'Fiebre del oro' de la marihuana medicinal, oportunidad para Colombia

'Fiebre del oro' de la marihuana medicinal, oportunidad para Colombia

Hay condiciones para que el país se convierta en un productor y exportador de aceite de cannabis.

Cultivos de marihuana

Se calcula que en Colombia para 2025, 449 hectáreas estarían sembradas de marihuana con fines medicinales.

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Luis Lizarazo García

Por: Ricardo Ávila
29 de septiembre 2019 , 02:49 a.m.

Jill Clayson no recuerda bien cuándo llegó el primer despacho a los anaqueles de Whole Foods, el supermercado especializado en comida sana que es propiedad de Amazon, el gigante del comercio virtual. Sin anuncio previo, a la sucursal ubicada en la zona de Friendship Heights, en las afueras de Washington D. C., arribaron varias cajas que anunciaban contener cremas y jabones con CBD, el acrónimo de cannabidiol, un compuesto que se extrae del cáñamo, planta perteneciente a la familia de la ‘Cannabis sativa’.

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Ahora no solo Jill, sino los demás dependientes de la tienda saben exactamente cuál es el lugar en donde están exhibidos los productos que traen el compuesto. “Los clientes los preguntan todo el tiempo. Se están vendiendo muy bien, a pesar de su precio”, agrega. Un frasco de loción de 750 gramos está anunciado en 49,99 dólares, un valor muy superior al que contiene ‘Aloe vera’.

En pleno auge

El motivo no es otro que la explosión de la demanda. Según los clientes, las diferentes formulaciones –que comprenden píldoras o presentaciones comestibles– sirven para tratar dolor muscular, jaquecas, desórdenes digestivos, problemas de sueño o ansiedad, entre otras afecciones.

Aunque la controversia en torno a las propiedades terapéuticas del CBD divide a la comunidad científica y a los promotores del negocio, hay una incuestionable expansión en su consumo. De acuerdo con Brightfield, una firma que hace investigaciones de mercado, las ventas en Estados Unidos se multiplicarían casi 40 veces en los próximos cuatro años: de 600 millones de dólares anuales actualmente a 23.000 millones en 2023.

Y esa proyección cubre solamente a preparaciones que contienen menos de 0,3 por ciento de THC o tetrahidrocannabinol, que se deriva de la planta de la marihuana, cuyas propiedades alucinógenas la mantienen en la lista negra de la mayoría de las naciones del mundo. Aun así, las cosas están cambiando a pasos agigantados. A la fecha, 45 países aprueban el uso del aceite de cannabis con propósitos medicinales y la lista aumenta en número con rapidez.

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La impresión de que aquí hay una respuesta que proviene de la naturaleza y cuenta con la capacidad de aliviar a cientos de millones de personas en todo el planeta ha dado lugar a un entusiasmo que no se veía en décadas. Si bien la investigación científica apenas comienza y tomará un largo rato antes de encontrar cuál componente específico sirve para qué, el público no quiere esperar.

Como consecuencia, los expertos hacen proyecciones que dejan a más de uno sin palabras. Según Arcview Market Research, el mercado global de CBD y THC en conjunto sumaría 166.000 millones de dólares en 2025. Nótese que esa cifra no abarca el uso de marihuana para propósitos recreativos, permitido hoy en Uruguay, Canadá y nueve de los estados que componen la Unión Americana. Aun si parte de las talanqueras se remueven y la comercialización y consumo de la hierba se extiende a más lugares, el tamaño del negocio farmacéutico sería varias veces más grande.

La razón central es que la población mundial sigue en aumento y debería llegar a unos 9.500 millones de personas a mediados de este siglo. No menos importante es que la edad promedio de los habitantes del globo terráqueo viene subiendo y una mayor esperanza de vida implica la búsqueda de más opciones para atender las dolencias de gente cada vez mayor.

Bien posicionados

Semejante perspectiva toca directamente a Colombia. El motivo es que las mismas condiciones naturales que llevaron al país a ser un gran productor de flores se dan en el caso del cannabis: pisos térmicos distintos, agua en abundancia y condiciones de luminosidad y clima que son ideales. Es verdad que en otras latitudes se puede hacer uso de invernaderos, pero los costos se disparan cuando hay que utilizar electricidad para compensar la falta de sol y el frío, propios de aquellos lugares en donde existen estaciones.

Por cuenta de esas ventajas asociadas a estar en el trópico, no es de extrañar que haya tenido lugar una especie de ‘fiebre del oro’, consistente en la llegada de decenas de millones de dólares, aparte de los aportes de inversionistas locales, que se la han jugado por la industria del cannabis medicinal. Ahora hay alianzas en pleno desarrollo, tanto en el plano científico como comercial. “El interés es simplemente fenomenal”, afirma el presidente de una de las empresas que opera en el país.

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Nada de eso habría sido posible si desde el 2016 no se hubieran dictado normas que fijaron las condiciones para que la actividad esté en plena ebullición. En pocas palabras, el marco legal autorizó cultivo, producción y comercialización de extractos, fijando una serie de reglas que van desde la certificación de semillas y variedades por parte del ICA, hasta la intervención del Ministerio de Salud o el de Justicia, cuando se trate de compuestos con poderes psicoactivos.

El proceso no solo involucra la parte agrícola, sino la industrial, pues el aceite de la marihuana se toma de la flor, con métodos similares a los que se emplean para la obtención de extractos con destino a la perfumería. Acto seguido viene la elaboración de compuestos, y pronto se permitirán las fórmulas magistrales recetadas por un médico.

Lo anterior quiere decir que vamos por delante de muchas naciones que toman a Colombia como referente. En el área del trópico son varios los que quieren un pedazo de la torta, desde Tailandia, en Asia, hasta Lesoto, en África, aparte de varios vecinos latinoamericanos. También están Canadá o estados como California y Colorado, en donde hay plantaciones para atender los diferentes tipos de usuarios.

Cualquier estudioso de la historia sabe que aquí probablemente sucederá lo usual: quienes lleguen primero conseguirán una cabeza de playa que les permitirá vender a mejores precios y desarrollar alianzas y sistemas de distribución. Eventualmente, la oferta subirá tanto que el valor del aceite caerá, por lo cual las utilidades estarán en productos con valor agregado que irán desde medicamentos hasta cosméticos, pasando por bebidas, alimentos y bienes de uso veterinario, entre otros.

Nada de eso va a ocurrir de la noche a la mañana, aceptando que todo transcurre muy rápido. Aparte de que se requieren más estudios basados en pruebas médicas confiables, hay múltiples riesgos que van desde fabricantes con pocos escrúpulos que prometen resultados sin fundamento –como la cura del cáncer– hasta medidas proteccionistas en beneficio de los cultivadores locales.

Quizás el punto más complejo en el corto plazo es la participación del sector financiero internacional, indispensable para realizar cualquier operación de comercio exterior e irrigar recursos a todos los eslabones de la cadena. Por ahora cuentan más los temores a eventuales sanciones por parte de Washington, que en su legislación federal todavía proscribe la actividad, así el cáñamo y los compuestos con CBD recibieran luz verde en la tierra del Tío Sam hace un año.

Números grandes

Tales circunstancias obligan a Colombia a jugar muy bien sus cartas. Tras un arranque ambivalente, la administración Duque finalmente tomó la decisión de impulsar el sector, lo cual incluye no solo la próxima expedición de un nuevo decreto, sino la promulgación de un documento Conpes que debería estar listo en pocos meses, el sistema de ventanilla única para aprobaciones y la digitalización de procedimientos.

A lo anterior se suma que la consejera presidencial, Clara Parra, recibió el encargo de liderar las acciones del Ejecutivo, para que este trabaje de la mano con el sector privado y los resultados empiecen a verse cuanto antes.

Los anuncios, hechos diez días atrás en el marco del primer foro de Asocolcanna –el gremio de la industria del ramo–, sirvieron para disminuir la ansiedad. Ahora, todo apunta a que varios cuellos de botella se solucionarán y que el rango de bienes que se podrán elaborar será más amplio, sin desmedro de los ya aprobados por el Invima.

Entre los factores que pesaron en la decisión se incluyen no solo los capitales involucrados, sino el potencial de generación de empleo formal, pues cada hectárea sembrada de cannabis ocupa a 16 personas. No menos importante es la diversificación de la canasta exportadora y el atractivo de impulsar una industria farmacéutica que haga en el territorio nacional varios tipos de productos terminados que se vendan en los más diversos rincones del mundo.

Las cuentas que se escuchan deben ser tomadas con un grano de sal, en medio de tantas incertidumbres. No obstante, un serio estudio de Fedesarrollo señala que ya hay 56 hectáreas cultivadas que asegurarían ventas externas de 99 millones de dólares en 2020. Llegar en apenas un par de años a esa cifra sería notable, sobre todo cuando a las flores les tomó una década.

Y lo que viene puede ser mucho mayor. El mismo trabajo habla de 449 hectáreas sembradas y exportaciones por 779 millones de dólares para 2025. Por su parte, un documento de la firma E-Concept proyecta hasta de 7.000 hectáreas e ingresos que podrían ascender a 17.700 millones de dólares para la misma época.

Sea como sea, aquí hay una oportunidad que se presenta pocas veces. Debido a ello, es evidente que Colombia necesita hacer las cosas bien para que lo que pinta como una verdadera alternativa de desarrollo no se convierta en una enorme frustración. “Tenemos cómo llegar a ser un jugador clave a nivel global”, dice el experto Juan Mauricio Ramírez.

Ello pasa por liderazgo en el ámbito público y una mezcla de responsabilidad y audacia, en lo que atañe al sector privado. Saber distribuir de manera transparente entre los productores nacionales la cuota de exportaciones de THC que asigna una entidad adscrita a la ONU es un desafío, tanto como evitar episodios de corrupción por cuenta de permisos que recaen en cabeza de un amplio número de entidades públicas.

Inflar expectativas de ganancias multimillonarias es inconveniente, sobre todo cuando de lo que se trata es de consolidar una industria que necesita sostenerse en el largo plazo. Particularmente complejo es el manejo de las 4.000 licencias solicitadas, la mayoría de las cuales concierne a pequeños cultivadores.

Cómo asegurar que las cosas salgan bien, algo que pasa por evitar los excesos y tratar de que la bonanza –si la hay– logre distribuirse de la mejor manera posible, es un reto mayúsculo. Por eso es indispensable que este nuevo ‘embrujo verde’ sirva para que el campo colombiano sea fuente de la riqueza y prosperidad que tantos anhelan.

Lograr ese objetivo, y ayudar a que la calidad de vida de millones de personas mejore gracias a las propiedades de esta planta que algunos consideran casi milagrosa, sería un buen epílogo para la historia de la marihuana en Colombia.

RICARDO ÁVILA
Para EL TIEMPO

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