sea comida y esa es la definición de una gran depresión”; y lo curioso es que, según el Nobel, el 14 por ciento de la población norteamericana depende de los cupones de alimentos y advierte que la infraestructura social no podrá hacer frente a una tasa de desempleo que podría llegar al 30 por ciento en los próximos meses”.

La preocupación por el futuro es más dramática en los jóvenes que hasta en la China, que reactivó su economía después del covid-19, las perspectivas laborales de los recién graduados son inciertas. Ingresarán a la fuerza laboral en la medida en que sus potenciales empleadores evalúen su suerte entre despidos o congelación de contratación.

Se trata de una clase media acostumbrada a un crecimiento económico fuerte que les daría altos niveles de vida, casi 10 millones de graduados. Los líderes advierten que el desempleo profesional se convierte en una cuestión de “importancia capital”, pues algunos sostienen que “graduación igual a desempleo”.

¿Cuál será el futuro de nuestros nietos? La crisis es una oportunidad para que creen confianza, muestren consecuencia y solidaridad, aquellos líderes que tienen un proyecto colectivo de nación que se proyecte más allá de las próximas elecciones.



RICARDO MOSQUERA M. - PARA EL TIEMPO

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